domingo, 8 de junio de 2014

REPÚBLICA ¿PARA QUÉ?. Colectivo Chispa.


El presente trabajo trata de aportar datos y razonamientos a ese debate presente y futuro que la izquierda que se auto-sitúa fuera de este sistema debiera tener en cuenta para posicionarse debidamente ante los acontecimientos que están por llegar.

Este documento estaba listo para publicarse justo el día en que el Rey abdicó. Los acontecimientos, por tanto, nos han dado la razón de la conveniencia y oportunidad de estas reflexiones que exponemos a vuestra consideración.

En un reciente estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) otorgaban por segundo año consecutivo un bajo aprecio de la población de este país hacia la institución monárquica. Estos datos, que aun siendo contingentes, unidos a la edad considerable del Borbón y su relevo en las funciones como Rey nos proporcionan la certeza de que el debate respecto de la conveniencia de una tercera república se ira imponiendo en la sociedad cada vez con más fuerza.

El presente trabajo trata de aportar datos y razonamientos a ese debate presente y futuro que la izquierda que se auto-sitúa fuera de este sistema debiera tener en cuenta para posicionarse debidamente ante los acontecimientos que están por llegar.

Desmitificación de la IIª República

Es indudable que la izquierda tradicional de este país ha asumido la defensa de la II república como si fuese su abogado defensor en el debate ideológico que mantiene frente a una derecha franquista y post-franquista hasta el extremo de asumirla como si le perteneciera su legado histórico.

Las organizaciones políticas de la izquierda española provienen de la lucha contra la dictadura franquista que, a su vez, tiene su origen en el golpe de estado y posterior guerra civil contra la República y los republicanos. Se entiende así por qué durante 40 años todo lo que se identificara como republicano fuese demonizado y perseguido por el régimen franquista que, para más inri, nos legó una monarquía continuadora de aquel negro periodo. De esta manera es como las organizaciones izquierdistas que se enfrentaron y lucharon contra esa dictadura y su continuación monárquica, por contraposición elevaran a la II República incluso a la categoría de mito. Y, ¿Qué es un mito?. En el caso que nos ocupa resulta ser una narración histórica falsa, pero verosímil protagonizada por héroes que fueron apartados de su objetivo por fuerzas malignas que provienen del lado oscuro del Imperio. Algo que a base de repetir se ha convertido en un mantra sin discusión y que conduce a la izquierda a enarbolar los signos de la II República como si le fuesen propios.

En realidad y de manera resumida la segunda República no fue mas que un intento de puesta al día en el orden político y social de la burguesía reformista en contra de una aristocracia decadente que ocupaba el poder, mientras que la clase obrera y campesina se limitó a servir de carne de cañón para las maniobras de dicha burguesía.

El experimento resultó fallido, sí, pero eso no obsta como para inducirnos a pensar que fuese un retroceso; al contrario, fue un paso adelante respecto del atraso económico y el nepotismo político en que la aristocracia mantenía al conjunto del país, de igual manera la revolución burguesa de 1795 en Francia significó un avance respecto del absolutismo, pero una cosa es observar esos acontecimientos como un progreso histórico y otra muy distinta que el proletariado de hoy en día enarbole la bandera tricolor de la República francesa o de la segunda República española. La clase obrera no puede ni debe sacar su poesía del pasado, mucho menos de un pasado que no le pertenece, sino del futuro que debe construir.

Ante esta verdad histórica se impone en primer lugar la necesidad de desmitificar ese periodo de apenas ocho años, quizás los más convulsos, del siglo XX de la historia del movimiento obrero español. Una vez hecho esto y seguidamente, se impone un debate serio, profundo, sincero y desprejuiciado a fin de extraer las lecciones que se derivan de los aciertos, errores y fracasos que la clase trabajadora y sus organizaciones obtuvieron del mencionado periodo. De ahí que seguidamente realicemos un somero repaso histórico para saber exactamente de qué estamos hablando.

El adagio que condena a los pueblos que no conocen su historia a repetirla se puede cumplir en este caso no por desconocimiento, sino por no haberla comprendido con sentido crítico, más concretamente con sentido de clase llamada a superar el capitalismo a fin de adaptar nuestro discurso y posicionamiento con perspectiva revolucionaria.

< < ... las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de los primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la ilimitada inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: demuestra lo que eres capaz de hacer> > (K. Marx: "El 18 Brumario de Luis Bonaparte" Cap. I)


Antecedentes históricos

En la España del primer tercio del siglo XX la preponderancia de la agricultura sobre la economía era total y absoluta. Más del 50% de la renta nacional provenía de ese sector y 2/3 de las exportaciones tenían en el campo su origen: aceite, vino, trigo, cítricos etc.

La distribución de la propiedad era muy desigual en función de su localización. Mientras en el norte predominaba el minifundio; en el centro, cuenca del Ebro y Levante lo habitual era la aparcería, así como los rabasaries en Catalunya; y, como contraste más lacerante, en el sur de Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía el latifundio.

Lo característico del minifundio es que está basado en una agricultura primitiva más volcada en el autoconsumo y con una comercialización primaria de los excedentes; por otro lado los aparceros de las dos Castillas y el Levante vivían agobiados por la espada de Damocles de las deudas, los desahucios y el escaso margen que una alta renta territorial apenas les dejaba sobrevivir.

