lunes, 19 de octubre de 2015

Asalariado: ¡¡Aviva el seso y despierta!!. GPM

"...¡¡Luchar con el firme propósito de expropiar a los propietarios de los medios de producción y de cambio, acabando para siempre con la explotación económica y la consecuente opresión política, humanizando a la burguesía!! Ésta es la verdadera emancipación universal todavía pendiente. Porque durante cada crisis económica y en cada guerra, los burgueses muestran sin rubor su inhumanidad y su semejanza con cualquier animal de rapiña. Como decía Marx:


<< ¿En qué se distingue la historia humana de la libertad respecto de la libertad del jabalí, si se debe ir a encontrarla solo en las selvas?>>. (“Crítica de la filosofía hegeliana del derecho estatal”. Pp. 5)...."


<<Hegel ha sido el primero en exponer rectamente la relación entre libertad (de acción) y necesidad. Para él la libertad es la comprensión de la necesidad. (….) La libertad de la voluntad no significa, pues, más que la capacidad de poder decidir con conocimiento de causa. Cuanto más libre es el juicio (certeza) de un ser humano respecto de un determinado punto problemático, con tanta mayor necesidad estará determinado el contenido de ese juicio (su concepto y la consecuente voluntad de resolver el problema); mientras que (por el contrario) la inseguridad debida a la ignorancia y que elige con aparente arbitrio entre posibilidades de decisión diversas y contradictorias, prueba con ello su propia libertad, su situación de dominado por el objeto al que precisamente tendría que dominar. La libertad consiste, pues, en el dominio sobre nosotros mismos y sobre la naturaleza exterior, basado en el conocimiento de las (distintas) necesidades naturales (que exigen de nosotros mismos en cada caso un determinado comportamiento)>>. (F. Engels: “Antidühring” Cap. XI: “Moral y derecho. Libertad y necesidad” Ed. Grijalbo/1977 Pp. 117/118. Lo entre paréntesis y el subrayado nuestros. Versión digitalizada Pp. 104)


01. ¿Cuál fue la trampa de las últimas elecciones en Catalunya?

               El pasado día 03 de octubre hemos recibido un correo de Santi Ochoa, quien bajo el título de: “La trampa del 47-53” en alusión al resultado oficial de las recientes elecciones al parlamento en Catalunya, vino a decir lo siguiente:

     <<El primer paso para la manipulación de los resultados electorales es haber omitido deliberadamente la referencia a las cifras del número de votos, que enseguida desaparecen en la mayoría de las informaciones o análisis del escrutinio, siendo sustituidos  por porcentajes abstractos.

     Una vez más, así ha vuelto a suceder en las recientes elecciones al Parlament de 2015, donde se ha vuelto a repetir como un mantra que según los resultados electorales hay una mayoría de catalanes que no están por la independencia, pues el porcentaje de votos independentistas de “Juntos por el Sí” (JxSi) sumados a la “Candidatura por la Unidad Popular” (CUP) son el 47%, o sea menos de la mitad del censo electoral; y sin embargo la opción españolista se supone que es del 53%.

    La trampa ha consistido en interpretar que casi un millón de personas, 988.400 que se han abstenido de votar o que han votado en blanco o nulo, son también contrarios a la independencia de España, cuando por su naturaleza no se pueden interpretar ni a favor ni en contra de ninguna opción.

    Por lo tanto, la realidad es bien distinta. El total de votos independentistas fue de casi dos millones, exactamente 1.957.348 = 1.620.973 de “Juntos por el Sí” + 336.375 de la “CUP”. Y los votos españolistas, o sea el resto de las candidaturas, fueron un millón y pico: 1.192.060. Así las cosas, si los votos de ambas partes se comparan con el censo electoral que es de 4.115.807 electores, la horquilla del porcentaje de votos independentistas es del 47,55% frente al 28.96 % de los españolistas.  Pero  si se comparan con el total de votos emitidos y escrutados = 3.149.408, que es lo correcto, la horquilla resulta ser del 62,15% frente al 37,85%. Dicho de otra forma, estas elecciones han revelado que, hoy por hoy, por cada 100 electores que han votado españolistas, 164 han votado por la República Catalana Independiente. Esto resulta de dividir 1.957.348 votos a favor del Sí, por los 1.192.060 votos a favor del No; nada que ver con las cantidades que dan título a este artículo>>.

            Bien. Hasta este punto se explica perfectamente la trampa que Santi Ochoa, con toda razón, atribuye a los nacionalistas de arriba que todavía gobiernan a España con sede en La Moncloa, para que así parezca como si el voto del No a la independencia de Catalunya, haya triunfado frente al Sí. O sea, que denuncia a quienes detrás o por debajo de esa tramposa maniobra de cálculo electoral, esconden su política totalmente contraria al legítimo derecho de los pueblos a su autodeterminación.



