sábado, 21 de febrero de 2015

El comodín de la llamada. Por Iñaki Egaña

La identificación del enemigo ha sido una constante en nuestras sociedades pasadas. En una empresa marcada por el oscurantismo en las creencias y el feudalismo en las relaciones económicas, el maligno era la causa de los males. La Iglesia se encargaba de aguzar los miedos, y los tormentos de la Inquisición las pruebas de la implicación del tal Lucifer. Las brujas robaban niños y los machos cabríos seducían a las muchachas casaderas...

Durante años, fuimos tildados de rojo-separatistas, más separatistas que rojos. Ya lo dijo Calvo Sotelo en el frontón Urumea de Donostia: «Prefiero una España roja antes que rota». Y aquella máxima se mantuvo durante décadas, con la interpretación que ya conocemos, los descarriados, por un lado, malos españoles que no sabían reconocer las bonanzas del capital y los traidores, por otro, no reconocedores de un territorio forjado entre la espada y la cruz.

Y luego, de repente, a partir de 1960 todos fuimos etarras, y espero que esta afirmación no conlleve autoinculpación visto como se las gastan los delegados del Gobierno y los fiscales de provincias. Muerto en un control: etarra en potencia. Torturado hasta su hospitalización: etarra con información valiosa. Manifestante apaleado: etarra escondido entre la muchedumbre.
La lista y el espacio se fue ampliando hasta alcanzar una dimensión descomunal. Jamás hubiera pensado que aquellos jóvenes de ingeniería que crearon un grupo clandestino, dinámico sobre el papel y abocado a la cárcel o al exilio, tendrían semejante difusión. Todo era ETA y si no estaba bajo su paraguas organizativo su actividad lo era fruto de ella.

Las cooperativas, las cajas de ahorro, los supermercados, la estrategia soberanista de Ibarretxe, las proclamas de izquierda de Eduardo Madina, las manifestaciones independentistas catalanas, hasta ese profesor de coleta que hablaba de la casta, todo era una compleja conspiración preparada por una dirección etarra disuelta en varios escenarios, incluidos los institucionales.
Si esta era la definición que la España oficial (medios dirigidos por banqueros, aparatos clásicos del Estado y gobiernos en Madrid y regionales –PSOE y PP– entre otros), la policial era más grave aún. El entorno creado desde los centros de decisión de siempre y aireado por el juez Garzón abrió el paraguas. Decenas de miles de etarras, escondidos tras el voto, con la intención de contaminar por cercanía, por el aire ese que respiramos aunque llegue colmado de ceodos.
Desde la llamada izquierda, desde la derecha, palaciega o ultramontana, desde el sano regionalismo, o el abertzalismo de orden, la excusa de ETA ha estado presente, pegada a la definición política. Ahondar en la reivindicación independentista era hacer el caldo gordo a los etarras. Nada de un nuevo estatus para Vascongadas, qué decir para Euskal Herria. Medios y objetivos incompatibles.

La reciente defensa de Mario Fernández en el tema de la contratación de Mikel Cabieces, antiguo delegado del Gobierno (virrey) en la CAV, es el enésimo apunte en esta línea interpretativa. Todo está permitido cuando ETA está de por medio, la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, el uso perverso de los fondos reservados... y la esquilmación de fondos públicos a los protagonistas de la estrategia estatal. Como pago a los servicios.

Hace ya varias décadas, cuando el expresidente de Kutxabank, amparaba a la central de Lemoiz, ya defendió la involución que avanzó Tejero con la toma del Congreso de Madrid. Fue explícito: «Si el pueblo vasco no rompe definitivamente con ETA, estábamos mucho mejor con la dictadura». (“Abc”, 25.8.1982)

Es decir, al menos es mi interpretación, todo aquello que exigía ETA era innegociable. Mejor la dictadura que la profundización democrática, mejor un pueblo franquista que etarra (en el sentido garzoniano). Es cierto que somos presos de nuestras palabras, pero gracias a ellas conformamos nuestra personalidad.

Hace bien poco, apenas cuatro años, en otra escena de esas de vergüenza ajena, el anterior consejero de Sanidad del Gobierno de Patxi López, Rafael Bengoa, dejó otra de esas que cuelgan de la historia oficial del surrealismo. En pleno debate sobre los bebés robados, Bengoa echó el órdago: el archivo sobre los supuestos niños robados había sido destruido por una bomba de ETA.

La perversidad era notoria, hasta para alguien que desconoce el tema. Los registros civiles se desparraman por nuestra geografía. ¿Puso acaso ETA cientos de bombas en otros tantos registros civiles con la intención de hacer desaparecer un tema del que hace 30 años nadie hablaba? ¿Supo aquella ETA del comienzo de 1980 que en 2010 uno de los temas de debate social sería el de los supuestos bebés robados y por eso quiso preparar su protagonismo en el mismo?

La desvergüenza de Bengoa no fue óbice para que, una vez finalizado su mandado, fuera fichado por el equipo de Obama, en EEUU. ¿Objetivo? Lo desconozco, pero su credibilidad, sea en el tema que sea, está por los suelos. Cuando en Washington se tropiece con alguna piedra, por cierto, no tendrá a ETA como excusa.

La supuesta regresión democrática de Occidente y en especial de España es culpa, asimismo, de ETA. Lo he oído decenas de veces por parte de la progresía hispana, que achacó su marginalidad a la identificación entre violencia política y trabajo comprometido. Es decir, ETA tuvo la culpa del voto afirmativo de la mayoría de los españoles a la OTAN y de paso nos olvidamos de que los vascos que pudieron votar (los de Hego Euskal Herria), fueron contrarios a la Alianza Atlántica.
ETA fue la responsable del golpe de los coroneles de 1981, del radicalismo yihadista por proselitismo en las prisiones, de la destrucción del medio ambiente para mejorar la red viaria y el desplazamiento militar, de la reconversión económica en la entrada en la Unión Europea, de la fuga de cerebros, del pésimo nivel educativo en la universidad... en fin, ya lo dijo Rodríguez Galindo, de que la Guardia Civil siga acantonada en Euskal Herria.

Sin embargo, hace ya más de tres años que ETA decidió bajar la persiana, convertirse, en todo caso, en agente secundario para apartarse de la escena. La percepción social y la convicción son compartidas en el fondo. Pero las formas de algunos no han cambiado. ETA sigue siendo el comodín de la llamada.

Se han cumplido las bodas de plata de una de las ideas más brillantes que leí en su tiempo: «Vamos a hacerles el peor de los favores: les vamos a privar del enemigo» advirtió en 1989, a la caída del Muro de Berlín, el diplomático soviético Alexander Arbatov. Así resultó, aunque a veces parece que la guerra fría se haya reactivado. ¿Vale para el caso vasco?

ETA ha sido síntoma de un conflicto no inventado precisamente por aquel grupo de estudiantes de ingeniería que intentó descarrilar un tren de excombatientes franquistas, al estilo de la resistencia francesa contra el ocupante nazi. Más de medio siglo después, aquel acontecimiento puntual sirvió para que el conflicto fuera tomando centralidad política. Con dramas humanos de gran magnitud.

Al margen de esta interpretación, creo que bastante objetiva, el reality show cotidiano nos deriva a otras cuestiones más subjetivas, más cerca de ingeniosidades ante la alcachofa de turno que a la verdad tanto conocida como supuesta. El uso todavía del comodín de la llamada nos ofrece el nivel paupérrimo de una clase que aún se aferra al funambulismo como táctica política. Así les va.
Autor: Iñaki Egaña, historiador

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