viernes, 4 de marzo de 2016

Consideraciones previas sobre el análisis político… para que lo sea. Vicente Sarasa y....

La especial y compleja situación política que estamos viviendo realza la importancia de los análisis precisamente políticos que hagamos. Pero más allá de la concreciones y conclusiones a que lleguemos sobre la situación actual -o más bien, antes de ponernos de acuerdo sobre ellas- creo necesario insistir en algunas puntualizaciones acerca de la modalidad de análisis político que, en mi opinión, necesitamos. Y ello, a fin de evitar caer en determinados vicios, por lo demás, recurrentes históricamente en los ámbitos revolucionarios.

Entre nosotros, la cuestión previa de cómo afrontar los análisis políticos –que principalmente están en la base de los editoriales y de los informes políticos que nos ayudan a movernos en las diferentes coyunturas- ha sido motivo de fructíferos debates. Y varios son los escritos que hemos realizado relacionados con esta preocupación; el más extenso, el que de forma permanente está en “primera página” de nuestra web: “Contribución para el análisis político que la línea revolucionaria necesita en el Estado español” (1), donde desde el propio título se refleja la preocupación mencionada. En ese artículo se hace hincapié en la caracterización del PP y del PSOE atendiendo a su relación con los grupos de poder y no tanto siguiendo el “encuadramiento oficial” en el arco ideológico realizado por los propios partidos o los medios del sistema. Era también en ese artículo donde se hablaba de que políticamente nos interesaba más el arma de la acusación de la corrupción que los propios casos que saltaban. 

Ahora considero pertinente traer a colación, fundiéndolos, dos textos más. Uno coincide prácticamente con la presentación del apartado “Análisis político y geoestratégico” del folleto de formación, redactado recientemente. El segundo es un escrito que, a modo de anexo, acompañaba tanto el texto que sirvió de base para el último editorial como a un guion de análisis concreto del escenario abierto inmediatamente después de las elecciones del 20D.

1. Extracto del apartado “Análisis político y geoestratégico” del folleto de formación.
Ya hemos tratado en nuestra organización la necesidad de hacer un seguimiento lo más concreto y detallado de la evolución de los acontecimientos políticos e internacionales, huyendo de la autosuficiencia y de la pretensión de resolver la cuestión con frases generales y meramente descriptivas. Lejos de eso, hemos de tener en cuenta los datos reales y no forzarlos para que satisfagan esquemas previos. Sólo así estaremos en disposición de hacer análisis y editoriales que susciten el respeto y la seriedad, lo cual hoy cobra mayor peso dada la “desideologización” imperante. Y lo que es aún más serio: si no sabemos en qué estado real se encuentra la diversidad de fuerzas y “actores” políticos y sociales, no podremos llevar a cabo consecuentemente nuestras labores de dirección en el proceso de mejora de nuestra relación de fuerzas; proceso que, como hemos declarado en nuestras Tesis, no incumbe sólo al plano estrictamente revolucionario.

Nos estamos refiriendo a que nuestro objetivo de mejorar la correlación de fuerzas va más allá de acumular el máximo de ellas en el plano estrictamente revolucionario. También consiste en saber rodearnos de aliados que van y vienen según las diferentes coyunturas, ser capaz de mantener una parte de la sociedad neutral (o no brindársela con facilidad al enemigo principal de clase) e incluso ahondar en las divisiones de nuestros propios enemigos. Ni que decir tiene que esta multitarea estratégica exige un alto grado de inteligencia en nuestra capacidad de análisis y de inserción en la realidad; por tanto, del dominio del análisis político más preciso, concreto y desmenuzado posible.

Esto es algo sobre lo que tuvieron que alertar muchas veces los fundadores del marxismo. Ahí están las cartas de Engels hablando de la “autonomía relativa” del plano político y ridiculizando esa tendencia a explicar todo lo que ocurre limitándose a invocar el interés material de clase y el plano económico. Y ahí están también los discursos de Lenin cuando, en medio de las gravísimas dificultades de la revolución rusa, tuvo que luchar en el seno de su propio partido para que algunos camaradas no convirtieran todo en frase general.

Precisamente Engels, en una de sus cartas a los dirigentes de su partido, trae a colación, como ejemplo sin par de análisis político, la obra de Marx El 18 brumario de Bonaparte. En el mismo sentido de recomendación nos permitimos añadir La guerra civil en Francia, y La revolución en España, también de Marx.

2. Acerca de la modalidad del análisis político
(Texto escrito poco después de las elecciones generales del 20D, de complicados resultados, y de la resolución in extremis de la investidura en Catalunya tras el 27S, con aritmética de escaños no menos complicada). 

Lo primero que hay que advertir de cara a nosotros mismos en el análisis político concreto que necesitamos es que hemos de huir de la “simplificación ideológica” para situarnos en la evolución de los acontecimientos. Vivimos tiempos de varias crisis entremezcladas en distintos planos donde la conocida tesis de que “los de arriba no pueden dominar como antes” se refleja en que la imprevisibilidad, la confusión y la propia inestabilidad están servidas en exceso; entre otras cosas, porque el ámbito partidista ha tomado un grado de autonomía donde pesan mucho los propios intereses de grupo. Por tanto, debemos huir de encorsetar toda la complejidad y variedad del panorama político actual en un escenario de títeres donde ya actuase, de forma inmediata y determinante, una mano única (a lo sumo con los dedos de los poderes fácticos clásicos) manejándolo todo (2) en cada momento. No vale sustituir lo que hoy ocurre por lo que nos dicen las tendencias fundamentales –a menudo reducidas a meras frases de manual- que terminará por ocurrir pasado mañana. Para la táctica, el análisis de los tiempos y los ritmos es un asunto de primer orden. Nuestra obligación de acompañar la realidad nos exige estar pendiente de la evolución de las cosas y en qué grado hoy se acercan y alejan del hilo conductor principal; por más que sepamos que este se impone en el largo plazo. De lo contrario, no acertaremos en nuestra intervención concreta como línea revolucionaria, que es el reto que tenemos: no sólo, pues, el de advertir de qué pasará según el “manual general” de la lucha de clases, como ya se ha dicho. 

