viernes, 14 de marzo de 2014

'MI PASO POR UN HOSPITAL PÚBLICO', por Luis Enrique Ibáñez

"... comprendes en un segundo la cósmica distancia que existe entre el maldito discurso de los gobernantes y la realidad humana que vive en el suelo... en el día a día... Se trata, simplemente, de la verdad. Ahí, en esa arena de lo cotidiano, el infame lenguaje del poder político no tiene cabida, es imposible Sólo las personas, los ciudadanos, tienen sentido"
Hospital de Jerez de la Frontera
 
MI PASO POR UN HOSPITAL PÚBLICO

Vivimos tiempos inciertos, tiempos mentirosos, tiempos en los que la macabra labor de domesticación del lenguaje por parte de los expoliadores, de los poderosos, puede hacer que perdamos el juicio, esto es, la capacidad de mantener una opinión razonada sobre distintas situaciones, que olvidemos la destreza para discernir los significados reales, los verdaderos, de esos otros significados inventados, colocados ahí, como caballos de Troya, para confundirnos, para estafarnos.

Y son muchas las palabras que están siendo torturadas sin cesar hasta hacer que sus rostros apenas puedan ser reconocidos. Demasiadas palabras desahuciadas, prostituidas, enmudecidas, convertidas en siervas dóciles de un nuevo orden, tan viejo como los estamentos medievales.

Palabras valientes como "público", "trabajadores", "funcionarios", se ven afrentadas por otras intrusas como "externalización", "optimización de recursos", "gestión del capital humano", etc. 

Yo acabo de pasar un tiempo en un hospital público (Hospital General de Jerez), y he compartido mi tiempo, mi dolor y mi miedo con trabajadores públicos, funcionarios profesionales, responsables y humanos. Trabajadores amenazados, como todos, por esos demonios semánticos vestidos de externalización, optimización de recursos, gestión del capital humano... 

Cuando uno entra en un hospital, para pasar por un quirófano, para ser intervenido en una operación de cierta envergadura, uno, no es sólo que pueda tener miedo, que lo tiene, es, sobre todo, que descubre que puede sentirse desvalido, indefenso, vulnerable. Y es entonces cuando uno mira a los habitantes de ese lugar a los ojos, como inquiriendo la posibilidad de una relación humana, como pidiendo una caricia mental, como diciendo sí, estoy aquí, y creo que dependo de vosotros, de vuestros gestos, de vuestra mirada, de vuestra voz, de vuestro cansancio, de vuestro injusto sueldo, de vuestros problemas personales,  de vuestra sonrisa... de vuestro buen hacer, de vuestra profesionalidad...

Y si ellos te devuelven la mirada, como me ocurrió a mí, envuelta en su natural manto hospitalario, comprendes en un segundo la cósmica distancia que existe entre el maldito discurso de los gobernantes y la realidad humana que vive en el suelo, en la verdad, en el día a día que sólo los trabajadores, los funcionarios, los interinos, podemos construir. Se trata, simplemente, de la verdad. Ahí, en esa arena de lo cotidiano, el infame lenguaje del poder político no tiene cabida, es imposible Sólo las personas, los ciudadanos, tienen sentido.

Y si uno recuerda los rostros de plástico de, por ejemplo, Ana Mato y Dolores de Cospedal (dos valedoras, obedientes, de la privatización de la Sanidad Pública, de su ofrenda interesada a los pícaros negociantes de las puertas giratorias... ahora político, ahora empresario) y los compara con las caras reales de las auxiliares, celadores, enfermeras, médicos que le atendieron, aquellos se muestran como replicantes extraterrestres sin alma, mientras que estos, los trabajadores, se ofrecen como miembros ciertos de una familia ciudadana y trabajadora que, además, se considera humana.

Cuando uno entra en un hospital y al llegar a la habitación indicada, alguien le entrega una especie de camisón, abierto por la parte de atrás, cree, en principio, que va a perder su dignidad, que se va a sentir desnudo, no solo literalmente. Y así es, en principio. Lo que ocurra realmente va a depender de uno, y de los ojos y de los movimientos, y de los gestos, y de la voz, de esos trabajadores humanos, sordos a la estupidez, abiertos a la generosidad profesional, al trabajo bien hecho, a la mirada limpia que hace que podamos reconocernos.

Y es entonces cuando uno se acuerda, sí, otra vez, de Antonio Machado, de su concepto de patriotismo, de esa idea del poeta según la cual el verdadero patriota es el que cumple bien con su trabajo... "No sois patriotas pensando que algún día sabréis morir para defender esos pelados cascotes (imposible no acordarse de Aznar y de aquella patética reconquista de El Perejil); lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero", Nuestro patriotismo... Si a esta idea de Machado, sumamos el pensamiento de Vicenç Navarro, cuando afirma que los verdaderos patriotas son los que están en las calles ("Hoy, en España, los movimientos de protesta social... en defensa de los derechos... y de la soberanía de España son los auténticamente patriotas", ¿Quiénes son los patriotas?), protestando, exigiendo el regreso de los derechos de las clases populares... el resultado no puede ser otro que el de una gigantesca Marea Blanca compuesta por esos profesionales de la Sanidad Pública, orgullosos de su trabajo, defensores de lo nuestro, dueños de la calle y portadores de la dignidad colectiva.

