sábado, 6 de junio de 2015

Documentos para el debate 2ª Asamblea General de Red Roja .... y mas

La Asamblea General de los días 13-14 de junio será el colofón del debate previo. La experiencia nos dice que un día y medio de evento dan para muy poco por lo que la importancia de este periodo de debate que ha de servirnos para avanzar en la construcción de la organización revolucionaria, debe tenerlo el trabajo previo, las reuniones de núcleo, la confrontación de ideas y propuestas y la capacidad de síntesis que demostremos tener. Entender este proceso como un periodo de avance y no como la conclusión final -aunque tomemos decisiones-, ayudará a la participación y el compromiso de cada militante como parte necesaria en la elaboración colectiva. Hagamos pues un buen trabajo de reflexión, estudio y debate en permanente dialéctica con nuestra intervención en la calle, en los marcos, en las movilizaciones....


Tesis Asamblea General Congresual

Documento I: Tesis Políticas

Introducción.

Red Roja se constituye como reagrupación de comunistas conscientes de la dimensión internacional e histórica de nuestro movimiento, y pretende contribuir en el Estado español al impulso de la lucha por el socialismo y a la necesaria construcción organizativa que la garantice, teniendo siempre en cuenta el marco específico de lucha de clases en el que actuamos.

Partiendo del significado más profundo de que el “comunismo es el movimiento práctico de superación del estado real de las cosas” - lo que nos obliga a fundamentar nuestro trabajo en el carácter de clase y al mismo tiempo a impulsar el movimiento de las masas desde su situación real y no imaginada por análisis forzados, y conscientes de la relación contradictoria que ello encierra - sostenemos que una organización puede ser revolucionaria y, a la vez, tener una fuerte influencia política sobre los sectores populares. Es decir, que ni el oportunismo ni el sectarismo son trabas inevitables. En definitiva, que no hay por qué elegir entre el reformismo institucionalista y el aislamiento dogmático con respecto a las luchas populares.

Lo demuestra la rica historia de nuestro movimiento. En los años 30, los comunistas españoles dieron ejemplo en la gesta de resistir al fascismo en aquellos tiempos convulsos del Frente Popular y de la Guerra Revolucionaria. Precisamente entre nuestras tareas está la de recoger esa memoria histórica de heroísmo, restaurando el hilo rojo cortado por los vencedores de la guerra y la traición de la Transición de los años 70. También para ello será necesario realizar en el Estado español la síntesis antes aludida: la construcción de una organización revolucionaria capaz de actuar con la mayor firmeza y la mayor flexibilidad, imprescindible para no perder el contacto con el pueblo en un tiempo como el que vivimos de despolitización masiva o, más bien, de politización hegemonizada por un reformismo que alberga mucho de impotencia. No faltan ejemplos de esta síntesis dentro de nuestro movimiento comunista internacional: Lenin, Mao o Fidel teorizaron y practicaron esta actuación “de junco” (flexible pero firmemente enraizada), con éxitos incuestionables.

En última instancia, fueron las prácticas y los planteamientos revolucionarios los que hicieron posible las conquistas sociales del siglo XX, incluidas las reformas concedidas por la burguesía occidental tras la II Guerra Mundial; concesiones que, en buena medida, eran preventivas y motivadas por el miedo a que cundiera el ejemplo de la Unión Soviética y la revolución comunista. No es casualidad que, una vez caído el Muro, el capital haya pasado a una ofensiva brutal para arrebatarnos todos esos logros en un contexto de crisis sistémica que ha agudizado la lucha de clases a nivel internacional.

Pero no basta con tener claridad teórica, y menos en estos tiempos. En el escenario actual –en el que al descrédito de la política debido a tanta politiquería se suman las propias convulsiones históricas del movimiento comunista- de poco sirve la reivindicación de nuestro movimiento, a menudo reducida a un compendio de frases o de folklore, si no nos ganamos primero el derecho a ser escuchados por las masas. Unas masas cansadas de charlatanes y que, más que “discursos”, requieren ver el “curso” práctico de nuestra militancia. Por lo que no habrá manera de que contribuyamos a elevar sus miras si cuando miran no nos ven a su lado, a ras de su realidad, acompañándolas en sus sufrimientos y problemáticas. Habremos de admitir además que, desde siempre, los pueblos ensayan en primer lugar salidas reformistas y menos costosas, antes de asumir enfrentamientos más contundentes a los que les obliga una lucha de clases que la historia se empecina en demostrar que es ante todo una relación de fuerzas en el sentido más estricto.

Partiendo de todo este marco previo de exposición, ciertamente contradictorio y no exento de complicaciones, proponemos las siguientes líneas políticas.
 
   1. Contexto histórico 

- Más allá de los vaivenes de la lucha de clases a nivel internacional, seguimos en la época histórica inaugurada por los cañonazos del “Aurora” bolchevique, con su precedente en la Comuna de París, y coronada posteriormente por revoluciones como la china, la cubana, etc.

- Asumimos el legado del combate por el socialismo y de los avances dados en su construcción en el siglo XX, teniendo en cuenta los ingentes límites derivados del cerco capitalista e imperialista, que no podía dejar de ser, en última instancia, fuentes de errores y desviaciones. Marx pensó que la revolución se iniciaría en los países capitalistas más desarrollados (lo que hoy denominamos centro imperialista) y advirtió sobre las consecuencias de que no fuera así. Sin embargo, la primera chispa surgió en la periferia. Pero a qué precio: una decena larga de países agredió brutalmente a Rusia e impulsó una “guerra civil”. Desde entonces, no ha habido ninguna experiencia revolucionaria a la que no se le haya pretendido aplicar la misma terapia de choque.

- Así, y centrándonos en nuestro continente, más que ver una derrota en que el “campo socialista cayera” en el 91, ponemos el acento en la victoria que supuso que el socialismo no sucumbiera ya en los años 30 ó 40. Al mismo tiempo, seguimos viendo ecos del “socialismo vivido” en el carácter antifascista y de revolución social que vuelve a venir del Este, concretamente del Donbass ucraniano.

- En cualquier caso, en línea con la esencia más profunda del pensamiento de Marx en cuanto al devenir de la perspectiva comunista, nos reafirmamos en que las revoluciones no podrán consolidarse mientras los Estados del centro imperialista mantengan el dominio tanto en el ámbito militar como en el de la economía internacional.

- Esto refuerza la necesidad de llevar a cabo una lucha revolucionaria a mayor escala aquí mismo, en la retaguardia del sistema, incluso aunque no se materialice en una toma inmediata del poder. La sola existencia de ese movimiento revolucionario por el socialismo, independientemente del “alcance cuantitativo” de apoyo que se tenga, debilita al ogro desde sus propias entrañas, lo cual tiene una importancia estratégica vital para el conjunto de la revolución mundial, que es la que realmente ha de regir nuestras orientaciones estratégicas y a la que, en definitiva, nos debemos.

2. Plano internacional /antiimperialismo

- Asistimos al declive progresivo del imperialismo norteamericano. A nivel económico, hace tiempo que la primera potencia mundial va perdiendo la base que sustenta ese lugar en el ranking. Sin embargo, aún conserva bastante intacta su supremacía militar y en la industria armamentística, que utiliza como forzado factor económico de primer orden.

- La confrontación inter-imperialista entre Alemania y EE UU, más allá de apariencias diplomáticas, ha vuelto a intensificarse. La propia construcción de la UE sobre un patrón estrictamente imperialista obedece en última instancia a la necesidad de Alemania de fortalecerse frente a EE UU.

- La debilidad económica creciente de EE UU y el arrinconamiento progresivo del dólar en el comercio mundial, por un lado, y la competencia dura, aunque soterrada, por las materias primas y los mercados con aliados como Alemania y otras potencias por el otro, así como la pérdida de liderazgo geoestratégico en determinadas zonas “claves” del mundo, determinan la apuesta creciente de la administración norteamericana por el único frente en el que todavía tiene hegemonía absoluta: la guerra y la escalada armamentista.

- La OTAN, que desde su creación tiene como uno de sus objetivos centrales el control de Europa por parte de los EE UU, ha logrado integrar de forma prácticamente absoluta a los ejércitos de los Estados miembros, como sucede con el del Estado español en su estructura. De esta forma se fuerza a que las contradicciones económicas se resuelvan por la vía de la hegemonía militar. El caso de Ucrania y Rusia es paradigmático. La UE y especialmente Alemania estarían todavía interesados en mantener relaciones comerciales fluidas con Rusia, pero EE UU les conmina a imponer sanciones cuyas repercusiones sufren dura y directamente los países europeos y nada los norteamericanos.

- En la agravación de la situación internacional debe destacarse el papel que juega el Estado sionista de Israel. Miembro de facto de la OTAN, encabeza las opciones militares más abiertamente intervencionistas y condiciona en este sentido la política exterior de EE UU. Tras la derrota sionista propinada por Hezbollah en 2006 y la creciente capacidad de la Resistencia palestina en Gaza, el Estado de Israel –en alianza cada vez más evidente con las monarquías del Golfo– ha optado por una intervención militar creciente en Siria y Líbano que podría ampliar e intensificar los múltiples frentes de guerra abiertos en la zona.

- Este escenario de militarización creciente que se corresponde con un recrudecimiento de la represión política al interior de los Estados con el pretexto de la lucha antiterrorista, sobre todo en la UE y en EE UU, vuelve a mostrar una vez más lo que las “democracias capitalistas” tienen de “Estado de Derecho”. En este sentido, los recientes atentados de París –que son una consecuencia de los crímenes del imperialismo- han servido tanto para que gobiernos reacios a incrementar su compromiso militar como el francés se cuadren ante EE UU incrementando su presencia en Iraq, como para endurecer las leyes contra “el enemigo interno”, que es el conjunto del movimiento obrero y popular, en una situación de confrontación de clase creciente.

