lunes, 28 de septiembre de 2015

Informe político (9/2015): Debemos organizar la intervención revolucionaria. RedRoja

El eje central de este informe lo constituyen nuestros retos organizativos y la reorientación de nuestro necesario trabajo de intervención en los marcos populares, por más que no reflejemos aquí todos los planes y detalles organizativos acordados en nuestra última Coordinadora Estatal. Hasta tal punto es nuestra voluntad destacar este doble asunto, que vemos procedente presentar de forma sintética lo siguiente, antes de entrar a comentar las condiciones generales tanto económico-internacionales como de la propia situación política en el Estado español:


El análisis de la evolución de la situación política y de la movilización general, concretamente de los marcos populares en que venimos interviniendo, así como de la propia situación económica e internacional, confirma la pertinencia de la consigna que establecimos en nuestra reciente Asamblea Congresual: Nos toca precisar aún más y reforzar la línea revolucionaria comunista, lo que presupone garantizar la independencia estratégica y de clase de su intervención.

De acuerdo con lo decidido en nuestra asamblea, y conscientes de que en realidad las “labores congresuales” continúan, la aplicación de esa consigna pasa por poner el acento principal de nuestra actividad militante en la conformación y reforzamiento de núcleos, y en el fortalecimiento y especialización de la dirección dentro de nuestra organización.

Esta actividad “más interna” seguirá siendo complementada con nuestro trabajo de confluencia revolucionaria con compañeros de otras organizaciones o colectivos en nuestro marco estatal común a fin de extender al máximo la influencia política de la perspectiva socialista, tanto en lo referente a los contenidos programáticos como en lo que se refiere a la “cuestión del poder”.

1. La “salida de la crisis” entra en crisis y la militarización de la misma.

En medio de la propaganda gubernamental de la “recuperación económica” surgen los graves acontecimientos económicos en China con las sucesivas devaluaciones del yuan y las inmediatas caídas en las principales bolsas mundiales. La incertidumbre sobre el futuro se ha vuelto a instalar en la propia prensa económica mundial y de nuevo se propagan los peores augurios llegándose a hablar de “pánico entre los inversores” (El Economista, 20-09-2015). Si bien a los propagandistas de “la salida de la crisis” no les tocaba otra que decir que la culpa era exclusivamente china, el caso es que son numerosos analistas los que coinciden en que estamos viviendo un episodio dentro de esa misma crisis mundial “que no se ha ido”. No sólo eso, sino que cada vez son más quienes coinciden con la interpretación marxista en que la razón de fondo de la larga crisis que vivimos responde a una superproducción relativa de mercancías que conlleva a un proceso agudo de desvalorización mediante el cual se impone la ley decreciente de la tasa de ganancia. No otra cosa significan las presiones deflacionistas que se viven en el mercado mundial. Claro que dado el papel dominante del capital financiero en la economía capitalista –y la utilización de la deuda “a terceros” y otros productos financieros por parte del mundo capitalista más desarrollado con EEUU a la cabeza para conjurar la falta de rentabilidad de la “economía real”- pone en bandeja los estallidos frecuentes de burbujas especulativas y de crisis de deudas.

También esto sucede ya y en gigantescas dimensiones en la misma China donde amenazan con estallar las burbujas inmobiliarias y las generadas por la especulación financiera. El crecimiento de la construcción que ha llegado a ser la cuarta parte del PIB (que alcanza los 10 billones de dólares) ha dado lugar a numerosas ciudades fantasmas. Y no es que haya más viviendas de las necesarias, sino muchas más de las accesibles a una capacidad adquisitiva condicionada por relaciones de explotación. Por otro lado, para financiar la adquisición de viviendas y otras obras de infraestructura se promovió el endeudamiento masivo de particulares y administraciones de forma que la deuda total del país se multiplicó por cuatro desde 2007 a 2014.[1] La sobreinversión y sobreproducción determinan una desvalorización acelerada del capital-mercancía. Las presiones deflacionarias se profundizan; la caída progresiva de los precios en el llamado gigante asiático se mantiene desde hace más de tres años.

