lunes, 7 de abril de 2014

Cuarenta tesis sobre la perspectiva histórica comunista x Iñaki Gil de San Vicente

El reformismo, cualquiera de ellos, se niega a realizar una crítica revolucionaria del Estado realmente existente, planteando sólo denuncias parciales

1. Es urgente ampliar e intensificar un antiguo debate que se mantuvo entre pequeños núcleos comunistas internacionales a raíz de la Primera Guerra Mundial y en especial de la oleada revolucionaria iniciada en 1917: ¿Ha entrado el modo de producción capitalista en una fase de declive histórico o por el contrario mantiene todavía fuerzas expansivas sustanciales como las que tenía en el siglo XIX?
Nótese que aquí hablamos de modo de producción y no de formaciones económico-sociales, es decir, aquí y por ahora, nos mantenemos en el plano de lo genético-estructural del modo de producción, o si se quiere, de su esencia básica permanente a pesar de los cambios formales por importantes que sean. Nótese también que no hablamos de la tesis estalinista de la «Crisis General» del capitalismo precisamente cuando este estaba iniciando una fase expansiva en una parte del mundo, fase conocida como keynesiana y taylor-fordista, y que ahora, una vez concluida, se le ha denominado como los «Treinta Gloriosos». 

2. Hablamos del debate que va cobrando fuerza y rigor sobre el agotamiento interno del modo capitalista de producción, agotamiento que impedirá otra larga fase expansiva mundial de la misma fuerza que la finiquitada, o de zonas importantes aunque tal vez puede permitir estabilizaciones locales transitorias y hasta fugaces repuntes al alza muy localizados, que serán armas de lucha ideológica propagandística a nivel mundial. Ahora mismo se emplean varios términos para referirse a la misma problemática: capitalismo senil, declinante, decadente, etc.; incluso el debate sobre las fases u ondas largas conduce a la misma interrogante: ¿se están acortando las fases entre las crisis a la vez que aumenta su gravedad, intensidad y extensión? ¿Cómo serán las siguientes crisis y sus inter-fases, y las fases inter-crisis? En definitiva ¿se ha agotado la fuerza expansiva del capitalismo y de ser cierto, qué consecuencias globales acarrea su decadencia constrictiva y cómo afrontarlas? 

3. Un modo de producción es históricamente expansivo en la medida en que sus fuerzas productivas son superiores a sus fuerzas destructivas, es decir, en la medida en que su impacto objetivo sobre la naturaleza no impide todavía su capacidad de carga, de regeneración y de reproducción en la zona afectada por ese modo de producción, y en la medida en que la especie humana puede mejorar relativamente sus condiciones de existencia en comparación a las alcanzadas en el anterior modo de producción. La obtención y uso racionales de la energía es uno de los baremos objetivos en su relatividad sociohistórica para medir con alguna fiabilidad el ascenso y declive de un modo de producción. Dicho a grandes rasgos, la ley del ahorro de energía, o ley del mínimo esfuerzo, explica muchas cosas decisivas en la evolución biológica, y la ley de la productividad del trabajo las explica en la antropogenia. En los modos injustos y explotadores, los constreñidos por la propiedad privada de las fuerzas productivas, la ley del valor-trabajo va mostrando la irracionalidad global inherente a la propiedad privada. Un ejemplo lo tenemos en la continuidad de fondo y en los cambios de forma de la propiedad patriarcal de las mujeres por su exclusiva capacidad de instrumento de producción sexo-económico y sexo-afectivo para reproducir fuerza de trabajo humana que, en el modo capitalista, es una mercancía. 

4. Hay que tener en cuenta que junto al modo de producción dominante coexisten otros modos anteriores, subsumidos, superados ya o todavía declinantes, coexistencia que si bien dificulta la medición de las potencialidades del modo de producción dominante, no la anulan totalmente, de manera que siempre es posible calibrar a grandes rasgos los avances potenciales y reales del nuevo y dominante con respecto a los superados. Aquí debemos volver a la ley de la productividad del trabajo, que consiste en que con la misma unidad de tiempo y/o energía puede realizarse más producto de trabajo que otro colectivo o persona, o lo que es lo mismo pero a la inversa, que el mismo producto de trabajo se ha realizado con menos gasto de energía y/o menos tiempo que otro colectivo o persona.

5. El ahorro de tiempo y energía, o sea, la productividad sociohistórica media, es la base objetiva, materialista, que permite valorar con alguna fiabilidad el menor o mayor desarrollo contradictorio y relativo de cada modo de producción comparado con el precedente y con el posterior. Desarrollo relativo y contradictorio. Según evolucionen estas dinámicas, puede llegar el momento en el que el crecimiento de las fuerzas productivas choque con las relaciones sociales de producción, abriéndose una fase revolucionaria que puede terminar con la victoria de uno de los bandos en conflicto o con el hundimiento del sistema en su conjunto. Existen varios posibles futuros, y el resultante último depende de la evolución de la lucha de clases a nivel mundial. 