Pero donde las contradicciones resultaban ser más agudas, sin duda, era donde el régimen del latifundio imperaba. Cantidades inmensas de tierras baldías destinadas como coto de caza para los señoritos o a la crianza de toros de lidia o, en su lugar, a cultivos donde el empleo de mano de obra era muy escasa y estacional. Todo ello combinado con el absentismo de los propietarios de las tierras, que vivían fundamentalmente en Madrid o Sevilla, y un mar de más de 2.000.000 de jornaleros en un desierto laboral que les condenaba a la miseria o a la emigración explican por qué este era el nudo gordiano con el que se tuvo que enfrentar II República.

Todo ello en conjunto y con la problemática propia de cada uno de los distintos regímenes de propiedad daba como resultado una práctica agrícola con un carácter tradicional, muy atrasada tecnológicamente y acompañada de una desidia inversora atroz, como ejemplo baste tener en cuenta que en los años treinta tan sólo existían en España 4000 tractores. Sin embargo, la tendencia al predominio de la ciudad sobre el campo era manifiestamente visible, en el año 1920 el peso económico que la agricultura representaba en el total del Producto Interior Bruto (PIB) era del 57,3% mientras que en 1930 pasó a ser de un 45,5%, cerca de un 12% menos en tan sólo una década. A su vez el sector industrial pasó de representar un 22% del total del PIB en el año 20 a un 26,5% en el año 30 y, a su vez, los servicios pasaron de un 21% a un 28%.

Claramente el peso económico de la burguesía era creciente y, por tanto, creciente también su interés en disputarle el poder político a la aristocracia y en desplazar al máximo exponente de esta en la jefatura del Estado: la nobleza que coronaba la cúspide, es decir, la monarquía.

No obstante la burguesía no era una clase novedosa, innovadora y uniforme, sino que en gran medida era la aristocracia misma reconvertida en capitalista y que, por tanto, arrastraba los mismos vicios que aquella. En vez de comportarse como una clase pujante, inversora e interesada en impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas se mostraba más proclive al parasitismo copando las concesiones estatales y las empresas monopólicas: Telefónica, CAMPSA, Ferrocarriles,Tabacalera, Azucareras, Empresas constructoras que vivían del presupuesto oficial, Navieras, Bancos etc. y, a su vez, actuando como testaferros del capital internacional, este sí más interesados en sectores con una composición orgánica del capital más desarrollada: Comunicaciones con la Standard Electric a la cabeza, minería, químicas generación y distribución eléctrica etc.

Se estima que en este país aproximadamente 100 familias de rancio abolengo dominaban oligarquícamente, sustentando sus raíces en los tres sectores fundamentales: el agrícola, el industrial y el financiero.
En definitiva y salvo excepciones tales como las pequeñas y medianas burguesías locales radicadas en Catalunya y Euskadi, a la burguesía de este país y de ese tiempo se la podría adjetivar con carácter general de timorata, rentista y parasitaria.

Por contra, las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera y demás clases desfavorecidas se desenvolvían de una manera terrible, se producían un promedio de 250 muertes al año por inanición, aparte de las que lo hacían como consecuencia directa de la malnutrición. El proletariado se concentraba es los grandes núcleos urbanos y en las cuencas mineras que en la década de los 20 experimentaron un gran crecimiento produciendo a su vez un hacinamiento galopante agravando aún más las condiciones de vida de estos.

Estas circunstancias eran las que empujaban a la clase obrera a una combatividad digna de tener en cuenta, pero signada por la desorganización. Aparte de que la poca que tenía adolecía de un carácter revolucionario efectivo moviéndose más en el espontaneismo y la pura reivindicación inmediata: reducción de la jornada de trabajo, aumentos salariales, libertades sindicales, autodefensa contra el pistolerismo patronal etc. Los obreros que se organizaban lo hacían fundamentalmente en organizaciones como el PSOE, la UGT y la CNT.

No como clase social propiamente dicha, pero sí como grupos especiales dignos de mención por su importancia trascendental tenemos que aludir aquí a la casta militar y la curia eclesiástica.
- La primera repleta de privilegios al ser el garante de una sociedad con grandes contrastes sociales e inflada numéricamente por encima de las necesidades del momento como consecuencia del desastre colonial en América y África.
  • La segunda por su gran poder ideológico gracias al atraso y la ignorancia imperantes en la España del momento, pero también a su vez con un poder terrenal importante ya que eran propietarios de muchas fincas urbanas y rurales, así como los dueños casi monopólicos en la enseñanza privada y en la sanidad.

El crac bursátil del 29 con la subsiguiente crisis económica internacional más un déficit público consecuencia directa de las grandes inversiones estatales que la dictadura de Primo de Rivera hizo en obras públicas, añadiendo a esto una deuda pública galopante y una fuerte depreciación de la peseta es lo que induce a explicar el por qué la aristocracia instalada en el poder estuvo dispuesta a sacrificar su cabeza política -la monarquía- con tal de salvaguardar sus privilegios de clase. Es lo que Lampedusa resumió en su celebre frase del Gatopardo “Hay que cambiarlo todo para que, en esencia, todo siga igual”.
IIª República

Las elecciones municipales celebradas en abril del 31 dieron la victoria en las grandes ciudades a los partidos republicanos propiciando una atmósfera irrespirable para el monarca que partió hacia el destierro proclamándose en ese instante la República de manera oficial. Primero se nombró un gobierno provisional que convocó elecciones a Cortes constituyentes para finales del mes de junio. Hasta noviembre del 33 se sucedieron diferentes gobiernos de coalición entre fuerzas republicanas y socialistas con un carácter eminentemente reformista dando lugar a lo que se dio en llamar como “bienio progresista”.