          Pero, ¿determinar quiénes hayan ganado estas elecciones realmente es el verdadero punto problemático a resolver en cuanto a lo que significa la libertad, entendida como el conocimiento de la necesidad? ¿Qué cambiaría hoy día esencialmente hablando en la sociedad catalana la posible autodeterminación nacional, si las mayorías sociales dentro de esa nueva nación independiente siguen siendo de condición económica y política subalterna, explotada y oprimida? Nos referimos a “los de abajo” como así precisaba en definirles Bertolt Brecht. Y es que cuando en el actual sistema capitalista cualquier “pueblo” alcanza la autodeterminación nacional, sin más, arrastra consigo las diferencias de clase social subsistentes, es decir, la palpitante contradicción política entre las mayorías sociales subalternas “de abajo” y las minorías dominantes “de arriba”. Porque lo decidido entre todas ellas juntas votando en unas urnas como pueblo la soberanía nacional sobre un territorio, en modo alguno supone que “los de abajo” consigan la más mínima emancipación real. Muy por el contrario, mantiene y consolida en el poder político a “los de arriba”. He aquí la verdadera trampa en toda esta movida. Porque la noción de las palabras “pueblo” y “nacionalidad” o “patria”, no elimina —y ni siquiera suspende— las diferencias de clase subsistentes, donde “los de arriba” siguen ejerciendo el dominio político sobre “los de abajo”. Unos hechos consumados desde los tiempos de la Revolución Francesa, que la cacareada “soberanía nacional” no hace más que consolidar. Por eso Bertolt Brecht decía con toda certidumbre:

<<El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba. El nacionalismo, cuando los pobres lo llevan dentro, no mejora: es un absurdo total>>

            De aquí se deduce que mientraslos de abajo” en cada nación no adquieran conciencia de clase, jamás serán realmente libres ni decidirán hacer lo necesario para salir de esa miserable, humillante y tramposa condición “nacional”. Seguirán siendo relegados y subalternos, es decir, unos mandados por completo carentes de autodeterminación social y humana. Y no se atreverán a luchar por su libertad convenciendo a “los de arriba” para que renuncien a ese odioso privilegio que les confiere la trampa de la “democracia representativa”. El conocimiento de causa como condición ineludible de la verdadera libertad. Este es el punto problemático que deben resolver las mayorías asalariadas en las actuales circunstancias. Porque el hecho de decidir votando —como pueblo— qué fracción de las minorías sociales seguirán detentando el poder real en cada nación o patria, no supondrá que esas mayorías sociales hayan concretado allí donde vivan, la más mínima emancipación para ser humanamente libres sino al contrario, reafirmarán sin darse cuenta en su falsa conciencia, la condición de seguir siendo clase subalterna o dominada, a la vez que justificarán en el ejercicio del poder efectivo y real a “los de arriba” que les explotan y oprimen. Bajo tales condiciones será falso de toda falsedad que puedan compartir “la patria”, porque no será suya:

<<Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen…>> (K. Marx F. Engels: “Manifiesto comunista” Cap. II)

          Esta es la realidad que la clase dominante “nacional” ha podido ratificar en Catalunya, una vez más, mediante la llamada “voluntad popular” ejercida en esa ceremonia de la confusión que tuvo lugar allí durante las últimas elecciones el 17 de setiembre pasado. Todo un ritual que consagra el timo del “derecho ciudadano a decidir”, envuelto en el mito de la autodeterminación nacional que, para “los de abajo”, no conduce a ninguna parte que valga la pena.
02. Autodeterminación nacional y emancipación social

          En octubre de 2013 y a raíz de lo publicado por nosotros en setiembre bajo el título: ¿Guerra entre países o guerra entre las clases dominantes de esos países?, un ciudadano argentino interlocutor de nuestra página nos atribuyó ser “esquemáticos”, por el hecho de haber afirmado, precisamente, algo tan elemental y evidente como que las supuestas “guerras entre países” en realidad son guerras entre las clases dominantes de esos países, donde “los de abajo” fungen como carne de cañón. Contestamos a esta opinión seguidamente publicando: “La Patria. Ese resabio útil para que se maten entre sí los explotados”, en cuyo breve apartado 06 demostramos el engaño y la verdadera trampa que supone conformarse con la subyugante autodeterminación nacional, existiendo ya las condiciones materiales necesarias para que los “de abajo” podamos luchar exitosamente por alcanzar la emancipación humana en general para todos: 

<<Nos acusa Ud. de profesar un “esquematismo dogmático espantoso de carácter eurocentrista”, creyendo ilusoriamente que al luchar junto a la burguesía por la emancipación política y/o económica de su propio país, el proletariado también lucha por su propia emancipación humana como clase social. Es indiscutible que los EE.UU. como país oprimido guerrearon contra Gran Bretaña hasta lograr independizarse política y económicamente de ese imperio colonial desde julio de 1776. ¿Ha cambiado allí por eso la lógica de la explotación capitalista, la sujeción económica y política del proletariado norteamericano a su respectiva burguesía nacional? ¿Se atenuó siquiera semejante supeditación? Al contrario. Se ha reforzado. ¿Puede probar Ud., por ejemplo, que no haya sucedido lo mismo en Argentina desde la declaración de su independencia en 1816? >>. (Op. Cit.)

