sábado, 26 de abril de 2014

'EL DISCURSO DEL ESCLAVO', por Luis Enrique Ibáñez

"Son los que dicen que los profesores no hacen ni el huevo, son los que repiten que hay muchos funcionarios que cuestan un pastón... 
 
Son los que se niegan a escuchar que la riqueza de todos está siendo trasladada a las manos de unos pocos.

Son los que prefieren pelearse con el que tienen al lado porque no tienen ni el valor, ni la inteligencia, para mirar hacia arriba"

EL DISCURSO DEL ESCLAVO

Ya se ha dicho, ya se sabe, pero, al parecer, sigue siendo pertinente constatarlo, aunque no sirva para nada, quizá sólo para responder, aunque sea a uno mismo, porque los otros no oyen. Son los esclavos, y prefieren seguir sordos, sometidos, buscando razones inventadas que a ellos les confortan, les anulan, incluso piensan que se rebelan, que saben diagnosticar la realidad, hasta llegan a pensar, haciendo una pirueta imposible, que saben pensar. Y así, también pueden volver a sus casas, después de 13 horas de trabajo, y quedarse en coma, olvidando los nombres de aquellos que los explotan y maldiciendo la vida la de otros, la de que aquellos que creen que son sus enemigos. Y, mientras, los de arriba, los verdaderos malos, se descojonan, contemplando risueños cómo tantos y tantos de los de abajo no distinguen al adversario, no identifican a los amos, se acomodan en las sombras que les regalan, se alían, sin saberlo, con su enemigo... nos joden a todos. Ellos también son responsables, también son culpables de su cómoda ignorancia, de su esclavitud asumida. 

Prefieren seguir en la caverna. Afuera el sol hiere los ojos hasta obligarnos a ver. Afuera hay que mover las piernas, y eso cuesta. Afuera hay que pensar, y eso también cuesta.

Son los que dicen que los profesores no hacen ni el huevo, son los que repiten que hay muchos funcionarios que cuestan un pastón, son los que, después de haber sido cebados por los exabruptos de esos tertulianos sin cerebro, sí creen que han vivido por encima de sus posiblidades, son los significados ocultos habitados sin saberlo por el lenguaje del poder, son los que aceptan lo que sea, aceptan su condición, son muchos padres que jamás se han preocupado de que sus hijos valoren la palabra estudiar, sí, esos que, envalentonados, son capaces de ahostiar a un maestro delante de todos los compañeros de su hijo. Muchos padres, sí, que cuando su hijo llega a casa con las notas, no pueden atenderle porque están escuchando a Belén Esteban. Son los que no tienen dinero para libros, pero compran ese, el de la princesa del pueblo. Incluso hacen cola para que se lo firme.

Son los que no pueden ver que el trabajo de barrenderos, médicos, administrativos, maestros, técnicos... hace que sus vidas puedan más o menos continuar.

Son los que llenan la plaza del pueblo para celebrar el triunfo del equipo de la tribu, los mismos que abandonan la misma plaza cuando los aires de protesta social se instalan en ella. Son los que desprecian a los manifestantes que también luchan por ellos.

Ellos son la mercancía estancada, esa que sigue en manos de políticos y banqueros. Ellos, los que sí se sienten representados.

Son los que siguen discutiendo sobre Aznar y Zapatero, pero todavía no saben quién es Emilio Botín. Son los eternos cofrades, los significantes vacíos, apuntados a la inercia narcótica de algunas siglas que ya no tienen ningún sentido.

Son muchas las veces que he sido obligado a asistir a la misma escena. Estoy en un bar, como tengo tanto tiempo libre, tomando una cerveza, y escucho conversaciones, sí, oigo voces, siempre las mismas. En el boceto de conversación, un hombre y una mujer, en el descanso del partido, hacen como que hablan, emiten sonidos que parecen articulados... mañana tampoco hay cole... hay que ver con los maestros, están todo el día de puente, de vacaciones... qué voy a hacer con los niños... y luego se quejan de que les bajen el sueldo y de que les aumenten dos horitas... no saben lo que es trabajar, como yo... yo echaría a la mitad y los llevaría al campo para que se enterasen... y a la otra mitad les dejaba el sueldo en la mitad... ¡ya está bien con tanto funcionario! Cuando estos lúcidos diálogos se abren ante mí, siempre pienso en dos posibilidades. La primera consiste en ponerme pedagógico y explicarles cómo es mi trabajo realmente, también por las tardes, también los fines de semana. La segunda, la más apetecible, me llama a ponerme cínico y decirles que llevan razón, que no doy un palo al agua, y que gano un pastonazo... que deberían haber hecho lo que yo, que vivo de puta madre, que este es un país libre, que por qué no lo hicieron.