6. ¿Cómo saber que un modo de producción llega al límite de sus fuerzas expansivas y entra en su fase declinante? Ahora sólo vamos a sugerir cuatro evaluadores. Uno, el incremento de las crisis socio-económicas, la reducción de los tiempos entre crisis y crisis, el aumento de su gravedad e interacción, y el retroceso en las condiciones de vida y trabajo de los pueblos. Dos, la dificultad creciente en la obtención de energías hasta entrar en la fase de agotamiento, con su sinergia negativa. Tres, el aumento de las resistencias a la explotación y consiguientemente el aumento de las represiones y de las violencias opresoras para contener no sólo las luchas al alza, sino el mismo deterioro del sistema en su globalidad. Y cuatro, el debilitamiento de la legitimidad de la clase dominante, el reforzamiento de la legitimidad de las clases dominadas y la aparición de alternativas al sistema, que no sólo al poder. Exceptuando el del comunismo primitivo, cada modo de producción tiene sus formas específicas de interacción sinérgica de esos cuatro puntos y de otros que no hemos expuesto; cada modo tiene sus ritmos de crecimiento y desaparición. No podemos trasladar nuestro pensamiento y coordenadas mentales al pasado. 

7. En el capitalismo las crisis socioeconómicas se acortan en el tiempo, se hacen más devastadoras, y se propagan por el mundo casi a la velocidad de la luz. Se inician como subcrisis parciales, y aunque las subcrisis financieras son las detonantes por lo general, también hay subcrisis en el capital industrial y en el de servicios. Pero la razón de fondo es el accionar lento y oscilante de la tendencia a la caída de los beneficios medios como contradicción subterránea que impulsa al resto. En la medida en que los beneficios tienden a caer, en especial en el capital industrial y en menor cuantía en el de servicios, entonces los capitalistas apenas reinvierten en la poco rentable industria volcándose en el financiero, que se agiganta y se hace ingobernable.

8. El capital industrial tiende a la caída de los beneficios porque los costos crecientes en capital constante reducen el plusvalor obtenido. El capital constante debe incrementarse porque la tecnología es cada vez más cara, y por mucho que se reduzca el capital variable, los sueldos, para compensar, la inversión en capital fijo es cada vez más costosa y necesaria. Por otra parte, aumenta la capacidad productiva y disminuye la capacidad de compra por lo que aumenta el stock almacenado y con él las pérdidas. En un principio, la inversión en capital financiero alivia la crisis industrial y aumenta la circulación de capitales y los beneficios, pero a costa de ir creando diversas burbujas que estallan siempre con efectos cada vez más desastrosos. Así, sobre la base de la ley de la caída tendencial de la tasa media de ganancia como dinámica desestabilizadora profunda, se desarrollan tres detonantes diferentes pero interrelacionados de la crisis: sobreproducción, subconsumo y no correspondencia entre el sector I y II: la crisis llega a ser mundial.

9. Si el inicio de la crisis siempre responde a causas estrictamente económicas, la salida de la crisis responde a soluciones políticas que dirigen en un sentido u otro las posibilidades opuestas insertas en las contradicciones sociales del capitalismo, posibilidades que se deciden por la lucha de clases. Ahora bien, yerra quien separe e incomunique las causas económicas de la lucha de clases expresada en los conflictos sociales, políticos, militares, etc. El capitalismo es una totalidad en la que la contradicciones económicas actúan con relativa autonomía del contexto sociopolítico en circunstancias normales; es el accionar interno de esa autonomía económica el que, con sus contradicciones específicas, enciende los fuegos de las crisis, pero más pronto que tarde las decisiones sociopolíticas empiezan a azuzar o apagar esos fuegos que pueden terminar en un incendio arrasador. Una de las pruebas de que el capitalismo está en fase de senilidad es que el tremendo intervencionismo estatal y de otras instituciones privadas burguesas no consiguen impedir el estallido de crisis cada vez más duras y frecuentes.

10. La burguesía cabalgó el tigre revolucionario de las masas campesinas y urbanas enfurecidas por el hambre, el frío, la peste y el fuego de la represión. En mayor o en menor medida, las cuatro revoluciones burguesas -Países Bajos, Gran Bretaña, Estados Unidos y Estado francés-, estuvieron provocadas además de otros factores también por una sostenida bajada de las temperaturas medias, por un agotamiento de la madera como combustible, por unas cosechas desastrosas y por las hambrunas y las enfermedades. Los molinos de agua y de viento, y la fuerza humana y de otros animales, ya no daban abasto. La salvación energética del capitalismo vino del carbón y de la hulla, de la máquina de vapor y del paso de la manufactura a la industria. Para finales del siglo XIX estos recursos energéticos eran insuficientes y el crudo de petróleo y la electricidad aparecieron como la segunda salvación unida al tránsito del colonialismo al imperialismo. 

