
El
papel que esta retahíla de elecciones ha jugado en la canalización
(en el peor de los sentidos) de las mareas de indignaciones, producto
de la crisis que estalla en 2008, exige una seria reflexión de qué
ha pasado, o cómo ha podido pasar tan “fácilmente”, con el
objetivo de afrontar los retos propios de quienes pretendemos
contribuir al desarrollo de una línea revolucionaria de
intervención. Ha sido tal la siembra de falsas ilusiones,
contraproducentes para la acumulación de fuerzas revolucionarias,
que paradójicamente estas elecciones se merecen mucho más que
simplemente “pasar” de ellas.
Ya
en la última reunión de la Coordinadora estatal de Red Roja se
decía que -ante la desorientación, la desmovilización y la
dispersión organizativa reinantes, pero también ante las
demandas de “qué alternativas” planteamos al respecto– es
clave recordar nuestra tesis de que el protagonismo del reformismo y
del electoralismo más oportunista en la “canalización de la
indignación” no ha sido la causa de los límites de la línea
revolucionaria, sino sobre todo su consecuencia; por más que
evidentemente luego le haya supuesto un serio obstáculo.
Desde
ese sentido de la responsabilidad, hemos puesto más el acento en
explicar las expectativas electorales en las masas -aunque sin
avalarlas ni apuntarnos a ellas- que en limitarnos a criticar a
quienes las siembran y se aprovechan de esas expectativas. Hemos
dicho muchas veces que hoy más que nunca –por la propia crisis
histórica de nuestro movimiento comunista- se trata de acompañar en
la práctica el proceso de superación de contradicciones que se da
en “la gente” y en las propias luchas. Si se nos permite
expresarnos en términos filosóficos, en la actualidad la
(re)afirmación de nuestra línea (su apoyo) será para muchos el
resultado de experimentar la negación de lo que nos niega. Y eso
será eminentemente un proceso práctico en el que la forma, la
modalidad y hasta el momento en que expresemos nuestras críticas
políticas más abiertas y públicas deberán supeditarse
“pedagógicamente” a nuestra obligación de acompañamiento de
las masas. Merece la pena pararse un poco en este asunto porque será
algo que tendremos que tener en cuenta más allá de la coyuntura
actual. Y porque, en definitiva, consideramos que ha de ser una seña
de identidad de nuestra línea de intervención que nosotros mismos
hemos de asimilar mucho más profundamente.
En
la percepción de “la gente” se ha mezclado tanto la politiquería
con la crisis propia que toda política seria hereda de los avatares
del socialismo en el siglo XX, que hace tiempo que las
concepciones justas no pueden aprovecharse de aparecer como
nuevas e ilusionantes como, precisamente, sí le ocurría al
socialismo entre el siglo XIX y el XX y una buena parte de comienzos
de este. Por tanto, no avanzaremos a golpe de repetir frases
revolucionarias generales de autoproclamadas vanguardias, si encima
se da la sensación de repetir lo mismo pero desde esquinas
sectarias, no ya distintas, sino enfrentadas. Caer en eso es
sencillamente inútil y contraproducente. Incluso la mera crítica
del reformismo y del “podemismo” puede sonar también a
politiquería. ¿Acaso no hay una izquierda institucional que ahora
sin empacho alguno, a fin de no hundirse tanto, se apunta
gratuitamente al discurso radical y hasta en contra del régimen del
que, buena parte de sus estructuras, han venido durante décadas
alimentándose?
Por
tanto, no tenemos otra que seguir sembrando clarificación a partir
de la “prueba de la práctica” y del ejemplo militante. Es la
pérdida de valor de todo discurso político lo que hace que
un buen discurso (por certero y necesario) pueda ser también
señalado como politiquería porque suene “a viejo”, al tiempo
que un discurso ambiguo, demagógico y hasta insustancial, cuando no
sencillamente ininteligible (1), reciba apoyos de antemano, de forma
casi religiosa, porque se crea (o se necesite) que el que lo emita
tenga la llave (o parte) de la salida a una situación insostenible.