Primer bienio:
La acción de gobierno estuvo marcada por dos líneas maestras fundamentales, una la económica combatiendo los efectos de la crisis con eficacia luchando contra el déficit público, el fortalecimiento de la moneda y la gestión del nuevo estado de manera racionalmente burguesa. La otra linea de acción estuvo marcada por un frenesí legislativo y cultural para recuperar todo el tiempo perdido durante el siglo XIX y homologar a España en un entorno europeo burgués moderno.

Se aprobaron las leyes de la patria potestad, del matrimonio civil, del voto femenino, la del divorcio, de ordenes y congregaciones religiosas donde se decretaba la laicidad del Estado, la ley del ejercito etc. se creo el Ministerio de Instrucción Pública multiplicando por cinco el presupuesto en educación trayendo consigo un avance significativo contra el analfabetismo que descendió de un 50% en el año 30 a un 32% en el año 32. en el primer año se crearon 7.000 escuelas, se fomentaron las Misiones Pedagógicas que llevaron la cultura a los más recónditos parajes de la geografía nacional, se puso en práctica la Institución Libre de Enseñanza y se promulgó la educación con carácter universal, gratuita, laica y mixta.

También se aprobó la controvertida como ineficaz Ley de Reforma Agraria y se creo el Instituto de Reforma Agraria encargado de señalar cuales eran las fincas expropiables, a su vez se fundó el Banco Agrario Nacional dotado con un capital de 50 millones de pesetas cooparticipados por el Banco de España, el Banco Exterior y el Banco Hipotecario, bancos copados en sus consejos de administración por los Grandes de España e ilustres terratenientes, más interesados en sabotear todo lo relativo a la expropiación de fincas que en facilitar créditos a los campesinos. El objetivo que se marcaron con esta ley era el de dar tierra a unos 60.000 campesinos al año, pero la realidad es que a los dos años de su aprobación solo se le le había dado tierra a 2.500 familias y las tierras expropiadas eran en gran medida las provenientes de la familia real que había huido del país sin poder llevarse sus bienes raíces.

En lo que sí destacaron los sucesivos gobiernos del llamado bienio progresista fue en la represión que ejercieron contra todos los que lucharon por un avance social efectivo de clase dejando, por tanto, lo de “progresista” en un adjetivo sin soporte real. Se aprobó la Ley de Defensa de la República que se utilizó como Ley mordaza para la prensa, como una regulación restrictiva del derecho a huelga de los trabajadores, dio soporte legal para las deportaciones masivas de anarquistas a los confines del Imperio -a Guinea Ecuatorial tanto a Durruti como a los hermanos Ascaso por ejemplo- así como posibilitó a otros gobiernos condenar a penas de muerte a multitud de obreros por los sucesos del Octubre del 1934.

También se aprobó la Ley de Vagos y Maleantes continuadora de la Ley de Orden Público aprobada por la Dictadura de Primo de Rivera, pero esta creada con fines de persecución política ex profeso hacia la CNT. A Durruti, Cipriano Mera y a multitud de anarquistas se les aplicó la Ley de Vagos por hacer propaganda sindical ilegal.

La utilización del aparato represor (ejercito, guardia civil, guardias de asalto etc) aplicación del Estado de guerra, deportaciones, puesta en práctica de la “ley de fugas”, prohibición de manifestaciones como la del 1º de mayo del 32 a nivel nacional y un largo etcétera de acciones en este sentido provocó alrededor de 300 muertos entre los obreros, así como numerosos heridos, presos, despidos y palizas.

La respuesta a las tomas de tierras por parte de los jornaleros y campesinos en la práctica siempre fue la misma: palo y tente tieso. Es lo que ocurrió en Castilblanco (Badajoz), Arnedo (La Rioja), Espera (Cádiz), Castellar de Santiago (Ciudad Real), Villa de Don Fadrique (Toledo) etc. Pero donde se llego a rondar el colmo por el ensañamiento en la represión fue en Casasviejas (Cádiz) que hasta tuvieron que cambiarle el nombre al pueblo por el de Benalup para intentar borrar el bochorno.

Todo esto, más el escaso interés en reprimir a las clases poseedoras que se dedicaron descaradamente a sabotear las disposiciones del gobierno republicano, a organizar la fuga masiva de divisas, las corruptelas como las de Juan March e incluso al intento de golpe de Estado como el llevado a cabo por Sanjurjo, son las que explican el descrédito del gobierno hasta un punto tal que provocó el triunfo de los reaccionarios en las elecciones anticipadas que se celebraron en noviembre del 33.

Segundo bienio:
La subida al poder de las derechas inauguran lo que se conoce como “bienio negro”. Los sucesivos gobiernos que se formaron durante esos dos años se dedicaron sistemáticamente a destejer lo que se había avanzado en materia de reformas en el primer bienio, llegando a rizar el rizo en la llamada Ley de Reforma de la Reforma Agraria con el único interés de volver a la situación anterior a la República. Se decretó la amnistía para los golpistas del 32 etc.

