viernes, 14 de marzo de 2014

EL POLVORÍN DE UCRANIA (I) (Una visión distinta), por Santi Ortiz

"En Ucrania... se ha perpetrado un golpe de Estado en toda regla financiado y dirigido por EE.UU. con la complacencia y complicidad de la Unión Europea y la OTAN. Nada, pues, de espontánea “revolución democrática y popular”...


un gobierno (el nuevo) formado por numerosos neonazis, como Dimitri Yarosh... Un gobierno que lo primero que ha hecho es prohibir el uso de la lengua rusa, proponer la ilegalización del Partido Comunista ucraniano, perseguir y amenazar con expulsar a todos los judíos del país, y manifestar su hostilidad hacia la población rusoucraniana..."

Manifestación de las antorchas, con grupos neonazis, Ucrania, enero 2014

EL POLVORÍN DE UCRANIA (I)
(Una visión distinta)

     Abra cualquier diario de tirada nacional, sintonice la cadena que quiera de radio o televisión  y se topará con la candente actualidad de los sucesos de Ucrania. Desde todos estos medios, se nos dirá que en Ucrania ha triunfado una revolución popular, capaz de destituir al tirano que oprimía al pueblo, un asesino sin escrúpulos que no ha dudado en mandar masacrar a los manifestantes para reprimir sus reivindicaciones pro europeas y que, pese a ello, se ha visto obligado a huir del país y refugiarse en casa de sus amigos rusos, quienes no han tardado en reaccionar, violando el derecho internacional al ingerirse en los asuntos internos de un Estado soberano, con el envío de tropas a la península de Crimea, lo que supone una invasión militar parcial del territorio ucraniano. Sin embargo, formulémonos la pregunta: ¿Son así las cosas o todo obedece a una manipulación informativa sibilinamente orquestada?

     Seamos claros: En Ucrania –entérese bien–, se ha perpetrado un golpe de Estado en toda regla financiado y dirigido por EE.UU. con la complacencia y complicidad de la Unión Europea y la OTAN. Nada, pues, de espontánea “revolución democrática y popular”, por mucho que Falsimedia sostenga que el origen del conflicto se centra en el deseo de los ucranianos de pertenecer a la UE y a que su Gobierno tirano se propuso impedirlo a balazos. Dicho esto, metámonos de lleno en la cuestión.

     Que el mundo lo vemos a través de los medios de comunicación, no se le escapa a nadie. Presumimos de estar informados de todo lo que pasa en el planeta gracias a una tecnología que nos traslada la noticia, sea cual sea el lugar donde ésta se produzca, casi de forma inmediata. No obstante, es necesario preguntarse cuál es la veracidad de aquello que nos llega, no sólo porque los medios de comunicación –como empresas privadas o públicas que son– obedecen siempre a intereses muy concretos, sino porque los gobiernos son conscientes del tremendo poder de persuasión que poseen y no dudan en utilizarlos como armas en beneficio de sus intereses.

     Estados Unidos, el imperio más fascista, mafioso y tiránico de la Historia, invierte anualmente millones de dólares en infiltrarse y controlar periodistas y medios. En palabras del ex director de la CIA, Willian Colby: “La CIA controla a todos los que son importantes en los principales medios de comunicación.” Y si alguien se escandaliza de esta afirmación, sírvase la declaración del periodista neoyorquino John Swinton, tras negarse a brindar por la libertad de prensa en una cena de gala del gremio periodístico. Corría el 25 de septiembre de 1980: “En Estados Unidos, actualmente, no existe prensa libre e independiente. Ustedes lo saben tan bien como yo. Ni uno solo de entre ustedes se atreve a escribir sus opiniones honradas, y saben muy bien que si lo hicieran no se publicarían. Me pagan un sueldo para que no publique mis opiniones, y todos sabemos que si osáramos hacerlo nos encontraríamos en la calle de inmediato. La labor del periodista es la destrucción de la verdad, la mentira flagrante, la perversión de los hechos y la manipulación de la opinión al servicio de las potencias económicas”. 

     Esto no es retórica. Esto es una práctica habitual que se plasma y concreta en el contenido y tratamiento de las noticias que nos llegan. La Casa Blanca sabe que el poder de la fuerza es más efectivo cuando previamente se ha ejercido en las mentes; sabe, por experiencia propia, que para ganar guerras injustas hay primero que inculcar en las masas una ideología que haga pasar al lobo por cordero y a la víctima por culpable. Para ello, libran a diario una importantísima guerra de imágenes en nuestros televisores, esparcen discursos contaminados en los artículos de opinión a fin de adoctrinarnos y hacernos comulgar con la bondad de sus inconfesables propósitos, y ocultan u “olvidan” todos aquellos hechos que contradigan o dificulten el guion previamente trazado. Lo que simultáneamente está ocurriendo en Siria, Ucrania y Venezuela es la prueba más actual de esta “terapia” que hace pasar por “revoluciones” lo que no son sino cruentos intentos de golpes de Estado.