Pero, como ya hemos señalado, las presiones deflacionarias no afectan sólo a China sino que tienen carácter general. Son la expresión, no sólo de la caída de la demanda, sino de guerras de precios por hacerse con mayores cuotas de mercado y se manifiesta en los principales sectores de la economía mundial, desde la minería a la industria automotriz, pasando desde luego por el petróleo.

El debilitamiento del crecimiento, con las consiguientes caídas de los precios, se extienden ahora a todas las grandes economías mundiales. Los BRICS, lejos de actuar como el amortiguador que fueron durante 2008 y 2009 –que dio lugar a absurdas especulaciones acerca de su capacidad de escapar a la crisis- se incorporan a los países con crecimiento débil o en franca recesión. El resultado, según señalan numerosos analistas, será en el mejor de los casos el de una cronificación de la crisis, o el del estallido de una nueva crisis mundial, ahora sin paracaídas.

La cuestión es que se cae el mito de que China podía sustraerse a la crisis capitalista y, más aún, de que ella podía salvar al sistema de su crisis, como decían que había sido el caso en 2007. El reciente aplazamiento de la subida de los tipos de interés por parte de la FED (banco central de EEUU) condena a presionar aún más a la baja al dólar ante la devaluación de otras monedas como el yuan. Vivimos, pues, un anticipo de la guerra de divisas como conclusión lógica de la fase financiera de la crisis y la utilización de los bancos centrales (empezando por la FED) como ariete en un escenario de contradicciones internacionales que se agrava. Hemos de recordar que EEUU, más allá de consideraciones puramente económicas, ha venido utilizando la divisa del dólar como una de las herramientas “menos belicistas” para imponer y prolongar una hegemonía que cada vez tiene menos base real.[2]

Pero las herramientas “menos belicistas” ya hace tiempo que se vienen combinando con una creciente desestabilización militar de la situación internacional. Cada vez cuesta más ocultar la agudización de las diferencias entre potencias “amigas” y estas –ya no sólo los EEUU- intervienen de forma descaradamente imperial en los asuntos internos de los Estados que conforman su esfera de influencia. Lo vivido durante meses en Grecia no es más que un aperitivo de adónde estarían dispuestos a llegar aquí mismo dentro de la Unión Europea. Al respecto, cabe recordar lo que advertíamos en nuestras Tesis: Ninguna estrategia de lucha nacional o estatal podrá obviar la situación de guerra en que progresivamente se instala el mundo. Y prácticamente en ningún marco estatal podrá darse una vía de solución sólida en clave popular si no considera que tendrá que enfrentarse tarde o temprano (…) a factores oligárquicos internacionales.” [3]

La escalada belicista a escala mundial -que se viene manifestando desde la caída de la URSS en una intensificación sin precedentes del expolio y la destrucción de países cuyos gobiernos no acceden con la diligencia debida a los intereses imperialistas- tiene una especial concreción en las grandes Maniobras militares que la OTAN desarrolla en el Estado español desde el 3 de octubre al 10 de noviembre de 2015.

Han sido precedidas por un nuevo acto de vasallaje a los intereses de EE.UU, que se suma a los que de forma continuada han protagonizado todos los gobiernos, incluida la vulneración de las tres condiciones para el Si en el Referéndum de la OTAN. Por si alguien se creyó alguna vez lo de la “soberanía popular”. El mes de junio pasado se cedió la Base de Morón para servir de sede permanente del USAFRICOM (Mando de los Estados Unidos para África). El objetivo es instalar allí de forma permanente la Fuerza Especial de Respuesta de Crisis del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos (SP MAGTF Crisis Response).