Los gobiernos restauracionistas se sucedían unos a otros endureciendo su respuesta a las luchas de los obreros, derechizándose cada vez más hasta el punto de permitir la entrada en el gobierno de tres ministros pertenecientes al partido de las derechas autónomas (CEDA).

El ambiente político se iba crispando más y más. En el orden internacional Hitler había tomado el poder total en Alemania, en Austria el triunfo de la derecha consolidó al Canciller Dollfuss en el poder con el aplastamiento de los socialistas y su posterior persecución, en Francia se produjo el fracasado motín fascista de París, en Italia Mussolini campaba por sus respetos etc. En España la impunidad con que actuaba Falange y otras formaciones ultraderechistas hostigando a organizaciones, mitines y sedes de izquierda provocando varias muertes, así como el acceso al gobierno de la (CEDA) cuyo Jefe Gil Robles era aclamado por sus bases como el “Duce” español a imagen y semejanza de Mussolini, llevaron a las organizaciones obreras a la conclusión de que era preciso dar una respuesta. De ahí que se empezase a organizar la huelga general para el mes de octubre del 34.

La huelga general resultó ser un éxito en todos los núcleos industriales de las grandes ciudades y sus aledaños - Sevilla, Córdoba, El Ferrol, Valencia, Málaga, Alicante, Vigo, Zaragoza etc. En Madrid, Barcelona y Vizcaya la huelga se prolongó durante unos días y tubo un carácter insurreccional, pero no pasó más allá de la toma de determinadas empresas, la declaración por unas horas del Estado catalán dentro de una República Federal y algunas refriegas con el ejercito más el intento fallido de toma de cuarteles de la guardia civil. Donde sí triunfó la huelga tomando un carácter revolucionario fue en Asturias ya que contó con la voluntad unitaria y decidida de unos mineros que, portando dinamita, posibilitó la toma de cuarteles de la guardia civil y la fabrica de armas en Trubia. Los obreros se hicieron dueños de la situación durante cerca de dos semanas, organizaron la distribución de mercancías y víveres, del transporte, del orden público, el mantenimiento de las minas, hornos etc.

Cuando el Gobierno en Madrid se recupero del shock y se hizo con la situación en las ciudades donde había triunfado la huelga general insurreccional decretó el Estado de Guerra y concentró todo su poderío militar en derrotar a los obreros asturianos, para lo cual no escatimó medios, utilizó la flota naval, la aviación, la legión, los regulares, la infantería y la artillería pesada. El poder obrero se enfrentó con arrojo, pero sucumbió ante la superioridad militar de la República que ocasionó alrededor de 2.000 muertos en el territorio nacional de los cuales 1.600 eran asturianos, muchos de ellos asesinados después de caer prisioneros por medio de ejecuciones sumarísimas. Después la represión y el terror se cebó en Asturias por medio de las tropas africanas y jueces especiales que metieron en las cárceles alrededor de 40.000 hombres y mujeres, muchos de ellos con condenas a muerte aplicando para ello la Ley de Defensa de la República, aunque, al final, el Gobierno no se atrevió a ejecutar las sentencias por temor a las consecuencias negativas que ello le podía acarrear.

Estos acontecimientos unidos a los escándalos de corrupción en las altas esferas del poder -el término “estraperlo” proviene de esa época- provocaron la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones para febrero de 1936. Las fuerzas estaban polarizadas y se nuclearon en torno a dos grandes bloques, por un lado el Frente Nacional formado por las tendencias reaccionarias, monárquicas y tradicionalistas, mientras por otro lado; el Frente Popular, amalgama de burgueses reformistas y organizaciones de un amplio abanico de izquierda que disputaron el gobierno a las derechas.

Frente Popular:
En realidad la idea de los Frentes Populares fue impulsada desde el VII congreso de la Komintern donde se alentaba a los comunistas a su unión con los socialistas y demás fuerzas democráticas para hacer frente al fascismo creciente en Europa. El problema consistió en la dejación de la independencia de clase que debían de haber mantenido las organizaciones de composición eminentemente obrera. A pesar de ser minoritarias, las organizaciones burguesas coparon los mejores puestos en las listas electorales del Frente Popular e impusieron las coordenadas fundamentales en el programa electoral.

Basten como ejemplos lo que se dice textualmente en ese mismo programa en el punto III <<Se declara en todo su vigor el principio de autoridad...” es decir, más de lo mismo, palo y tente tieso. En el punto IV “los republicanos no aceptan el principio de la nacionalización de la tierra y su entrega a los campesinos...”. Punto VI “ No aceptan los republicanos las medidas de nacionalización de la Banca...”. Punto VII “ La República que conciben los partidos republicanos no es una República dirigida por motivos sociales o económicos de clase, sino un régimen de libertad democrática...>> (Lo no en negrita nuestro)

Azaña, líder indiscutible de la coalición electoral, viendo como estaba la situación no deseaba ganar las elecciones, sino tan sólo obtener una minoría lo suficientemente abultada como para que las derechas les tuvieran en cuenta a la hora de llevar adelante las contrareformas, pero el descrédito de la derecha más el ansia de amnistía de las masas trabajadoras que figuraba en el punto I del programa electoral dieron por sorpresa el triunfo al Frente Popular.