- Al mismo tiempo, esta escalada armamentista, con su correlato de incremento del gasto militar permite a los pueblos comprender la relación entre la guerra, la represión interna y el ascenso de las tendencias fascistas. Se abren así nuevas estrategias de movilización a escala internacional contra la OTAN y las Bases militares, como las que se preparan con ocasión de las Maniobras de la OTAN en Gibraltar en octubre de 2015.

- Es la supremacía militar de EE UU, en un marco de decadencia económica, la que le lleva a optar por la desestabilización permanentemente de la situación de las zonas de influencia geopolítica del planeta. A menudo, sus intervenciones militares no se enmarcan en el modelo de las conquistas coloniales clásicas en el que a la destrucción militar seguía la “construcción” por parte de la potencia económica agresora. Sobre todo actualmente, los EEUU pretenden evitar que otras potencias llenen el vacío que ellos ya no pueden copar. En términos coloquiales, el imperialismo norteamericano se dice: “si yo no como, no come nadie”. Con tal de que sus rivales comerciales tampoco consigan hacerlo, no les importa sembrar el caos, aunque con ello no logren realmente asentar su dominación.

- Sólo teniendo en cuenta esto es posible explicar cosas aparentemente inexplicables en el análisis geoestratégico internacional. No es lo mismo “planificar” campañas para desestabilizar que para reestabilizar, tal como se está viendo en Oriente Medio. En el primer caso -es decir, en dinámica desestabilizadora- las intervenciones son más rápidas, intempestivas, ni siquiera se paran demasiado en los posibles efectos boogmerang: lo urgente es actuar sembrando el caos ya y no tanto reparar en las consecuencias ulteriores. A los Estados Unidos, en un contexto de crisis sistémica global, en el que ninguna potencia capitalista puede aspirar a sustituirlos, les sobra aún potencia militar para sembrar el caos prácticamente cuando quieren, pero no para controlar las consecuencias incluso para sus propios intereses. La gravedad de la situación internacional se deriva precisamente de la convicción de los imperialistas americanos de que no hacer nada es peor, para sus intereses de conjunto, que hacer algo que les pueda afectar en tal o cual cuestión particular.

- Ninguna estrategia de lucha nacional o estatal podrá obviar la situación de guerra en que progresivamente se instala el mundo. Y prácticamente en ningún marco estatal podrá darse una vía de solución sólida en clave popular si no considera que tendrá que enfrentarse a factores oligárquicos internacionales. Estos tenderán a tomar un mayor peso en la propia “vida nacional” en la medida en que constaten que las propias oligarquías estatales flaquean y pierden margen de maniobra. También aquí las concesiones que se hacen en el discurso, como las que niegan la lucha de clases y apelan a la “centralidad electoral”, en pos de la “mayoría social” precisamente electoral, terminan por pasar crueles facturas.

- Siempre hemos de tener presente que la gran brecha histórica entre las personas explotadas de los países del centro imperialista y las de los países de la periferia (el llamado “tercer mundo”) se deriva del flujo económico expoliador entre centro y periferia y tiene como base el imperialismo y el reparto del planeta por enormes monopolios y bancos del centro. A partir de las enormes plusvalías extraídas al proletariado mal pagado y sin derechos de la periferia, la burguesía -en las dos décadas posteriores a la II Guerra Mundial- pudo efectuar ciertas concesiones a los trabajadores del centro, lo que predispuso a estos a que prestasen oído al discurso reformista. Por ello, bajo ningún concepto aceptaremos el llamado “modelo social europeo” o “Estado del Bienestar”, solo posible, desde el punto de vista material, sobre la base de la explotación del (sub)proletariado de la periferia[1]. Lo rechazamos, pues, por contrarrevolucionario y proimperialista. No cabe otra manera de seguir siendo internacionalistas.

- En estas circunstancias, podemos calificar nuestro antiimperialismo, de alguna manera, de antiimperialismo “de bajo nivel de exigencia”. Creemos que no se puede exigir a quienes resisten en la periferia una gran “pureza en los cánones democráticos”, estando como están sujetos a agresiones de países dominantes que, por lo demás, hacen de la democracia pura forma y retórica. Ni tampoco, una excepcional “calidad socialista”, pues sabemos que el socialismo no podrá consolidarse en la periferia hasta derrocar al imperialismo que domina el planeta desde el centro del sistema. Apoyamos a quienes resisten justamente por eso, por ser la resistencia realmente existente más allá de proclamas y pura frase. Focalizamos nuestras exigencias y críticas en el agresor imperialista, responsable principal de la injusticia, la pobreza y la guerra a nivel mundial.

- Así, no caeremos, por ejemplo, en la pasividad mostrada por una cierta izquierda occidental frente a invasiones como la de Libia o ante la desestabilización y la guerra de Siria. Para ello no necesitamos ceder tampoco a teorías conspirativas del tipo de que todo se ha gestado en oficinas de la CIA o sucedáneos. Sabemos de sobra cómo el imperialismo se aprovecha de problemáticas socio-políticas reales para fomentar opciones políticas a su servicio. Por tanto promoveremos o apoyaremos las movilizaciones antiimperialistas que se opongan a todas las agresiones -abiertas o encubiertas- y a maniobras desestabilizadoras lanzadas por el imperialismo[2]. Incluso aunque dichas movilizaciones sean minoritarias, el solo hecho de que exista una resistencia antiimperialista aquí en la retaguardia, cerca del propio corazón de la bestia imperialista, tiene una enorme importancia cualitativa.

- Es este antiimperialismo “sin grandes exigencias”, que no pone en el mismo plano al agredido que al agresor, el que nos lleva a solidarizarnos con numerosos países acosados, comenzando por Cuba y Corea del Norte, y siguiendo por Venezuela, Ecuador o Bolivia… Por supuesto que este apoyo no implica hacer la menor concesión a nivel teórico a concepciones que no son las nuestras, como puede ocurrir en el caso del “Socialismo del siglo XXI” y otras. Pero estamos obligados a canalizar debidamente ese legítimo y necesario debate político-teórico, de modo que no favorezcamos al enemigo principal imperialista y podamos centrarnos en la realización de actos solidarios en los que se contrarreste la difamación mediática contra todos estos países.

3. Situación política estatal

- Ante quienes defienden la necesidad de una “segunda transición”, sostenemos que lo grave no es, como dicen algunos, que “se haya roto el pacto social”. Lo grave es que se firmaran en su momento los Pactos de la Moncloa. Por eso, la línea de demarcación política que distingue a los revolucionarios en el Estado español es el rechazo del régimen surgido de la Transición; con todo lo que ello conlleva de depuración de los aparatos del Estado, liberación de los presos políticos y, por supuesto, reconocimiento del derecho de autodeterminación nacional.

- Pero más aún, la dicotomía “democracia burguesa versus fascismo” como dos tácticas de la burguesía imperialista occidental a principios del siglo XX, planteada en esos términos, ya no nos sirve para asegurar nuestra práctica política. El Estado español desde los primeros años de la Transición ha venido aplicando políticas antiterroristas que cada vez dejaban más en evidencia la inexistencia del “Estado de Derecho, incluido el terrorismo de Estado, como ocurrió con el GAL. En realidad, con la Transición, el Estado español ha buscado homologarse a los “regímenes de contrarrevolución preventiva” circundantes y estos han avalado su incorporación a su club. Estos regímenes –viejos en experiencias de luchas de clases- no quedan (ellos mismos) explicados por la democracia burguesa clásica por más que tampoco puedan ser descritos como fascistas desde un punto de vista tradicional. En estos Estados la represión sigue siendo feroz pero se enmascara bajo la fórmula del “antiterrorismo”, intentando aplicarse lo más selectivamente posible. De manera calculada y sistemática, no se respetan las propias legislaciones policiales, jurídicas y penitenciarias. Además, a medida que avanza la resistencia, la fascistización se incrementa y la represión va dejando de ser tan selectiva, saliendo a la luz todo el arsenal represivo del que estos “Estados democráticos” se han dotado. Es lo que estamos viendo actualmente con la exacerbación de las luchas que está generando la crisis. Ninguna estrategia de acumulación de fuerzas revolucionarias puede soslayar esta realidad avalada por la experiencia histórica.

- En lo que respecta a la cuestión nacional y su correcta relación con la “cuestión social” -justamente para que esta quede despejada definitivamente de toda traba para su resolución- nos encontramos ante una reivindicación mayor que no ha sido históricamente resuelta en el Estado español. Ante ello, y como ya hemos adelantado, cobra especial importancia la defensa consecuente del derecho de autodeterminación. Esto implica distinguirse de esas confusas fórmulas que aluden al “derecho a decidir sobre todas las cosas” que se vienen esgrimiendo últimamente y que abrigan mucho de oportunismo que mezcla todo para no destacar lo principal en este asunto estrictamente político: efectivamente, el derecho de autodeterminación que implica, por supuesto, el derecho a la independencia, si así lo expresa mayoritariamente la población de cualquier nacionalidad histórica. Por lo demás, sostenemos que una eventual independencia podría ser positiva porque desestabilizaría y debilitaría al Estado.

- Ahora bien, una vez sentado este principio que hemos de defender en nuestra práctica política, no haremos ninguna concesión a quienes, desde posiciones sectarias e inconscientemente cercanas al nacionalismo burgués, declaran que “su crisis es España”, ya que ni eso es cierto ni ayuda a acumular fuerza revolucionaria. Aunque algunos territorios del Estado sufran una marginación histórica y mayores niveles de pobreza (véanse los casos de Andalucía o Extremadura), la actual crisis ha golpeado sin distingos a los sectores populares de todas sus latitudes; y los primeros responsables de la misma solo cabe buscarlos en la oligarquía financiera, sobre todo alemana, parapetada tras la engañifa de la UE. Precisamente por eso, ante quienes en zonas de la periferia se quejaban antes de las Marchas del 22 M de que “fuéramos a protestar a Madrid”, desde Red Roja hemos contestado que vamos a Madrid porque no podemos ir a Bruselas.