El movimiento antiimperialista contra la guerra, prácticamente desaparecido tras las grandes manifestaciones contra la invasión de Iraq, empieza resurgir en el proceso de preparación de movilizaciones contra estas Maniobras en varios territorios. El objetivo es que perdure y se amplíe, como lo hace la guerra global promovida en primera instancia por EE.UU., la UE y el Estado sionista de Israel, con sus aliados regionales que van desde fuerzas abiertamente fascistas como en Ucrania o ejércitos mercenarios que a veces, como en el caso del DAESH, tienen su propia agenda.

A la potenciación de ese movimiento, que sostiene su columna vertebral sobre la solidaridad internacionalista más estricta, que identifica como enemigo en primer lugar la mano del agresor imperialista y apoya con todas sus fuerzas a quienes se le enfrentan, dedica y dedicará Red Roja sus energías.

2. La inestabilidad política del Estado español más acá de la crisis. Sobre la situación en Catalunya y nuestras tareas.

Comparado con el periodo que va de las elecciones europeas de 2014 hasta las municipales de este año –con los casos de corrupción de “por medio” saturándolo todo, mediando también la abdicación, etc- el Régimen político del 78 ha recuperado una cierta estabilidad política en lo que particularmente se refiere al bipartidismo. Evidentemente ha jugado a su favor la canalización/desviación electoral de “la indignación”, más allá de que las propias movilizaciones populares no se pueden mantener en el mismo pico de flujo si no obtienen resultados tangibles; sobre todo, cuando no se insertan en una estrategia revolucionaria de conquista de poder. En cualquier caso, el Régimen del 78 ha asimilado en medida no desdeñable “las expresiones” surgidas tras el 15M y se ha recuperado ante la pérdida relativa de la iniciativa mediática frente al “efecto Podemos”. Este, en buena parte y como ya habíamos señalado, se aprovechó del desprestigio del sistema político en su conjunto y de las peleas dentro del bipartidismo donde no se dudaba en utilizar los “casos de corrupción”. Hemos analizado suficientemente al respecto; por ejemplo, en los editoriales de nuestra revista.

Finalmente el desgaste en curso de Podemos, la situación de UVI de IU (que sólo puede mantener su existencia con una recuperación de un lenguaje radical, incluso anti-sistema, al tiempo que este le ayuda por los años de “fiel servicio” a la estabilidad de la “democracia del 78”), las querellas internas por poner en marcha candidaturas de Unidad Popular que aseguren a unos y otros puestos en la política profesional, todo ello, ha llevado a que el PSOE (debidamente “descastizado” por la misma dirección de Podemos) se vea de nuevo como eje central de la “alternativa útil” a la derechona del PP. Desde principios de 2014 advertíamos de que este podía ser el triste resultado de dejar que buena parte de la “indignación” se expresara político-electoralmente tal como ha ocurrido. En el siguiente apartado entraremos más en detalle en la situación de las “expresiones reformistas y electoralistas” que se montaron a lomos de la protesta social anticrisis. Parémonos ahora en la otra fuente de desestabilización del régimen de la transición que se añade a la inestabilidad producida por los “tijeretazos” socio-laborales. Nos referimos a la cuestión nacional, que vive un momento de auge en Catalunya.

La apuesta de Mas desde la Generalitat de dopar el movimiento nacional en Catalunya en su demanda incluso de la independencia (después de tanto años de contribuir con el PNV a la estabilidad, no ya del Régimen de la Transición sino de su Monarquía) es ciertamente un síntoma de la exportación al plano político de la crisis. Sin esta no podría entenderse el “pulso institucional” al que asistimos. Pero no menos cierto es que la “cuestión nacional” tiene su propia dinámica y se convierte objetivamente en un elemento añadido de desestabilización política de dicho régimen. Nuestra obligación política, ante ello, es saber aprovechar esa fragilidad estatal siempre que preservemos nuestra independencia estratégica y de clase.