La
cosa se complica cuando algunos que, incluso se reconocen del
socialismo, se dedican a extender que se están haciendo concesiones
táctico-electorales para no asustar “a las mayorías” –dados
los sambenitos que nos han colgado los enemigos- y también para
coger de sorpresa a estos, a los enemigos. E invocan precedentes de
experiencias revolucionarias –apoyadas ciertamente por nosotros-
que, nos dicen, también maniobraron de forma “oportuna” (y
escondían su verdadera ideología) con tal de coger por sorpresa…
al poder. Ante ello, digamos de antemano que nosotros ya hemos dejado
claro que nunca nos parecen correctas las concesiones en el
discurso teórico porque comprometen la suerte de la revolución, si
no hoy, mañana. El marxismo permite el máximo de flexibilidad en la
táctica y en las relaciones políticas sin por ello pisotear una
teoría, unos principios, que por lo demás no pertenecen a ningún
proceso particular o nacional, tal como demostrara Lenin en medio de
los peores escenarios de aislamiento, de agresión y de retrocesos en
que se vio la revolución en Rusia. Pero una vez dicho esto, nos
parece fuera de lugar comparar diferentes debilidades de discurso sin
tener en cuenta las estrategias de conquista de poder reales en
que se hayan (o no) insertado. Ni siquiera se pueden comparar esas
debilidades de discurso sin tener en cuenta si van acompañadas o no
de medidas concretas antioligárquicas.
Al
respecto, mucho nos tememos que aquí las concesiones de discurso no
son para emular en su “heterodoxia” a procesos
revolucionarios como en Cuba o Venezuela; o incluso para emular
medidas gubernamentales tomadas en Ecuador o Bolivia. Se hacen más
bien para seguir el camino de Syriza. Incluso pensamos que si estas
concesiones y contorsiones del discurso no terminan por reeditar al
felipismo del 82 es porque estamos en esos momentos en que a la
historia le cuesta reeditar hasta caricaturas; máxime por estos
lares, en que estamos ligados a un centro imperialista euroalemán
que batalla por disciplinar sus huestes en un contexto de crisis
sistémica internacional que no termina de acabar, bregando por
asegurar hegemonías de bloque y en un escenario de creciente
degradación bélica internacional.
Si
el efecto de sorpresa casi nunca “llama por dos veces” de
seguido, encima, los oligarcas de Bruselas y Berlín han demostrado
ser expertos en no dejarse impresionar por “tomas díscolas de
gobierno” cuando además los “díscolos” juran y perjuran que
fuera de la UE sencillamente no hay vida; a no ser que nos quieran
convencer ahora de que las elecciones generales en Madrid son también
un simple hito de cambio para las elecciones decisivas, no ya del
Parlamento europeo (que nadie se lo toma en serio), sino en el “gran
ámbito democrático” que supone la Comisión Europea.
En
fin, comprendemos la tendencia a apuntarse a lo fácil, pero es una
irresponsabilidad caer en ello y no plantear las tareas
revolucionarias que son imprescindibles hoy, por más que desafinen
con la música celestial electoral en curso; tareas que incluyen
recoger las más que probablesfrustraciones futuras y dificultar así
que se alimenten eventuales movilizaciones reaccionarias. No será la
primera vez en la historia en la que haya que saber elegir
mantenerse a la espera en “paciencia minoritaria” para
recoger desesperos postelectorales masivos.
*
Con
ese criterio venimos enfrentando el largo periodo electoral que se
inicia a principios de 2014 y que ahora acaba, salvo réplicas de
alguna que otra repetición de elecciones que pudiera darse (por
ejemplo en Catalunya). En el análisis de este largo periodo,
realmente lo que más nos tenía que demandar la atención –por su
relación con las movilizaciones- era lo que se presentaba como
oferta electoral de nuevo tipo (Podemos) para “una
indignación” que estaba poniendo en cuestión todo el sistema
político surgido de la Transición (incluida su ala oficial más a
la izquierda: IU) bajo la acusación de vieja política. Y en la que
se relacionaba esa vieja política con el conjunto de todas las
ideologías, incluida la nuestra (aprovechando la crisis histórica,
cierta, de nuestro movimiento comunista), y metiendo en el mismo saco
incluso hasta quienes no habían entrado por el aro de la Transición.