     Cuando Obama pide a Rusia que “deje de hostigar” a Ucrania está mintiendo lisa y llanamente de cara a la galería. Él sabe perfectamente que las operaciones de desestabilización llevadas a cabo en Ucrania –como las de Siria y Venezuela, y antes Libia y Egipto– siguen un plan perfectamente establecido, encaminado en el caso ucraniano a continuar el acoso y cerco de Rusia, y dirigido por los servicios de inteligencia norteamericanos, que aplican la estrategia de “dirección desde la retaguardia” para no verse directamente implicados en el conflicto.

     Sin embargo, y pese al silencio informativo de los principales medios de comunicación, se sabe que EE.UU. invirtió 5.000 millones de dólares en la preparación del golpe que ha derribado al gobierno democráticamente elegido en Ucrania. Esto no lo digo yo, sino la secretaria de Estado adjunta, Victoria Nuland, que así lo manifestó tanto en un discurso de diciembre pasado, como en aquella grabación filtrada de su conversación con el embajador de Estados Unidos en Kiev, que tanta polvareda desató por mandar en ella literalmente “a tomar por culo” a la Unión Europea.

     Como comprenderán, la palabra “golpe” estaba proscrita de tales manifestaciones. El dinero era para suministrar bajo cuerda el “apoyo externo” estadounidense a fin de favorecer las “transformaciones democráticas” en Ucrania. La cínica cantinela ya suena antigua, cómo si a los yanquis les importara que hubiese o no democracia en el mundo. Ahí han dejado memoria, por poner algunos ejemplos, la “democracia amiga” de Pinochet, en Chile; la de Batista, en Cuba; la de Noriega, en Panamá; la de Somoza, en Nicaragua, o, ahora, la que ellos bendicen en Arabia Saudí, o la que le permite tener en Polonia cárceles secretas para que los chicos de la CIA puedan torturar impunemente sin violar –¡qué gentuza!– las leyes de EE.UU., o la que le hace subvencionar y preparar militarmente facciones de Al Qaeda en Siria, en su intento de derrocar al régimen de Bashar al Asad buscando aislar a Irán, o, como ocurre en Ucrania, la que ha permitido que grupos neonazis hayan tomado el poder en el autoproclamado gobierno ucraniano tras la defenestración del gabinete de Víctor Yanukovich, quien, por cierto –y no es para echarlo a olvido–, con todos los cargos que puedan imputársele, fue elegido democráticamente en las urnas.

     Cuando se observan las secuencias de los disturbios de la plaza de Maidan, en Kiev, salta a la vista una evidencia sumamente inquietante: el libreto es extremadamente parecido al de las “primaveras” libia y siria, y el que se está viviendo ahora en Caracas; esto es: protestas pacíficas que, de pronto, adquieren una virulencia extrema, convirtiéndose en levantamientos armados que causan el caos y el terror, brindando unas imágenes de violencia y anarquía que conduce nuestra imaginación al umbral de una guerra civil. La respuesta de los gobiernos, calificados previamente todos ellos de “dictatoriales”, degenera en “cruel” represión –no más dura que otras que hemos vivido recientemente en Valencia, Madrid o Barcelona a cargo de los agentes antidisturbios contra la pacífica indignación ciudadana, y, por supuesto, menos represiva que la que suele ejercer la policía yanqui contra sus manifestantes–, hasta que aparecen los disparos de francotiradores y los muertos, que Falsimedia se encarga rápidamente de achacar a los gobiernos a derrocar, como muestra de lo criminales que son y el poco respeto que muestran por los intereses de la ciudadanía. Es el discurso de la intoxicación estadounidense: acusar a los gobiernos de matar a sus ciudadanos, tachar de “democráticos” a los opositores, adoptar sanciones contra los “asesinos” y rematar la faena con un golpe de Estado en toda regla.

     Abundando en el anterior paralelismo, los métodos de los fascistas ucranianos se parecen cada vez más al de los yihadistas “rebeldes” que operan en Siria y a los amotinados antichavistas que actúan en Venezuela. En cada una de las tres revueltas, francotiradores bien ubicados disparan al azar sobre la multitud, sean rebeldes o policías, buscando sembrar el caos y propiciar el cruce de acusaciones que ya la prensa se encarga de manejar en interés de sus amos.

     Es estremecedoramente revelador que, al practicarle la autopsia a dos de los muertos de los desórdenes de Caracas, uno de un bando y otro del otro, el departamento de balística confirmara que ambos habían sido asesinados con la misma arma. Y por si les parece cosa de ficción, ahí tenemos la filtración de una conversación entre el ministro de asuntos exteriores de Estonia, Umas Paet, y la jefa de la diplomacia europea Catherine Ashton, en la que aquél le asegura, en contra de lo divulgado por Falsimedia, que detrás de los francotiradores de Kiev no estaba el depuesto presidente Yanukovish, sino gente al servicio de la oposición proeuropea y que, al igual que ocurriera en Venezuela, habían sido los mismos los que habían disparado indiscriminadamente sobre la policía y los manifestantes.  