Una vez ganadas las elecciones, las organizaciones de izquierda volvieron a hacer dejación de su responsabilidad histórica permitiendo que los burgueses reformistas acapararan los cargos en todas las instancias de poder: Presidencia de la República, Presidencia del Gobierno, la mayoría de los ministerios, gobiernos civiles, Diputaciones, cuerpo diplomático etc. todo con tal de aparentar ser comedidos.

Pero las masas estaban enfervorecidas, se sentían dueñas de la situación, no esperaron a un largo proceso para la puesta en libertad de los presos y asaltaron las cárceles liberando a los reos. Los campesinos no estando dispuestos a seguir esperando una expropiación de tierras que no llegaba nunca comenzaron con las tomas de tierras a lo que el Gobierno reaccionó como su carácter de clase burguesa le dictaba, es decir, vuelta a la represión pura y dura, en Yeste (Albacete) provocaron 17 muertes entre los campesinos, pero el movimiento ya no se podía parar y en tan sólo dos meses 80.000 jornaleros tomaron cerca de 3.000 fincas.

La clase reaccionaria al comprobar que el Gobierno resultaba incapaz para contener a las masas proletarias retomó con más impulso la conspiración golpista, esta vez de manera descarada. Tarea, a su vez, favorecida por el cretinismo político del que dieron muestra los gobernantes del Frente Popular que hacían como que miraban para otro lado, como ejemplo citar que la (UMRA) Unión Militar Republicana Antifascista alertó al Presidente del Gobierno poniendo en su mesa de despacho el organigrama exacto de quien estaba detrás del futuro pronunciamiento militar, con fechas, lugares y demás detalles, ante lo cual el Sr Casares Quiroga les espetó que todo eso era una burda patraña urdida por ellos mismos a fin de que el Gobierno destituyera a la cúpula militar y así ellos ascender en el escalafón.

El Golpe era ya vox populi por lo que las organizaciones obreras acometieron la defensa de sus sedes y cuando el 17 de julio el golpe era ya un hecho y gran cantidad de cuarteles se alzaron en armas el pueblo clamaba por la obtención de las armas necesarias para organizar la autodefensa y aplastar la asonada militar, pero otra vez el Gobierno abortó todas las iniciativas en ese sentido, llegando a decir textualmente su Presidente que “Quien facilite armas sin mi consentimiento será inmediatamente fusilado”. Otra muestra más del carácter de clase de ese Gobierno que temía más a los obreros en armas que a los militares sublevados.

Las masas en Madrid gritaban “traición”, pero para ser traidor previamente había que haber sido amigo o compañero y la burguesía se comportó en todo momento como enemigo. Los verdaderamente traidores fueron las organizaciones obreras que desde hacía mucho tiempo atrás habían abandonado el campo de la revolución para pasarse con armas y bagajes al campo del reformismo posibilista.

La guerra:
Desde el primer momento del golpe militar y la posterior guerra civil la mayoría de la burguesía se apartó hacia un lado dejando a la clase obrera al pie de los caballos del fascismo y el ejercito regular, demostrando con los hechos la inutilidad de los Frentes Populares para enfrentarse eficazmente contra el fascismo, que no es sino la cara más brutal de esa misma burguesía con la que, en un principio, uno se quiere aliar.

Las indecisiones y torpeza con que el Gobierno de la República se movió en los primeros momentos fueron decisivos para servir en bandeja a los facciosos a una clase obrera descabezada y derrotada. Las cartas ya estaban repartidas y marcadas a favor de los golpistas, la suerte estaba echada. Tan sólo la resolución de los obreros puso freno al alzamiento militar postergando el inevitable triunfo de estos, convirtiendo el intento de golpe de Estado en una guerra civil que duró cerca de tres años desangrando a lo mejor del movimiento obrero de este país con la connivencia de la burguesía nacional e internacional.

No vamos a hacer un estudio pormenorizado de lo que aconteció a lo largo de esos tres años de contienda porque, en sentido estricto, no es más que la crónica del terror establecido por el fascismo en las zonas donde, lenta, pero inexorablemente, se iban consolidando, mientras en la zona republicana se improvisaba la defensa de una legalidad burguesa que ni la propia burguesía reformista estaba dispuesta a defender, más bien al contrario, allá donde pudieron entorpecieron en lo posible la socialización de la producción o la formación de milicias populares, y en el orden internacional impulsaron el nefasto principio de la “No Intervención”.

La huida en masa de los dueños y administradores de empresas y haciendas al sector de los “nacionales” provocó un vacío de poder que aprovecharon los trabajadores para colectivizar comercios, fabricas, minas, comercios y tierras de éstos. A finales de septiembre del 36 había alrededor de 20.000 empresas incautadas y en las que no lo fueron se formaron comités de control obrero. Pero la inestabilidad de la guerra, la práctica partición del país en dos y la conversión de una economía capitalista en otra de guerra que no socialista, hizo que la experiencia fracasara en la mayoría de los sitios donde se puso en práctica.

Conclusiones:
  • La burguesía no engaño más que a aquellos que quisieron engañarse con ella. Ya un año antes de la instauración de la II República, Azaña, en un mitín multitudinario en la plaza de toros de las Ventas (Madrid) donde participaron todas las fuerzas firmantes del pacto de San Sebastián defendió el programa de una “República burguesa y parlamentaria tan radical como los republicanos radicales podamos conseguir que sea” sic.