Salvo en la URSS entre octubre de 1917 y enero de 1924, no hay país en la moderna sociedad capitalista donde los propietarios sobre los medios de producción y de cambio hayan dejado de ejercer la explotación y la opresión sobre sus mayoritarias clases subalternas asalariadas. En todos ellos, el grado de explotación capitalista del trabajo asalariado, se mide universalmente por su productividad, de modo que a mayor eficacia del trabajo por unidad de tiempo empleado, mayor explotación de los asalariados. O sea, que con cada incremento de la productividad, el salario relativo disminuye en todo lo que el plusvalor embolsado por los capitalistas aumenta. ¿No es esta lógica del capital la que sigue presidiendo objetivamente la penuria relativa de los explotados y sus luchas hoy día en todo el Mundo?

<<La incontenible y progresiva mejora de la maquinaria hace cada vez más precarias sus condiciones de vida, de modo que los enfrentamientos entre cada obrero y cada capitalista por separado van adoptando cada vez más el carácter de colisión entre las dos clases>>. (K. Marx-F. Engels: “Manifiesto Comunista” Cap. I)

En cualquier país cuya sociedad está dividida en clases sociales, su emancipación política del imperialismo, es decir, su soberanía nacional, en modo alguno supone la emancipación humana ni la soberanía de todos sus habitantes. Las mayorías laboriosas siguen sometidas a la explotación y, por tanto, a la dominación política de sus clases explotadoras emancipadas del colonialismo. ¿Dónde está pues, la “patria libre” de los asalariados en la sociedad capitalista?



¡¡Luchar con el firme propósito de expropiar a los propietarios de los medios de producción y de cambio, acabando para siempre con la explotación económica y la consecuente opresión política, humanizando a la burguesía!! Ésta es la verdadera emancipación universal todavía pendiente. Porque durante cada crisis económica y en cada guerra, los burgueses muestran sin rubor su inhumanidad y su semejanza con cualquier animal de rapiña. Como decía Marx:


<< ¿En qué se distingue la historia humana de la libertad respecto de la libertad del jabalí, si se debe ir a encontrarla solo en las selvas?>>. (“Crítica de la filosofía hegeliana del derecho estatal”. Pp. 5).

¡¡Prohibir radicalmente a escala planetaria la propiedad privada con fines de explotación ajena!! Esta es, pues, la única forma política posible de los asalariados para emanciparse económica y socialmente de su condición de explotados y oprimidos, emancipando a la vez humanamente a los capitalistas. El propio ser de los asalariados, sometidos a una explotación cada vez más intensa, a una mayor pobreza relativa y a una agudización de la pobreza absoluta que involucra a una mayoría del pueblo en los países más pobres, es lo que caracteriza a toda sociedad divida en clases sociales, desde el esclavismo al capitalismo, pasando por el feudalismo. Todo ello ha discurrido en el curso de un proceso histórico que ha evolucionado según avanzó el progreso de la potencial productividad del trabajo incorporada a los medios de producción. Una realidad que ha impulsado la lucha de la clase subalterna en cada etapa de ese desarrollo histórico de la humanidad. ¿Ha tenido Ud. en cuenta este pensamiento rigurosamente científico para explicar la historia de los seres humanos? Al contrario. Se ha limitado a calificar este razonamiento de esquematismo dogmático espantoso ¿Es Ud. o ha sido alguna vez de condición asalariada, señor Schiavoni?

03. Un aleccionador retazo de la historia

¿Y qué decir de los políticos profesionales de medio pelo en nuestros días, esos oportunistas socialdemócratas de hoy, verdaderos inútiles en la tarea de llevar adelante las ya no sólo necesarias sino posibles causas nobles? Inútiles porque a la primera oportunidad en busca de notoriedad, poder y riqueza, se corrompen pasando a compartir mesa y mantel con la gran burguesía. Sí, esos hipócritas que quieren el capitalismo pero no sus necesarias e inevitables consecuencias, y que a sabiendas siguen consagrando el actual estatus quo como el non plus ultra de la sociedad humana, oficiando de mediadores entre explotadores y explotados al interior de las instituciones políticas en los distintos Estados capitalistas, sin excepción. Para mantener y consolidar esa odiosa relación de dominio y sujeción.



Esto mismo es lo que hicieron sus antecesores desde los tiempos en que irrumpieran al interior del sistema. Pero aquellos eran unos ingenuos, sinceros y honestos reformadores sociales, como el francés Joseph Proudhon y el prusiano Wilhelm Weitling, sin ambiciones de “famoseo” y enriquecimiento, que es lo que esconden estos de hoy, buena parte de ellos sin darse cuenta. Y a propósito, es interesante lo que relata el escritor y crítico literario Pavel Vasilievich Annenkov en sus memorias, cuando presto a iniciar su viaje por Europa en 1846, un terrateniente ruso, “famoso como intérprete de canciones zíngaras, buen jugador de cartas y experimentado cazador”, llamado Tolstoi —nada que ver con su homónimo autor de “Guerra y Paz”—, le entregó una carta para el ya también célebre Karl Marx, a quien había conocido personalmente en uno de sus viajes por Europa y haberle prometido vender sus tierras en Rusia, para poner todo su patrimonio al servicio de la “inminente revolución”. Pero una vez que volvió a pisar su tierra natal olvidó por completo la promesa.