     De todo esto nada dice la prensa o la televisión occidental; como tampoco sus lectores o televidentes pasan de tragarse lo que oyen o ven sin ejercitar en algún momento su capacidad de reflexión; por ejemplo: preguntándose si es creíble que unos “revolucionarios” de ONGs se jueguen el pellejo para entrar en una alianza económica en vez de en otra; si una Unión Europea casi arruinada, infestada por millones de parados, desahuciados y clases medias arrojadas a la pobreza, les parece a los ucranianos un ambiente tan paradisiaco para dar la vida y por el que revolverse contra su Gobierno por el hecho de cerrarles las puertas de entrada de tan “prometedor edén”.

     También habría que extrañarse de la diligencia y la unanimidad con que los gobiernos y la prensa yanqui y europea se han apresurado a reconocer y legitimar el autoproclamado Gobierno salido del golpe; un gobierno formado por numerosos neonazis, como son Andrei Parubiy, Secretario del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, y uno de los fundadores del partido Nacionalsocialista de Ucrania; Dimitri Yarosh, Secretario adjunto del citado Consejo y líder de Stepan Bandera Treezoob, partido neonazi; Alexander Sych, Primer ministro adjunto, miembro del partido ultraderechista “Svoboda”; Igor Tenyuk, Ministro de Defensa, ligado al partido anterior, aunque no está demostrada su pertenencia al mismo –su nombramiento como ministro de Defensa del nuevo gobierno fue lo que determinó a la Marina de Guerra ucraniana a no reconocer la autoridad de Kiev e izar la bandera rusa–; Serguei Kvit, Ministro de Educación; Andrei Mojnyk, ministro de Ecología y Recursos Naturales; Igor Chvaika, Ministro de Política Agrícola y Alimentación, como los dos anteriores también miembro de “Svoboda”;  Dimitri Bulatov, Ministro de Juventud y Deportes, miembro de Autodefensa Ucraniana; Oleg Maknitsky, Fiscal General de Ucrania y miembro de “Svoboda”; Tatiana Chornovol, Presidenta de la Comisión Nacional Anticorrupción y Miembro de Autodefensa Ucraniana. Un gobierno que lo primero que ha hecho es prohibir el uso de la lengua rusa, proponer la ilegalización del Partido Comunista ucraniano, perseguir y amenazar con expulsar a todos los judíos del país, y manifestar su hostilidad hacia la población rusoucraniana, destruyendo el monumento a los soldados soviéticos que echaron de Ucrania a las divisiones de Hitler y el del mariscal ruso Kutuzov, vencedor de los ejércitos de Napoleón, a los que persiguió hasta París; un gobierno manejado por gente, cuya radicalidad y fanatismo ha dado como resultado que, en la última semana de febrero, atravesaran la frontera rusa para pedir asilo huyendo de estos fascistas más de 143.000 ucranianos; un gobierno que se ha apresurado en sacar de la cárcel a la millonaria y ex primera ministra Yulia Timoshenko –condenada a siete años de prisión por malversación de fondos públicos–, muy “amiga” de EE.UU. y declaradamente pro OTAN, para que juegue su papel de candidata, de cara a las próximas elecciones de mayo, aunque –como el actual presidente interino Turchínov lo es de ella– no pase de ser mera comparsa en manos de los verdaderos gestores de la nueva situación: los neonazis y ultranacionalistas que han perpetrado el golpe con el apoyo y beneplácito de EE.UU. y la UE., y cuyos grupos paramilitares han venido imponiendo su “orden” de pogromos y agresiones incontroladas, como el asalto llevado a cabo en la sede del Partido Comunista en Kiev.

     No es, por tanto, como afirma sin ningún pudor Falsimedia, la sublevación de unos miles de opositores democráticos buscando cumplir con sus ansias de libertad. En los disturbios de Maidan, han intervenido unos cuantos proeuropeos sinceros rodeados por un montón de fascistas y nazis, los mismos que se han hecho con las riendas del nuevo Gobierno para imponer sus doctrinas inspiradas en el Tercer Reich. Nada tiene de extraño que, ante esta situación, la península de Crimea –muy unida a Rusia tanto por lazos étnicos, como culturales– haya tratado de defenderse pidiendo la intervención de Moscú y desmarcándose totalmente del gobierno filonazi de Kiev al punto de pedir unilateralmente su anexión a la Federación Rusa.
     Sin embargo, quedan preguntas flotando en el aire.  ¿Qué interés puede tener EE.UU. en una nación como Ucrania para subvencionar y dirigir desde la sombra un golpe de Estado? ¿Y la Unión Europea? ¿Por qué la Duma rusa aprobó mandar un contingente de tropas a Ucrania? Todo esto, amable lector, da materia para un próximo artículo donde tales cuestiones serán debidamente esclarecidas.
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