viernes, 13 de junio de 2014

La historia del régimen monárquico: Entre la tragedia y la farsa. Manuel Medina

 Los partidos institucionales preparan la "Operación Lampedusa" para preservar el dominio de los poderosos

La historia frecuentemente nos depara reiteraciones sorprendentes. Una de ellas  - en este caso múltiple - se produjo este pasado lunes con la abdicación de Juan Carlos Borbón en favor de su hijo Felipe. En efecto, como su predecesor el dictador Francisco Franco, Juan Carlos I permaneció también en la jefatura del Estado nada menos que 39 años. Pero no es esta la única coincidencia que se produce en el ocaso de ambos regímenes políticos. Veamos.

   En el curso de las casi cuatro décadas que duró su reinado, el descrédito y el rechazo de los ciudadanos hacia el monarca ha llegado a ser tan intenso como el que sufrió el "Caudillo" en los años que precedieron a su muerte. Es cierto que el rey no ha muerto en la cama como el dictador pero, como ocurrió en el caso de este último, las clases sociales dominantes se han apercibido a tiempo de que resulta imprescindible  cambiar algunas cosas para poder conservar lo esencial: la continuidad de su control sobre el poder político y económico.



    Como sucedió cuando se produjo la muerte física del dictador en 1975, la muerte política de Juan Carlos Borbón sobrevenida con su abdicación ha tenido como corolario una intensa campaña de loas, elogios y postreros reconocimientos a sus supuestos méritos históricos. De manera general, con repugnante unanimidad los medios de comunicación de ahora, como los de entonces, han eludido adentrarse en el  análisis del estado de ruina moral en el que encuentra el aparato institucional del sistema político nacido de la Constitución monárquica de 1978.  Como entonces, los patrones de la comunicacion  de hoy pagan con ello el régimen de monopolio y de canonjías  que han disfrutado durante casi cuarenta años.



    Tal y como sucedió a finales de la década de los años 70 del siglo pasado, los partidos políticos se han puesto de acuerdo nuevamente  en la preparación de una "Transición" - la segunda - que hurte al pueblo español la posibilidad de elegir cual es el régimen político que desea para el futuro. Igual que ocurrió entonces, las cúpulas partidarias, ignorando incluso el sentir de sus bases, preparan sigilosamente  los planes para permitir la continuidad del status quo.



    En 1976-1978, las intrigas y maquinaciones fueron pergeñadas por los representantes del aparato administrativo de la Dictadura y las cúpulas de las organizaciones que decían representar al pueblo. Hoy, las características de la conspiración no han variado sustancialmente. Los herederos de la antigua dictadura renuevan sus negociaciones en el marco de secretos cenáculos  con quienes, a través de las organizaciones políticas y sindicales, han usufructuado prebendas y privilegios durante las últimas cuatro décadas.



   Cuando en 1978 se aceptó la  herencia impuesta por el dictador  en forma de Constitución monárquica tuvo lugar,  sin duda,  una enorme tragedia histórica que  acabó  traicionando los deseos de millones y la memoria de miles que  dieron sus vidas  en la lucha por las libertades y el  restablecimiento de la República.  La "segunda transición", inaugurada ahora con la abdicación del rey  al que pretende sustituir su vástago, es un grotesco remedo de aquella operación, con el que se pretende obtener resultados similares a la primera. ¿Se repetirá de nuevo aquella tragedia convertida ahora en una farsa?

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