20.Sep.12 :: Biblioteca La Rosa Blindada.
Pocos
contribuyeron a la derrota del nazismo como el militante comunista
Trepper, espía en el sentido más idealista del término. El mismo
escribió su historia que fue (también) una acusación contra el
estalinismo. Libro complementario del célebre “La orquesta roja” de
Gilles Perrault (que cuenta esta misma historia pero en formato
novelado)
Enlace Emule: Trepper, Leopold - El gran juego [1975].pdf [3.41 Mb]
Leer en scribd
Esta
es sólo una nota mas del “curriculum” de Trepper, un hombre discreto
que murió como había vivido, luchando por el ideal socialista. Nacido en
1904 en una familia judía de Novy Tard, pueblo de la región de
Galitzia, antes polaca y ahora mayoritariamente soviética, se adhirió,
aún adolescente, al movimiento de las juventudes sionistas Hachomer
Hatzair, y con tan sólo veinte años emigró a Palestina, entonces bajo el
mandato británico, donde contribuyó a fundar el grupo comunista Unidad
que preconizaba la unidad de acción de judíos y árabes, “principio
básico de la paz en Oriente Próximo”, según sus propias palabras.
9. EL ASESINATO DEL EJÉRCITO ROJO
También
quisiera consignar aquí mi testimonio acerca de la eliminación de
Tujachevski y sus camaradas. Fue el 11 de julio de 1937 cuando los
periódicos moscovitas anunciaron el arresto del mariscal Tujachevski y
de otros siete generales. A los jefes del ejército rojo, héroes de ia
guerra civil y antiguos comunistas, se les acusaba de estar preparando a
sabiendas la derrota militar de su país, allanando así el camino para
el retorno del capitalismo a la Unión Soviética. Al día siguiente, el
mundo entero se enteraba de que Tujachevski y los generales Yákir,
Ubórcvich, Prilnákov, Eidemann, Feldniaiin, Kork y Putna habían sido
condenados a muerte y ejecutados. Un noveno oficial superior, el general
Gainárnik, jefe de la división política del ejército, se había
suicidado. El ejército rojo quedaba decapitado.
Leer en scribd
El testimonio irrenunciable de Leopold Trepper
Pepe Gutiérrez-Álvarez
La
vida y “milagros” de Lejb Domb, más conocido por su “nombre de
batalla”, Leopold Trepper, es ciertamente legendaria. Como tal, ha dado
lugar a dos libros extraordinarios, el primero fue su propia
autobiografía, “El gran juego” (Ariel, Barcelona, tr. Juan de Benavent,
IBSN: 84.344.4230 2; 512, pgs), el otro sería el de Gilles Perrault, “La
Orquesta Roja” (que fue editado por Laia, Barcelona, 1974, con
traducción y prólogo de Javier Alfada, 582 pgs), que es el que tengo en
la mano, si bien existe una edición más reciente (Txalaparta, Tafalla,
2001).
En el de Gilles Perrault (Laia), se informa en la portada:
“Las actividades de la red de espionaje soviética La Orquesta Roja
costaron a la Alemania nazi -según el testimonio del jefe del Abwehr,
almirante Canaris- la vida de 200.000 soldados…”.
Expulsado
por los británicos de Palestina en 1929, pasa tres años en Francia,
donde milita en un grupo de comunistas extranjeros, antes de viajar a
Moscú bajo el pretexto de estudiar en una universidad especializada,
pero, en realidad, para entrevistarse con el jefe de los servicios de
información del ejército soviético.
En los años que preceden a la
segunda guerra mundial, funda en Bruselas la temible Orquesta Roja,
cuyos músicos enviarán a Moscú, a partir de la entrada en guerra de la
Unión Soviética en 1941, más de 2.000 despachos de gran importancia
redactados por “290 agentes que no eran espías profesionales, sino
furibundos antinazis de diversas nacionalidades”.
Fue de esta red
de donde partió la información que anunciaba a José Stalin la fecha
exacta de la entrada en guerra de Alemania contra la URSS: en la
madrugada del domingo 22 de junio. Pero Stalin no lo creyó. Pero los
hechos tienen la cabeza dura: el 2 de junio de 1941, los nazis invaden
las repúblicas occidentales de la URSS… todo parece en orden para el
alto mando de la Wehrmacht. Sin embargo, en los cuarteles de la Abwehr
(inteligencia militar alemana) tienen razones para estar preocupados: el
tranquilo éter se ve repentinamente ocupado por decenas de emisoras,
radiando desde todas las ciudades de los países ocupados y desde el
interior del Reich. Se trata de la OS1 (Organización Especial nº 1,
servicios de inteligencia exterior de la URSS), también conocida como
Orquesta Roja.