Lo interesante del episodio vinculado con ese viaje, es que así pudo Annenkov conocer a Marx en Bruselas entregándole la carta el 30 de marzo, cuando al día siguiente y en presencia de Federico Engels, tenía previsto realizar en su casa una reunión con el sastre Weitling —quien por entonces dirigía en Alemania un partido político de cierta influencia entre los círculos obreros— para concretar una táctica común con arreglo a una estrategia reformadora de la sociedad. Tan ilusoria como la que hoy día siguen propugnando nuestros políticos profesionales que medran inculcando las mismas tonterías superficiales desde los aparatos ideológicos del Estado, alternándose periódicamente con los liberales de la derecha y del centro-derecha ocupando sus instituciones de gobierno en el Mundo entero:

<<El sastre agitador Weitling era un hombre joven, rubio, hermoso, que vestía una chaquetilla bastante cursi, tenía una barbita de corte coquetón y más bien con aspecto de viajante de comercio que de obrero rudo y amargado, tal como yo me lo había imaginado>>. (Hans Magnus Enzensberger: “Conversaciones con Marx y Engels” Ed. Anagrama. Barcelona/1973 Tomo I Pp. 64)

            Una vez presentados, los asistentes tomaron asiento en torno a “una mesita verde”, cuya cabecera fue ocupada por Marx portando un lápiz “con su testa de león inclinada sobre una hoja de papel”, flanqueado a su derecha por “su amigo y compañero en la propaganda, el alto, erguido, serio y británicamente digno Engels”, quien inició la sesión destacando:

       <<….la necesidad de que aquellas personas dedicadas a la reforma del mundo laboral tengan ideas claras acerca de sus respectivas opiniones, y que era necesario crear una doctrina común, que sirviera de bandera y en torno a la cual pudieran congregarse todos aquellos que no tuvieran el tiempo o las posibilidades de ocuparse en cuestiones teóricas…>> (Op. Cit.)

            Cuenta Enzensberger que Engels no había terminado su discurso, cuando Marx le interrumpió levantando la cabeza y dirigiéndose directamente a Weitling comenzó diciéndole:

     <<Díganos Weitling, Ud. que armó tanto jaleo en Alemania con su propaganda comunista y ha reunido en torno suyo a tantos obreros que de esta forma perdieron el trabajo y el pan. ¿Con qué argumentos defiende Ud. su actividad revolucionaria y social, y cómo piensa basarla en el futuro? Todavía recuerdo con todo detalle —dice Annenkov— la forma de esa pregunta brusca, dado que aquél reducido círculo de personas dio lugar a una apasionada discusión que, como explicaré más adelante, no duró mucho tiempo.

     Weitling parecía querer mantener la discusión en lugares comunes de la retórica liberal. Con semblante serio, preocupado, comenzó a explicar que no era tarea suya crear nuevas teorías económicas, sino aceptar aquellas que —como había quedado demostrado en Francia— eran las más adecuadas para que los obreros abrieran sus ojos ante lo desesperado de su situación, ante todas las injusticias que les infligían los gobiernos y la sociedad, y para que aprendieran a no conceder crédito a ninguna promesa, poniendo todas sus esperanzas en ellos mismos, en la construcción de la sociedad comunista democrática.

    Weitling hablo mucho, pero con gran extrañeza por mi parte y a diferencia del discurso de Engels, sus palabras eran oscuras y enredadas, incluso en la forma, repitiéndose a menudo y corrigiendo sus propias palabras. Con grandes dificultades llegó a la conclusión, que en su caso vino retrasada o con antelación a las premisas. En aquel momento estaba hablando a unos oyentes muy distintos a los que habitualmente le rodeaban en su taller o leían su diario y sus panfletos sobre la situación económica actual. De esta forma perdió la libertad de pensamiento y de lenguaje.

     A buen seguro hubiera continuado hablando, a no ser que Marx le interrumpiera enfadado y frunciendo las cejas para iniciar su sarcástica respuesta. Ésta venía a decir, en esencia, que era sencillamente un fraude el sublevar al pueblo sin darle algunas bases firmes y elaboradas para su actividad. Marx continuó afirmando que el despertar unas esperanzas fantásticas nunca conduciría a la salvación de los que sufrían, sino que les llevaría a su fracaso. Y esto era todavía más válido en Alemania, donde dirigirse a los obreros sin unas doctrinas concretas y unas ideas rigurosamente científicas equivalía a un juego vacío e inconsistente con la propaganda, que presupone por una parte un apóstol entusiasmado, y por otra unos asnos que le prestan atención boquiabiertos. Y señalándome con un brusco gesto continuó: Aquí, entre nosotros se encuentra un ruso. En aquél país, Weitling, quizás estuviera indicado el papel que Ud. ha venido desempeñando. Solo allí pueden constituirse con éxito asociaciones entre apóstoles absurdos y discípulos igualmente absurdos.

     Marx continuó desarrollando su opinión de que en un país civilizado como Alemania era imposible lograr algo sin una doctrina sólida, concreta, y que hasta el momento no se había conseguido más que ruido, arrebatos perniciosos y fracasos de la causa misma que uno ha tomado en sus manos.