Una vez dejado claro nuestro apoyo de principio al derecho de autodeterminación y, por tanto, de independencia (sea cual sea la línea de clase que se imponga en el movimiento nacional), debemos intervenir en varios sentidos. Por un lado, para que lo “nacional” no trabe la unidad de clase (independiente de la procedencia nacional e incluso de la posición que se tenga al respecto), empujando al máximo la movilización “social” contra las medidas de recortes socio-laborales, etc. y advirtiendo sobre la utilización de “lo nacional” por parte de la burguesía catalana para tapar su agresión de clase. Por otro lado, estaremos codo a codo con aquellos compañeros de la izquierda independentista que alertan contra la amenaza de que la propia burguesía nacionalista traicione hasta las mismas tareas nacionales (tal como ha venido haciendo históricamente). Y, por supuesto, hemos de combatir en el resto del Estado español que “los recortes” y “la lucha contra los corruptos” se utilicen demagógicamente para negar el derecho de autodeterminación, tal como hacen de hecho los Iglesias, poniéndose así (más allá de intenciones) al servicio del nacionalismo españolista (el más rancio y peligroso, solo sea por el poder estatal con que cuenta).

Hemos de advertir también de que ocurra lo que ocurra no habrá liberación social si no se comienza a postular una confrontación clara con la política imperialista de la UE y desde ya (también independientemente de lo que ocurra en lo nacional) no se trabaja entre la clase y otros sectores populares para acumular el máximo de fuerzas en ese sentido. Para ello, han de aprovecharse todas las posibilidades que nos ofrecen los actuales marcos estatales existentes. Por tanto, hemos de manifestar nuestra oposición a la confusión entre “lo nacional” y “lo social” y al “etapismo” a la hora de afrontar ambas cuestiones.

3. El fuerte desgaste de la “apuesta reformista y electoralista” y cómo aprovecharlo para superar nuestros propios límites históricos.

Aunque ya había indicadores que anunciaban el desgaste de la “apuesta electoralista” como canalización de la “indignación y la protesta social”, los acontecimientos en Grecia, la propia reacción de Podemos, esas querellas internas que cada vez logran tapar menos, han acelerado la entrada en crisis del reformismo y del oportunismo electoralista. Sabemos que estas desviaciones –que tanto han venido afectando negativamente al ciclo de movilizaciones “antirrecortes” iniciado antes de la actual legislatura- aún tienen margen de maniobra. No nos queremos engañar al respecto. Pero ya no cuentan con el mismo cheque en blanco. Ya no cuentan con la misma incondicionalidad en el apoyo popular. Esto es muy importante para la línea revolucionaria, pues no sólo importa cómo los sectores populares se comportan ante el voto, sino cómo este les vincula en el desarrollo de la lucha de clases: se puede estar votando hoy a una opción electoral y no ser esto obstáculo para estar mañana movilizándose contra esa misma opción.

Ciertamente los de Podemos (principal concreción de la “apuesta electoral de la indignación”) ya venían recortando el programa antirrecortes hasta el punto de que más que Podemos les venía bien haberse llamado “A-ver-qué-Podemos”. Pero siempre quedaba en algunos sectores la esperanza de que esas rebajas se hacían por puro tacticismo y que cuando llegaran al gobierno las quitarían. Sin embargo, lo de Syriza ha sido determinante. Aunque se ha querido alargar la comedia con aquello de “Tsipras aguanta, que ya llegamos nosotros”, finalmente la forma brutal en que este ha pasado a visibilizar su papel de simple gestor del sistema no podía dejar de crear la estupefacción en sus aliados de por aquí; hasta el punto de que se ha convertido en un elemento de fractura interna, con un Podemos apoyando a Syriza y otro a su escisión.