11. La época feliz de los Treinta Gloriosos disparó el consumo energético irracional a niveles insoportables para la naturaleza. La energía nuclear apareció en la segunda mitad del siglo XX como la alternativa a un seguro agotamiento del crudo de petróleo, pero los problemas generados por la energía nuclear son irresolubles y destructivos, suicidas, lo que no asusta a la burguesía militarista y pro-atómica. Un sector de la burguesía lanzó la moda del «desarrollo sostenible», del capitalismo verde, del eco-capitalismo, de las energías blandas y renovables pero en propiedad suya y no de los pueblos, y el reformismo lanzó la moda del decrecimiento. También se busca con desesperación la llamada «energía inagotable y limpia», la energía de fusión, pero aunque teóricamente es factible, técnica y prácticamente es casi irrealizable, al menos durante mucho tiempo. Como solución inmediata, el método conocido como fracking puede aliviar la escasez a corto plazo, pero sólo retrasa el problema energético creando otros nuevos de índole ecológica.

12. Además de económico, el problema energético es político, de poder político en el diseño y ejecución del abastecimiento y gasto energético de las poblaciones. La alimentación también es energía, y lo es la cultura y la libertad, energía moral y ética. Y lo es la salud. Todo ello es un problema político de control y mando sobre el capital transnacional propietario de las industrias energéticas, alimentarias, sanitarias, y sobre los Estados imperialistas que protegen los espacios de realización y almacenaje del capital acumulado por las transnacionales. Mientras que la capacidad de carga del planeta se reduce alarmantemente, a la vez que los minerales estratégicos han llegado al límite de la sobreexplotación y reciclaje, y mientras los costos de la llamada «segunda contradicción» del capital se añaden a los efectos de la ley de caída tendencial de la tasa media de ganancia, mientras esto sucede, las reservas energéticas naturales, incluida la principal, la de la fuerza de trabajo humana, se reduce imparablemente. Una vez que el problema energético aparece como lo que es, un problema de poder político, un problema de forma de propiedad: colectiva o privada, entonces, hay que saber que sólo existen dos salidas: caos o comunismo.

13. Como hemos dicho, toda crisis, por pequeña, parcial y aislada que fuere, genera una correspondiente dosis de represión, de destrucción de fuerzas productivas obsoletas. Pero no se trata de una especie de autodepuración automática y mecánica del sistema, sino que siempre existe un contenido político en la salida de cualquier crisis. Y cuanto más profunda, sistémica y prolongada es la catástrofe más contenido político, represivo y militar, tiene su resolución, sea en el sentido que sea. Desde el siglo XVII las guerras mundiales han sido las soluciones últimas para desatascar el atolladero capitalista, pero las dos últimas, la de 1914-1918 y 1940-1945, marcan un punto de inflexión por su letalidad y por las fuerzas destructivas reales que han generado. Ahora bien, las salidas represivas y militares responden en definitiva y antes que nada a la necesidad de acabar con las resistencias de las clases y pueblos explotados, así como de vencer las oposiciones de otras burguesías competidoras. 

14. La oleada revolucionaria iniciada en 1917 y reforzada en 1929, que había tenido un aviso en la revolución mexicana de 1910, entre otras luchas, fue aplasta mediante el fascismo, la descarada traición socialdemócrata, los errores del estalinismo y, como verdadera «solución final», la Segunda Guerra Mundial que duró más que de 1940 a 1945. Si ya en la guerra de 1914-1918 se fortaleció el complejo industrial-militar, fue a partir de entonces cuando lo industrial-militar empezó a fusionarse con la tecno-ciencia y el control represivo policial bajo la dirección estratégica del Estado, y en estrecha simbiosis con grandes corporaciones financiero-industriales. A partir de aquí, la tendencia objetiva es la del reforzamiento del Estado interventor, fuerte y dotado de casa vez más poderes. Esta tendencia no se debilitó durante los famosos Treinta Gloriosos, 1945-1975, y se fortaleció durante la denominada «guerra fría», 1949-1991, que ha sido en realidad un continuo de pequeñas y grandes guerras calientes, sanguinarias mucha de ellas, que también han sido silenciadas bajo el aséptico nombre de «descolonización», o peor, de «alianza por el progreso» según la propaganda yanqui.

15. La fase keynesiana y taylor-fordista en el llamado «occidente» no pudo detener las contradicciones capitalistas en sus dos formas extremas y unidas: la caída tendencial de la tasa media de beneficios que se concretó en la crisis iniciada a finales de los años 60, y la lucha de clases que, dialécticamente, azuzó esa crisis. Es muy significativo que a mediados de los años 70 y al poco del golpe fascista de Pinochet de 1973, fuera la Alemania Federal la que iniciase la aplicación en la Europa capitalista del monetarismo neoliberal, aunque no recibiera aún ese nombre. Desde entonces hasta ahora, el deterioro de las condiciones de vida y trabajo, de la misma democracia burguesa y el desarrollo del llamado «Estado fuerte» a la vez que la tendencia al alza del neofascismo, semejante dinámica ha ido en aumento, siendo reforzada con la segunda fase de la guerra fría a mediados de los años 80 y con la implosión de la URSS. La formación de la Unión Europea como cuarta reordenación en la historia del capitalismo europeo está inserta en esta dinámica a la vez mundial. Ahora bien, aunque la propaganda intente negarlo, poco a poco se va debilitando la legitimidad del orden del capital.