En 1945, al final de la segunda guerra mundial, es
repatriado, como todos los demás espías soviéticos que trabajaron en
Europa occidental, y recibido en Moscú con todos los honores por
importantes personalidades que, nada más felicitarle, le envían a la
cárcel de Lubianka y a otros lugares de detención, donde permanecerá
diez años hasta ser declarado inocente y puesto en libertad. Trepper
volvió entonces a su país de origen, Polonia, en cuya capital residirá
veinte años y asumirá la presidencia de la Asociación Cultural Judía.
Pero en octubre de 1973, cuando las autoridades polacas le retiran su
pasaporte, amenaza con suicidarse si no es autorizado a abandonar el
país, lo que conseguirá tres años después, en 1976.
Con todos
aquellos que le abordaban en la calle, Trepper se creía en el deber de
hablar de política para advertirles que “la tercera guerra mundial ha
empezado ya”. El intrépido espía soviético no opinaba, según su viuda,
“nada positivo” de la actual política del Kremlin, y “se había
solidarizado con el movimiento progresista en Polonia, por lo que la
reciente toma del poder por el Ejército le decepcionó”. A Leopold
Trepper le hubiese gustado escribir un último libro, Mi testamento
político, pero la enfermedad que contrajo en las celdas estalinistas le
impidió realizar su deseo. Un repaso de su obra, “La Orquesta Roja”, nos
lleva en primera persona a la historia de esta red de espionaje,
liderada por Leopold Trepper, y su lucha contra la Gestapo y la Abwehr,
una organización de cientos de agentes infiltrados hasta los más altos
escalafones del Reich, responsable de miles de informes, desde los
números de bajas nazis hasta los datos de la producción militar, claves
para la victoria del Ejercito Rojo. El relato está lleno de alegrías,
pero también de traiciones, pasando por las extrañas relaciones que se
establecen entre sus protagonistas y los sabuesos que los persiguen. Una
lectura más que recomendable para descubrir uno de los episodios menos
conocidos de la Segunda Guerra Mundial.
Dos detalles…
1. Hay
una película sobre “La Orquesta Roja” que se puede bajar por la mula.
Fue dirigida con más voluntad que pericia por Jacques Rouffio, e
interpretada con eficiencia por Barbara De Rossi, Claude Brasseur,
Daniel Olbrychski, Dominique Labourier, Étienne Chicot, Roger Hanin. El
guión fue escrito por Gilles Perrault, y a lo largo de más de dos horas
se reconstruye con muy pocos medios la historia de la organización de
espionaje soviética que tuvo en jaque a los nazis hasta el final de la
Segunda Guerra Mundial. Está planteada con voluntad eminentemente
documental, en una operación de distanciamiento que consigue unos
resultados apreciables pero algo grises. Inédito en nuestras pantallas,
fue emitido por la TV2 a medianoche.
2. Trepper destinó el total
de los beneficios logrados por sus memorias a financiar la conversión
del semanario Rouge de la LCR francesa en cotidiano, formato en que se
editó durante un cierto tiempo. Siempre que tuvo ocasión declaró que los
“trotskistas” habían salvado el “honor del comunismo”.
Y para animar a su lectura, añadimos como anexo el capítulo 9 de “El gran juego”.
9. EL ASESINATO DEL EJÉRCITO ROJO
En realidad, desde
hacía varios años un profundo desacuerdo enfrentaba a Tujachevski y su
estado mayor, por un lado, y a la dirección del partido, por el otro.
Contra la teoría oficial de Stalin, según la cual una nueva guerra, si
llegaba a estallar, no se libraría en el territorio de la Unión
Soviética, Tujachevski, que vigilaba con inquietud los preparativos
militares del III Reich, afirmaba que era inevitable un conflicto
mundial y que era preciso prepararse para el mismo. En 1936, durante una
sesión del Soviet Supremo, el mariscal había expuesto su convicción de
que la nueva guerra probablemente se dirimiría en el territorio de la
URSS.
La historia se encargará de demostrar que Tujachevski sólo
anduvo equivocado en tener razón demasiado pronto… Cuando fue acusado,
ya todas las oposiciones habían sido eliminadas y Stalin tenía el país
entero bajo su puño de hierro. El ejército Rojo constituía el último
baluarte que se le resistía, el único que rehuía su autoridad. Para la
dirección estalinista, la liquidación de los altos mandos del ejército
se presentaba como un objetivo de urgente realización. Pero como los
generales en cuestión eran antiguos bolcheviques, que se habían
destacado durante la revolución de octubre, y como una acusación del
tipo “trotskista” o “zinovievista” contra un Tujachevski no hubiera
surtido el menor efecto, era preciso actuar con extremado rigor y
contundencia. Stalin se sirvió de la complicidad de Hitler para doblegar
al ejército del pueblo ruso.