Ahora, tras conocerse el resultado de las recién celebradas elecciones griegas, parece evidente que la dirección de Podemos va a aprovechar la reelección de Tsipras y el fracaso electoral de los que se escindieron de Syriza para venir a decir cínicamente que “la gente” les apoya en “ir-viendo-lo-que-realmente-se-puede-hacer”. Desde luego, las especulaciones de que Unidad Popular-Syriza 2 pudiera heredar el apoyo popular obtenido en enero, o al menos buena parte del mismo, e incluso arrancar votos del KKE –olvidando la inocultable co-responsailidad de sus dirigentes como ministros y altos cargos del gobierno de Tsipras hasta el último momento– han quedado en agua de borrajas. En este sentido, casi seguro que las elecciones griegas (concretamente, a quién se ha apoyado) van a ser utilizadas como arma para ajustar cuentas en las disputas por el poder organizativo dentro de Podemos. Otra cosa es cuánto saldrá a la luz pública.

Pero todos saben que han perdido una baza de cara a las elecciones generales de diciembre tras meses contando con la “experiencia transformadora” de Syriza como uno de sus principales activos. Máxime, cuando la dirección de Podemos ha apostado por su “syrización” con “carácter previo”, viniendo sencillamente a decretar que No-Podemos (y eso que “su-Podemos” ya estaba lejos de que fuera lo que las movilizaciones de los últimos años manifestaban que querían que se pudiera).

En cualquier caso, realmente todo lo anterior contribuye a abrir un nuevo escenario en cuanto a cómo actualizar la lucha contra el reformismo y el oportunismo electoralista en nuestra intervención. Convencidos de que estamos ante algo más serio que un simple contratiempo de la “vía electoral como apuesta de poder”, convendría hacer una breve reflexión sobre cómo todo ello afecta (no precisamente de forma negativa esta vez) a nuestros propios límites históricos.

Hasta ahora hablábamos de dos crisis en las que teníamos que desarrollar nuestro trabajo. Por supuesto la crisis del sistema capitalista, que de cara al pueblo se manifiesta con toda su crudeza en los “programas de rescate” que padecemos. Pero también la propia crisis histórica de nuestro movimiento, que siempre hemos mantenido que en buena medida ha facilitado la tarea de reformistas y oportunistas: no en vano sostenemos que las apuestas electoralistas “tipo Podemos” subidas tan impunemente al carro de las protestas antiausteridad (y que tanto han contribuido a desactivar) son consecuencia más que causa de nuestros propios límites. El caso es que ahora entramos en un escenario donde se añade a esas dos crisis la crisis de nuestros críticos en el seno del movimiento popular. Pues bien, aunque la crisis capitalista se da, en realidad, antes que el zarpazo que sufrió nuestro movimiento a nivel internacional, a caballo entre los 80 y 90 y que llevó a decretar el “fin de la historia”, lo cierto es que en la percepción popular fuimos los primeros en entrar en “crisis de existencia” con la caída de la Unión Soviética, independientemente de la posición que ante ella se mantuviera. Hay que insistir en que no estamos debatiendo sobre cuándo consideramos (los comunistas) que empezó la “crisis del comunismo”, sino cómo ha evolucionado en el imaginario popular –por supuesto, con toda la falta de rigor de los relatos dominantes- la confianza acerca de las posibilidades de futuro de la “alternativa comunista”. Y, en este sentido, las consecuencias negativas de lo sucedido en los años 90 no tienen parangón.

De lo que se trataría ahora es de disponernos a aprovechar unas mejores condiciones para ser los primeros en salir de esas crisis, ahora que a la crisis de los “de arriba” se le suma la de los que tenemos más “al lado” en la disputa sobre qué clase de programa y qué “vía de poder” interesan a nuestra clase. A partir de ahora, nuestra claridad y voluntad serán mucho más determinantes, siempre que entendamos la intervención comunista en los términos en que la hemos descrito en nuestras Tesis.