16. Al igual que ocurrió desde 1916 en adelante, desde 1944 la esperanza cundía en amplias masas explotadas, pero fue enfriada y defraudada, tardando dos décadas en reaparece a finales de los años 60 manteniéndose hasta mediados de los 80. Sin embargo, y en contra de lo que se cree, la implosión de la URSS no supuso la total victoria de la ideología burguesa, para 1995 las luchas reaparecían en Europa y sobre todo nunca habían desaparecido del resto del mundo. Desde esta época asistimos a tres fenómenos que pueden confluir: luchas autoorganizadas de carácter popular y vecinal, en defensa de los servicios sociales, derechos democráticos y bienes comunes, que surgen al margen de los partidos reformistas y de «izquierda» clásicos que las desvirtúan llamándolas «movimientos cívicos», «sociedad civil», «ciudadanía», etc., que intentan controlarlos. Luchas más específicamente obreras, salariales y sindicales en defensa de los puestos de trabajo, más o menos controladas por la burocracia sindical. Y las luchas en el resto de países y Estados no imperialistas, sometidos de mil formas, y cuyas masas explotadas cada vez aguantan menos las crecientes exigencias de sus burguesías siervas del imperialismo.

17. La legitimidad de la civilización burguesa está debilitándose pero el retraso de adecuación de las izquierdas revolucionarias y el alto grado de centralidad estratégico-represiva y propagandística alcanzado por los Estados imperialistas y por las instituciones internacionales del capital, así como el miedo en todas sus gamas, son poderosos frenos al avance de la conciencia crítica. Además, como siempre en las grandes crisis, también se refuerzan las opciones derechistas y contrarrevolucionarias. La polarización social todavía no ha alcanzado el nivel prerrevolucionario desarrollado en crisis sistémicas anteriores, pero ahora dos circunstancias nuevas añaden una cualidad que debemos tener muy en cuenta: la rapidez casi instantánea de conocimiento y debate entre las izquierdas del grueso de las luchas mundiales lo que está acelerando su recomposición si la vemos en perspectiva histórica y, sobre todo, como fuerza objetiva de fondo, la financiarización del capitalismo, su necesidad ciega de mercantilizarlo todo lo más rápidamente posible, lo que exacerba al máximo sus contradicciones internas como nunca antes en su historia. 

18. El capitalismo ha entrado en su fase declinante aunque siga acumulando ganancias, pero lo hace sobre todo mediante las finanzas y no mediante la producción, es decir un «enriquecimiento improductivo». Para mantener, al menos, esta situación el capital ha de reprimir el potencial emancipador de la ciencia libre y crítica, desarrollando sólo la tecnociencia militarizada y autoritaria; ha de industrializar sólo para minorías ricas la salud, la alimentación y la enseñanza entre hambrunas, enfermedades y analfabetismo funcional; ha de mercantilizar la naturaleza aun a costa de destruirla; ha de ha de convertir los arados en espadas y la mantequilla en submarinos nucleares; ha de blindar su libertad y derecho de clase contra las masas expropiadas de todo y casi hasta de su aliento. Y si además quiere abrir una fase expansiva con un incremento sostenido de la tasa media de ganancia de modo que se logre un «enriquecimiento productivo», aparte de lo anterior, ha de asestar un golpe destructor a la humanidad trabajadora más brutal que el del período 1917-1945, y a disciplinar y hasta derrotar sin contemplaciones a las burguesías competidoras en el mercado mundial, y para ello se prepara el imperialismo yanqui apoyado por el europeo y el japonés.

19. El capitalismo declinante tiene empero dos fundamentales bazas de supervivencia a pesar de su senectud: el miedo a la represión salvaje, y el componente de obediencia y sumisión a la «figura del Amo» aun en medio del desempleo empobrecedor y mísero, de la penuria y del hambre, componente irracional fuertemente anclado en la estructura psíquica de masas; y los efectos del fetichismo de la mercancía, que invierte la realidad, que crea fetiches, ídolos y dioses a los adorar y obedecer en donde sólo existe explotación, opresión y dominación. El modo capitalista es el único de todos los basados en la propiedad privada que invisibiliza sus contradicciones bajo un celofán de «derechos naturales del ser humano» legitimándose a sí mismo siempre con nuevas formas ideológicas. Pero al llevar sus contradicciones al paroxismo, esta diabólica capacidad debe ser reforzada por el terrorismo más descarnado y metódico, lo que hace que sus miserias salgan inevitablemente a la luz. Día a día, la práctica del terror desplaza al efecto narcótico, opiáceo, del fetichismo de la mercancía. Otro signo de decadencia porque la civilización del terror necesita devorarse a sí misma, como Uróboros, pero sin poder eternizarse por ello. 

20. Pues bien, visto lo visto, en las condiciones actuales es vital para las izquierdas profundizar y popularizar el debate sobre el declive del modo de producción capitalista, huyendo del catastrofismo tan obtuso y peligroso a medio plazo. En los países imperialistas, y a pesar de la dureza creciente de la vida, la mayoría de la clase explotada cree que este sistema es eterno porque cree que «el socialismo ha fracasado» no existiendo alternativa posible. Hundida en este agujero obscuro, la opción más realista para quienes tienen alguna conciencia progresista es la de votar al reformismo duro, mientras que el resto lo hace al blando o a lo sumo al centro. No merece la pena hablar de quienes ni siquiera tienen conciencia. Combatir la creencia de que el socialismo no es posible y que siempre se malvivirá en el capitalismo exige la práctica de la filosofía de la praxis, es decir, de la simultaneidad de la acción y de la teoría que debe basarse en luchas concretas que aporten experiencias prácticas sin las cuales la teoría se esclerotiza y dogmatiza rápidamente.