     Las pálidas mejillas de Weitling se colorearon y sus palabras adquirieron viveza. Con voz trémula por la excitación, comenzó a demostrar que una persona que había logrado reunir en torno suyo a centenares de personas en nombre de la idea de la justicia, la solidaridad y el amor fraterno, no podía ser tildada de persona sin contenido, ociosa; que él, Weitling, se consolaba frente a los ataques de hoy con los centenares de cartas y manifestaciones de adhesión y gratitud que recibía desde todos los rincones de su patria, y que su modesta labor para la tarea común tenía mayor importancia que la crítica y los análisis de gabinete, que se efectuaban lejos de los sufrimientos del mundo y de las vicisitudes del pueblo.

     Estas últimas palabras de Weitling despertaron definitivamente la rabia de Marx, quien en su exasperación golpeó la mesa con el puño y tal fuerza, que la lámpara comenzó a tambalearse, y dando un salto gritó: “Hasta ahora, la ignorancia jamás ha sido de provecho para nadie”.

     Nosotros seguimos su ejemplo y también nos levantamos. La entrevista había llegado a su fin. Y mientras Marx iba recorriendo la estancia de un extremo a otro con desacostumbrada ira y excitación, me despedí rápidamente de él y de los demás y regresé a casa, sumamente sorprendido por todo cuanto acababa de ver y oír>> (Ibíd).   


            La supina ignorancia que demostró Weitling en su escueto y superficial discurso aquél día, consistió en concebir bajo el capitalismo lo inconcebible, es decir, la justicia y el amor fraterno. Dos virtudes humanas de imposible realización bajo las condiciones de explotación económica y sometimiento político de una clase social sobre otra. Una situación que todavía hoy perdura, por el simple hecho de que la clase explotada y sin dejar de luchar por reivindicaciones económicas inmediatas, la sigue tolerando. ¿No es éste mismo status quo, el que siguen proclamando desde las instituciones de Estado los actuales líderes políticos de los partidos afines a la izquierda reformista institucionalizada?



          En octubre de 1846 Proudhon publicó su “Filosofía de la Miseria”. Y en junio de 1847 Marx le respondió bajo el título: “Miseria de la filosofía”, donde pulverizó todos y cada uno de sus triviales argumentos. Pero de esta obra jamás los medios políticos reformistas han dicho ni pio. Nada. Solo silencio y boicot absoluto. Como también es cierto que prohibido está mentar la soga en casa del ahorcado.



          En esa obra Marx demuestra, incontrovertiblemente, que el carácter o naturaleza de la sociedad humana, sus relaciones sociales y sus instituciones económicas, sociales y políticas, así como sus formas de organización, han sido revolucionadas periódicamente cambiando de modo radical, según fue avanzando el desarrollo de las fuerzas sociales productivas que sucesivamente transformó no menos radicalmente sus formas de producir, desde el comunismo primitivo hasta el capitalismo, pasando sucesivamente por el modo de producción asiático, el esclavismo y el feudalismo.     



          Y para explicar este proceso de desarrollo y cambio epocal —donde todas las formas humanas de trabajar y de vivir han sido históricamente transitorias—, Marx apeló a la expresión “fuerzas productivas adquiridas” que sustituyen a otras anteriores. Y para ello seguramente se inspiró en Heráclito donde dice que “nunca nos bañamos dos veces en las aguas de un mismo río”:

<<El señor Proudhon confunde las ideas y las cosas. Los seres humanos jamás renuncian a lo que han conquistado, pero esto no quiere decir que no renuncien nunca a la forma social bajo la cual han adquirido determinadas fuerzas productivas. Todo lo contrario. Para no verse privados del resultado obtenido, para no perder los frutos de la civilización, los seres humanos desde el momento en que el tipo de su comercio no corresponde ya a las fuerzas productivas adquiridas, se ven constreñidos a cambiar todas sus formas sociales tradicionales. Hago uso aquí de la palabra comercio en su sentido más amplio (relación), del mismo modo que empleamos en alemán el vocablo Verkehr. Por ejemplo: los privilegios, la institución de gremios y corporaciones, el régimen reglamentado de la Edad Media, eran relaciones sociales (en la sociedad moderna ya superadas) que sólo correspondían a las fuerzas productivas adquiridas y al estado social anterior, del que aquellas instituciones habían brotado. Bajo la tutela del (ya obsoleto y perimido) régimen de las corporaciones y las ordenanzas, se acumularon capitales, se desarrolló el tráfico marítimo, se fundaron colonias; y los seres humanos habrían perdido estos frutos de su actividad, si se hubiesen empleado en conservar aquellas formas a la sombra de las cuales habían madurado aquellos frutos. Por eso estallaron dos truenos: la revolución de 1640 y la de 1688. En Inglaterra quedaron destruidas las viejas formas económicas, las relaciones sociales con ellas congruentes y el régimen político que era la expresión oficial de la vieja sociedad civil. Por tanto, las formas de la economía bajo las que los hombres producen, consumen e intercambian productos, son transitorias e históricas. Al adquirir nuevas fuerzas productivas, los seres humanos cambian su modo de producción, y con el modo de producción cambian las relaciones económicas (comerciales), que no eran más que las relaciones necesarias de aquel modo concreto de producción>>. (Carta de Marx a P. V. Annenkov 28/12/1846. El subrayado y lo entre paréntesis nuestros).