No se trata aquí de repetir todo lo que hemos ya editorializado
acerca de la evolución-involución, tanto del discurso como del
curso real seguido (incluso en sus devaneos intraorganizativos más
“circulares”), de este nuevo fenómeno; un fenómeno, en
realidad, tan plagado de “viejas” contradicciones (propias de la
politiquería que denunciaba) desde su nacimiento, que nos dimos
cuenta de que su éxito sólo dependía de lo que públicamente se
creía que negaba (y se quería que negara) más de que de verdad se
comprendiera lo que afirmaba y se conociera su verdadera naturaleza.
Y eso, claro, no podía dejar de darle un cierto crédito temporal de
impunidad.
En
ese sentido también, en vez de caer en la teoría de la conspiración
de que era un invento del sistema, hemos visto que en tiempos en que
la tarta se contrae, y se recrudecen las disputas internas, realmente
la irrupción de Podemos ha sido un factor que, como mínimo, ha
movido y desazonado un tablero político que durante treinta años ha
creado muchos intereses concretos y partidistas ligados a las cuotas
de representación electoral conseguidas. Eso ha generado un nuevo
escenario político ante el que, por cierto, los poderes reales
(menos expuestos a la teatralidad política) se han sentido
finalmente menos alertados que sus propios “viejos” gestores, más
allá de la parte de inevitable inestabilidad e incertidumbre que
conlleva toda recomposición política en tiempos de crisis. No vamos
tampoco a versar mucho más sobre las particulares pérdidas de
legitimidades a varias bandas (y nunca mejor dicho) dentro del
régimen del 78, producto de las brutales y continuas consecuencias
socio-económicas de las políticas de recortes. Pérdidas de
legitimidades que se visualizaron (electoralmente) tras las
elecciones europeas, desde la abdicación borbónica al estallido del
“café para todos” autonómico con la cuestión nacional en
Catalunya saltando de nuevo a la palestra.
Hoy,
al cierre de este largo periodo electoral, nos confirmamos más en
que el actual estado de cosas es la confluencia de una trágica
crisis -sobre todo, en el plano económico-social, donde se ha dado
la degradación que han impulsado las movilizaciones- con
herramientas políticas de comedia que no se plantean seriamente
echar el telón de fondo a un sistema con problemas cuya mejor
esperanza es que también los tiene su única solución: la
revolución.
Si
uno echa una mirada atrás y repasa el recorrido de las “fuerzas
del cambio”, no puede dejar de reparar en que por mucho que se haya
dicho que lo electoral no era lo más importante, que se trata de
tener “un pie en las instituciones y mil en la calle”, en
realidad, hay quienes llevan meses y meses en exclusiva dinámica
electorera. Y cuando no han abandonado los marcos de lucha, ha sido,
en gran medida, para convertirlos en reclamo electoral. No se ha
utilizado lo electoral para elevar la voz de la calle, sino en gran
medida se ha terminado por contribuir a acallarla, cumpliéndose la
misión, más allá de intenciones iniciales, de “elevar” de
responsabilidad cívica a los manifestantes. Tanta ha sido la
perversión electoral, que hasta la calle ha terminado por ser un
handicap a la hora de competir en ver quién va antes que quién en
las candidaturas electorales. Es decir, que no sólo se ha canalizado
la indignación contra el sistema, sino que se le asegura a este que
los que la canalizan son, sobre todas las cosas, gente de orden o en
cursillo acelerado hacia el mismo. En fin, del “no nos
representáis” espetado a políticos y banqueros, se ha entrado por
el aro de demostrarles que “somos presentables”. No es de
extrañar que un nutrido grupo de ejecutivos y analistas españoles
de firmas financieras internacionales reunidos por Expansión en la
City de Londres (2) consideren la posibilidad de que los
“representantes de la indignación” de aquí sigan los pasos de
su admirada Syriza griega y terminen también ellos por convertirse
en lo mejores representantes de los causantes de la indignación. Ya
decía Engels que, no porque no se le entienda, la dialéctica deja
de existir (y actuar); incluyendo en aquella la “interpenetración
de contrarios” y su conversión en lo otro.