21. Desde luego que lo mejor para la toma de conciencia teórica de que el socialismo no sólo es posible sino que sobre todo es necesario, es conseguir victorias en las luchas concretas que realizamos, aunque ello no es imprescindible inmediatamente sino a medio plazo. Lo decisivo siempre es empezar a luchar porque es en la acción en donde se conocen los límites objetivos del capitalismo, sus contradicciones y debilidades. Sin lucha no hay teoría revolucionaria, pero sin esta no hay práctica revolucionaria. Como se aprecia, existe una distancia entre la primera acción de lucha concreta y la posterior práctica revolucionaria, distancia que consiste en el avance de un pobre conocimiento inicial del capitalismo cuando se inicia la acción a otro más profundo que se adquiere mediante la crítica y la autocrítica realizada conforme se sostiene la lucha y se valoran sus resultados últimos. Ahora bien, el momento crucial en el que puede asegurarse el enriquecimiento de la conciencia revolucionaria es cuando resolvemos teóricamente el problema de la explotación, del poder y del método de pensamiento. 

22. El problema radica en que desde hace mucho tiempo las fuerzas reformistas que se dicen de izquierda se niegan deliberadamente a organizar e impulsar las luchas que pueden sacar a la crítica pública la explotación, el poder y la patraña ideológica. Estas fuerzas sólo impulsan lo que siendo electoralmente rentable no cuestiona la legalidad vigente y menos aún los pilares de la civilización del capital. Por su parte, las todavía reducidas fuerzas revolucionarias intentan superar cuatro obstáculos que frenan su crecimiento: la todavía insuficiente legitimidad del socialismo; la pervivencia de la desconfianza de las masas en las organizaciones de vanguardia; el retraso teórico con respecto a los cambios del capitalismo; y el sectarismo de muchas izquierdas. No se pueden negar los esfuerzos que se hacen para superar tales obstáculos así como los avances reales que lentamente se van logrando. Mientras tanto, mal que bien las resistencias sectoriales y de masas aportan experiencias muy ricas en contenido que deben ser estudiadas a la luz de las constantes insertas en el modo de producción como a la luz de las innovaciones producidas y su materialización en las sociedades concretas, en las formaciones económico-sociales.

23. Vamos a analizar cuatro bloques de problemas fundamentales del capitalismo que sólo tienen solución si se actúa sobre ellos con la radical perspectiva histórica comunista, que se basa en la certidumbre de que el futuro terrible puede ser guiado hacia la emancipación humana, evitando el caos, pero sólo a condición de la construcción de un poder revolucionario enraizado en la democracia socialista, vivida por la burguesía como dictadura del proletariado contra ella, lo que es cierto. 

24. El primer bloque trata sobre el sujeto colectivo que puede y debe dirigir ese proceso. Cuando decimos «debe» no nos referimos a la ética kantiana sino a la marxista, diferencia cualitativa en la que no podemos extendernos ahora pese a su importancia: todos los reformismos han retrocedido de la ética marxista a cualquier variante de la kantiana. El sujeto colectivo no es otro que el trabajo explotado, es decir, esa fuerza de trabajo humana que lo crea todo con su esfuerzo pero que no tiene nada porque el producto queda en manos de la propiedad privada. En cada modo de producción injusto el sujeto colectivo adquiere una expresión precisa y adecuada a las necesidades del sistema, pero en sus formaciones económico-sociales, en sus países y sociedades particulares, el trabajo explotado se presenta con diferencias más o menos marcadas que no afectan a la naturaleza esencial de la explotación del trabajo social por la clase dominante. En el nivel del modo de producción, la fuerza de trabajo explotado y explotable está constituida por las mujeres, los pueblos oprimidos y las clases expropiadas de todo menos de su fuerza de trabajo. 

25. Lo que une e identifica esencialmente a mujeres, pueblos y clases expropiadas que no sufren opresión nacional es que forman el trabajo social explotado en su conjunto en beneficio de una minoría que en su conjunto es única propietaria de las fuerzas productivas. Desde que surgió la propiedad privada en forma de sistema patriarcal la resistencia del trabajo explotado ha alimentado la lucha de clases entre él y la propiedad explotadora como motor de la historia. En el modo capitalista, la fuerza de trabajo sexo-económico y sexo-afectivo de las mujeres, la de los pueblos oprimidos y la de las clases trabajadoras no oprimidas nacionalmente, esta cualidad básica de la especie humana-genérica, constituye el Trabajo en sí mismo, mientras que todas las formas en las que se plasma la propiedad burguesa, constituye el Capital. Trabajo contra Capital, unidad y lucha de contrarios irreconciliables.

