Pero los niños de pueblos originarios
y los niños criollos de las periferias de la patria, ahí donde las
fronteras delimitan nacionalidades pero se diluyen en la condena,
agonizan de hambre y deshidratación y anemia todos los días. Y se van
muriendo despacito, como la gota de agua que se va volviendo río a
fuerza de pertinacia.
En
las caderas del país hoy se solemniza un dolor. Un dolor con calambres
institucionales, un dolor que estalla en la superficie y se eleva como
un hongo atómico. Y todas las cámaras lo apuntan para que nadie deje de
sentir ese dolor.
A pocas cuadras
se mueren de a poquito los qom. Con su cosmogonía circular, vuelven a
la 9 de Julio después de casi cuatro años. Cuando los habían apaleado y
asesinado en la ruta 86, donde intentaban hacerse visibles. Ellos,
arrumbados en los confines de un país lleno de dolores, tan lleno que
los pierde de vista. Es que están tan lejos que desde Buenos Aires no se
ven. Por eso vuelven al infierno de la 9 de Julio. Donde los autos,
esas fieras que rugen igual de noche que de día no los dejan dormir. Ni
pensar. Ni elevar sus plegarias. Ni vivir.
Se cree que hay
más de 2.000 chicos con desnutrición en Salta. Que pueden ir muriendo
despacito, sin ruidos, para que nadie lo note. Que no suceda como con
Marcos Solís, Liliana Sarmiento, Alan Villena, Sabina Gisela Jurado y
Martín Delgado que murieron con nombre y apellido.
En el área del Hospital de Tartagal
son 150 los niños en “riesgo nutricional”. Nueve están en estado
crítico. Puede ser que alguno haya muerto. Es difícil saberlo. Los
indocumentados no existen. No reciben asignación por hijo. Son
respirantes colaterales. Y, por lo tanto, tampoco mueren.
Los que sobreviven
en el Hospital, dicen los médicos, a veces vuelven a sus casas. Donde
“no tienen cloacas, tienen letrinas sin tratamiento y a cielo abierto,
conviven con animales enfermos, no reciben la tarjeta social de 190
pesos, no pueden salir por las lluvias, las mamás tienen que pagar 400
pesos para el traslado a Tartagal”.
Pichanal
está en un cruce de rutas. La caña y la soja arrasaron los cítricos y
los aba guaraní se quedaron afuera. Vinieron de otros pueblos, saltaron
por esas fronteras que no son, y levantaron sus casitas de chapa
alrededor. Y los niños comenzaron a tener hambre en una tierra donde
crece el pan.
Samuel Jaimez era del Pozo El Bravo y murió de diarrea, de deshidratación, de mala vida.
Mauricio
Lucas llegó al Hospital de Santa Victoria Este a las 16 y murió a las
21,30 del 10 de febrero. No tenía documentos. Su madre y su hermano
tampoco. Era wichi y vivía a 40 kilómetros de uno de los pueblos más
pobres del país. Pero en el que se hablan cinco lenguas. Viven y
sobreviven los que hablan una sola. El resto va desapareciendo de
incomprensión y hambre.
Los niños wichis
que logran crecer en el Chaco pasan por la escuela y se transforman en
analfabetos plenos o funcionales. Lo experimentó un maestro de El
Pintado, en pleno Impenetrable, con sus alumnos que, en cuarto grado no
habían logrado la alfabetización mínima (Alumnos indígenas que son
analfabetos plenos en escuelas del Impenetrable, Centro Nelson Mandela).
Los tobas, wichi y mocoví
del Chaco se van apagando de a poco, como un candil que se consume. Los
qom necesitan de la 9 de Julio para que su dolor sea visible. En 2007
el entonces defensor del pueblo, Eduardo Mondino, demandó al estado
chaqueño por el exterminio y reclamó una cautelar urgente a la Corte.
Ocho años después
se siguen muriendo de a poco, callados, con los huesos lastimándoles la
piel. Sin sus tierras, sin posibilidad de cazar, pescar, buscar su
alimento y producir sus medicinas. Sin demanda ni cautelar.
Cuando
le ataca la lumbalgia al país se dobla en su cintura. Esa que da al
centro, al Congreso, a la Plaza de Mayo. Donde llevan el dolor los que
pueden. Donde se siente la puntada en las instituciones.
Pero no llega la agonía de los otros. Aquellos a quienes las instituciones ignoran, olvidan o desdeñan.
Edición: 2865
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