Pero,
como indicábamos al principio, a nosotros nos han venido interesando
más los retrasos de conciencia generalizados (y de conciencia
organizada) que han posibilitado que más de lo viejo se haya servido
en copa nueva con una relativa facilidad y con no poca impunidad.
Efectivamente,
hemos dejado claro en más de una ocasión que el contrapunto de
nuestra crítica no es la idealización de “la calle”; ni
siquiera en su máxima expresión masiva que se dio el 22M de 2013.
Porque el reto estaba (y está) en contribuir a que la calle superara
sus propios límitese inconsecuencias, tanto en contenidos
reivindicativos como en medios de lucha y de organización
popular. Y eso sólo podía venir, por un lado, de que “la calle”
caminara hasta insertarse en un programa revolucionario que asumiera
la imposibilidad de vuelta atrás a un “estado de bienestar” (que,
en cualquier caso, no sería objetivo revolucionario ni aunque fuera
posible). Precisamente por eso decíamos que la situación era de
proyección revolucionaria y no que lo fuera ya: porque dentro del
sistema no pueden encontrar satisfacción las reivindicaciones que
incluso mucho sectores que hemos dado en llamar intermedios (lejanos
pues en reconocerse explícitamente en un programa revolucionario)
exigen. Por otro lado, la calle también tenía que asumir que la
resolución de la profunda crisis social no es posible dentro del
institucionalismo y que, en todo caso, una utilización del arma
electoral o de cualquier espacio en las instituciones tendría que
ponerse al servicio de una senda de conquista de poder donde esos
medios no están llamados a ser los principales. Nada de esos avances
de conciencia podrán darse en la lucha “más masiva” si desde
anteayer no hay una línea revolucionaria comprometida a organizarse
resuelta y estratégicamente sin preguntarse por cuántos están
dispuestos a aguantar el chaparrón de moda.
Hemos
dicho que el reformismo (cada vez con menos margen) y el
electoralismo (desmovilizador) han venido alimentándose del
protagonismo excesivo en las protestas de sectores que no se
reconocían en una clase obrera con el objetivo histórico de toma
del poder, y de una línea revolucionaria por el socialismo que no
podía dejar de ser tributaria de los límites heredados de su propia
crisis de desarrollo en el siglo XX. Fuimos conscientes de esa
contradicción que se daba en la calle (antes de la deriva
electoralista), tal como expresamos en Línea revolucionaria yreferente político de masas, que viene a ser la defensa de un
camino de acompañamiento de la lucha de clases para hacer posible
que las masas se planteen aquello que pensamos que deben
plantearse. Todo lo contrario, pues, de la estrategia de quienes han
terminado por ponerse como objetivo superar el domingo electoralmente
al P.S.O.E (debidamente “excastizado”) porque “solo así el
P.S.O.E se apunta al cambio”…Y que se vanaglorian de que sin
ganar ya han ganado (una syrización preventiva en toda regla) porque
han obligado a la “clase política” a cambiar de forma de hacer
política (3). ¡Cómo no hablar de comedia cuando al final todo
queda en avalar un juego de P.O.S.E.s propias y extrañas!