- Con respecto al caso catalán, superado el 9N (coyuntura que logró generar grandes expectativas sobre la cuestión independentista, aunque con diferente valoración según el sector interpelado), flotaba en el aire que, de haber alguien que capitalizara el tirón, no seria otro que Mas.

- Analizado desde una posición de clase, Red Roja, conociendo el historial pactista de la burguesía catalana con sus pares estatales, la debilidad ideológica de las representaciones políticas de los sectores medios de la sociedad del Principat (aunque se definan anticapitalistas) y la insuficiente inserción de una línea de intervención revolucionaria, defendió que debía mantenerse hasta el final el pulso que profundizara el proceso independentista y el desgaste del Estado opresor. Valoramos que tal proceso, de llegar a término, debilitaría al régimen surgido de la Transición, a la vez que marcábamos las dudas y limitaciones que tenía.

- Los posteriores forcejeos discursivos entre Mas y ERC alrededor de la fijación de la fecha electoral quedaron sancionados con la aprobación del Presupuesto del 2015, apoyado por ERC sin enmienda de fondo alguna, y la convocatoria de las elecciones para el 27 de septiembre de 2015. Por su parte, las fuerzas institucionalistas “rupturistas” (un oximorón), una vez más ponen en evidencia ante los trabajadores sus limitaciones, por no decirlo en un tono más fuerte, al abandonar el trabajo de calle para volcar su “potencial” en la lid electoral, en este caso municipalista.

- Ante esta situación, ratificamos la posición de que debe mantenerse hasta el final el pulso de desobediencia que avance en el proceso independentista y debilite al Estado opresor.

- En línea con lo dicho anteriormente, no reducir ni supeditar las contradicciones sociales existentes a la cuestión nacional significa ampliar la resistencia a las políticas de austeridad, máxime cuando la Generalitat catalana se ha destacado en ser alumno aventajado de los dictados criminales de la Troika. La unidad en favor del ejercicio del derecho a decidir no es incompatible con que cada cual defienda su modelo de país. Por eso seguiremos desarrollando, ya no solo en Catalunya sino en el resto de las nacionalidades oprimidas por el Estado, nuestras relaciones con las corrientes independentistas que vinculan la independencia con la reivindicación del socialismo. Y es que un independentismo que no adopte una transparente opción de clase (es decir, abiertamente internacionalista, por encima de reivindicaciones nacionales) tropezará con dificultades a la hora de hilar complicidades y alianzas sólidas con, por ejemplo, una parte importante de habitantes de Cataluña de origen obrero, inmigrantes y sectores populares escasamente identificados con el catalanismo. Y también, por supuesto, con estos mismos sectores del resto del Estado y de otras zonas de la periferia de Europa.[3]. Esta tarea, que concierne sobre todo a los comunistas catalanes, ni que decir tiene que nos obliga al resto de comunistas en el Estado español a llevar una labor aún más complicada entre nuestro pueblo de oposición frontal a la demagogia centralista contra los catalanes y otros pueblos pendientes de resolver su cuestión nacional. Esta labor es, si cabe, de mayor responsabilidad, pues, no en vano, de todos los nacionalismos el españolista es el enemigo principal en todo este asunto. Su “currículo” no deja dudas al respecto.

- Ya en lo económico, la crisis que transcurre en el Estado español es un coletazo particularmente agudo de la crisis más generalizada que estalló en el Occidente desarrollado en los años 70 y que, tras ser entonces exportada a los países de la periferia principalmente a través del mecanismo de la “deuda externa”, ahora retorna inevitablemente como un boomerang. Por eso no basta con culpar al PSOE o al PP o al llamado “neoliberalismo”. Estamos ante una crisis estructural del capitalismo de hondo calado que nos revela su fragilidad y sus debilidades. En este sentido, lo primero que hay que evitar es caer en la trampa política de que estamos ante una “estafa planificada” por un sistema todopoderoso. Porque nos impide ver precisamente esas fragilidades y que estamos, en definitiva, cerca de una de esas condiciones de las que hablara Lenin para que pueda abrirse paso la revolución: que “los de arriba ya no pueden dominar como antes”.[4]

- Ciertamente la crisis, aunque venga de lejos, y en lo que nos toca, tiene ahora una particular reedición que está estrechamente ligada a la estructura y funcionamiento de la Unión Europea y su moneda única. Estos proyectos impulsados por el imperialismo alemán para competir en mejores condiciones con EE UU y sortear los efectos de la crisis sistémica capitalista generan una nueva dinámica centro-periferia entre precisamente el centro de Europa -exportador de productos de alto valor añadido y de crédito bancario- y su periferia: España, Grecia, Portugal, Italia o Irlanda. Si ya la entrada en el Mercado Común europeo supuso para países como el nuestro bestiales procesos de desindustrialización que significaban una nueva reubicación en la división internacional del trabajo, con pérdidas de sectores productivos, ahora hay una descarada expropiación de riqueza y recursos por vía, de nuevo, del mecanismo de la deuda externa; pero ahora el “tercer mundo” también está dentro del primero. Es esa enorme deuda privada reconvertida por los gobiernos del PSOE y del PP en deuda pública el instrumente mediante el que la UE obliga a imponer actualmente recortes sociales y laborales aún más brutales en su profundidad y extensión.

- Estamos ante una política de verdadera guerra social cuya simbolización más inmediata queda reflejada en la sacralización constitucional del pago de la deuda por delante de cualquier gasto social. En términos de búsqueda de responsabilidades de esta situación –y, por tanto, de búsquedas de las vías de solución- lo principal es reparar en que estamos ante una política impuesta por la soga de las instituciones europeas; una “arquitectura europea” edificada al ritmo de los intereses imperiales alemanes. A partir de ahí señalamos las responsabilidades mercenarias de los diferentes gobiernos y administraciones en los niveles estatal, autonómico y municipal. Pero en lo que hay que insistir es en que no habrá política antirrecortes posible si no se inserta en el objetivo estratégico de zafarse de la esclavitud de la UE y del Euro y, más generalmente, de la de las instituciones financieras internacionales como el FMI. 

- Esta situación de verdadera emergencia social viene abriendo desde hace años un ciclo de movilizaciones populares con características propias. Señalemos algunas principales:

a) La masividad de sectores afectados todos al mismo tiempo, así como la amplitud de las problemáticas sociales y laborales tratadas.

b) La incorporación a la protesta de lo que llamamos “sectores intermedios” (desde el empleo público “fijo” hasta ciertas capas que podemos considerar de aristocracia obrera) que se creían libres de problemáticas sociolaborales que, por lo demás, venían golpeando crónicamente desde hace tiempo a determinados sectores de la clase trabajadora (paro, precarización, flexibilización laboral, pobreza, represión...).

c) El estrecho o nulo margen que existe para obtener satisfacción de las demandas –y mucho menos las de todas las “mareas ciudadanas”- si no se corta con el pago de la Deuda y las medidas de “austeridad” impuestas “por Europa” y la política de salvamento y rescates de la banca y de otras grandes empresas.

d) Una facilidad mayor de forjar la unidad popular incluso en proyección internacional, pues estamos ante las mismas consecuencias de las mismas políticas. Además, se están dando prácticamente al unísono en Grecia, Portugal, Italia, Irlanda y en el Estado español; y ya el tsunami amenaza a países del propio núcleo duro de la “construcción europea”, como Francia.

- Pero esa masividad de afectados que implica la incorporación de sectores relativamente nuevos a la lucha, junto con la propia crisis histórica de nuestro movimiento, es también fuente de límites en el ciclo de movilizaciones que, en el caso del Estado español, se abre con el 15M. Entre esos límites señalemos las grandes dosis de ilusionismo que van desde pretender salvar al sistema con las propias herramientas del sistema al clásico reformismo; eso sí, este ahora con el añadido nostálgico de una vuelta al “estado del bienestar” perdido. Y como no podía ser de otra manera, nada de esto podía dejar de desembocar en el oportunismo electoralista más clásico, por más que se nos quiera presentar en copa nueva.

- Hasta tal punto ha sido inevitable que esto sucediera, que hemos llegado a asumir que, en buena medida, una línea como la que defendemos, si bien está teniendo una influencia importante en movimientos como el de las Marchas de la Dignidad, no puede liderar este ciclo de movilización y expectativas populares, marcado aún por la ilusión de que los problemas se resuelvan en el marco del sistema capitalista. Una línea la nuestra que, como ya hemos declarado, nos marca como obligación mayor trabajar por la estrategia revolucionaria e internacionalista por el socialismo. A partir de ahí constatamos que vivimos un período de luchas donde la gran contradicción en términos de movilización y de criterio de orientación de las mismas estriba en lo siguiente: por un lado, en que el reformismo se queda sin base material, lo que contribuye a hacer madurar las condiciones previas revolucionarias; mientras que por otro, efectivamente, la “salida revolucionaria” sigue con retraso (agravado por la suerte histórica de nuestro movimiento) en lo que se refiere a las mínimas bases necesarias ideológicas, organizativas y políticas que deberían darse entre las masas.

- Por eso hablamos de que, para salvar esa contradicción entre imposibilidad y apuesta reformistas, es necesario acompañar el proceso mismo de contradicciones de la gente disputando al reformismo y al oportunismo los grandes marcos de lucha abiertos por el actual ciclo de movilizaciones. Por supuesto que ese acompañamiento en las “grandes luchas” lo complementaremos con el desarrollo de actividades propias de los objetivos de demarcación revolucionaria, independientemente del grado de seguimiento de masas que se tenga: denuncia del régimen de la Transición con todo lo que ello significa, asunción de nuestra historia revolucionaria tanto en nuestro país como a nivel internacional, etc. Pero lo que ahora queremos destacar es que la línea revolucionaria debe recordar algo que por la vía de los hechos están olvidando otros destacamentos comunistas: la necesidad de una intervención práctica de los cuadros en los movimientos de masas independientemente (o por ello mismo) de “la calidad” de esos movimientos. De ahí que hablemos de la necesidad de desarrollar la LRI: Línea Revolucionaria de Intervención. Nuestra actuación revolucionaria solo lo será si verdaderamente se introduce en los marcos de la lucha de masas. La gente tendrá que encontrar a su lado lo que necesitará encontrar.