Una de las razones que da una importante autonomía en estos momentos a las disputas internas partidistas es el cambio de relaciones que tiene lugar en el mismo ámbito de los poderes fácticos en el contexto de la actual crisis. Esto es algo de lo que no se habla tanto. Así, a los poderes reales estatales de siempre se les solapa como nunca los diktat de la Troika (o como ahora se le llame), que entran no pocas veces en contradicción interna con aquellos. En este sentido, esa contradicción entre los poderes fácticos “externos” –que cada vez pesan más en la política económica interna- y la “agenda partidista” más local no se plantea ni se resuelve en forma y en tiempo iguales a como, por ejemplo, lo hacían las tendencias golpistas clásicas cuando se desbordaban las querellas partidistas.

Repárese en que en mitad de la resaca de las elecciones generales –con “la derechona” esforzándose por rebajar su responsabilidad en los recortes mientras quienes pretenden ir de progresistas diciendo que hay que acabar con la política de austericidio- resultó que, tras la investidura dominical in extremis de “otro Mas”, nos desayunamos el lunes siguiente con la sobria (y no exenta de desprecio) declaración del jefe del Eurogrupo –un tal Dijsselbloem, de apellido bien lejano tanto al catalá como al castellano- de que “España deberá presentar más ajustes”. Y, ante algo que realmente es clave, toda la politiquería doméstica se ha hecho la despistada...

El caso es que no creemos que este “progresista socialdemócrata” holandés se haya molestado en consultar a generales patrios nuestros, ni a la Iglesia ni a la patronal de aquí. No olvidemos que, en el transcurso de la tragedia helena del año pasado, el golpe de estado que la culminó no tuvo que volver a echar mano de “los coroneles” (3). Y desde las altas esferas de la UE observaron la reacciones del resto de los mentideros políticos en otros países miembros (incluidas las reacciones de las “fuerzas emergentes”). Pues bien, por las reacciones que vieron, no parece que dichas esferas duden demasiado de la (auto)disciplina de estos actores hispanos, tan revoltosos ahora, para interpretar la escena final. No diremos que no les importa nada. Pero, desde luego, estas esferas no hacen del reparto de papeles ni del orden de aparición en los créditos finales el problema mayor, pues han comprobado que ninguna fuerza (ni vieja ni nueva) se plantea seriamente salirse del institucionalismo europeo; lo cual es más que suficiente para que esos factores europeos de poder real apuesten por cuál será el guión que se impondrá finalmente más allá de quienes lo representen.

En cualquier caso, no se establece la misma dinámica de contradicciones entre los partidos y los poderes fácticos estatales que entre aquellos y los poderes fácticos supraestatales, concretamente, de la Unión Europea. Más aún, la crisis profundísima y la utilización de la misma dentro de la política imperial euroalemana están produciendo grandes cambios en la correlación de fuerzas entre los propios elementos de poder de dentro y de fuera. Ello repercute en la forma en que las crisis nacionales se resuelven. Estos cambios por arriba producen desorientación incluso entre los mismos clásicos poderes más locales. Y he ahí, por ejemplo, cómo tertulianos desesperados -antes de sacar de la chistera la amenaza del espadón, tan recurrente en los años de la Transición- han clamado desesperados: “pero algo tendrán que decir en la UE ante la deriva catalana, ¿no?” Es esta pérdida de legitimidad de las clásicas soluciones extremas nacionales a favor de los “comisarios europeos” lo que hace que los diferentes partidos se encuentren coyunturalmente más libres para enfrascarse en disputas de poder electoral en la convicción de que el “pitido final” no lo toque el generalote de turno sino la siempre más civilizada Merkel (o quien eurotoque). Hoy, hasta un Tejero tendría que buscarse un traductor alemán para recibir la orden de la “autoridad competente… no militar, por supuesto”. (4) No se tienen noticias de que el particular solapamiento de las problemáticas económicas y políticas en el Estado español esté haciendo que el protocolo dictatorial europeo –ya bien probado- se vea en la tesitura de tener que cambiar (en forma y en ritmo) para imponerse ahora y aquí, ara i aqui.
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Notas:

(2) Podemos llamar a este defecto el de “economismo político” emulando al término de “economismo imperialista” (diferenciándolo del de “economicismo”) que utilizó Lenin contra aquellos que negaban la justeza de luchar por derechos políticos (por cierto, como el de la autodeterminación) porque en la época imperialista eran imposibles, tal como defendían otros camaradas, entre ellos, Rosa Luxemburg.

(3) Se alude al golpe de los coroneles del 21 de abril de 1967 en Grecia. El año pasado, en los días en que parecía que se desbordaba todo en Grecia con la convocatoria del referéndum por Tsipras, no pocas voces apostaron por la posibilidad de un golpe de estado “de manual”.

(4) En febrero de 1981 Tejero, pistola en mano, “pidió paciencia” a los diputados del Congreso hasta que llegaran las órdenes de la nueva autoridad competente, añadiendo: “militar, por supuesto”· Pero esta no apareció. Ya entonces, España demostró mucha modernidad en esto de encauzar situaciones extremas, y el encargado del proceso de estabilización fue un tal Felipe González, “progresista, por supuesto”, del que no se le conoce carrera militar digna de mención alguna.

Vicente Sarasa


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