Debemos
reflexionar acerca de que, en realidad, el mayor fraude de Podemos no
está en las “rebajas programáticas” que una tras otra
protagoniza. ¿Qué hacer si entras de lleno en el sistema y en sus
reglas del juego? El mayor fraude lo planteó a su comienzo, con su
propio nombre, afirmando o dando a entender que las exigencias de las
movilizaciones antirrecortes pudieran encontrar satisfacción dentro
del institucionalismo (incluido el de la Unión Europea) y con ese
mismo institucionalismo como árbitro exclusivo. Recientemente hemos
hablado de crisis en ciernes del (neo)reformismo al lado de la del
sistema y de la propia de nuestro movimiento comunista (4). El
agravamiento de esa crisis del (neo)reformismo está servido desde el
momento en que ni siquiera las rebajas programáticas encuentran
escaparate en esta gran superficie-prisión que es la Unión Europea.
Grecia, sí, ha puesto durante meses el tono trágico a una
“europartitura” que no admite versiones más ligeras a la hora de
tocarla.
Pero
sigamos con las condiciones que han parido la criatura. Podemos es
casi (no nos gusta el determinismo) la lógica salida
institucionalista a un quincemismo que se metió en un callejón sin
salida. Ya dijimos en su día que el quincemismo era la expresión de
una crisis, pero no podía ser su solución. La resolución de esa
contradicción se planteaba en estos términos: “qué ir haciendo
de lo que debemos” o “a ver qué nos dejan ir haciendo”. Y como
no podía ser de otra manera, el parón dela calle (llegó el voto y
mandó a parar), el estar atento sólo a lo electoral (por más que
se “posara” que no), era el campo inmejorable para que se
repitieran todas las politiquerías con las que también se decía
pretender acabar. Politiquería en la que se cayó para disputar (y
arrancar) adeptos y puestos a una Izquierda Unida con el argumento
(cierto) de que era demasiado institucional y cómplice de las
políticas de austeridad (con responsabilidad de gobierno, por
ejemplo, en Andalucía). Politiquería, después, para viajar por un
centro del tablero (perdón, centralidad) donde semejante ingenierías
de marketing diseñadas tan desde arriba entraban en urgente
contradicción con una variedad indigerible de círculos; unos
círculos que, a su vez, rodeaban no poco artificio al tiempo que
tenían que lidiar entre vender la última ocurrencia llegada “desde
arriba” y gestionar el arribismo que llegaba “desde… todos
lados”. Y como la politiquería no respeta límites ni memoria,
para colmo ahí tenemos a IU criticando a Podemos porque
prácticamente se parece a la “Izquierda Unida que ya no soy” y
porque “se ha olvidado” nada menos que de “superar el régimen
del 78”.
Reformismo
(cada vez con menos margen), Institucionalismo (que no puede
dejar de provocar tensiones políticas internas dentro de la vieja
partitocracia) y Politiquería (como herramienta necesaria
para vender lo contrario de lo que inicialmente se dijo mientras se
provocan vacantes “en el contrario” y así colocarse a empujones
en un tablero que se estrecha). Un verdadero RIP para ir poniendo fin
a aquel ciclo abierto por el 15M con la presión de que finalmente se
sancione que “otra Grecia (más) será imposible dentro de la misma
Europa” en vez de “otra Europa es posible”.
*
Las
elecciones del 20D nos hacen entrar en un periodo distinto, solo sea
porque ya no podrá retornar al mismo punto el ciclo de
movilizaciones. Estas han cambiado en su propia dinámica interna, en
cuanto a la moral y la energía disponibles. También ha cambiado la
capacidad de convocatoria y liderazgo de los actores que
protagonizaron precisamente esos “poderes” en el periodo
anterior. En este sentido, los particulares encuadramientos
electorales –hechos en mitad de trifulcas- restan anteriores
unanimidades en el seguimiento ante futuros llamamientos.
