lunes, 9 de noviembre de 2015

La niña del abrigo rojo. Maite Campillo

Un niño de diez años juega con otros niños, entre otras calles y mismas ruinas, se aleja unos metros entre el juego de la inocencia… y una bomba estalla junto a su cuerpo
 
Aquí estaremos con corazón de hielo
Candente infierno en nervio y alma
Sacamos agua de la roca para calmar la sed
Y despistamos la hambruna con el polvo.
Pero no nos iremos.

. . La niña camina pensativa sobre el asfalto. Tiene hambre, y el vértigo de la soledad de su mente aterrada la hace delirar nómada entre desiertas calles. Recoge en su manito el moco de su llanto lagrimoso enarbolando su bandera, la de su país, la que emana siglo a siglo por mares y ríos por calles y casas, la da fuerza. Miles de pétalos rojos conforman su identidad. La exhibe, la abraza, la lleva con ella en busca de una justicia que su desaliento anhela. La pasea entre escombros y restos de comida que con ansia contempla, agranda la mirada en busca de las mieses cultivadas por los suyos; atrás la siembra y cosecha de los granos maduros. Un escalofrío de hambre y sudor la tambalea, se aferra a la bandera que la abrigó durante la soledad de la noche fría como colchón y manta, pecho y manos de su madre, aliento y cuerpo de su padre, brazos de sus hermanos, sus seres queridos. La libera del hastío en que van tiñendo en gris de muerte las calles. Observa todo mientras camina sin rumbo fijo, hacia ninguna parte, es el desaliento, se encuentra perdida.

Alguien escondido entre las tinieblas del desprecio, la observa, y las manos guiadas por el atroz odio disparan asesinando la gracia de la mañana, cae tendida la bandera. A bocajarro va cayendo la ráfaga sobre su cabeza; el pueblo es el blanco de sus crímenes. Sobre la diana asesina, una niña inocente es víctima, cae fulminada. Paraliza su frágil corazón, muele a ráfagas de metralla su endeble cuerpecito e incipiente mirada; tendida sobre sus raíces, la bandera absorbe el manantial de la calle solitaria. Antes de que pudiera vomitar el susto ante la visión del monstruo, se apagó lejano e impotente como su propia inocencia, bañada por millón de pétalos rojos, que expanden su endeble cuerpecito como flor de un pueblo que lucha y clama contra el cielo de las negras tormentas, entre tanques y a caballo, entre misiles y metralletas; contra la maldad del ocupante asesino de su tierra. La vida no vale nada para el aborigen, todo para el colono sionista impuesto sobre la nación Palestina, nada para ellos. NO. La vida no vale nada cuando a otros están matando.

Un niño de diez años juega con otros niños, entre otras calles y mismas ruinas, se aleja unos metros entre el juego de la inocencia… y una bomba estalla junto a su cuerpo; desaparece esparcido en pedacitos. Una anciana que vive sola en su casa desde que el ocupante de su país asesinara a su familia, cuarteando los cimientos de su casa, recibe entre las ruinas la visita de un pelotón de hombres armados; la “invitan” a desalojar lo que de casa queda para nunca más volver, la mujer lo sabe, pero camina, va rozando por última vez los cimientos de lo que un día fue hogar y familia, cultura y nación; se despide en silencio de todo sin mirar al asesino de los campos de su tierra, como perdida de amor, de entrega, de identidad; se despide del aire y el sol, del aroma de la humanidad que un día convivió con ella. No. La vida no vale nada si yo me quedo sentad@ cual si no pasara nada. Un grupo de estudiantes camina de vuelta a sus casas. Sin llegar a percatarse de ello, se ven acorralados por un destacamento de militares, obligados a punta de fusil a desnudarse, uno de ellos se niega, le apartan a golpes y disparan indiscriminadamente; un charco de sangre rodea su cuerpo ya sin vida, que es atraída por una corriente que va vitalizando la bandera que abrigó a la niña. No. La vida no vale nada si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama.