            Sobre la base de este razonamiento dialéctico y para no remontarnos más atrás en la historia, decir con Marx que el desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado durante la tardía Edad Media, fue posibilitado por la difusión del molino de viento y de agua en los trabajos de transformación industrial de la materia prima agrícola, metálica, maderera, textil, etc., así como la invención del astrolabio —utilizado en Europa desde el Siglo XII— perfeccionó la navegación de ultramar, un invento al que le sucedió el sextante en 1750. Y qué decir de la imprenta, que desde 1455 dio un enorme impulso a la difusión del conocimiento y la cultura de la población en general. Todos estos adelantos que aumentaron la productividad del trabajo social, sin duda estuvieron en la causa fundamental o básica que finalmente acabaron con las formas medievales de producir e intercambiar riqueza, sustituyendo las antiguas instituciones económicas, sociales y políticas medievales, por las propiamente capitalistas que dieron pábulo a la Revolución francesa hasta nuestros días: 

     <<Esto es lo que el señor Proudhon no ha sabido comprender y menos aún demostrar. Incapaz de seguir el movimiento real de la historia, el señor Proudhon nos ofrece una fantasmagoría con pretensiones de dialéctica. No siente la necesidad de hablar de los siglos XVII, XVIII y XIX, porque su historia discurre en el reino nebuloso de la imaginación y se remonta muy por encima del tiempo y del espacio. En una palabra, eso no es historia, sino antigualla hegeliana, no es historia profana —la historia de los seres humanos—, sino historia sagrada: la historia de las ideas (divinas).             A su modo de ver, el hombre no es más que un instrumento del que se vale la idea (del Dios creador) o la razón eterna para desarrollarse. Las evoluciones de que habla el señor Proudhon son concebidas como evoluciones que se operan dentro de la mística de la idea absoluta. Si rasgamos el velo que envuelve este lenguaje místico, resulta que el señor Proudhon nos ofrece el orden en que las categorías económicas se hallan alineadas en su cabeza. No hará falta que me esfuerce mucho para probarle que este es el orden de una mente muy desordenada.

     El señor Proudhon inicia su libro con una disertación acerca del valor, que es su tema predilecto. En esta no entraré en el análisis de dicha disertación.

     La serie de evoluciones económicas de la razón eterna comienza con la división del trabajo. Para el señor Proudhon la división del trabajo es una cosa bien simple.      ¿Pero, no fue el régimen de castas una determinada división del trabajo? ¿No fue el régimen de las corporaciones otra división del trabajo? ¿Y la división del trabajo del régimen de la manufactura (de los artesanos), que comenzó a mediados del siglo XVII y terminó a fines del XVIII en Inglaterra, no difiere, acaso, totalmente de la división del trabajo de la gran industria, de la industria moderna? (Op. Cit.)
 
          El error de Proudhon consistió en anteponer las puras ideas abstractas como producto de su propia imaginación inspirada en una supuesta divinidad intangible —típica de la fe cristiana—, dejando a un lado la cruda realidad material. Aceptó la falacia de autoridad celestial filosofada por Hegel, según la cual el desarrollo histórico de la humanidad había sido obra de Dios y alcanzado su zenit insuperable con el capitalismo. Fue víctima de su propia ingenuidad basada en esa creencia suya, como así lo dejó Marx negro sobre blanco, tanto en la carta que acabamos de citar, como seguidamente al redactar su respuesta en: “Miseria de la filosofía”, que publicó en junio de 1847.


04. Del ingenuo Weitling a sus incalificables colegas sociatas de hoy
         
          Así las cosas, que después de esto nuestros actuales políticos institucionalizados sigan instalados en la misma falacia, negándose sistemáticamente a aceptar lo demostrado por Marx en su carta a Annenkov, esto ya no es un error por ingenuidad personal, sino una deliberada y cómplice voluntad política comprometida en la tarea de mantener el inmovilismo histórico del capitalismo por la cuenta que les trae. El reformismo conservador de los actuales políticos profesionales no es, por tanto, ingenuo sino interesado. Al huir del desprejuiciado y riguroso pensamiento científico como de la peste, saben que si por honestidad decidieran ser prácticamente consecuentes con él, quedarían ipso facto fuera de las instituciones políticas del sistema. Y semejante sometimiento al chantaje de la burguesía, no tiene su origen causal en la voluntad política de nadie en particular, por más poderoso que se lo pueda imaginar, sino que es objetiva y sistémica. Es esa cosa llamada capital la que mueve a la sociedad basada en la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio, concebida como una noria girando en torno a sí misma eternamente, determinando el comportamiento de los sujetos. Y políticamente se trata de que todo lo que no encaje en esa realidad cosificada es desechado. O sea, que si antes hubo historia y transformación de la realidad social, ahora ya no la hay. Es el eterno retorno a lo mismo del que hablaba Nietzsche, en peramente recreación política forzosa, donde tal como solía decir el “españolisto” Alfonso Guerra: “El que se mueve no sale en la foto”.