  • El sentido de las reformas progresistas no eran sino las tareas pendientes que los liberales no fueron capaces de llevar a cabo en el siglo XIX para la puesta al día del país. Azaña, que podía ser cualquier cosa menos tonto y viendo que la intransigencia del Zar de Rusia a introducir cambios en la estructura económica y de poder había provocado una revolución socialista en el país más extenso del mundo, comentaba en petit comité que había que “poner a la sociedad española la vacuna de las reformas sociales que la librase, el día de mañana, de la peste negra”, o sea, de la revolución.
  • Empujada por la historia la burguesía eligió un momento para empoderarse frente a la aristocracia en que ya el proletariado era una fuerza numerosa y capaz de disputarle el poder, por lo que, llegado el momento, demostró tenerle más miedo a la revolución social que al fascismo que, como tal, volvería a condenar a esa clase burguesa a ser una clase subalterna.

  • La falta de organización y de un programa revolucionario fue la principal causa del fracaso de las insurrecciones obreras durante ese periodo. Para ilustrar esta descoordinación producto de una falta de mira revolucionaria baste citar lo acontecido en octubre del 34 en Barcelona por parte de la CNT que desconvocó la huelga general al tercer día de iniciada esta, al cabo del tiempo y a modo de autocrítica por el error cometido, se disculparon alegando que desconocían lo que estaba ocurriendo en el resto del país y, ni mucho menos, en Asturias.

  • En todo momento la acción directa de los obreros y campesinos fue por delante, no ya de los burgueses reformistas gobernantes, sino de sus propias organizaciones y dirigentes, que se movieron siempre a la retranca, limitándose a aceptar la política de hechos consumados.

  • La República como fórmula de Gobierno demostró que ya en ese momento y en sí misma no era el instrumento adecuado para avanzar hacia el socialismo si no se era capaz de trascender el concepto de democracia burguesa.
  • Lo mismo aconteció con el concepto de Frente Popular como táctica para luchar contra el fascismo. Ayer como hoy la única receta capaz de detener a la burguesía cuando ha soltado a su perro de presa, el fascismo, es la marcha hacia adelante con decisión y un proyecto claro en la lucha por el socialismo.

Además, la independencia política de una organización revolucionaria es algo que nunca se debe subordinar a los beneficios que pueda producir, en un momento dado, el pacto con otras organizaciones no revolucionarias. Hoy día resulta menos justificable un Frente Popular porque ahora el proletariado es la clase absolutamente mayoritaria y la única capaz de organizar la producción, la distribución y el consumo de todo lo que necesita la humanidad. La revolución pasa por el arte de saber introyectar conciencia de clase a todos los que no son explotadores de trabajo ajeno y no por aliarse de manera dependiente a elementos ajenos a nuestra propia clase.

  • Por tanto, la IIª República no es un baluarte a reivindicar, no es algo que nos pertenece como clase obrera, de igual manera que tampoco nos pertenecen la Revolución burguesa de 1798 ni los intentos de encumbrarse al poder por los liberales españoles en los años 12, 20, 31, 43 etc. del siglo XIX. Como dijera Marx en el Dieciocho Brumario:
<<La revolución social....no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado>>

Tenemos la obligación de estudiar, analizar, criticar ese importante periodo histórico como lo que realmente fue, sin disfraces, extrayendo las consecuencias y enseñanzas, tan sólo así se puede dar la vuelta en un sentido positivo lo que a todas luces resultó todo un fracaso. Ese es el sentido que la Memoria Histórica debe de tener para cumplir la función que le corresponde.

Memoria Histórica

Lenin decía con toda razón que “no existe práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria. De ahí que la guía para la acción o práctica política resida en la práctica teórica o, mejor dicho, en el estudio de la teoría revolucionaria y en el conocimiento de la Memoria Histórica. Pero tanto la Teoría como la Memoria no pueden limitarse a un mero cúmulo de datos inconexos, sino que hay que adaptarlos críticamente a una realidad concreta y a un fin determinado sin desvirtuar su sentido.

Los hechos son los hechos y, por tanto, incontrovertibles. No se puede glorificar una derrota o fracaso como si fuese una victoria o un acierto. La crítica o autocrítica sirve para analizar desprejuiciadamente lo acontecido para identificar los errores, los lados flojos y las analogías con el presente, en suma, para aprender de todo ello. Hay que saber extraer las lecciones del acerbo de las luchas del movimiento histórico.

<<¡Pero la revolución es la única forma de “guerra” en que la victoria final sólo puede estar preparada a través de una serie de derrotas!...Todo el camino que conduce al socialismo -si se consideran las luchas revolucionarias- está sembrado de grandes derrotas.
Y, sin embargo, ese mismo camino conduce, paso a paso, ineludiblemente, a la victoria final!>> Rosa Luxemburgo. “El Orden reina en Berlín”

Independientemente del valor moral de nuestros mártires, que lo tienen, el valor político que nos han legado es la enseñanza que podemos aprovechar de sus fracasos. Nuestros predecesores en la lucha pudieron cometer errores, fallar en sus objetivos, con consecuencias negativas en su momento tanto para ellos como para el conjunto del movimiento obrero, pero nos han legado una experiencia que tenemos el deber de aprovechar en positivo. Esa, y no otra, es la importancia que tiene la Memoria Histórica para los interesados en trascender este caduco modo de producción.

