lunes, 23 de marzo de 2015

Meditación de una paradoja, por Antonio Álvarez-Solís

Parece inevitable que las revoluciones, como los partos, tributen al dolor y al miedo. En el caso de las revoluciones sociales es justo reconocer también que una gran parte de ese dolor no lo producen los revolucionarios, por una obvia voluntad de venganza, sino los poderes deshonestos del sistema a derribar que, desnudos ya de moral, se niegan a soltar la presa. Para ello recurren a mil descarados expedientes que convierten en dogmática y única realidad, como es atribuir a su modelo de sociedad unas dimensiones de justicia y libertad que no tienen más sustancia que aquella que ellos les dan a través de un largo periodo de opresión en que la razón se convierte en única, incluso en el espíritu del oprimido. Apropiándome de una imagen teológica que usa Raimundo Panikkar podría decirse de esta invasión de la razón, para destruir la multiplicidad de su uso y reducirla a una dimensión única, que «si el individuo humano es una gota de agua al lado de otras tantas gotas, cuando entra en el piélago de la divinidad (en este caso el sistema establecido) queda convertida en la inmensidad de todo el océano y lo que era una gota es ahora el todo, el mar sin límites». El ayuno de saber lo adquiere por adhesión al poderoso. En suma, que la posible disensión respecto a lo existente se transforma en un acto que ahora suele calificarse según una escala que va desde la denigración por ignorancia hasta el terrorismo. Lo grave es que, mediante el furor del dominante, el terrorismo acaba muchas veces por ser la llave para abrir la puerta de la innovación social necesaria. ¿Cabe negar, estando las cosas así, la responsabilidad de los que han inmovilizado la sociedad y la han reducido a algo intelectualmente misérrimo mediante la letalidad de sus comportamientos autocráticos? Usemos la decente libertad en el juicio y llegaremos a una conclusión estremecedora.

Cuando se llega a este extremo de falsificación del medio cabe preguntarse en el seno de comunidades como la cristiana, a la pertenezco con no poco dolor interno, muchas cosas acerca del valor del comunismo como vía de retorno hacia la dignidad del individuo. El enredo intelectual es de tal dimensión que he llegado a pensar si podría salir de él mediante una audaz paradoja consistente en propugnar un comunismo espiritual unido a un materialismo cristiano. Invitar a construir un camino por donde circule la gran realidad del pueblo como algo trascendente, al par que la voluntad respaldada por la fe en lo liberador se vuelque en la construcción de un mundo material que de paz y confortabilidad al ser que hace las cosas.

Creo radicalmente en dos dimensiones que dibujan en su totalidad profunda al ser humano: la dimensión espiritual, que le da dignidad –el hombre no se revoluciona solo por el hambre sino, y sobre todo, por su dignidad maltratada– y la dimensión material, que le exige alzarse hora a hora sobre su elementalidad. Dos dimensiones que están imbricadas de tal modo profundo y estrecho que sin su simbiosis no acontece la personalidad, que «se realiza –y vuelvo a Panikkar– cuanto más se pierde (la tosca) individualidad y se adentra en la comunión», en el «tú» de lo colectivo.

Comunismo o colectivismo. Cualquiera de las dos denominaciones tiene la misma energía innovadora que respalda el funcionamiento social. La época del individualismo como generador de toda creación o progreso es tan solo un recuerdo. Tan evidente resulta esta realidad que el mismo sistema de las minorías poderosas ha renunciado a los principios del liberalismo burgués que se extendió de los siglos XVIII a principios del XX para acabar apoyándose hoy en lo colectivo, aunque en este caso estemos ante un protervo colectivismo de élites que aúnan fuerzas para impedir que el pueblo disgregado salga del suburbio en que ha sido recluido por la violencia física y la conspiración intelectual. Este colectivismo o unión de los poderosos es lo que denominamos como globalización. Quizá la globalización, si recurrimos a las categorías marxistas del lenguaje para denominarlo correctamente, constituya ahora el opio de los pueblos aún encogidos por el espectáculo de luz y color que ha desplegado el capitalismo internacional.

En este momento histórico sectores ya apreciables por su volumen de la ciudadanía trabajadora se mantienen expectantes ante la fuerza múltiplemente armada de los poderosos. Disminuye la cifra de los que se habían expatriado de la conciencia y empieza a percibirse un enfrentamiento más decidido sobre el filo de la navaja. Aparecen las vanguardias que tantos hemos reclamado para plantear una batalla coherente. El reciente fenómeno griego en Europa –sea cual sea el resultado temporal del mismo– y otras conmociones en América Latina certifican lo que digo. Lo que estas manifestaciones sísmicas significan para abrir la puerta a un nuevo mundo lo ponen de relieve los feroces ataques de que son objeto por parte de las instituciones del imperio, sus medios de información y el férreo control que es ejercido por sus medios universitarios y de formación. Una turbamulta de congresos, foros, clubs secretos y otras manifestaciones por el estilo, añadidas a una legalidad puramente circunstancial y a una justicia cautiva tratan de contener un movimiento colectivista que podría acabar, más pronto que tarde, en una unión internacional con perfiles revolucionarios. Hay que añadir que los estados, que forman el núcleo duro del sistema neocapitalista, se encuentran atrapados en unas contradicciones económicas y sociales insuperables. Una cifra rápidamente creciente de parados en todo el mundo y de trabajadores precariadizados van lastrando una sociedad incapaz del consumo necesario. El tono social es visiblemente pobre y la riqueza se concentra sobre sí misma hasta volverse imposible.

Los mismos centros de la dirección religiosa, que levantaron ideologías propulsoras de clases medias tan necesarias para ordenar y sostener enérgicamente las estructuras capitalistas –iglesias anglicanas, luteranas o extrañamente evangélicas– están vaciándose de capacidad de control. Por su parte una Iglesia tan importante como la romana está regida por un pontífice que ha iniciado un regreso enérgico hacia un cristianismo de realidades humanas por completo incompatible con las formas económicas de riqueza aún dominantes, aunque dramáticamente dominantes.

La economía habrá de girar desde unos objetivos financieros, con predominio del dinero como única mercancía absoluta, a unas finalidades humanas, y esto no solo por razones de justicia social, con ser moralmente fundamentales, sin por exigencias estructurales. Desde una práctica capitalista, la informatización de la producción llevará a dos puertos inservibles: una producción irracionalmente densa y sin posible consumo por un desempleo creciente y además de calidad –en un reportaje norteamericano hablaban de sus despidos directivos muy cualificados– y una autofagia empresarial con unas necesidades de capital imposibles de satisfacer sin la creación virtual de un dinero que por carecer de un origen real no permitirá el equilibrio monetario y generará un sobrepeso ruinoso en la dinámica capitalista.

Las contradicciones se acumulan y denuncian ya la eclosión masiva de paradojas que solamente una nueva civilización colectivista con su cultura correspondiente puede resolver.

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