En la mayoría de las ocasiones no hago nada, sencillamente porque ninguna de las dos opciones sirve para nada. Ellos ya están envenenados. Llevan el alma sucia, pobres, de simpleza y vocerío.

Son los peores, esos a los que se refería Javier Marías evocando al poeta William Yeats, los que gritan, los que abrazan con furia los argumentos más vacíos, los que, como papagayos, repiten las fórmulas estúpidas que alguien les ha dicho que repitan. Los que, efectivamente, pueden provocar que muchos arrojen la toalla. 

Son los que se me aparecen en la noche y me obligan a pensar, no quiero, que no merecen que nadie luche por ellos. Son los que han aprendido, muy aplicaditos, a odiar a los de su clase. Son las marionetas zombis de un poder que cada vez se siente más omnímodo, más cómodo, con ellos abajo, haciendo el trabajo más sucio.

Son los que creen que el dueño de Mercadona es un ejemplo a seguir. Son los empleados de Juan Rosell. Son los  que también han aprendido a creer eso de que hay que trabajar más y cobrar menos, son los que comprenden que los derechos sociales, que los derechos de los trabajadores, constituían un lujo que el Estado no podía soportar. Son los que después de ser explotados durante 14 horas, vuelven a casa y se empapan del fino idioma destilado en programas tipo Interconomía. Después duermen, felices. No sin antes dar gracias a Dios por haberles permitido sobrevivir un día más en la Tierra.

Son los que no pueden comprender que alguien nos ha pegado una paliza a todos y nos ha robado la cartera. Y que ahora no tenemos más remedio que pedir dinero prestado a ese alguien, eso sí a un interés algo más que obsceno ('Por qué la deuda pública no debe pagarse', por Vicenç Navarro). Son los que no quieren entender que alguien ha entrado en nuestras casas y nos está obligando a pagar el frigorífico que ya habíamos pagado, la calefacción que ya habíamos pagado, los libros que eran nuestros, el botiquín que pudimos obtener después de muchísimos años de ahorro familiar ('He visto cosas que no creeríais', por Rosa María Artal). 

Son los que se niegan a escuchar que la riqueza de todos está siendo trasladada a las manos de unos pocos.

Son los que no quieren saber que son las grandes empresas y los grandes bancos los que llevan años defraudando a Hacienda, es decir, robándonos a todos, con el consentimiento de todos, en la alfombra de una clase política que, en su mayoría, lleva incrustada en la piel, sellada con sangre, la palabra del poder financiero. Son los que, como decía Gerry Spence, no pueden ni quieren saber que "la esclavitud es un estado de la mente que no puede reconocer el esclavo".

Son los que prefieren pelearse con el que tienen al lado porque no tienen ni el valor, ni la inteligencia, para mirar hacia arriba.

Y la esclavitud no está sólo poblada por eso que llaman "gente sin estudios". Ni mucho menos. Son muchísimas las personas con estudios superiores que se cobijan, como avestruces, en las plumas del conformismo más insano. Porque la cultura no consiste en una serie de conocimientos adquiridos, estancados en esas balsas de aguas malolientes. Cultura significa deseo, amor por conocimiento, pasión por ser capaces de poner todos los conocimientos en relación para parir nuevos conocimientos que nos hagan más libres.

La cultura no es emocionarse con el programa "Entre todos". La cultura no es disfrutar con el programa de Juan y Medio en Canal Sur. La cultura no es taparse los oídos cuando alguien nos dice que los clubes de fútbol nos deben cientos y cientos de millones a todos. La cultura no es admitir, sonriendo, que las televisiones públicas se hayan convertido en vertederos tóxicos que envenenan el pensamiento, que propagan el pensamiento único. 

Cultura no es aceptar que hemos pecado y que debemos pagar por ello.

Ellos, los esclavos, forman parte gravísima del problema que todos padecemos. No saben que los malos los están manejando... a su antojo. Y eso nos está matando.

Y es que aquí, en este país desahuciado, vejado y tantas veces mudo, no atisbamos ni siquiera la posibilidad de traspasar esa primera fase de la que hablaba José Martí:

"Un pueblo no es independiente cuando ha sacudido las cadenas de sus amos, empieza a serlo cuando se ha arrancado de su ser los vicios de la vencida esclavitud, y para patria y vivir nuevos, alza e informa conceptos de la vida radicalmente opuestos a la costumbre de servilismo pasado, a las memorias de debilidad y de lisonja que las dominaciones despóticas usan como elementos de dominio sobre los pueblos esclavos"

Discurso del Amo, Discurso del Esclavo, son el mismo, uno implica al otro.

Y ya es ahora de ponerse en pie, de sacudirnos de todos los decires esas palabras gastadas, esas frases mentirosas, que nos están enterrando... cada día un poco más.

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