26. La historia es incomprensible si negamos u olvidamos la lucha de clases entre explotados y explotadores, lo que supone en el plano teórico abandonar la teoría marxista y aceptar la burguesa. En la segunda década del siglo XIX surgió la sociología como la supuesta «ciencia social» neutral, positivista, encargada de sustituir la lucha de clases por la competencia entre personas, estamentos, elites, o en todo caso por el «conflicto funcional» entre las clases. A raíz de la Comuna de París en 1871 se redobló el esfuerzo de la sociología por sustituir el estudio crítico de la lucha de clases por la enumeración de castas, estatus, élites, desconectadas de las relaciones de propiedad y explotación. Con altibajos dependientes de los vaivenes de la lucha de clases mundial, han aparecido y desaparecido en el mercado de las modas intelectuales sucesivas mercancías ideológicas de usar y tirar que siempre «coincidían» en menospreciar o negar la unicidad del sujeto colectivo revolucionario, del Trabajo explotado en sí y de sus formas de expresión particulares, sustituyéndolo por expresiones abstractas como «los de abajo», «el 99 por ciento», «multitud», «ciudadanía» y un largo etcétera.

27. De esta forma, y especialmente desde finales de la década de 1960 cuando se fabricó la moda de la «sociedad post-industrial» en medio de las convulsiones del mayo del 68 y de las represiones posteriores, la fábrica de ideología burguesa no ha parado de lanzar productos novedosos: «fin de las ideologías», «muerte del proletariado», «fin de la historia», «lucha de civilizaciones», post-modernismo y post-marxismo, alter-mundialismo y antiglobalización, «otro mundo mejor», multitud e Imperio, y las más recientes de post-capitalismo, anti-capitalismo, etc. Simultáneamente en los medios de prensa desaparecía todo rigor teórico-crítico y el empleo de conceptos como «explotación», «opresión», «dominación», «imperialismo», «clase burguesa», por no hablar del desprecio del marxismo, comunismo, socialismo. Así, la despolitización de las conciencias seguía inmediatamente a los ataques neoliberales. Todo pensamiento que inquiriera sobre el futuro del capitalismo era inmediatamente marginado y denigrado. Sólo se admitía y se admite la tautología sobre un presente petrificado del que se ocultan sus contradicciones internas explosivas. 

28. Por lo general, tras cada gran derrota obrera y popular se produce la despolitización y el debilitamiento del rigor teórico por razones obvias que no podemos exponer ahora. Suelen hacer falta varios años de crisis y de renacer de las luchas, con sus experiencias nuevas, para que la teoría vuelva a recuperar su radical rigor crítico. Desde 2007 en Europa, y desde antes en las Américas, asistimos a un reverdecimiento del potencial teórico sobre el sujeto colectivo, aunque también vemos esfuerzos por mantener las abstracciones metafísicas del inmediato pasado. Ahora mismo, para entender los objetivos a largo plazo de la ofensiva capitalista necesitamos la teoría marxista de la crisis y de la lucha de clases, de la opresión nacional, de la explotación patriarco-burguesa y del imperialismo en su fase financiera, lo que nos obliga a emplear conceptos despreciados por el reformismo de «izquierdas», pero que tienen la virtud de llamar a las cosas por su nombre, meter los dedos en las llagas y ojos del capital.

29. El segundo bloque sólo puede desarrollarse a partir del primero, como los otros dos que le siguen, porque su exposición depende de los conceptos que utilicemos. Si usamos generalidades vacías -sociedad, consumidores, personas- para definir las fuerzas clasistas y populares necesitadas urgentemente de una racionalización progresista y democrática de la política energética y de su modelo productivo y consumista, nos será imposible explicar que la razón de la pobreza energética que condena al frío a cada vez más familias obreras es la propiedad privada de la industria hidroeléctrica y energética. Pero este ejemplo es sólo uno entre millares posibles. Siguiendo con el mismo ejemplo, si queremos impulsar un poderoso movimiento de masas no sólo contra la irracionalidad consumista sino a favor de otro modelo productivo tendente a la emisión cero de CO2 no «podemos» creer que basta con llamamientos en abstracto a la mera voluntad del poder, una voluntad que además acepta todas las restricciones de la legalidad burguesa.

30. La urgente reducción drástica de las emisiones de CO2, y otras medidas similares destinadas a revertir la destrucción ambiental es incompatible con la obsesión electoralista de las «izquierdas» que no quieren acabar con la propiedad burguesa ni con la mercantilización de la naturaleza. La importancia clave de la perspectiva histórica a largo plazo en cuanto al posible futuro del capitalismo y del riguroso empleo de los conceptos aparece aquí de nuevo: en 1976 altas instancias oficiales del medioambientalismo reformista propusieron en un evento internacional el empleo del término «ecodesarrollo» rechazado pocos días después por H. Kissinger, que entre otras hazañas ecologistas había planificado el golpe de Pinochet de 1973, y en poco tiempo se impuso el ambiguo y manipulable concepto de «desarrollo sostenible» que es desde entonces el tópico-insignia del eco-capitalismo, del capitalismo verde, etc., y de los reformismos. Mientras que las izquierdas revolucionarias usan términos como «socialismo ecológico antiimperialista», «eco-comunismo», «eco-socialismo» y otros, el electoralismo parlamentarista necesita, para aunar la mayor cantidad de votos, licuar la radicalidad práctica y teórica en la defensa del ecosistema. 