          Pero este falso inmovilismo artificioso, concebido e impuesto dictatorialmente por el pensamiento único del conservador oficialismo burgués imperante, contrasta o se contradice con la voluble realidad económica, social y política determinada por el desarrollo material de las fuerzas productivas. Y dado que tanto en la física como en la química está científicamente probado que toda contradicción de términos contiene y despliega la fuerza o causa objetiva que la  resuelve, también esto se ha venido demostrando en la sociedad capitalista, donde opera la misma causa objetiva que ha venido realizando los consecuentes cambios sistémicos periódicos de naturaleza, en la organización de los distintos tipos de sociedad que se han sucedido históricamente unos a otros, determinados por el desarrollo material de las fuerzas productivas, esto es, por el progreso en la productividad del trabajo. Y estos cambios operados en la base material de cada tipo de sociedad  —tanto en las formas de producir como en las de intercambiar riqueza— tienden a transformar la naturaleza y el carácter de las instituciones económicas, sociales, jurídicas y políticas, que acaban alumbrando la necesidad de dejar el paso franco al siguiente tipo de sociedad superior. Y estos cambios revolucionarios que hacen a la historia, es decir, al tránsito de un tipo de sociedad a otra superior, son protagonizados por los seres humanos. Pero inducidos a ello por determinadas circunstancias en que se pone de manifiesto ante su conciencia, la contradicción entre lo viejo aún vigente que se resiste a morir, y lo nuevo que todavía no acaba de nacer:

<<Los seres humanos hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado>>. (K. Marx: “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte” Cap. I).

          Bajo tales circunstancias previas a cada estallido y resolución revolucionaria de la contradicción, el comportamiento de los sujetos en lo que se refiere a su ideología y acción política, salvo raras excepciones sigue —como es el caso de hoy día en el Mundo—, objetivamente determinado por el sistema económico, social y político vigente. O sea, que puestos ante las actuales circunstancias y muy a pesar de las penurias causadas por la profunda recesión económica que  persiste, las mayorías sociales explotadas y oprimidas de tal modo mantenidas en el total desconocimiento de la verdadera realidad que les aflige, tal como sucedió con Proudhon y Weitling en modo alguno están en condiciones de imaginarse nada mejor respecto de lo que viven para luchar por ello. Una realidad enajenada que dio pábulo al aserto de Marx cuando le dijo a Weitling que: “la ignorancia jamás ha sido de provecho para nadie”.     



          Y si en este contexto se observa con un poco de atención lo difundido por los medios de comunicación de masas —tanto públicos como privados— se puede comprobar que todos ellos en sus programas relativos a la corrupción política, por ejemplo, se suman a la tarea sistémica de apuntalar al sistema en la conciencia enajenada de los explotados, es decir, se trata de mantenerles en la ignorancia respecto de lo que en verdad es esta sociedad. ¿Cómo? Entre otras artimañas atribuyendo todos los males causados por el sistema social de vida vigente, a las conductas individuales. A una supuesta y perversa inclinación congénita del ser humano individual a la transgresión; confundiendo al instinto de conservación personal —que no presupone ser causa de menoscabo social ni daño material a terceras personas—, con el egoísmo social que sí lo lleva implícito el desigual derecho a la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio, típico de las sociedades clasistas explotadoras y opresivas. Donde dichos comportamientos humanos perversos de las clases dominantes —como en el esclavismo, el feudalismo y el actual capitalismo—,  han venido estando objetivamente determinados por sus respectivos sistemas específicos desiguales de relaciones sociales.    



          El régimen desigual de oportunidades bajo el capitalismo, se ha proyectado desde la sociedad civil hacia la política mediante la legislación electoral, según la cual los llamados “ciudadanos de a pie” son periódicamente convocados a elecciones donde mediante su voto personal “deciden” delegar su voluntad política en determinados partidos o coaliciones de partidos, donde los más votados y una vez a cargo del poder político  de tal modo delegado por sus electores, los elegidos deciden discrecionalmente distribuir ese poder entre los suyos según una escala jerárquica de mayor a menor, todos ellos encargados de dirigir discrecionalmente las distintas dependencias Estatales para la administración de la cosa pública.



          De este modo, los filósofos del movimiento de la Ilustración que desembocó en la Revolución Francesa, reprodujeron en su imaginación “creadora” un escenario parecido al Paraíso terrenal cristiano tal como los evangelistas San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan lo describieron en las Sagradas Escrituras, donde se atribuye al Dios todopoderoso la cualidad divina de saberlo todo, además de poder estar en todos los sitios al mismo tiempo, es decir, el ser superior no sólo omnisapiente sino también omnipresente. Y resulta que, según este relato, el Dios eterno creó el paraíso terrenal y allí puso a una pareja de mortales —que según parece fueron nuestros más remotos antecesores a los que llamó Adán y Eva—, para que gozaran del libre albedrío con la única excepción de no probar un fruto prohibido, colocado expresamente para que ambos puedan consumar el odioso acto del pecado original que condenó al resto de la humanidad. Como es fácil deducir, los santos evangelistas concibieron a un Dios creador tan todopoderoso como esencialmente vengativo, hasta el punto de poder ensañarse con su propia creación. Tal como lo dijera John Emerich Edward Dalkberg Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.