- Nuestra intervención en los frentes de masas se hará buscando ante todo:

a) El impulso de las luchas en la calle por las reivindicaciones justas de los sectores populares independientemente de la carga de ilusionismo con la que se hagan, conscientes como somos del peso mayor que hoy tiene la mera movilización práctica en tanto que fuente popular de toma de conciencia o de predisposición a la misma.

b) La unificación de las luchas (actualmente dispersas), para lo que en buena medida ha venido sirviendo el 22M.

c) La creación de poder popular desde los barrios y los centros de trabajo y de estudio. La autoorganización popular debe concretarse en comités populares (o como den en llamarse: lo de menos es el nombre) en línea con lo que nos ha mostrado (y enseñado) la historia de la revolución donde la mayor ejemplificación la encontramos en los soviets.

d) En cuanto a lo programático, la línea de demarcación que defenderemos, sin rebajas, en todos los frentes en los que participemos es el “NO al pago de la deuda”[5], sin tapujos de reestructuraciones o “auditorías técnicas” que puedan soslayar precisamente lo que de ruptura política tiene esa bandera. Y a partir de esa línea de partida, hacer avanzar en el seno de las luchas todo el cuestionamiento del poder político real (más allá del gobierno de turno) representado por el conjunto del institucionalismo europeo y del euro, e incluyendo la propia demanda de la expropiación bancaria. Esta última medida es mucho más susceptible de ser apoyada por la gente llana del pueblo que por más de un presunto “intelectual militante” que pretende erigirse en representante de esa gente y que ya está sobreafectado por el cálculo politiquero de lo que “se puede” o no plantear.

- Ya con respecto al ámbito electoral, declaramos -en consonancia con lo dicho anteriormente acerca de los límites de las masas, del peso en las actuales movilizaciones de sectores con mucha influencia pequeñoburguesa y de nuestra propia crisis histórica- que era normal que el actual ciclo de movilizaciones alcanzase una fase político-electoral donde el liderazgo viniera precisamente de sectores llenos de reformismo y de oportunismo electorero. Ante ello, nuestra postura de principio es clara y va por delante: aunque lo electoral sea una táctica más a disposición del movimiento (que puede ser también empleada como altavoz de la lucha popular cuando las condiciones lo hagan conveniente), y ante la fiebre electoralista en curso, nosotros no olvidamos la enseñanza histórica del movimiento comunista de que las conquistas sociales se alcanzan y consolidan desde un pueblo organizado fuera del institucionalismo burgués; es decir, “no dependiendo de las reglas del enemigo para arreglar cuentas con él”.[6]

- Pero no basta con esa posición de declaración general. Hoy debemos ver en esa apuesta electoral una fase más del propio aprendizaje de las masas. Y no cabe hacer “dejación de acompañamiento” en ese proceso de aprendizaje y de superación de contradicciones, por más que ese acompañamiento, tal como se están desarrollando las cosas en este terreno, no se haga al interior de los tinglados electorales surgidos: Red Roja no entrará en casting electoral alguno. Pero con esta legitimidad de partida, y aprovechando nuestra intervención en los marcos de lucha y en los barrios, empujaremos para que la gente, al menos, defienda y presione que lo electoral se supedite a la movilización en la calle (y no neutralice esta). Al tiempo, haremos todo lo posible para que sea el pueblo más organizado y en lucha (sabemos que la organización popular de base es aún muy deficiente) el que efectivamente también presione para que sus candidatos en eventuales lides electorales surjan de procesos de elección en el seno de la lucha popular misma. Y no rellenando currículos altisonantes y exagerados como, en gran medida, está pasando ya en un (efectivamente) casting electoralista en asambleas donde no asiste el pueblo que va a votar y se reproduce todo lo peor de la politiquería profesional.

4. Movimiento obrero

-En el caso específico del movimiento obrero vamos con décadas de retraso en la necesidad de actualizar sus métodos de lucha y formas organizativas, anclados en un pasado que no volverá. La ausencia de facto de los derechos más básicos, la existencia de un enorme ejército industrial de reserva (en contraste con los datos oficiales, en el Estado español hay más de 7 millones de personas paradas[7]) y la existencia del despido libre y barato, garantizan la expulsión de cualquier trabajador que alce la voz en la mayoría de los puestos de trabajo del sector privado.

- Pero la situación de degradación de la clase obrera y su pérdida de peso como sujeto histórico con autonomía propia viene de lejos. Así, la última reforma laboral no hace sino dar varias vueltas de tuerca, en un contexto de guerra social generalizada, a todo un rosario de pactos laborales que comenzaron con la misma Transición. Y que hicieron que la clase obrera entrase en la actual situación de emergencia social sumida en una seria desestructuración, atomización y una completa falta de confianza en sí misma. Todo esto junto con los cambios en la estructura productiva hacen que la clase obrera ofrezca unos perfiles bien alejados de aquellos con los que jugó un papel protagonista de primer orden en el anterior gran ciclo de movilizaciones durante precisamente los años de la Transición hasta la época de las grandes reconversiones industriales.

- Es evidente el papel jugado por CCOO y UGT como verdaderos “sindicatos amarillos” cada vez más al servicio de la patronal y del propio Estado, plagados de “liberados sindicales” y vividores. Y firmando ERE's y empeorando por sistema todos los convenios colectivos donde a menudo lo que más se negociaba eran las prebendas propias por servicio prestado a la “paz social” y a la “modernidad y competitividad” del país. En buena medida estos sindicatos han centrado su presencia y base en lo que iba quedando de gran industria –gestionando un sector de la clase minoritario que se veía privilegiado con respecto al avance constante de la precarización y de la flexibilización laborales-, abandonando a su suerte al proletariado inmigrante, a la gran mayoría de trabajadores precarios (sobre todo las mujeres y la juventud), al sector servicios, a los falsos autónomos. En suma, dejando desprotegidas a capas crecientemente mayores de un proletariado realmente existente que si en sus perfiles se alejaba de la clase obrera de las grandes industrias “de manual”, no era sino para reproducir verdaderas condiciones decimonónicas vividas en un mayor anonimato de clase. Precisamente es por esto que llegamos a decir en Red Roja –ciertamente, siendo laxos con los términos- que puede que clase obrera haya menos, pero desde luego proletariado (en el sentido estricto de la palabra) no para de haber más y más.

- Pensando sobre todo en estas capas “inconexas” y silenciadas del proletariado, aunque cada vez más incluyendo a esos mismos sectores obreros que ven sus “privilegios” esfumarse, defendemos que el sindicalismo alternativo tiene un papel que jugar en contraposición y lucha con el sindicalismo oficialista de carácter mafioso de CCOO y UGT. Y de hecho llamamos a nuestra militancia a participar en esos sindicatos alternativos trabajando para que se dé la máxima confluencia posible entre todas las uniones obreras que no abandonan la lucha de clases. Pero ni mucho menos basta con ello. Proclamamos que la línea sindical alternativa que desde hace tiempo se necesita no queda cubierta por el sindicalismo alternativo orgánico realmente existente. Y es que no estamos únicamente ante un problema de dirigencia y de estructuras sindicales, sino principalmente de propio modelo de lucha sindical: de métodos de lucha y de formas organizativas.

- El autoritarismo y arbitrio empresarial –que como hemos llegado a decir convierten a las empresas en verdaderos “señoríos feudales”- y la represión estatal fuerzan a la propia lucha reivindicativa a que tenga a menudo que “clandestinizarse”. Esto no se está entendiendo consecuentemente por ninguna fracción del movimiento obrero; ni siquiera por sus sindicatos más alternativos. Y puede que en estrecha relación con esto, la acción del piquete tenga “sencillamente” que hacerse para que determinados compañeros queden cubiertos y no sean obligados literalmente al “esquirolaje”. O que (sencillamente) ya no puedan ser los propios compañeros afectados los que encabecen de entrada una lucha, sino que haya que iniciar la acción “desde fuera”; que, en definitiva, se haga necesario que unos trabajadores tengan que jugar un protagonismo relativo mayor en luchas “ajenas” que incluso en las propias, al menos en “el perímetro de su empresa y a la luz del día”.[8] Y es también en relación con la brutal (auto)represión laboral existente que consideramos que el barrio obrero toma en las circunstancias actuales el papel de “región más liberada” para forjar la solidaridad entre los distintos grupos del proletariado. E incluso que es ahí donde puede darse la necesaria “escuela de clase” desde la que se construya el poder del pueblo y que facilite retomar el hilo histórico de las luchas en un verdadero ejercicio pendiente de memoria histórica laboral.
5. Plano teórico
 
"El señor Heinzen se imagina que el comunismo es una cierta doctrina que partiría de un principio teórico determinado -el núcleo- a partir del cual se deducirían consecuencias ulteriores. El señor Heinzen se equivoca mucho. El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento; no parte de principios, sino de hechos. Los comunistas no tienen por presuposición tal o tal filosofía, sino toda la historia pasada y especialmente sus resultados efectivos actuales en los países civilizados. El comunismo es el producto de la gran industria y de sus consecuencias, de la edificación del mercado mundial, de la competencia sin obstáculos que le corresponde, de las crisis comerciales cada vez más fuertes y universales y que ya se han convertido en perfectas crisis del mercado mundial, de la creación del proletariado mundial y de la concentración del capital, de la lucha entre el proletariado y la burguesía que de ello se deriva. El comunismo, en la medida en que es teórico, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y el resumen teórico de las condiciones de liberación del proletariado." (Engels, Los comunistas y Karl Heinzen. Octubre 1847). 