31. Llegamos así al tercer bloque, también decisivo: el del poder estatal, el poder de decidir y aplicar medidas de clase, de nación oprimida y de sexo-género, es decir de medidas a favor del Trabajo si se trata de un poder obrero y popular que ha construido su propio Estado revolucionario, o de medida a favor del Capital en el caso opuesto. Tanto el sujeto colectivo como la lucha por un modelo socialista que acelere la reunificación de la especie humana con la naturaleza y en ella, nos llevan directamente al problema del poder, o mejor dicho, desde la perspectiva histórica aquí expuesta, sujeto, naturaleza y poder forman un sistema que, junto al problema del método de pensamiento, define la praxis revolucionaria. 

32. Del mismo modo en que la formación de las clases antagónicas y su lucha está condicionada por la intervención del poder estatal de la clase dominante, también la lucha de la clase explotada condiciona al poder estatal y a la clase a la que este sirve. La mercantilización de la naturaleza es inseparable de las decisiones burguesas reforzadas y protegidas por el poder de su Estado. Por efecto de «venganza de la naturaleza», la irracionalidad del capital se vuelve contra él mismo mediante los desastres socio-ecológicos que multiplican los costos mal llamados «externos» y que reducen la tasa media de beneficios. El Estado burgués toma entonces medidas precisas para descargar esos costos sobre las clases explotadas, condicionando negativamente su composición y desarrollo.

33. Más en concreto, al endurecerse el ataque del Capital contra el Trabajo mediante la intervención del poder estatal, el sujeto colectivo puede empezar a resistir, puede empezar a construir alternativas opuestas que en lo básico siempre nos remiten a la economía del tiempo de trabajo y de la ordenación del espacio, es decir, al control de la energía. La victoria popular de la Comuna de Gamonal, en Burgos, es un ejemplo de lo que estamos diciendo. Pero frente a una victoria obrera y popular, hay muchas derrotas y muchas otras luchas aún en tablas y ello fundamentalmente por la astucia y la fuerza del poder estatal como centralizador estratégico de todas las represiones. Peor todavía, hay infinidad de reivindicaciones potencialmente muy liberadoras que están sin iniciarse por efecto de la alienación y del fetichismo, del miedo, del soborno y corrupción, del papel nefasto del reformismo político-sindical… El Estado es un instrumento clave en la centralización estratégica de estos y otros obstáculos que impiden el inicio de esas luchas, o que las abortan justo al comenzar.

34. El reformismo, cualquiera de ellos, se niega a realizar una crítica revolucionaria del Estado realmente existente, planteando sólo denuncias parciales contra tal o cual injusticia aislada, contra tal o cual ministro, ley, corrupción o «abuso policial». A la vez, su modelo de futuro pasa por volver al Estado «neutral», al «Estado social», «benefactor», «del bienestar», al Estado cumplidor y protector de los «derechos constitucionales de todos los españoles» recomponiendo el «contrato social» (¿?) supuestamente roto. El reformismo parece haber retrocedido a la política feudal y absolutista que denunciaba a los consejeros del rey como los responsables de todos los males, salvando al Estado y a la monarquía: bastaría cambiarlos para restablecer la justicia, ese pacto entre el pueblo y sus «representantes». Ahora, en caso extremo basta cambiar de gobierno para salvar el Estado y la «democracia». La puerilidad de esta fantasía se multiplica cuando es aplicada a la Unión Europea, creyendo que una «democracia ciudadana» puede reformar el euroimperialismo. 

35. Como se aprecia, y pasando a la cuarta cuestión, en esta triple problemática -el sujeto colectivo que dirige la lucha de clases, la incompatibilidad entre el Capital y la Naturaleza, con mayúsculas, y el papel decisivo del Estado y de su violencia explotadora-, lo que está en cuestión también es el método de pensamiento, es decir, la pregunta siempre actual de si podemos conocer y transformar radicalmente el mundo o si por el contrario siempre habrá una parte incognoscible de la realidad, lo que nos impide su efectiva transformación. Una de las primeras diferencias cualitativas entre el marxismo y el resto de corrientes socialistas desde la década de 1840 fue la insistencia del primero en la lucha teórica, que no debemos rebajarla a «lucha ideológica», como fuerza política material en la medida en que prende en la conciencia de las masas. Las otras corrientes socialistas, incluido el anarquismo, también admitían esta necesidad pero desde una interpretación mucho más blanda y limitada del término «teoría» porque nunca han llegado a entender la dialéctica materialista, o incluso la rechazan. 