Hoy día, en este país, existe una operación para vendernos el engaño de que la Memoria Histórica consiste en rescatar del olvido y homenajear a las víctimas de la brutalidad fascista o del franquismo, -que en definitiva es lo mismo-, de sacar sus huesos de las cunetas y erigir monumentos o poner sus nombres a edificios institucionales. En realidad todo esto no es, sino, el intento de normalizar dentro del sistema a los luchadores antisistema, castrando, por tanto, el sentido de sus luchas.

Igualando a las victimas con sus victimarios se rinde un flaco servicio a la Memoria de los primeros.

El capitalismo, como organismo vivo que es, tiene la capacidad de fagocitar todo aquello que le sirve a sus intereses, ya sean las manifestaciones, que un principio surgieron como contraculturales, pero que, con el paso del tiempo, amainaron sus ansias de cambio, por ejemplo: el rock, el punk, los graffiti, la imagen del Che etc., así como la Memoria Histórica al servicio del sistema haciéndonos pensar que las victimas lo fueron luchando por la defensa de una legalidad determinada o por la traída a este país de las libertades formales de la democracia burguesa. Y resulta evidente que muchos entregaron su vida o parte de ella por esos objetivos, pero lucharon por esos objetivos tácticamente para alcanzar el objetivo estratégico del socialismo o un mundo alternativo y superador del capitalismo. De ahí que el mejor y más coherente homenaje que se les puede rendir a todos y cada uno de nuestros antecesores en el camino de la emancipación es luchar por sus objetivos últimos, reivindicando su memoria a la par que sus anhelos políticos completos.

IIIª República

Describimos más arriba como, dadas las condiciones, la aristocracia consintió en sacrificar a la corona con tal de salvar los muebles del edificio que esta misma monarquía representaba y sostenía.

Hoy día, en pleno siglo XXI, la monarquía resulta ser un anacronismo mucho mayor que a principios de los años 30 del siglo pasado, porque, en realidad, esa institución, por no tener, no tiene ni clase social a la que representar y, en el plano económico, ocurre otro tanto de lo mismo, la casa real en sí misma no tiene ningún peso específico en una España donde impera un capitalismo desarrollado. Tanto es así, que tiene que andar trapicheando a escondidas haciendo uso del tráfico de influencias para asegurarse un capitalito que les garantice a ellos y sus allegados un confortable tren de vida tanto en el presente como para un incierto mañana, por si acaso vienen mal dadas.

Esta monarquía, como las del resto de Europa, juegan un papel de estabilización política del sistema, intermediando entre las distintas facciones de la burguesía y, entre esta y los diferentes estamentos del Estado. Es como una presidencia decorativa de la República con el añadido de ser vitalicia y, a su vez, garantizando la continuidad en su propio linaje. Pero al mimo tiempo, ese juego de malabares entre las distintas facciones burguesas provoca que la institución monárquica sea algo voluble y contingente, es decir, que tan pronto cumple su papel como puede dejar de cumplirlo.

En esencia, el Estado es la máxima expresión de poder concentrado de una determinada clase social, estableciendo al mismo tiempo las condiciones para reproducir un día tras otro ese mismo poder, por tanto, es el mejor instrumento por medio del cual el conjunto de la clase explotadora domina a sus subalternos.

Pues bien, al señalar la palabra “conjunto” estamos poniendo de relieve que la burguesía no es una clase social monolítica ni uniforme, está formada por una serie de facciones con distintos intereses, incluso a veces contrapuestos. Estos pueden ser circunstanciales o perennes. La expresión en la sociedad civil de esa división son los distintos partidos políticos institucionales tanto de derecha como de centro, izquierda o nacionalistas.

Las contradicciones entre esas camarillas son las que explican por qué, llegado a un determinado punto, se saldan con cambios introducidos en un Gobierno o incluso con la Presidencia de ese Gobierno. Siguiendo este razonamiento por elevación, puede llegar a derrumbar la Presidencia o Jefatura del Estado o con la forma misma de esa Jefatura de Estado. Todos estos cambios formales se producen para que la esencia del sistema siga intangible o sin cambios sustanciales. Son los fusibles que saltan para proteger la instalación de un edificio y el contenido que se guarda en él. En el mismo sentido y siguiendo el símil, las reformas juegan el papel de las reparaciones en los equipos de esa instalación para que no se produzcan averías o, si surgen arreglarlas para conseguir así, que sigan funcionando igual o mejor que antes.

Estos cambios introducidos en la forma de la Jefatura de un Estado dado son los que explican el por qué de las numeraciones de las distintas Repúblicas al interior de un mismo país. Francia, por ejemplo, va ya por la Quinta, mientras que en España se aspira a una Tercera. A una dinastía monárquica le suele sobrevenir otra dinastía, una República o una Dictadura militar. Cualquiera de estas tres formas pueden ser sucedidas, a su vez, por cualquiera de esas tres mismas formas y así, cambio tras cambio, se va inyectando oxigeno al sistema, siguiendo este esencialmente incólume indefinidamente. En esta maniobra o trampa, repetida una y mil veces, es algo que las organizaciones revolucionarias, utilizando la Memoria Histórica, no pueden volver a caer. No se pueden seguir malgastando energías revolucionarias en procurar cambios en la cúpula del Estado si, a la vez, no se destruye ese mismo Estado. Los que piensan que la simple suplantación o cambio formal en la Jefatura de Estado traerá cambios en el carácter burgués de ese Estado pecan, en el mejor de los casos, de una enorme ingenuidad política y; en el peor, de complicidad con los reformistas del sistema.