4. El mayor obstáculo ahora en nuestra intervención y el no menor de “no intervenir”.

Volviendo a la coyuntura actual, el mayor obstáculo para hacer avanzar nuestra influencia viene de los que alargan la agonía reformista y meramente electoralista. El principal problema no estriba en los que “se autocritican” por los hechos (por ejemplo, la dirección de Podemos), esos que después de separar la casta del sistema separan al PSOE de la casta y confiesan que no, que no se puede dar cumplimiento a los que las movilizaciones reclaman desde hace años. La gran traba ahora para desarrollar y fortalecer una estrategia revolucionaria de conquista de poder la ponen precisamente aquellos que siguen proclamando que sí, que sí se puede no pagar la deuda haciendo una auditoría, cambiar la UE desde dentro, etc., etc. El principal problema, en definitiva, lo tenemos con quienes siguen apostando por cambiar el sistema desde dentro, sin derrocarlo y mediante elecciones; aunque lo adoben de que hace falta “músculo social” aparte del electoral cuando en realidad todo lo supeditan a la competencia por “colocarse” en las listas de candidatos. Y tenemos que tener muy en cuenta que esa “ala izquierda” –que ha sido cómplice del engaño que apostó por canalizar electoralmente la protesta, pero ahora se ve inmersa en luchas intestinas, en gran medida, por cuotas de poder organizativo- no está dudando en flirtear incluso con consignas como la del “no pago a la deuda” y hasta la de la “salida del euro”, alargando el engaño y pretendiendo ocultar su responsabilidad.

Por eso, en el nuevo escenario que se nos abre, estaremos obligados a una labor de mayor explicación sobre lo que consideramos que es la línea de demarcación que defendemos y que comienza (sólo comienza) por el no pago a la deuda. Al respecto, bueno sería por empezar a ver qué establecimos en nuestros propios textos hace ya más de dos años, antes de que se diera este largo periodo electoral e incluso antes de la gran movilización del 22M. De momento, basten de muestra estos pasajes de “Línea revolucionaria y referente político de masas”:

“…la cuestión política clave que habría que entender ahora es la obligación que tenemos de contribuir (y acompañar) a que las masas vayan resolviendo por ellas mismas en la práctica contradicciones como, por ejemplo, la siguiente: que no se acepte “ningún recorte venga de donde venga” y se considere la deuda como ilegítima (un mínimo de ese referente político a plantear), sin al mismo tiempo exigir el derrocamiento de la burguesía, cuando resulta que precisamente esto es una condición sine qua non para materializar con garantías incluso esas ‘meras’ exigencias”. Más adelante se dice: “el sentido histórico de nuestra propuesta de referente político sería, pues, la de contribuir a que sean las masas las que, expresando determinadas exigencias a una burguesía aún ‘a los mandos’, terminen por plantearse la propia disputa del poder. El texto concluye expresando el espíritu con que se establece la línea de demarcación: “No vamos a especular con la cantidad de personas que en nuestros países no están aún por el comunismo. Pero lo que sí podemos afirmar es que va adoptando un carácter de masas la exigencia de reivindicaciones imposibles de satisfacer por la burguesía. Y que el movimiento real por conseguirlas favorece como nunca desde hace decenas de años las condiciones para trabajar por el socialismo…”[4]

Pocas dudas han de quedar, pues, de que, bajo ningún concepto, quienes ahora radicalizan la frase para distinguirse de los Tsipras (tanto en Grecia como aquí) atraviesan la línea de demarcación que les separa de la línea revolucionaria. No es esto algo que haya simplemente que aclarar fuera de nuestras “filas”. En realidad, aún entre nosotros hay que entender mejor el significado de nuestra intervención en la realidad tal como se da; una intervención que no solo busca “hacer revolucionarios o juntarnos quienes nos consideramos ya así”: algo fundamental, sí, pero que no basta. Tenemos pendiente dominar el arte de revolucionar la realidad, sobre todo en tiempos de crisis, contribuyendo a poner en movimiento práctico reivindicativo a quienes no se reconocen en la revolución pero la necesitan hasta para sus reivindicaciones... no revolucionarias. Al respecto, se impone una reflexión a “nuestro interior”.