¡¡¡Un pueblo se desangra!!! Lo desangran quienes piensan que la vida de ese pueblo NO VALE NADA. Tan poco, que sus ministros hacen llamamiento a sus tropas para el degüello masivo a la fusilería, contra hombres y mujeres, contra niños que inocentemente sueñan, contra jóvenes que idealizan vida entorno a lo poco que les dejan: su pedacito querido, su país, su tierra, libre de psicópatas vomitando el odio rabioso a fuego, porque algún día llegarán a reír y, ¡sueñan, sueñan que por fin!, podrán ver crecer a sus hijos y recoger cosechas sin que nadie les arrase entre olivos y naranjos, dátiles y cabras retozando, o les roben los granos sembrados y verduras de sus padres; y poder ver a sus mayores con su paz interna, sus recuerdos sin que nadie les insulte, les maltrate, les eche de sus casas, de la tierra que les define como gente y, hace vecinos y familiares, entre la alegría de las cosechas y cantos: cultura más allá de una imposición de guerra de exterminio.

¡¡¡A dónde vas Goliat!!! Tan alto, tan fuerte, tan asesino, tan depredador, a dónde vas… No ves que “David” es grande en historia, en orgullo, en humanidad, que en la lucha por imponer su dignidad y poder llegar a ser uno más, entre los demás combate y muere por su libertad!

Una nación, un pueblo, una cultura ancestral que nunca podrás borrar;

al igual que Hitler no pudo aniquilar a todo el pueblo soviético, su pretensión, y, a pesar de haber asesinado a más de veinte millones! Finalmente le derrotaron. Aunque otras bestias sucedáneas nacieron a la sombra del nazismo desencadenado “la transición” de la bestia, extendiendo por el mundo los tentáculos de la OTAN, como vampiros en busca de sangre humana. Así eres tu. Imperio judío-sionista, una bestia, una mala bestia nacida tras las ruinas del nazismo. Bestia de la gran bestia. La vida no vale nada si escucho un grito mortal y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga (cantó en otro tiempo el que fuera “Pablito”, hijo de Cuba, la que fuera madre patria de millones de revolucionarios por el mundo.)

NOTA

(“La niña del abrigo rojo”)

La niña de la película de Spielberg “La lista de Schindler”, era judía (no la pequeña actriz), la verdadera, Ligocka Roma. El personaje de la niña Dabrowska dio mucho de que hablar ya que tenía similitudes con Ligocka Roma, una niña judía superviviente de la Segunda Guerra Mundial que fue conocida por su capa roja en el gueto de Cracovia, y que escribió un libro de memorias sobre sus experiencias. En cambio, ésta otra niña del abrigo rojo, sostenido entre sus manitas no es judía, ni está en Cracovia, ni es amenazada por los nazis, ¿o si?. Esta niña con mirada perdida en sus pensamientos es palestina, y quizá tenga la misma edad de la niña judía Ligocka, pero esta no tiene nombre para los judíos-sionistas, ni para el resto del mundo… “Es simplemente una niña palestina”, una más. No, “no es tan inteligente”, para que sus padres la ayuden o paguen a siervos para que pueda ver el libro de sus memorias escritas. Tampoco habrá director de cine que cuente su vida ni la de sus amiguitos con todos sus familiares por igual de atormentados. Nadie se acordará de ella. Ni podrá escribir libro alguno porque ni a jugar ha podido en libertad. Esta niña (como la judía) está amenazada. Como lo fueron , lo siguen siendo en su país asesinadas miles de personas, entre ellos decenas de bebés, y cientos de niños y niñas, pero a lo contrario de la otra, el mundo no se paraliza ante nuevas listas de Schindler, porque no existen, ¡son tantos los muertos palestinos!