Fue Goering, miembro de la Gestapo y
jefe del Sonderkomando que durante la segunda guerra mundial tuvo a su
cargo la lucha contra la Orquesta Roja, quien me explicó en 1943 todos
los detalles, tanto del asunto Piatnitski como de la operación montada
contra Tujachevski…
En 1936, Heydrich jefe de los servicios
alemanes de información, recibe en Berlín la visita de un ex-oficial del
ejército zarista, el general Skoblifl. Este general sin ejército se
consuela de su inactividad jugando a ser agente doble en gran escala:
durante muchos años ha trabajado para el servicio soviético de
información en los círculos de rusos blancos de París, aunque ha
flirteado al mismo tiempo con los servicios alemanes. En suma, se trata
de un personaje perfectamente equívoco. La noticia que comunica a
Heydrich es de gran trascendencia: de fuente muy segura sabe que el
mariscal Tujachevski está tramando una sublevación militar contra
Stalin. Heydrich transmite la noticia al alto estado mayor nazi, que al
punto se interroga sobre la conducta que ha de observar. Sólo caben dos
opciones: o dejar que el jefe del Ejército Rojo siga con sus
preparativos o advertir a Stalin proporcionándole además las pruebas de
la colusión del mariscal ruso con la Wehrmacht.
Los nazis se
deciden por esta segunda solución. Preparan un informe en el que,
apoyándose en pruebas trucadas, se revela que Tujachevski está
organizando un golpe armado con la colaboración de los jefes militares
alemanes. Poner a punto estos documentos reveladores no ha requerido
siquiera tres días de trabajo. No es difícil probar que Tujachevski ha
mantenido contactos con el estado mayor de la Wehrmacht puesto que,
antes del acceso de los nazis al poder se celebraban unos encuentros
regulares entre ambos ejércitos y el gobierno soviético incluso había
creado unas escuelas militares para la formación de la oficialidad
alemana. En cuanto el círculo íntimo de Hitler ha reunido las “pruebas”
es un juego de espía hacerlas llegar a los dirigentes de la URSS. Si
hemos de dar crédito a las memorias de Schellenberg, que a la sazón era
jefe del contraespionaje alemán, la casa en la que se hallaban los
documentos fue incendiada y un agente checo, debidamente advertido,
recogió los papeles de entre las cenizas. Según otra versión, los
alemanes vendieron aquellos documentos a los rusos a través de los
checos. La diversidad de versiones no altera el hecho de que la
operación contra Tujachevski y sus colaboradores se llevó a término,
tanto por lo que respecta a Stalin como por lo que se refiere a Hitler,
en el cuadro de los objetivos de cada uno de ellos.
¡Qué más da! A
finales de mayo de 1937, el informe Tujachevski se halla ya en el
despacho de Stalin. El bigotudo georgiano puede sentirse satisfecho: los
alemanes han respondido a su petición proporcionándole el material
necesario para eliminar al hombre a quien ha jurado destruir. En efecto,
Skoblin —me limito a transcribir fielmente el relato de Goering— no
había visitado a Heydrich por su propia iniciativa. Stalin y Hitler se
habían repartido el trabajo: el primero concibió la idea de la
maquinación, pero la ejecución de tal idea corrió a cargo del segundo.
Stalin quería destruir la última fuerza organizada que se oponía a su
política y Hitler aprovechó aquella ocasión inesperada para decapitar al
ejército rojo. El asunto Piatnitski había hecho comprender al führer
que la depuración no quedaría circunscrita a algunos oficiales
superiores. Hitler estaba convencido de que la oleada represiva
sacudiría al ejército rojo en su totalidad y que luego serían precisos
varios años para reconstruir los mandos desaparecidos. Así tendría las
manos libres en el Este mientras ganaba la guerra en el Oeste. Desde
1937, pues, se dibujaba ya el acercamiento que más adelante confirmaría
la firma del pacto germano-soviético.
En el mes de agosto de 1937,
dos meses después de la ejecución del mariscal Tujachevski, Stalin
reunió en una conferencia a los dirigentes políticos del ejército rojo
para preparar la depuración de los “enemigos del pueblo” que pudieran
existir en los medios militares. Aquélla fue la señal para iniciar la
matanza. El color rojo del ejército se debió a la sangre de sus
soldados: trece de los diecinueve comandantes de cuerpo de ejército,
ciento diez de los ciento treinta y cinco comandantes de división y de
brigada, la mitad de los comandantes de regimiento y la mayor parte de
los comisarios políticos fueron ejecutados. El Ejército Rojo, así
desangrado, quedó fuera de combate por algunos años.
Los alemanes
explotaron a fundo aquella situación ordenando a sus servicios de
información que hicieran llegar a París y a Londres unos informes
alarmantes —lo eran efectivamente— sobre el estado del ejército rojo
después de la depuración. No creo desacertado pensar que, si los estados
mayores francés e inglés no manifestaron la menor prisa para concertar
una alianza militar con la Unión Soviética, esto se debió a que para
ellos era evidente la debilidad del ejército rojo. Así quedó expedita la
vía para la firma del pacto entre Stalin y Hitler.
www.rebeldemule.org
Comentarios
Publicar un comentario