- Por último, en lo que respecta a ese tercer apartado de la lucha de clases que señalaba Engels, el de la teoría, vemos la pertinencia de poner en consideración, tanto en el plano ideológico como en el estricto de nuestra teoría marxista, una serie de reflexiones que, en realidad, tienen un carácter universal y que afectan al conjunto del movimiento comunista internacional; concretamente en lo que refiere a cómo abordar su propia construcción orgánica, a cómo relacionarse con las masas y a cómo canalizar en su seno la inevitable lucha ideológica que se reproduce.

-Partimos de la base de que la contradicción entre capital y trabajo es la contradicción axial, el eje, la que modula a las demás bajo toda sociedad donde impere el modo de producción capitalista. Sin embargo, a menudo se ha obviado que esa no es la única contradicción existente. Así, tanto la opresión nacional (tan determinante en la historia del Estado español, negador del derecho de autodeterminación) como el patriarcado deben tener sus propios tratamientos específicos.

- En cuanto a las cuestiones nacionales no resueltas –y como base de lo mencionado más arriba- nos reafirmamos en la posición de principios del socialismo histórico e internacional acerca de que, al tiempo que mantenemos una lucha ideológica sin concesiones con más de un nacionalismo que en la actualidad intenta desesperadamente enmascarar su esencia burguesa, hemos de contribuir a una justa resolución de la cuestión nacional, haciendo del derecho de autodeterminación sin condiciones previas una línea de demarcación de nuestra conducción política en el Estado español. Pero son los intereses supremos del internacionalismo proletario los determinantes a la hora de reagruparnos organizativamente. Se impone una mínima reflexión al respecto.

- Como comunistas, en realidad, todos formamos parte de un mismo partido. Esto ha sido así desde la Primera Internacional. Otra cosa es el "cuerpo" orgánico, el "máximo" orgánico en que podamos ir traduciendo ese anhelo. Si nos separamos en organizaciones distintas es porque el propio sistema capitalista y sus estados nos dividen en diferentes marcos. En la medida en que el propio sistema capitalista históricamente une a la propia clase obrera, los comunistas de las diferentes naciones han de avanzar en su propia confluencia y unidad orgánicas. Si se da un marco plurinacional que permite establecer relaciones materialmente estrechas entre la clase obrera, entonces, los comunistas de ese marco supranacional han de aprovecharlo al máximo para actuar lo más conjuntamente que se pueda. Si no se hace, es porque al menos una parte de esos comunistas, anteponen su condición nacional por delante de su condición de comunistas; o sea, sencillamente actúan más como nacionalistas burgueses que como internacionalistas proletarios.

- En el caso de la contradicción entre géneros, el hecho de que el patriarcado no sea bajo el capitalismo la “contradicción fundamental” en el sentido marxista del término no significa restarle importancia; muy al contrario, estamos ante una contradicción cuya resolución requiere un grado mayor de avance de la humanidad, justamente porque requiere un período más largo de resolución, al igual que su origen es anterior al propio capitalismo. En este sentido, se impone un necesario matiz: la lucha por la emancipación de la mujer trabajadora nada tiene que ver con la de grupos “feministas” burgueses como por ejemplo Femen, que buscan beneficios particularistas que dejen intacta la posición que la clase explotadora ejerce sobre el conjunto del proletariado, incluida y especialmente la mujer, doblemente explotada. Como decimos, la dominación de las mujeres no comenzó con el capitalismo ni lograremos liberarnos solo con su superación. Pero sin destruir este sistema sólo podremos optar por logros parciales y puntuales[9].

- En los actuales tiempos de crisis, el capital está agravando sobremanera la condición de la mujer trabajadora aprovechando su opresión secular para aún explotarla más. Asigna a las mujeres los trabajos más precarizados, cuando no “las devuelve” a casa, (re)produciendo mano de obra barata y cuidando “gratis” de quienes “estorban” al sistema productivo. La agresión contra las mujeres se produce en todos los campos y desde todos los frentes: desde el judicial y laboral hasta el doméstico, personal y afectivo. Se concreta igualmente en la eliminación de las prestaciones sociales, particularmente las que servían para contrarrestar esa tendencia opresora a arrinconar a la mujer de la peor manera en el seno de la “familia tradicional”, imponiéndose una moral machista financiada desde los Estados a través de la misma Iglesia. Ello se debe a que el capitalismo necesita de la doble explotación de las mujeres para su supervivencia. Por lo mismo, será crucial que nuestra atención a la lucha contra el patriarcado sea aún mayor. Y hacer de nuestra organización un ejemplo de escuela en este sentido.

- Adentrándonos ya en el terreno más estricto de nuestra teoría revolucionaria, comprobamos que es necesario avanzar en la misma comprensión teórica de la relación dialéctica entre la propia teoría y la práctica, y de cómo se desarrolla la propia teoría en general y el proceso de conocimiento. Esto nos ayudará a comprender también cómo se asumen en la práctica las tesis políticas que elaboramos y, en definitiva, cómo se insertan en la lucha de clases. Sólo así optimizaremos nuestra contribución a la precisión de la línea política que necesita el desarrollo del movimiento revolucionario por el socialismo en nuestros marcos de actuación. Y, en definitiva, cómo la aplicamos en nuestra práctica militante.

-En realidad lo anterior tiene un carácter mucho más universal y afecta a la misma comprensión de la teoría marxista –que no puede sustraerse a las leyes de elaboración de cualquier teoría en general-,de su desarrollo y precisión, de su relación con el movimiento práctico. De ahí que hayamos llegado a decir que la única crisis que reconocemos en el marxismo es precisamente la de su comprensión. Y es a partir de ahí que hemos planteado también que la conceptualización de nuestro ideario como “marxismo-leninismo” no ha contribuido a superar el esquematismo y el dogmatismo dentro del movimiento comunista; que, en realidad, bastaría con llamarnos marxistas, pues la dialéctica marxista incluye sus propios desarrollos, sin necesidad de añadir “guiones” que la “actualicen”. No obstante, no hacemos de esto un mayor problema en lo que respecta al plano del discurso y de las “etiquetas” con que nos identificamos en la práctica. Desde luego nosotros nos reconocemos como marxistas y leninistas cuando, por lo demás, fue el propio Lenin el que más trabajó este asunto del desarrollo de la teoría marxista en un período de crisis y desorientación de nuestro movimiento. Y escribió lo que luego se publicó como los “Cuadernos Filosóficos”; aquellos en los que llegó a declarar: “después de 50 años, no hemos comprendido a Marx”.

- Por lo demás, todo esto es fundamental para entender el propio movimiento histórico y el desarrollo de la lucha de clases en su relación con los sistemas ideológicos. Dentro de esa comprensión, se incluye la del propio devenir del socialismo a escala mundial. Y de cómo se desarrollan y mueven sus contradicciones (y se interpenetran o inducen) con el sistema capitalista al que ha de superar, tanto con respecto al enemigo exterior como al interior mismo de la construcción socialista, siendo esto último lo que se ha evidenciado como más complicado de entender y de “manejar”.

- Hoy nuestro movimiento vive una gran contradicción que no ha tenido parangón antes. Necesitamos un alto grado de comprensión teórica y desarrollar en ese sentido un discurso sin concesiones. Pero igualmente debemos entender –ello mismo ha de formar parte del discurso- y asumir que el curso práctico de la lucha de la gente toma hoy gran distancia de las teorizaciones; incluida la nuestra, dada la propia crisis histórica de nuestro movimiento. Es decir, necesitamos más que nunca elevarnos teóricamente mientras la lucha de la gente sigue viendo muy deficientemente esa necesidad. Ante ello, sin pedir permiso a nadie ni seguir moda alguna, nos agarraremos al mejor Marx, a ese que en la Crítica al Programa de Gotha declaraba que “un solo paso real de la clase vale más que el mejor de los programas” al tiempo que se prestaba a realizar una crítica puntillosa y sin concesiones en el seno de su partido en Alemania. Y es que las concesiones oportunistas que se realizan en nombre de ganar una determinada batalla son, en el mejor de los casos, veneno retardado que comprometen la suerte última de la guerra.

- Por ello mismo, y a fin de afrontar esa gran contradicción en términos organizativos –garantizando la máxima presencia del carácter de clase en el máximo posible de movimiento práctico-, hablamos de desarrollar la dualidad organizativa, que no es sino la virtud de diferenciar un doble plano de acumulación: una acumulación “entre comunistas” en el nivel superior que expresa el partido (donde los principios están por encima del número y, de hecho, hay que “saber restar” para sumar fuerza revolucionaria) y el de una acumulación entre la gente, en los movimientos populares, lo que nos obliga a tener una línea de masas (sin por ello hacer concesiones de principio).

- Se trata de “acompañar” a la gente desde su nivel de conciencia actual empujándola hasta los planteamientos revolucionarios –el primero de los cuales es el referente a la toma del poder- y de hacerlo a través de la movilización práctica mediante nuestra intervención en los marcos que la misma gente va creando. Por insuficientes que sean las consignas de los movimientos de masas (por incompletas o incluso reformistas que sean) debemos estar y dar ejemplo en las luchas y acompañar a la gente en su particular proceso de politización. Porque, como venimos diciendo, sabemos que hoy como nunca la clarificación política más generalizada se dará durante la movilización, o incluso una vez concluida la misma, y nunca antes de la movilización. Ahora bien, esa intervención en los frentes de masas se hará “diferenciándonos” por nuestros lemas y propuestas, por nuestra posición, por nuestras particulares interpretaciones de lo que esté sucediendo. No traficaremos con nada de esto, al precio si es preciso de mantenernos en minoría en nuestras posturas.

- Es paradójicamente esta “separación” de los planos del discurso y del curso práctico la que garantizará que la línea revolucionaria aúne su mejor intervención práctica y su mejor contribución a la comprensión, precisión y desarrollo de la propia teoría revolucionaria entendida esta como lo que realmente es, y donde es clave asimilar “de qué están hechos nuestros propios principios”, esos a los que nos tenemos que agarrar y no precisamente porque salgan predeterminados de cabeza genial alguna ante la que la práctica tendría que adaptarse.

