viernes, 15 de mayo de 2015

No a la vuelta al Estado del Bienestar y sus cantos de sirena. escrito por comunicacion-RedRoja

Decía Frantz Fanon que la división internacional de la explotación ha creado una aristocracia obrera en los países imperialistas a costa del proletariado de la periferia. ¿Queremos de verdad seguir perpetuando nuestros privilegios a costa de esclavizar a terceros?

En pleno año electoral en el que no paran de bombardearnos con discursos sobre la salida de la crisis y recetas varias, que lo único que persiguen es arañar votos, hay que mantenerse alerta sobre la creación de falsas expectativas. Algunos de estos engañosos mensajes son fáciles de desenmascarar, otros más sutiles, presentan “alternativas” socialdemócratas para perpetuar un sistema al borde del colapso, que sobrevive gracias a esclavizar a los países de la periferia y al que pretenden resucitar a base de instrumentos keynesianos que estimulen el consumo, y por ende la producción, con inyecciones de inversión pública en colaboración con inversión privada (eso que llaman “pacto capital-trabajo”). Defienden así la colaboración entre clases sin tocar las relaciones sociales capitalistas ni la propiedad privada de los medios de producción, y dando capas de barniz democratizador a instituciones internacionales como el BCE, el FMI o la ONU.
Programas económicos como el de “Podemos” (No olvidemos, elaborado por Vicenç Navarro y Juan Torres, coautores junto al dirigente de IU Alberto Garzón del conocido Hay alternativas) lanzan cantos de sirena sobre la “deseada” vuelta al Estado del Bienestar que se está desmantelando a base de drásticos recortes en servicios públicos y derechos sociales. Las propuestas de volver a instaurar el “modelo social Europeo” no son más que cantos de sirena igual de peligrosos e indeseables que los que intentaban arrastrar a los navegantes que surcaban el Estrecho de Mesina, pues primero son irrealizables a medio largo plazo y segundo son éticamente desdeñables.
Empecemos por lo primero, que no tiene por qué ser la cuestión más importante pero sí la que está más de actualidad en plena vorágine de cifras macroeconómicas falsamente esperanzadoras: ¿por qué es irrealizable una salida que no pase por romper con el sistema capitalista? Porque estamos ante una crisis estructural del propio capitalismo y no ante un problema coyuntural.
En la actualidad el sistema sufre una crisis de sobreproducción en virtud de la cual no encuentra salida a sus excedentes ni a través de un incremento del consumo ni a través de inversiones rentables. Tras el fracaso de las fórmulas socialdemócratas de la “posguerra mundial”, la última receta por parte del capital para huir de la caída de su tasa de ganancia fue obtener rentabilidad especulativa en el mercado financiero y promover la especulación inmobiliaria, burbuja que al pincharse en España provocó, entre otras cosas, el drama de los desahucios.
El hecho es que las prácticas neoliberales, al desplazar el capital de la economía productiva hacia la economía financiera especulativa, tan sólo han supuesto una huída hacia delante para encontrar a corto plazo salidas para el excedente. Como esto no salió bien, una vez agotada la fórmula, se empieza a recurrir al desmantelamiento de los servicios públicos para dar su gestión a las empresas privadas con financiación pública (este mecanismo en el ámbito de la sanidad se ha puesto en práctica de manera descarada). Una estrategia que no encarna más que las últimas y desesperadas bocanadas de aire de un pez que se muere, pues la realidad es que los recursos invertidos en el capital financiero no regresan a la economía real y no encuentran vías de inversión productiva que generen los beneficios que necesitan para perpetuarse en sus privilegios.
Ante este panorama, ¿qué ofrecen los programas socialdemócratas? Poner tiritas al herido de muerte y volver a un irreversible pasado que fracasó y dio lugar a la crisis de los años 70, que no fue superada sino lanzada a la periferia y que ahora regresa como un boomerang. Es decir, proponen recuperar viejas fórmulas keynesianas de estimular el consumo mediante inversiones directas del Estado, pero a largo plazo esto es un problema enorme ya que el dinero público proviene por un lado de incrementar los impuestos sobre salarios y beneficios, y por otro lado de la venta de Deuda Pública. La fórmula, como explica el profesor de economía Diego Guerrero, solo generaría demanda inicialmente. Posteriormente, la demanda de las familias caería. Y en caso de que solo se subieran los impuestos a las empresas, estas podrían decidir dejar de invertir, mudarse a otras áreas como la especulativa o deslocalizarse e irse a otro país. De hecho amenazan con ello y, no olvidemos, lo han hecho realidad antes. Esto generaría un fuerte endeudamiento del que es imposible salir, véase el caso de Japón, economía que lleva décadas estancada.
Además hay que tener en cuenta que estas recetas keynesianas fueron posibles en un contexto muy diferente al actual. La economía occidental estaba en expansión a causa de la industria militar ligada a la II GM, existía la URSS que había implantado logros tan importantes como la jornada laboral de 7 horas, un sistema de pensiones con jubilación a los 60 años que en trabajos duros (minería, industria pesada...) podía rebajarse a los 50 y en el que para recibir la pensión completa había que trabajar entre 20 y 25 años, baja por maternidad desde el inicio del embarazo, 20 meses en total, baja por enfermedad con 100% del sueldo, la implantación del primer sistema educativo totalmente público y gratuito, que alcanzó las mayores tasas de alfabetización de la historia en las 15 repúblicas soviéticas. Además, los colegios soviéticos ofrecían gratuitamente alimentación para los alumnos, por lo que la conciliación laboral-familiar se hacía mucho más fácil que hoy en día en los países capitalistas. En definitiva, medidas que obligaban a hacer concesiones preventivas al otro bloque para no perder en la “carrera del bienestar”.
Pero el quid de la cuestión es la segunda pregunta: ¿por qué la alternativa de vuelta al llamado “Estado del Bienestar” sería éticamente desdeñable? La respuesta es que dicha fórmula es inseparable del carácter imperialista de los Estados occidentales. Si la burguesía y el proletariado de unos pocos países privilegiados parecieron crecer durante unos años de forma simultánea, fue porque había un proletariado mucho más numeroso en otras zonas del planeta produciendo riquezas enormes por salarios de miseria. Véase la deslocalización de las grandes multinacionales. Como expone el artículo “Por una comprensión crítica del modelo social europeo”, firmado por Ernesto Martín, seudónimo del compañero Vicente Sarasa, se ha producido una sobreexplotación histórica de las colonias y neocolonias por distintas vías: explotación industrial, parasitismo financiero, mano obra mal pagada y sin derechos, robo de las materias primas, deuda externa... Gracias a ella se obtuvieron beneficios fabulosos que han financiado la “economía social de mercado” en Occidente.
Decía Frantz Fanon que la división internacional de la explotación ha creado una aristocracia obrera en los países imperialistas a costa del proletariado de la periferia. ¿Queremos de verdad seguir perpetuando nuestros privilegios a costa de esclavizar a terceros? Si la respuesta es NO, la única alternativa es abandonar el sistema capitalista y luchar por el socialismo, a fin de revolucionar la división social del trabajo, colectivizar los medios de producción y crear instrumentos y pautas de distribución y consumo que respondan a las necesidades reales de todos.

 

 



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