Para
creer realmente que un feto es un ser humano y que abortar es un
asesinato, hay que ser un perfecto imbécil; para afirmarlo sin creerlo,
con objeto de mantener un determinado tipo de control social o de poder
temporal (o para captar los votos de millones de descerebrados), hay que
ser un canalla. Conclusión: los cristianos fundamentalistas -entre los
que ocupan un lugar destacado los católicos ortodoxos- son canallas
redomados o dementes peligrosos.
Los
dirigentes políticos o eclesiásticos que intentan impedir que las
mujeres aborten aunque hayan sido violadas o aunque el feto sufra
malformaciones evidentes, son, pura y simplemente, criminales. La clase
de criminales que durante varios siglos -desde Isabel la Católica hasta
Franco- ejercieron un poder despótico en eso que algunos llaman España y
en sus desventuradas colonias, cuando las hubo. La clase de criminales
que desarrollaron la más repulsiva y persistente de todas las formas de
fascismo: lo que acertadamente se ha dado en llamar nacionalcatolicismo.
A
quienes, en países como Italia o España, hemos recibido una educación
católica y hemos llegado a confundir la moral cristiano-burguesa con la
normalidad, nos cuesta darnos cuenta de lo siniestra, aberrante y
despiadada que puede llegar a ser esa corrupción del cristianismo que es
el catolicismo en sentido estricto (afortunadamente, muchos de los que
se dicen católicos, incluidos algunos curas, en realidad son herejes,
como he señalado en las anteriores entregas de esta serie). Somos muy
sensibles a los excesos del fundamentalismo islámico, sobre todo a sus
manifestaciones más machistas, y nos rasgamos las vestiduras ante
atrocidades como el matrimonio forzoso o el burka. ¿Por qué no
reaccionamos del mismo modo ante los hábitos de las monjas o la
maternidad forzosa? Algunas sí lo hacen, afortunadamente. Cuando las
feministas gritan en sus ejemplares manifestaciones “Vamos a quemar la
Conferencia Episcopal” o escriben en sus pancartas “La Iglesia Católica
es una organización criminal”, nos recuerdan que toda la violencia
revolucionaria que fue o pudo ser lícita contra el nacionalcatolicismo
franquista, sigue siéndolo contra sus herederos (y nos demuestran, una
vez más, que el feminismo es la gran fuerza emancipadora del siglo XX y
lo que va del XXI, mal que les pese a tantos machitos recalcitrantes,
incluidos algunos marxistas de neandertal).
Impedir
que una mujer interrumpa un embarazo no deseado es peor, si cabe, que
violarla. Y hemos de acabar de una vez por todas con los violadores,
tanto los de sotana y mitra como los de corbata y cartera ministerial.
Por las buenas o por las malas.
(Tercera entrega del trabajo titulado Fundamentalismo cristiano. Continuará)
Comentarios
Publicar un comentario