- Y es también desde ese manejo riguroso de la propia dialéctica entre teoría y práctica que, en un plano mucho más general, nos podremos permitir, por ejemplo, no apoyar teóricamente conceptualizaciones como la del llamado “socialismo del siglo XXI” sin menoscabo de que expresemos nuestra solidaridad antiimperialista con los gobiernos latinoamericanos revolucionarios existentes hoy día. Porque no analizaremos la importancia y grandeza de los movimientos en base a cómo ellos mismos “se expliquen”. Como tampoco -en casos aún más alejados en lo ideológico- necesitamos compartir la ideología de la Yihad Islámica para apoyar la legítima resistencia del pueblo palestino que tal grupo representa y supone.

Conclusiones

Red Roja es consciente de que el gran reto que tenemos es el de contribuir al realce del movimiento universal por el socialismo, incluyendo la tarea de sistematización de las contradictorias pero ricas experiencias acumuladas hasta ahora. Pero además sabemos que esto ha de hacerse sin menoscabo de optimizar al máximo nuestra línea de intervención revolucionaria ante la gravísima emergencia social que provoca la profunda crisis sistémica capitalista dentro de nuestros propios marcos de actuación.

Red Roja, organización cuya militancia procede de distintas sensibilidades dentro del movimiento comunista, plantea al conjunto de nuestro movimiento histórico e internacional que el criterio de reagrupación orgánica no debe basarse en debates sobre el pasado. Estos debates, legítimos y necesarios, deben ser canalizados (en esto se ha fallado casi siempre) para que no acaben siendo contraproducentes con respecto a nuestras urgentes tareas político-prácticas que son las que, hoy más que nunca –y precisamente porque hay que huir de la mera frase revolucionaria-, darán la talla de nuestra intervención, esa sí, revolucionaria.

Ya lo dijo Marx en el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: la revolución no podrá tomar su poesía del pasado, sino del porvenir. En ese espíritu, nosotros lanzamos el siguiente triple criterio de reagrupación comunista dentro de nuestros marcos de actuación político-práctica:

1) Rechazamos el régimen del 78, continuista con el franquismo y rechazable “en origen” (y no ahora porque “aquel pacto se haya roto”), con todo lo que ello supone de conquistar reivindicaciones mayores pendientes como son el ejercicio del derecho de autodeterminación, la libertad de los presos políticos, etc.

2) Enmarcamos la salida de la actual crisis en la perspectiva del socialismo, y no en la de un “Estado del bienestar” solo posible sobre la base del saqueo de la periferia.

3) Nos solidarizamos con quienes se enfrentan al imperialismo sin mirarlos con lupa porque el nuestro es un antiimperialismo no centrado en “exigencias” al agredido, sino en denunciar y contrarrestar los objetivos y acciones criminales del agresor que, por lo demás, planifica y arranca sus agresiones mucho más cerca de nosotros que de los directamente agredidos. En consecuencia, propugnamos la salida del Estado español de la OTAN y el desmantelamiento de las bases.

Todo ello ha de ser complementado con la dualidad organizativa, que nos recuerda que estas exigencias políticas, mínimas para todo aspirante a militar en RR, no deben ser transportadas mecánicamente a los frentes de masas como condición previa para nuestra intervención. En todo caso, ese triple criterio será el que claramente portaremos como seña de identidad política y que no prostituiremos a fin de recabar unos apoyos que, entonces, ya no serían a nosotros sino a nuestra propia “desnaturalización”.

Dentro de los marcos de actuación más extensos que actualmente brinda la movilización anticrisis/antirrecortes, plantearemos otras líneas de demarcación que están estrechamente ligadas con la contradicción principal que explica el actual ciclo de movilización, a fin de que esa contradicción se vaya resolviendo en clave popular. Nos referimos al “NO al pago de la deuda”, a la “ruptura con la UE y el euro”, etc. que, además de responder en toda lógica (aunque no se asuman explícitamente) a las problemáticas y aspiraciones populares planteadas, las proyecta hacia el propio cuestionamiento del poder político real que será el que, en definitiva, garantice la satisfacción de dichas aspiraciones. Junto a estos lemas, y en el terreno más práctico, promoveremos la unificación de las luchas prácticas y la creación en todos los lugares posibles de comités de poder popular impulsados principalmente desde los barrios. Esto es clave. Hasta el punto de que ni siquiera haremos de la adopción de los lemas que se acaban de mencionar la “llave de entrada” para estar en los marcos populares. El militante de Red Roja ha de entender la carga de profundidad que encierra la consigna: “los marcos nos lo pone el pueblo en lucha; el “vector” o identidad de nuestra actuación la ponemos nosotros”.

No podemos dejar de terminar insistiendo en la comprensión profunda que hemos de hacer de la tesis expresada por Marx en La ideología alemana acerca del comunismo: “[este] no es para nosotros ni un estado que deba ser creado, ni un ideal ante el cual la realidad deba adaptarse. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado actual de las cosas”. Es esto mismo lo que nos ha llevado a afirmar que, en esencia, la revolución es un proceso, es en “gerundio”. Es decir, que más allá (o mucho más allá) de inminencias o no de toma del poder, nosotros no perderemos el tiempo en especulaciones “de tiempo” sobre la revolución, porque nuestro deber es prepararla y avanzar en la acumulación de fuerzas revolucionarias que necesitaremos para llevarla a cabo, realizando las tareas que, en nuestros marcos de actuación, solo a nosotros nos “toca” realizar por estar precisamente en ellos. Y nunca olvidando que ya desde principios del siglo XX la consigna es un llamamiento a la voluntad: socialismo o barbarie. Esto no está en crisis. Es su solución.




[1] Ver http://redroja.net/index.php/comunicados/831-el-mito-de-la-vuelta-al-estado-del-bienestar-otro-capitalismo-es-imposible
[2] “Desinoculándonos la parálisis antiimperialista”, declaración de Red Roja, disponible en http://redroja.net/index.php/comunicados/758-desinoculandonos-la-paralisis-antiimperialista
[3] Véase el artículo “La Diada, la consulta del 9N, la clase obrera y las tareas de los revolucionarios”, en la revista de Red Roja (nº2), disponible en http://redroja.net/docs/RR_n2_webs.pdf
[4] Véase el editorial “De crisis y estafas (o como más bien la estafa acecha a las puertas de salida)” de la revista de Red Roja nº2 de septiembre de 2014
[5] Idea que nuestra organización viene defendiendo como clave desde el Informe de Coyuntura del 9/12/13).
[6] Véase el editorial “Casta vs Sistema” de la revista de Red Roja nº 3 de noviembre de 2014
[7] Para ahondar en estos datos, recomendamos la lectura de nuestro Informe Político de octubre de 2014, donde leemos: “si se incluyera a las personas que ya no buscan porque no tienen esperanza alguna de conseguir trabajo, la cifra de parados sería de 7.013.678 personas y no de 5.622.860 como dice la EPA”. El informe está disponible completo aquí: http://redroja.net/index.php/documentos/analisis-de-coyuntura/2922-antes-de-que-el-material-altamente-inflamable-acumulado-empiece-a-arder-y-mas-alla-de-las-elecciones-lo-esencial-es-preparar-el-parto-de-lo-nuevo
[8] Para seguir esta noción recomendamos la lectura de la declaración de Red Roja “Acerca de la necesidad de cambios fundamentales en el movimiento obrero”, en “http://redroja.net/index.php/comunicados/2120-acerca-de-la-necesidad-de-cambios-fundamentales-en-el-movimiento-obrero
[9] Extraemos estas ideas de la declaración de Red Roja “En primera línea para abortar este sistema”, en http://redroja.net/index.php/noticias-red-roja/noticias-cercanas/2365-en-primera-linea-para-abortar-este-sistema



Documento II: Apuntes sobre la estructura organizativa


El conjunto de este documento tiene carácter interno, pero extractamos aquí unos pasajes que, por tratar aspectos más generales sobre organización, sí hemos decidido hacer públicos y compartir con otras organizaciones y compañeros de lucha.

Red Roja no se declara un partido al uso en el sentido más clásico que a este concepto se le ha dado dentro de nuestro movimiento a lo largo de buena parte de su historia. En base a la experiencia histórica, a la propia situación de nuestro movimiento, tanto a nivel internacional como en nuestro propio marco estatal de actuación, a la proliferación de siglas que se autocatologan ya de comunistas, nos tomamos tan en serio lo que es un partido revolucionario y sabemos de la enorme responsabilidad que ello conlleva, que nos parece prematuro declarar que ya lo somos. De ahí que lleguemos a decir: en las actuales circunstancias, y más que nunca, el propio partido no será tanto un punto de partida declarado formalmente como más bien un punto de llegada que la propia práctica “sancionará”. No obstante, en RR militamos compañeros que vemos más satisfechas nuestras aspiraciones partidistas en esta organización que si militáramos en un partido ya formalmente constituido, tal como existen algunos, y en cuya construcción de línea y de edificación orgánica no pudiéramos participar, con posiciones políticas ya completamente cerradas y, en demasiados casos, lastradas por los errores históricos que señalamos en el Documento I: a veces el oportunismo más reformista y electoralista, a veces el sectarismo o incluso a veces un explosivo cocktail de ambos males.

Pero que no seamos el partido, no significa que no trabajemos por él, ni que no tengamos en cuenta todos los principios organizativos que internacionalmente nuestro movimiento ha ido sintetizando en el fragor de la lucha de clases. Tampoco existe la Internacional orgánicamente ahora y sin embargo nos debemos a ella. Es así como desde Red Roja asumimos el propio proceso de construcción y hasta de “parto” de nuestra organización. Y lo hacemos concientes de la propia lucha ideológica que ha de darse inevitablemente en este terreno, donde el debate organizativo interno no podía ser ajeno a las influencias que llegan del “exterior” acerca de la necesidad o no de vanguardia, de cómo esta se estructura, etc. El caso es que Red Roja vive su propio proceso de definición y estructuración orgánicas y que, si bien lo hace teniendo en cuenta la propia experiencia histórica y el estado actual de la luchas de clases, cada vez más hay acuerdo en que el criterio de conformación orgánica ha de responder a consideraciones estratégico-políticas, más allá de la realidad presente. Y teniendo en consideración, en definitiva, las obligaciones que se derivan de la necesidad de garantizar y mantener la línea política revolucionaria de intervención así como al tanto de los propios movimientos (y previéndolos) de nuestros enemigos de clase.