No hay muchos precedentes, dentro de la historia revolucionaria por el socialismo, de una situación de tres crisis como la que tenemos que lidiar. Por eso debemos ser muy comprensivos con nosotros mismos, y entender la línea de construcción que estamos protagonizando. Empezando por poner en valor nuestras tesis y análisis, algo que está siendo cada vez más reconocido; sobre todo, cuando además van acompañados precisamente por nuestro acompañamiento de las luchas populares tal como realmente se dan. Pero hemos de ser conscientes de que la crisis del reformismo no se traducirá en una venida en masa a nuestras tesis por implacables que estas puedan parecer. Esto es algo que también tenemos teóricamente trabajado y que nos inmuniza contra el dogmatismo, el sectarismo y la tentación de elevar en demasía la potencia de la mera frase, también la nuestra, por correcta que esta resulte.

En el nuevo escenario que se abre por los “desencuentros” dentro del reformismo y del oportunismo electoralista habrá que reorientar nuestro trabajo en los marcos de lucha abiertos en los últimos años. Sin embargo, debemos huir de la tentación del aislacionismo prepotente y hemos de detectar el verdadero nivel de las masas estableciendo relaciones diferenciadas según el grado de conciencia, moral y disposición. Y esto sólo se puede hacer desde la práctica (en las diversas “modalidades” en que esta se nos presenta). E interviniendo en ella. Bajo ningún concepto hemos de olvidar lo que hemos establecido en nuestra Tesis acerca de lo que significa mejorar la correlación de fuerzas a favor del proceso revolucionario.[5]

5. La reorientación del trabajo en los marcos de intervención al servicio del fortalecimiento de la línea revolucionaria.

Una vez dejado esto claro, ciertamente hay que insistir en que el acento hemos de ponerlo en elevar la calidad de nuestra “profesionalidad militante” y la de la propia organización en su conjunto. La calidad de nuestra intervención comunista al exterior dependerá de la intervención de calidad que hagamos en nuestra organización. Se nos requerirá dar pasos firmes en el compromiso militante, máxime cuando las condiciones generales nos llevan a un enfrentamiento propio de estados de contrarrevolución preventiva que realzarán sus perfiles antidemocráticos, facciosos; por añadidura, en una situación internacional que agudiza sus tendencias belicistas. Sumémosle que ya no nos encontramos en la misma fase de las movilizaciones populares antiausteridad, con todos los peligros que ello conlleva de incubar tendencias reaccionarias en el seno de un pueblo desorganizado, engañado e impotente. En realidad, poco de todo esto se nos ha escapado. ¿Pues, acaso, no hemos adoptado con “carácter congresual” la consigna estratégica del DER?[6]

Con respecto a los marcos en que se ha venido desarrollando desde hace años las protestas contra las brutales medidas de recortes y sus consecuencias sociales y laborales, se imponen cambios en su caracterización y, consecuentemente, se nos exige una reorientación de nuestra intervención en ellos. En primer lugar, sufren en su conjunto un reflujo en la movilización popular (tras el pico del 22M en el 2014 que culminaba la fusión de las diferentes mareas). Por tanto hay mucho “menos pueblo” que se relaciona con ellos. Pero es que además (y relacionado con ese bajón) han venido, en gran medida, siendo copados (o fuertemente dañados previamente a su abandono) por el reformismo y el oportunismo electoral pretendiéndolos transformar en terreno de diferentes cálculos electoralistas y “politiqueros”, por más que se haya jurado que no se venía con intención electoral. En consecuencia, nuestro trabajo ahí ha de consistir también en rescatar literalmente de la “politiquería” lo mejor del activismo realmente existente y relacionarlo con las tareas revolucionarias, al tiempo que se promueve una recuperación de la movilización de calle, solo sea porque nos pone en contacto directamente con el pueblo.