.
. . Aya Abu caminaba entre esquinas de escombros, en busca de su antigua casa, le era difícil distinguir calles que ya no eran calles, casas que ya no eran casas, árboles como quemados por el rayo, perros llegados de lejos en busca de algo que comer… Calles vaciás de niñ@s jugando, sólo piedras, polvo, escombros, soledad, muerte, silencio. Se paró de repente como paralizada, miró como restregándose los ojos, miró como no creyendo en esa posibilidad, y los cerro muy fuerte ahogando el llanto… Frente a ella estaban los restos de lo que un día fue la casita de sus padres, de ella, de todos sus hermanos. La casa donde vivió con los suyos rodeada de amor, y de un mundo hostil y criminal, que acechaba como lobo los movimientos de sus pobladores. Aferrada a su abrigo rojo que un día rescató de entre escombros aún humeantes de la metralla, de aquel que había sido su hogar. Ese fatal día de odio llegado del cielo o infierno, ella se encontraba en la casa de sus abuelos. . . se salvó del horror de saltar por los aires como muñeca rota; como saltaron sus padres y hermanos para nunca más poder recomponer sus vidas. Un sollozo incontrolado como arrancado de sus entrañas brotó sobre su cara de amor y tristeza; aferrada al abrigo rojo para que nadie le arrebatase lo que ella sentía como identificación propia… Un colono agazapado entre restos de lo que había sido el barrio, le apuntaba con su fusil a la cabeza.
Aya, era palestina, y como tal debía morir, lo había ordenado el ministro sionista de educación.

¡¡¡Hay que matar a todos los palestinos!!!

Aquí estaremos
Con una pared sobre el pecho,
Desafiando
Cantando nuestras canciones
Invadiendo las calles
Con nuestra ira,
Llenando nuestras covachas con orgullo,
Enseñando la venganza a nuevas generaciones
Como miles de prodigios
Vagamos errantes. 




Y, es que en Israel, un ministro de educación, en realidad es un ministro de la guerra, como en los EEUU, hay que educar. . . en las armas, en el asesinato, en el exterminio de pueblos enteros; igualito a la educación nazi. Y el psicópata disparó, como quien dispara a un ave libre en su vuelo, relamiendo de satisfacción sus asquerosos labios como gringo satisfecho de la orden ejecutada; enemigo eliminado misión cumplida.

Un relámpago amortajó a la niña. Aya Abu, cayó fulminada por el impacto de plomo en su cabeza, aún sujeta a su abrigo rojo, en un charco de sangre roja, sangre y bandera, hilo y madeja de sentimientos hilando familias; raíz, cultura asesinada. Palestina aún en sus ojos mirando hacia la nada, poco a poco se le fue apagando aquella mirada. Un silencio estremecedor inundó el espacio, las ruinas, el cielo azul durante unos instantes.

Cuando el asesino judío-sionista desapareció del lugar del crimen, un joven se acercó a Aya. Yacía desangrada como su bandera, como su familia. Limpió su frente, la besó entre sollozos de impotencia, y tapó su cuerpecito con lo que había sido su todo: familia, abrigo, sangre y bandera; que aún la niña sujetaba aferrada a sus deditos inertes. El joven desafiante miró al cielo por testigo, y le dijo henchido de ira afirmando con su dedo indice, ¡ni un tantico así nos doblegaremos! Cerro su mano en forma de puño duro, dirigió sus pasos decididos hacia una bandera palestina, que se encontraba entre unas manos bajo los escombros, la unió a la de la niña, y lanzó el grito de lucha.

¡¡¡Palestina Vive… !!!
Aquí derramaremos la queridísima sangre
Aquí tenemos un pasado, un futuro
Aquí somos los inconquistables
Así que golpea profundo, golpea profundo
Sobre mis raíces
(Tawfiq Zayad, poeta palestino)

Maité Campillo (actriz y directora de teatro)
Texto completo en: http://www.lahaine.org/la-nina-del-abrigo-rojo

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