Recuerdo a aquella mujer, mayor, auxiliar de clínica, que me hizo reír justo cuando me mareé en mi primera incorporación después de la operación. También me acuerdo de aquella enfermera que ya entrada la noche me despertó, como lo hubiera hecho mi madre, para darme el último calmante, pidiéndome perdón por haberme dejado el último, repitiendo "pero qué bueno eres, ahí, calladito, sin protestar"... la buena era ella. Y ese celador curtido, serio, amable, que me enseñó a bajar y a subir las piernas de la cama como si fuera su hijo, y que también resucitó mi sonrisa cuando se burlaba de mí, mientras ayudaba a mi aseo personal... "este tío, se cree que está en un spa".

Me da rabia no recordar los nombres de todos los trabajadores de esa 2ª planta, de traumatología, del Hospital de Jerez.

También recuerdo al doctor que llevaba mi caso. Regalaba su decir tranquilo cargado de aromas antiguos, despacio, con calma, asegurándose de que comprendíamos sus frases. Y, cuando acababa, siempre repetía "¿Dudas?".  Sí, ya sé que esto debe ser lo normal, pero eso no va a evitar que yo lo valore en su justa medida. Además, ¿dónde habita hoy lo normal? Pareciera como si sólo a los trabajadores de a pie se les puede exigir el buen hacer en su trabajo. Al parecer, otros sectores, como políticos y empresarios, se hallan fueran del alcance de cualquier amago de evaluación.

Todos esos trabajadores, junto con tantos otros, conforman la verdadera intrahistoria de la que hablaba Unamuno, ellos, "los de la vida silenciosa, sin historia que a todas horas del día... se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como las madréporas subocéanicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la historia... sobre esa inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la Historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso..." (En torno al casticismo, 1905).

Y es cierto, hoy, lo que Unamuno decía hace casi 120 años, los periódicos no dicen nada de esas personas, de esos trabajadores que, a pesar de todo, cumplen socialmente con su trabajo, y consiguen que todo esto no se vaya al carajo. Ellos demuestran que el lenguaje y la sociedad están fracturados, partidos en dos. Por un lado, el discurso de los titulares de periódico, el idioma envenenado con falsos macrodatos que deliran hablando de la salida de la crisis, de la entrada de dinero en España, de la agencia Moody´s, ¿de qué? Por otro lado, la verdad de la calle, el hambre, la miseria, el exilio de tantos jóvenes, los suicidios, el paro que todo lo cubre... la vergüenza, la depresión infinita de una sociedad alienada hasta las trancas. 

Nadie habla de ellos, no. Yo sí quería hacerlo. Y sé que alguno está pensando que lo hago, simplemente, porque a mí me ha ido bien, y que otros usuarios de los hospitales públicos podrían escribir su relato de un modo absolutamente distinto. Por supuesto que sí.

Pero esa no es la cuestión. 

La cuestión es interiorizar de una puñetera vez que lo público es nuestro, y no podemos permitir que nos lo roben.

La cuestión es que bastantes insultos y calumnias estamos recibiendo los trabajadores públicos, desde esas bastardas esferas de poder, como para ahorrarnos la constatación del trabajo bien hecho, como para permitirnos el lujo del silencio. Debemos responder a aquellos que nos denigran un día sí, y otro también. 

La cuestión es que desde arriba, Ellos no cesan en su empeño de crear el caos en todo lo público (Sanidad, Educación...), para poder afirmar que no funciona, y después, siguiendo su siniestra coherencia, privatizar los servicios que son de todos, entregar nuestra riqueza a empresarios sin escrúpulos que solo hablan el envenenado idioma de la gestión de ganancias y de repagos infernales. Un idioma apostado en el concepto de pecado, en la regresión... hemos sido malos, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, tenemos expiar nuestras culpas... mientras vacían nuestras carteras y nos despojan de todo.

Quieren entrar en nuestra casa y obligarnos a pagar nuestro botiquín, ese que ya habíamos pagado con el esfuerzo de todos.

La cuestión no es afirmar que los trabajadores públicos somos extraordinarios.

La cuestión es tener claro que si acaban con los servicios públicos, lo que viene después será indudablemente peor, y habrá que pagarlo.

Por último, una pregunta indiscreta, ¿cómo podemos estar en la calle defendiendo la Sanidad Pública y, simultáneamente, como trabajadores públicos, acogernos a ¿nuestro derecho? de estar adscritos a una compañía privada de salud a través de MUFACE? 

Aplaudimos, eufóricos, la heroicidad de la Marea Blanca en Madrid, y luego, cuando nos encontramos malitos, cogemos el teléfono y llamamos a DKV, o ASISA

Yo no lo entiendo.

Siempre entenderé, sin embargo, a todos los trabajadores públicos que cuidan de todos nosotros.

Gracias.

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Como siempre es un placer leerte compañero y en esta ocasion ademas me has emocinado, has hecho que mis ojos se humedezcan. Gracias Quique. y aunque nos cueste venceremos... aunque nos cueste, aunque tardemos. 
Un fuerte abrazo... y espero me disculpes por no haberte llamado aún, y que tu recuperacion sea pronta.
 
 

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