          Algo así cabe decir de los redactores de la Constitución francesa en 1791. Porque una vez consagrado en la sociedad civil terrenal el derecho profano a la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio, en las alturas celestiales del Estado divino capitalista se abrió la veda de la democracia representativa, para que todo alto cargo público en la intimidad de su despacho, pueda cometer el pecado-delito de concretar negocios personales con los profanos empresarios de la sociedad civil, convirtiendo así la cosa pública divina y celestial en cosa privada terrenal.   



          Pero ésta secreta promiscuidad entre la sociedad civil y el Estado, tiene su causa formal en la democracia representativa,  según la cual las mayorías sociales de condición asalariada, son constreñidas a dividir su voluntad política entre los partidos políticos representativos de las clases burguesas dominantes, de modo tal que a pesar de ser mayoría absoluta en el Mundo, carecen de todo poder político. Pero, además, como individuos ni siquiera se pueden tener la oportunidad de corromperse. Por no poder ni siquiera pueden evadir al fisco, dado que ese aporte se les sustrae ipso facto y figura en la nómina mensual de su sueldo respectivo. Razón demás para que deban luchar unidos por su emancipación humana universal, imponiendo una sociedad sin distinción de clases sociales ni escalas jerárquicas de poder político personal.



          Pero como tal estado de cosas resulta ser funcional a los fines estratégicos del sistema capitalista —del cual los asalariados son su parte más vulnerable— resulta que tras cada “fiesta de la democracia” insistimos: la trampa no está en el escrutinio sino en que “los de abajo” permanezcamos divididos repartiendo estúpidamente nuestro voto entre las distintas opciones políticas burguesas, de modo tal que así “los de arriba” como clase dominante minoritaria siguen prevaleciendo y garantizan la estabilidad de su sistema. Lo cual explica que perdure la tan antigua como remanida máxima de los déspotas desde los tiempos de Julio Cesar, pasando por Napoleón: “dividir para dominar”. En latín: “Divide et vinces, divide ut imperes o divide ut regnes”, que da igual. ¡¡A ver quién es el listo capaz de desmentir el aserto marxista, de que “la democracia representativa es la dictadura de esa cosa semoviente llamada capital”!! Una cosa en la que los capitalistas permanecen tan enajenados como cualquier asalariado, con la diferencia de que a ellos esa enajenación les hace sentir muy bien. Y en este plan siguen comprometidos en complicidad, sin excepción, TODOS, ABSOLUTAMENTE TODOS los actuales políticos socialdemócratas. Tanto los oportunistas corruptos sin escrúpulos que se lucran con ello en función de gobierno como los “honrados” que no. Porque a todo lo peor imaginable se llega dejándose llevar por los prejuicios. Como pasa con los que comparten esas mismas supercherías por acostumbrada y deliberada ignorancia. TODOS contribuyen al mismo fin retrógrado, corrupto y criminal.



          Y esta es una deriva que sigue viva todavía enroscada como una víbora en la conciencia ingenua de “los de abajo”, desde que con su pueril y estúpido fervor patriótico en Francia, Gran Bretaña y Rusia, vieran en alemanes y austrohúngaros a sus enemigos. Todos ellos instigados unos contra otros por sus respectivas burguesías nacionales. Logrando así que ambos bandos desencadenaran en 1914 el genocidio rapiñoso de la Primera Guerra Mundial. Y otro tanto casi calcado del anterior sucedió durante la segunda gran conflagración en 1939. Así es cómo nos han venido llevando de las narices, porque nos negamos a descubrir lo que se nos ha venido encubriendo: la verdadera naturaleza del tipo de sociedad en que vivimos. Nos han educado en el más rancio y disolvente individualismo según la disoluta ideología del slogan publicitario que reza:

<<Una cosa es una media naranja y otra cosa es tu media naranja. Una cosa es la historia y otra cosa es tu historia>>.

          Sí. Pero como bien nos dejara dado a entender Einstein y no sólo él, la “historia” del individuo explotado y oprimido que opta por ignorar o equivocar el conocimiento de la sociedad en que vive, jamás podrá contribuir al desarrollo histórico humanitario de esa sociedad y, simultáneamente, él mismo resultará ser un Don nadie. Nada de nada. Un desperdicio. Matemáticamente un cero a la izquierda. Por más inteligente que sea y aplique esa capacidad suya propia para salir él como individuo de tal situación subalterna, logrando colmarse de riqueza y fama mientras viva.      



          ¿Tan difícil es comprender las verdades repetidas aquí —claramente anunciadas por Marx hace ya casi dos siglos—, y que la historia en todo este tiempo no ha hecho más que confirmar? ¡¡Aviva el seso y despierta!! Como bien dijera Jorge Manrique. Porque sin el riguroso conocimiento de la ya caduca sociedad actual sobre la base de su fundamento material, no puede haber certeza que mueva la voluntad política de las mayorías para salir de este atolladero, ni progreso posible ni seguridad para todos, para nuestros hijos y para el futuro de la humanidad en general.







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