Del análisis desarrollado del Documento I se deduce la necesidad de un salto organizativo. Hemos hablado de la contrarrevolución preventiva. De la situación de crisis que exacerba la movilización popular y, en consecuencia, incrementa la represión política. Hemos hablado de la necesidad de “restar para sumar” en el plano organizativo superior (el propio del partido comunista), cuya validez revolucionaria no se mide por el número sino, en todo caso, por la influencia revolucionaria que logre desarrollar. Hemos llegado hasta hablar de algo tan delicado como la necesidad de actualizar y “proteger” las tácticas del movimiento obrero ante la gravísima represión de facto que inhabilita sobremanera los cauces legales. También de la necesidad de desarrollar un trabajo de movilización antiimperialista, aquí en el llamado “primer mundo”, por minoritario que este sea. Y de la necesidad de que el “vector revolucionario” actúe en los marcos de masas sin dejar de serlo y sin ser asimilado por el reformismo y el oportunismo. E incluso hemos hablado entre nosotros de que, tal como están las cosas, no basta ni con el discurso ni con el “estar”; de que es necesario desarrollar una verdadera “línea de resistencia” ante los ataques provenientes de un sistema que no duda en saltarse “por sistema” su propia “democracia”... ¿Cómo desarrollar estas tareas “de cuadros”, diferentes de las tareas que desarrollaría una organización de masas, sin los instrumentos adecuados para ello?

Desde luego que para las tareas que nos hemos ido marcando, y en semejante contexto, no bastarían moldes organizativos calcados del 15 M, tributarios también del trauma de la caída del Muro y deslumbrados por el “horizontalismo” sin matices y el culto paralizador al consenso. Y es que la propia experiencia histórica nos demuestra que no hay posibilidad de éxito en un combate de clase si no se establecen mecanismos claros de dirección política (que no son ni horizontales ni verticales, sino más bien transversales) y sin una disciplina de partido que sepa distinguir el momento en que lo principal es el debate imprescindible de ese otro momento, aún más sagrado, en que toca ejecutar de forma decidida la línea política al servicio de nuestro pueblo.

Y es que los modelos organizativos no son resultado de un debate “unilateral” por nuestra parte donde nos limitemos a plasmar nuestros deseos. En buena medida nos vienen impuestos por una dura lucha de clases. Ciertamente a menudo los perfiles orgánicos nos los determinan el enemigo a batir. Y una organización que quiera ponerse al servicio de una estrategia, y no solo del momento presente, no puede obviar que la revolución necesita su estado mayor, su dirección, fraguada en la lucha real, sancionada por el pueblo. Y si bien es cierto que esto genera a su vez un aspecto débil en el sentido de que esa dirección puede desviarse de los legítimos intereses de la clase, tal como muestra la historia, no hay otra solución que potenciar los mecanismos no sólo de elección y prueba de esa dirección sino de control de la misma. En este sentido, seguimos encontrando en el centralismo democrático el modelo de organización revolucionaria que mejor combina, por un lado, la necesaria participación y decisión de las bases y, por otro, la existencia de una dirección ejecutiva facultada para la toma de decisiones urgentes, inherentemente derivadas de la lucha de clases. Esta afirmación no obsta para hacer una necesaria autocrítica desde dentro del movimiento comunista sobre cómo ha sido puesto en práctica y desnaturalizado el centralismo democrático a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Pero no puede tirarse al niño con el agua sucia.

No vamos a adentrarnos en todo lo que significa el centralismo democrático, desde que Lenin lo defendiera en las condiciones particulares de la Rusia zarista hasta teniendo en cuenta todas las actualizaciones y precisiones pertinentes que posteriormente ha habido que adoptar. Pero en pocas palabras implica que en el partido las decisiones políticas se debaten democráticamente, y que, una vez tomada una decisión, es de obligado cumplimiento para sus militantes. Es sumamente importante resaltar que para asegurar esa disciplina no sólo no debe obligarse a cambiar de opinión a ningún militante sino, al contrario, debe defenderse que la mantenga al tiempo que se instauran los mecanismos de debate necesarios para canalizar las diferencias, fomentar su discusión y así contar con decisiones cada vez más asumidas de forma claramente mayoritaria. Incluso tras la toma de decisiones el debate ha de proseguir debidamente canalizado. Todo esto ha de combinarse con el nombramiento de una dirección, solo sea porque han de tomarse decisiones urgentes, y con el empleo sistemático del mecanismo de delegación. Solo así, combinando ambos aspectos, la organización partidista se coloca en disposición superar el fraccionalismo y las divisiones y golpea como una sola máquina.




 Propuestas desde los núcleos:

Marxismo y opresión de género

Tesis Asamblea General Congresual.  Escrito por Militante de Red Roja Madrid
 
Aportación al proceso de debate congresual de Red Roja
1. Opresión de género.
2. El motor de la historia y la invisibilización.
3. Revisión de privilegios y condiciones materiales.
4. Crítica, autocrítica, y coste de oportunidad.
5. Ser social, iniciativa y transversalidad.

Este artículo se enmarca dentro del proceso de debate de la II Asamblea General de Red Roja. No pretende abordar en toda su complejidad el tema del que trata, definirlo, ni imponer un curso de acción, sino incidir en los aspectos que se han considerado más relevantes dentro de la dinámica de éste debate y aportar una reflexión que parte de la humildad y el reconocimiento de las limitaciones teóricas del análisis.

1. Opresión de género.

El capitalismo se mueve por la contradicción existente entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de los frutos de dicha producción. Sin embargo, y al igual que otros medios de producción anteriores, instrumentaliza opresiones previas para garantizar su funcionamiento. En este espacio, nos referimos a una opresión que despunta con la división del trabajo en las sociedades preclasistas, y que se desarrolla hasta nuestros días: la contradicción u opresión de género. ¿Por qué hablar de opresión de género en lugar de contradicción hombre-mujer o, simplemente, opresión de la mujer?

El ser humano, como ser de reproducción sexual, posee unas características biológicas preestablecidas genéticamente por el desarrollo evolutivo. Sin embargo, el ser humano es un ser social: aunque se basa en la diferenciación sexual, el género es una relación social. Los géneros y las relaciones basadas en ellos no son inmutables y preestablecidos genéticamente, sino que pueden ser transformados a través de la acción humana. Además, si tenemos en cuenta que hombre y mujer son construcciones sociales que forman los dos extremos de un continuo de identidades, hablar de “contradicción entre hombre y mujer” supone entender la cuestión desde una perspectiva binaria, estática.

¿Por qué no hablar entonces de “opresión de la mujer”? Si entendemos el género como relación social, y que las identidades de género no obedecen simplemente al binarismo hombre/mujer, definir el problema como “opresión de la mujer” supone dejar fuera del análisis a las personas que no se ajustan a estas identidades sociales normativas pero que sí sufren la opresión de género. Nos referimos con esto a las personas del colectivo LGTB+.

Sin definir el problema como opresión de género, olvidaríamos que las personas son oprimidas por su orientación sexual o su identidad de género no normativa, también se encuentran bajo la dominación patriarcal dentro del capitalismo.

Al analizar la contradicción de género como una relación social de opresión que tiene su pistoletazo de salida en la división del trabajo pero que no sólo cae sobre las mujeres heterosexuales y cis (aquellas cuya identidad de género corresponde al rol social impuesto en función de su sexo biológico), es un error pensar que la solución del problema pasa por la igualdad.

En primer lugar, porque la igualdad entre sexos es biológicamente imposible mientras sigamos siendo animales de reproducción sexual. En segundo lugar tampoco corresponde hablar de la igualdad de géneros, al ser estos relaciones sociales impuestas y definidas por un patrón de comportamiento diferenciado. Si lo que distingue a los géneros es el rol que la sociedad impone, es un error pensar que pueden ser igualados.

Nuestro objetivo como comunistas no puede ser otro que la superación de los géneros como entidades sociales opresoras, un proceso estrechamente ligado al desarrollo de la sociedad comunista y de las personas nuevas. Y, por supuesto, esto pasa por acabar con la concepción burguesa y heteropatriarcal de familia.

2. El motor de la historia y la invisibilización.

La lucha de clases es el motor de la Historia. El motor del capitalismo en su fase actual es la contradicción antagónica entre capital y trabajo, la lucha a muerte entre la burguesía y la clase obrera.

Considerar esta contradicción como fundamental no puede llevarnos, de ninguna manera, a considerarla la única existente, negando las otras opresiones (de género, racial, nacional, etc.) que se articulan en torno a ella. Cegarse a todo lo que no sea capital-trabajo y concebir la lucha de la clase obrera desde un esquema rígido e ignorante a todo lo que no sea estrictamente económico lleva, en la práctica, a invisibilizar la opresión de género. Y esto no quiere decir que las diferentes opresiones sean independientes o “se sumen”, sino que el modo de producción capitalista necesita de estas contradicciones para expresarse y reproducirse.

Lejos del reduccionismo economicista y del concepto posmoderno, la lucha comunista, como teoría y práctica, debe comprender que la humanidad oprimida debe enfrentarse a todas las contradicciones que la afectan. Escindir por completo la lucha de clases y la opresión de género hace un flaco favor al movimiento comunista en su conjunto.

La opresión de género tiene su origen en la división prehistórica del trabajo, que continúa hasta el presente y que (como la división entre trabajo manual e intelectual, u otras) es irresoluble bajo el capitalismo, pues éste las necesita.