En
el otro bando, el sistema ha logrado por el momento alejar el peligro
de desbordamientos y ha acumulado experiencias en cómo afrontar
movilizaciones de nuevo tipo como las surgidas tras el 15M. Y en el
terreno represivo, ha exportado parte de su arsenal de la “lucha
contraterrorista” al plano de las movilización de masas, donde la
Ley Mordaza es sólo uno de sus ejemplos más conocidos. Además, en
el ámbito de la recuperación de legitimidades entre el pueblo, la
burguesía ha utilizado la cuestión nacional (sobre todo a raíz del
proceso en Catalunya) para desviar “lo social” dificultando
nuestra labor de promover la máxima unidad de clase. Y ello,
independientemente de la propia inestabilidad político-institucional
que conlleva la agudización de la contradicción nacional no
resuelta en el Estado español. Hemos versado sobre esto
recientemente en ocasión del 27S.
Continuando
con el seguimiento de la estabilidad del régimen del 78, hemos de
advertir de cierres en falso del periodo electoral que se acaba. En
línea con lo ya dicho, la canalización electoral de la protesta
sirve al sistema en su conjunto como factor desmovilizador, si
bien puede generar tensiones políticas a las fuerzas partidistas en
juego por las cuotas de poder de representación. La continuidad con
las contarreformas sociales exigidas por Bruselas y la persistencia
de la crisis capitalista con su corolario de
reconversiones-absorciones industriales y financieras podrían
alimentar un escenario como el que se dio antes de Syriza antes de su
llegada al gobierno en enero de 2015, en caso de que se repitiera un
gobierno en torno al PP. Ello daría alas, entonces, a más
expectativas electorales.
Ante
todo ello, e independientemente de los escenarios que se abran,
debemos continuar con nuestra elección principal que es garantizar
la independencia de clase y estratégica que requiere el desarrollo
de la línea revolucionaria por el socialismo, y la constitución de
núcleos revolucionarios de intervención. Y, precisamente, con
respecto a nuestra intervención en los marcos populares de lucha,
también aquí se requiere un trabajo que ponga más el acento en lo
cualitativo, promoviendo la autoorganización del poder popular más
allá de movilizaciones de un día. Pero también hemos de retomar
nuestras iniciativas expresadas explícitamente en 2013 (y frenadas
por el periodo electoral que ahora se cierra) de creación de un
amplio referente político que, a partir de la línea de demarcación
del rechazo al pago de la deuda y del conjunto del institucionalismo
europeo, acompañe el proceso de superación de contradicciones
dentro de la lucha de clases y de acumulación de experiencias en vía
a la conquista del poder. Que no la de su gobierno. Los
tiempos van con retraso. Puestos a abstenernos, abstengámonos
también de ejercer el derecho al descanso y a la resaca electorales.
----------
Notas:
(1)
En línea con aquel twitter de Iñigo Errejón en junio de este año:
“La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo
irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales.
Afirmación-apertura”. ¿Quién puede competir en novedad con
esto?
(3)
Por ejemplo, Noelia Vera, impuesta por Iglesias como nº1 por Podemos
Cádiz, dice en una reciente entrevista a Diario de Cádiz:“Es
que para nosotros las cosas ya han salido bien. Hace un año y medio
no existíamos y todo lo que consigamos el domingo será sumar.
Buscábamos acabar con el bipartidismo y ya lo hemos logrado. Nadie
puede poner en duda que ya hemos conseguido cambiar políticamente
este país.” La
entrevista tiene dudosas joyas acerca de la existencia en Podemos de
gente de derecha y monárquica. Aunque realmente no es recomendable,
ponemos el enlace correspondiente:
http://www.diariodecadiz.es/article/eleccionesgenerales2015/2177808/las/filas/podemos/tambien/hay/monarquicos/y/gente/derechas.html
(4)
“Debemos organizar la intervención revolucionaria”, Informe
Político de Red Roja, setiembre 2015:
http://redroja.net/index.php/documentos/analisis-de-coyuntura/3646-debemos-organizar-la-intervencion-revolucionaria
Cádiz
Rebelde-Red Roja, 18 de diciembre de 2015
Actualizado
(Viernes, 18 de Diciembre de 2015 18:22)
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