Dadas las experiencias acumuladas por la “apuesta reformista y electoralista”, pasa a principal nuestra trabajo de propaganda revolucionaria explícita, allí donde intervenimos, por más que deba ser complementado con nuestra capacidad de llegar acuerdos inmediatos para la movilización. Hemos de considerar, pues, los marcos populares (los que surjan o lo que quedan de ellos) como escuela práctica de preparación para el apoyo y el compromiso con la estrategia revolucionaria. Al servicio de ello, y como ya hemos apuntado anteriormente, procede tomar en consideración de forma completa el sentido de nuestra línea de demarcación del “no al pago de la deuda” como causa inmediata de los recortes; y con qué proyección estratégica hacia el socialismo la establecimos, contribuyendo a que el propio movimiento práctico rechace las propias instituciones europeas, plantee la expropiación bancaria, rechace la OTAN, etc.

En el aspecto organizativo hemos de “interiorizar” más cómo relacionamos la línea de demarcación y el referente político de masas precisamente con la dualidad organizativa. Nuestro trabajo en los marcos no se limitará al tiempo en que se esté en ellos, sino que debe prolongarse más allá. Es verdad que, en general, esto siempre se hace sin necesidad de directriz alguna, pero ahora ha tomar mucha mayor importancia, debiendo ser parte de los planes organizados desde el núcleo. En ese sentido, el núcleo local de la organización debe ser el verdadero medidor de la táctica de intervención una vez establecida la línea general de reorientación de nuestro trabajo político-práctico en los marcos.



[2] Ya en 1965 De Gaulle habla del “privilegio desorbitado” que venían poseyendo los norteamericanos en cuestiones de emisión de moneda y que le lleva a “endeudarse gratuitamente a costa del extranjero” (Conferencia de Prensa en el Palacio del Eliseo, el 4 de febrero de 1965). Y, según informó Granma, en una importante reunión de su Partido el 1 de julio de 2006, Fidel hablaba de que los Estados Unidos están ejerciendo una “considerable influencia negativa (…) en la economía internacional, como consecuencia, entre otros factores, de la descontrolada emisión de dólares para pagar productos y servicios por encima de su real poder adquisitivo”.

[5] “…tenemos por delante una difícil y no menos urgente tarea, la de mejorar en lo posible la relación de fuerzas. Esto significará que deberemos: reagrupar militantes en un plano coherentemente revolucionario; saber ganarse y rodearse de “aliados” que a veces van y vienen sin terminar de comprometerse definitivamente; neutralizar a aquella parte de la población menos consciente o ya “desclasada” para que al menos no se la gane los principales enemigos de clase; aprovechar al máximo las divisiones entre el enemigo para fomentar su debilitamiento.” (De las Tesis… Ver nota 3)

[6]En el sentido de afrontar esta compleja y múltiple tarea venimos adoptando la consigna DER (Discurso, Estar, Resistencia) que ha de inspirar nuestros esfuerzos político-organizativos. Requerimos de un discurso comprensible y acertado sobre la viabilidad del proceso revolucionario en nuestro marco de actuación. Pero no nos bastará con ello. Hay que saber estar entre el pueblo para ganarse, efectivamente, el derecho a que se nos escuche, al tiempo que somos conscientes de los propios límites de todo discurso (por acertado que sea) cuando reparamos en que las transformaciones históricas son, en definitiva, resultado de relaciones de fuerzas; lo que desde ya implica plantear la necesidad de generar dinámicas de resistencia en vista a cortocircuitar determinadas relaciones de poder y, en definitiva, a ir mejorando esa correlación de fuerzas.” (De las Tesis aprobadas en la II Asamblea Congresual de Red Roja, junio 2015)

Para ver la versión del informe en formato PDF hacer clic aquí.

http://redroja.net/index.php/documentos/analisis-de-coyuntura/3646-debemos-organizar-la-intervencion-revolucionaria 

 

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