36. Los muy contados marxistas del último tercio del siglo XIX redoblaron su lucha teórica y reconocieron su error al insistir más en la importancia de la economía reduciendo la de otros aspectos de la realidad, como la cultura, la política, la historia, la opresión nacional y patriarcal, la venganza de la naturaleza, los avances científicos, etc. Explicaron por qué tuvieron que hacerlo en el pasado y advirtieron de lo peligroso que resultaría volver a cometer el mismo error. A comienzos del siglo XX los contados marxistas sacaron lecciones autocríticas de la revolución de 1905 llevando la lucha teórica a la misma esencia de la teoría del conocimiento de la época, al choque entre materialismo e idealismo, por ejemplo. Luego pasaron a estudiar la irrupción de la fase imperialista y a raíz de la guerra mundial de 1914-1918 y de la revolución de 1917 aportaron al caudal de la cultura humana una masa de conocimientos sociales que ridiculizaba las divagaciones burguesas de la época. Las represiones desatadas desde la mitad de la década de 1920 y tras 1945 -fascismo, dogmatismo estalinista, «guerra fría cultural»- redujeron el caudal marxista en «occidente» pero su aportación fue decisiva en el resto del mundo, aportación que ahora empieza a conocerse. Desde comienzos del siglo XXI el marxismo vuelve a demostrar ser la única teoría válida.

37. Nos hemos extendido ligeramente sobre la historia de la lucha teórica, inseparable de la de la lucha revolucionaria, porque ahora mismo uno de los lastres más pesados que la frenan es la mercantilización de las modas ideológicas de «izquierda». La industria político-mediática descubrió el suculento negocio de la manipulación patriotera de los imperialismos en lucha desde 1914, por no retroceder más. Desde 1940 Gran Bretaña y Estados Unidos crearon agencias oficiales y secretas para conocer la evolución de la «opinión pública», disponiendo así de datos relativamente fiables para dirigir la «guerra fría cultural» anticomunista a escala mundial. En la segunda mitad de la década de 1960 la industria mediática francesa descubrió el filón de las mercancías intelectuales de la izquierda blanda comparada con la anterior producción bolchevique y comunista en general. La casta intelectual, francesa sobre todo y también el «marxismo occidental» se desentendieron de los problemas capitales: el poder, la represión, el imperialismo. De este modo, mientras la casta intelectual profetizada sobre la desaparición del sujeto y del Estado, el marxismo oficial abandonaba la lucha del sujeto colectivo contra el Estado. 

38. El neoliberalismo tenía vía libre en el plano ideológico porque la izquierda no hacía lucha teórica. La diferencia entre la propaganda ideológica y la lucha teórica es que la primera se orienta hacia lo irracional y en todo caso al sentido común, nada más, mientra que la segunda busca la conciencia crítica y autocrítica. La propaganda ideológica no necesita de la praxis, de la lucha de clases cotidiana y de sus lecciones, sino de la manipulación de las dependencias, ansiedades, miedos y tópicos, en todo caso del sentido común, pero no más allá del sentido común. La lucha teórica supera el sentido común y ataca a la raíz del miedo y de las dependencias afectivo-emocionales, de los tópicos. Una de las dificultades de la lucha teórica es que necesita de la historia crítica, real y dura en extremo, para basar su argumentación, mientras que la propaganda ideológica sólo necesita de la historia oficial, suave, tranquila e irreal, la de la «revolución democrática» sin contradicciones irreconciliables que estallan en insoportables crisis y en violentas luchas de clases. El «ciudadano» no soporta la ensangrentada tensión de la historia y por eso no quiere pensar sobre los futuros.

39. Pero si se quiere que sea efectiva la intensificación de la lucha teórica hay que sustentarla tanto en la lucha de clases práctica como en la permanente referencia a los futuros posibles del modo capitalista de producción. Las victorias concretas son la base del optimismo, fuerza subjetiva que azuza y acelera la concienciación teórica, pero el optimismo es ciego si la teoría no le alumbra en las tinieblas de un futuro que la burguesía falsifica y tergiversa. Saber que nuestras acciones presentes pueden decidir qué futuro de los posibles se irá haciendo probable para terminar siendo real; saber que mañana podemos ser más libres porque hoy luchamos para ser menos oprimidos; conocer gracias a la teoría que sí existe un sujeto de la historia y que somos nosotros ese sujeto; aprender a pensar históricamente y a actuar para dirigir la historia por la senda de la libertad, condenando a la explotación al museo del pasado, aplicar esta perspectiva histórica que tiene un neto sentido filosófico antropocéntrico, refuerza internamente la razonada y fundamentada ilusión optimista que refuerza cada lucha incluso aunque la perdamos, esa perspectiva histórica nos enseña que la única libertad definitivamente perdida es la que no nos hemos atrevido a conquistar. 

40. Terminando, la perspectiva histórica sobre los futuros posibles del capitalismo es hoy más necesaria que nunca antes porque jamás sus contradicciones presentes habían llegado a tal grado de evolución descontrolada con respecto a las organizaciones y Estados con que la burguesía mundial intenta domeñar las fuerzas infernales desatadas por los conjuros del irracionalismo global del capital. Nunca antes la locomotora de la acumulación ampliada había cogido tanta velocidad hacia un futuro lleno de curvas estrechas y cerradas, con precipicios y temblores sísmicos, y nunca antes el maquinista de la locomotora del máximo beneficio a la mayor velocidad posible había tenido tantas dificultades para llegar a la palanca y freno y accionarla. Estamos parafraseando símiles empleados por Marx y Engels.

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