El proceso capitalista de producción necesita de un trabajo reproductivo que mantenga el sistema funcionando. El trabajo reproductivo no remunerado, que realizan las mujeres bajo la opresión de género, es un factor decisivo para la reproducción de la fuerza de trabajo como mercancía capitalista esencial. La burguesía entrega el salario a la clase obrera a cambio de su fuerza de trabajo tras arrancarle la plusvalía, pero sin éste trabajo invisibilizado el capitalismo no puede funcionar: las mujeres crían a hijos e hijas, proporcionan cuidados materiales y afectivos, y se ocupan de las personas dependientes. Sin este trabajo, la burguesía no contaría con más fuerza de trabajo para explotar, ni habría nuevas generaciones de trabajadoras y trabajadores.

La incorporación de la mujer al trabajo productivo, aunque supone una modificación de la división del trabajo, lleva a la doble opresión: las mujeres no sólo se ven obligadas al trabajo reproductivo no remunerado, sino también a sufrir la explotación remunerada en el proceso de producción. A esta condición pueden articularse las derivadas de la orientación sexual o una identidad no normativa, u otras (racial, nacional, etc.).

Ignorar la profunda conexión que existe entre la opresión patriarcal y el proceso social de producción-reproducción puede conducir a hablar de luchas secundarias, segundos planos de importancia y, en definitiva, a invisibilizar la legítima lucha antipatriarcal.

3. Revisión de privilegios y condiciones materiales.

Como marxistas, entendemos que el ser social determina la conciencia. Por este motivo, los hombres por su posición en las relaciones sociales, cuentan con una serie de privilegios sobre las mujeres, que además consideran naturales. Del mismo modo, las personas heterosexuales cuentan con una serie de privilegios sobre las homosexuales, las personas cis sobre las trans, etc.

Estos privilegios tienen su origen en una opresión determinada por ciertas relaciones sociales, y que cuenta con los procesos necesarios para su perpetuación. Por este motivo, es imposible que la acción individual de “revisión de privilegios” pueda llevarse a cabo totalmente. Una persona no puede simplemente decidir renunciar a sus privilegios, ya que la ideología se reproduce constantemente debido las relaciones sociales que la hacen posible.

Sólo transformando estas relaciones mediante la acción revolucionaria hacia el comunismo será posible acabar con los privilegios originados por la opresión. Bajo el capitalismo es imposible la liberación de las oprimidas aunque la experiencia histórica demuestra que no basta con la implantación de una economía socialista para liberarnos de la opresión de género. Lo que es indudable es que, en una sociedad dominada por el medio de producción capitalista, sólo pueden conseguirse parches, “mejoras parciales”.

Esto no puede llevar a la militancia comunista a considerar que está exenta de realizar la necesaria crítica y autocrítica desde una perspectiva antipatriarcal. La opresión de género es transversal a todos los espacios de la sociedad, y por supuesto incluye las relaciones personales y las organizaciones revolucionarias. Pese a los límites a nuestra autocrítica impuestos por las condiciones materiales de explotación y opresión, este es un proceso ineludible para cualquier militante.

Si “el socialismo es la ciencia del ejemplo”, es inexcusable caer o justificar actitudes machistas, homófobas o tránsfobas desde la lealtad personal, el “sentido común” o la tradición. La militancia revolucionaria debe realizar un esfuerzo activo de crítica y autocrítica para dificultar la reproducción de la opresión de género, especialmente en el interior de la organización. Esto incluye, por supuesto, esforzarse por utilizar un lenguaje que no reproduzca la ideología patriarcal.

La importancia de la actualización teórica, pero también de la práctica y de esta “propaganda por el ejemplo”, es especialmente relevante en el contexto actual de crítica del feminismo hacia el movimiento comunista. Como hemos expresado muchas veces en Red Roja, hay que ganarse el derecho a ser escuchadas y escuchados, y eso sólo puede ser posible si cuando las personas oprimidas miran, nos ven a su lado. La importancia estratégica del desarrollo del componente antipatriarcal de la línea revolucionaria de intervención puede resumirse en la siguiente frase de Clara Zetkin: “Si la revolución no tiene masas de mujeres, las tendrá la contrarrevolución”.

4. Crítica, autocrítica, y coste de oportunidad.

La crítica y la autocrítica son necesarias e imprescindibles para el desarrollo del movimiento popular, y especialmente del movimiento comunista y sus organizaciones. El “matrimonio mal avenido” entre marxismo y feminismo ha estado marcado por la crítica, en ocasiones fundamentada y necesaria, en otras dogmática o sectaria.

En lo relativo a la crítica conviene recordar el concepto de coste de oportunidad: si ponemos el acento sobre un aspecto, renunciamos a ponerlo sobre otro. Esto es relevante ya que desde el marxismo, en ocasiones se centra la crítica al “feminismo realmente existente” (que tiene, evidentemente, sus límites y errores como cualquier otro movimiento), olvidando la necesaria autocrítica que el movimiento comunista necesita para avanzar.

En primer lugar, porque las experiencias de construcción socialista del siglo XX nos demuestran que el avance de la lucha por el socialismo no implica necesariamente la liberación de género. Por ejemplo, el avance que se produce en materia de género con la victoria soviética en los años veinte se ve oscurecido por el apuntalamiento de la familia tradicional y la prohibición del aborto y sexualidades no normativas de los años 30. Nos corresponde asumir esta autocrítica -y muchas otras- en aras del desarrollo del movimiento comunista actual.

En segundo lugar, no se puede negar que la opresión de género es transversal, y por tanto afecta al funcionamiento de las organizaciones revolucionarias. Las relaciones militantes se ven empañadas por los patrones de comportamiento en los que nos hemos socializado previamente, lo que significa que, si no se hace nada por evitarlo, la opresión de género se reproduce en el interior de las organizaciones. Esta preocupación, aunque evidentemente afecta en mayor medida a las mujeres y personas LGTB+, debe ser una preocupación compartida.

Por último, porque las limitaciones que podamos criticar en el movimiento feminista actual son tan sólo el reflejo de nuestras propias debilidades a la hora de analizar, incorporar e impulsar la lucha contra la opresión de género y las reivindicaciones de las afectadas por ella. Lo cierto es que, si muchas de las personas que luchan contra a la opresión de género no se sienten incluidas en la lucha comunista, debemos achacarlo a nuestro funcionamiento y necesidad de autoevaluación. La crítica, siempre necesaria, sólo puede estar unida a la aún más necesaria autocrítica.

5. Ser social, iniciativa, y transversalidad.

La lucha contra la opresión de género no es una lucha sólo de mujeres, igual que no se reduce a una confrontación binaria entre hombres y mujeres. Aun así, si entendemos que el ser social determina la conciencia social, debemos comprender que son las personas directamente oprimidas las que están en posición de analizar, organizar e impulsar la lucha contra su propia opresión. Quienes están en una posición objetiva de privilegio -es decir, los hombres cis y heterosexuales-, también tienen una responsabilidad: la del apoyo, colaboración y autocrítica. Pero es en las oprimidas en quienes reside la iniciativa y la capacidad de ser el motor de su propia lucha en el movimiento revolucionario. Si se admite que las oprimidas deben ser vanguardia de su lucha, es responsabilidad de las organizaciones revolucionarias promover y facilitar la creación de espacios no mixtos que apuntalen la praxis antipatriarcal dentro de la lucha comunista.

En ocasiones, la inclusión de la lucha por la liberación de género se traduce en una escisión entre el funcionamiento habitual de las organizaciones y su práctica antipatriarcal, dándose un tratamiento específico a esta última, o en el peor de los casos, produciéndose una difusión de responsabilidad al respecto. Aunque es evidente que ciertos temas requieren un tratamiento específico, entendemos que la opresión de género tiene un carácter transversal. Son las oprimidas las más afectadas por la degradación sociolaboral que impone en el Estado español el imperialismo europeo a través de la Deuda, las que más sufren las consecuencias de las agresiones imperialistas, las más indefensas ante la explotación extrema de los países de la periferia. El peso de capitalismo cae con más dureza sobre los hombros de las mujeres trabajadoras no-blancas, y éstas tienen poco que perder salvo sus cadenas.

Si tenemos esto en cuenta, la lucha antipatriarcal no es sólo una cuestión ideológica, sino que tiene también tiene entidad política. En ese sentido, el papel de las organizaciones pasaría por la inclusión de la visión de género en sus ejes de lucha fundamentales y los espacios que se derivan de ellos. La lucha contra el proyecto de ley de aborto es parte de la lucha contra el régimen del 78, heredero de la dictadura que aplicó el terrorismo más salvaje contra el bando republicano, especialmente las mujeres antifascistas. La lucha contra la opresión de género es también la lucha contra el capitalismo, ya que una hipotética -e imposible- vuelta al estado del “bienestar” se produciría gracias al aumento de la explotación sobre los países de la periferia, y especialmente de las mujeres trabajadoras. Por ello, la lucha contra la opresión de género es necesariamente internacionalista, y no debería hacer concesión alguna a la propaganda pro-imperialista, ya que son las doblemente (o triplemente) oprimidas las más afectadas por las intervenciones militares en los países de la periferia económica.

Se puede concluir con la sentencia “sin nosotras no habrá revolución”. Tengamos presente que el marxismo incluye su propio desarrollo, su necesidad de ser complementado, ampliado, precisado, y que son ellas, las oprimidas, quienes tienen la capacidad y la voluntad insobornable para hacerlo. Es parte de nuestra lucha, la lucha de la humanidad contra las opresiones que la limitan, la lucha del trabajo contra el capital. Pero también es su lucha, un combate que necesitan liderar, destrozando cualquier estereotipo patriarcal en el proceso. La lucha de Lydia Litviak, de las Brujas de la Noche, de Leila Khaled, de Ulrike y de Gudrun, y de las guerrilleras anónimas que disparan gritando Naxalbari Zindabad en las selvas de la India.

Militante de Red Roja Madrid.
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