Decía Azaña que mientras las izquierdas embistieran al trapo del anticlericalismo no lo harían contra el torero que, en este símil representaba a las Cámaras de Comercio, Círculos de Empresarios y Corporaciones Bancarias. La monarquía acabará terminando al mismo tiempo con las contradicciones de clase que hoy le dan sentido, es decir, eliminando las clases. Luego nuestro objetivo principal no está en el trapo monárquico, sino en el torero burgués que sujeta ese capote.

Por otro lado, hay quien defiende que la mejor táctica es la de ir tacita a tacita, por etapas, como si fueran fascículos de una novela o peldaños de una escalera, conquistando una tercera república y una vez alcanzada esta rellenarla de contenido social hasta conseguir el socialismo. A estos sujetos hay que decirles primero: Que no existe precedente histórico que avale dicha táctica, más bien al contrario, la historia está plagada de ejemplos donde la burguesía salva in extremis el sistema cambiando, como si de unos vulgares trileros se tratara, una dictadura por una democracia formal, ya sea esta monárquica o republicana, o viceversa. 
 
Segundo: Que la manera más eficaz de acabar con ese anacronismo feudal es la superación del capitalismo luchando audaz y decididamente por el socialismo. Una vez alcanzado este objetivo de seguro que la monarquía quedará relegada a los libros de historia.

Propuestas

Evidentemente no estamos interesados en que la monarquía siga existiendo ni un sólo minuto más, entonces
¿Qué hacer ante la disyuntiva entre, por un lado, derribar en lo inmediato a la monarquía o, por otro lado; centrarnos en la lucha contra el sistema?. Naturalmente lo primero es más fácil puesto que goza de más amplio consenso social que lo segundo. 
 
¿Por qué?. Porque goza del favor de mucha más gente, es el resultado de un consenso interclasista. Hoy día la burguesía considera la República como un mal menor, incluso para algunos de ellos es algo deseable, mientras que el socialismo representa su final como clase.

La cuestión es que, cuando ese consenso adquiera carta de naturaleza política con magnitud significativa, estará pilotada otra vez por una burguesía reformista en una nueva reedición del Frente Popular. ¿Por qué?. Pues porque la clase obrera, en estos momentos, carece de dirección y sentido revolucionarios, es más, carece, en general, de identidad y conciencia de sí misma, está envenenada por una falsa conciencia burguesa.

Por tanto, desde ya la tarea ineludible de la vanguardia amplia del movimiento obrero es la lucha ideológica para conseguir que los explotados y desheredados del sistema adquieran conciencia de clase. El poder de la burguesía, clase minoritaria y caduca desde hace tiempo por parasitaria, no radica en su fuerza bruta, ni en su capacidad de comandar el proceso productivo, sino en su capacidad de introyectar su ideología en las mentes de los individuos por medio de sus aparatos ideológicos. Es en ese terreno donde hay que presentar la primera batalla, hay que destruir la posibilidad que tiene la burguesía de seguir intoxicando la mente del conjunto de la clase obrera.

Dentro de esa lucha ideológica una tarea muy importante consiste en devolver el prestigio al concepto mismo del socialismo como alternativa superadora de un capitalismo que dejó hace tiempo de proporcionar mejores condiciones de vida y de trabajo a la población trabajadora.

Por último, es importante revitalizar y fomentar el compromiso político en aras de una mayor responsabilidad social por cada uno de nosotros, pero a su vez revolucionando el concepto mismo de militancia política, hay que desterrar la figura del militante práctico tradicional, obediente y acrítico con la dirección fomentando para ello la formación teórica e impulsando nuevas formas de participación. Hay que recuperar la vocación de poder.

Como dijimos más arriba hoy el proletariado es la clase absolutamente mayoritaria dentro de este sistema, el problema es que la mayoría de ese proletariado no sabe que lo es. Consiguiendo el objetivo de conferir conciencia a esa gran masa humana no será necesario supeditar la acción a intereses que no son los nuestros. Habrá llegado el momento de no conformarnos con un mero cambio en la cúpula del Estado, sino de cambiarlo todo y de verdad.

Si las masas están en la calle reclamando el advenimiento de un tercera República hay que está en la calle con ellas, pero siempre denunciando la maniobra de distracción que esa misma lucha conlleva, hay que mantener con claridad y firmeza nuestros principios y nuestros fines. La verdad siempre es revolucionaria.

En definitiva y resumiendo las propuestas: batalla ideológica para extender la conciencia de clase a todos aquellos que formen parte de la clase asalariada o aspirante a serlo. Lucha por dignificar el socialismo. Vocación real de poder para no tener que seguir optando por lo menos malo tan solo por que se nos presenta como más inmediato.

Colectivo Chispa. 

1 comentario:

  1. La única lucha valida es la que persigue el cambio del sistema, la desaparición de cada uno de los pilares que sostienen el sistema capitalista, por ser este el camino de la solución de sus intereses y la satisfacción de sus metas...hacer caer el capitalismo requiere de una conciencia individual previa que independice las mentes y no las sujete a la persecución de un líder, o de un cambio aparente en el modo de continuar con mas de lo mismo aunque de manera diferente aplicado...

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