Dialéctica y Militancia
DIALECTICA Y MILITANCIA
«La
dialéctica mistificada llegó a ponerse de moda en Alemania, porque
parecía transfigurar lo existente. Reducida a su forma racional, provoca
la cólera y el azote de la burguesía y de sus portavoces doctrinarios,
porque en la inteligencia y explicación positiva de lo que existe abriga
a la par la inteligencia de su negación, de su muerte forzosa; porque,
crítica y revolucionaria por esencia, enfoca todas las formas actuales
en pleno movimiento, sin omitir, por tanto, lo que tiene de perecedero y
sin dejarse intimidar por nada».
Karl Marx: Prefacio a la segunda edición de El Capital.
«Lo
que la dialéctica marxista rechaza sin remisión posible es el carácter
especulativo y, por consiguiente, conservador de una dialéctica que no
niega ni supera las contradicciones en espíritu, cuando se trata de negarlas y superarlas en realidad. Si se quiere señalar una característica como específicamente marxista y no hegeliana, se puede escoger sin duda la de la lucha material de contrarios,
sobre la base de la cual todas las otras categorías, como negación,
negación de la negación, superación o identidad de los contrarios vienen
a designar momentos del proceso revolucionario real y no grados de
desarrollo del Espíritu absoluto».
Lucien Sève: Preinforme sobre la dialéctica.
«Las contradicciones en una totalidad viva, son “vivas”. Su lucha se modifica en el curso del tiempo. Toma la forma de antagonismo y conduce en fin a la destrucción de la antigua totalidad. En cada sistema hay una contradicción fundamental y contradicciones secundarias. Pero una contradicción secundaria puede devenir dominante en una fase de la evolución.
No obstante, el motor constante es la contradicción fundamental. Además, los dos aspectos de la contradicción no son equivalentes. Hay un lado principal que representa lo nuevo, lo “negativo” que se transformará en “positivo”, por la superación de la contradicción».
E. I. Bitsakis: Simetría y contradicción.
- 1. PRESENTACION
- 2. QUÉ ES LA IDEOLOGÍA BURGUESA
- 3. EFECTOS Y CONSECUENCIAS DE LA IDEOLOGÍA.
- 4. CUATRO ESPACIOS CONCRETOS DE LUCHA
- 5. CONTRADICCIONES EN LAS CUATRO LUCHAS
- 6. BUSCANDO LA DIALÉCTICA DE LA LUCHA
- 7. MÉTODOS DE BÚSQUEDA DE LA DIALÉCTICA
- 8. CONFIRMACION DE LA DIALÉCTICA EN LA LUCHA
- 9. RESUMEN.
1.- PRESENTACION:
L. Sichirollo nos recuerda en Dialéctica
(Labor, 1976), que en la Ilíada las expresiones en griego antiguo que
podemos relacionar con lo que ahora entendemos por «dialéctica»,
salvando todas las distancias, se refieren a los momentos críticos de
opción en circunstancias dramáticas, cuando no trágicas, a la capacidad
del ser humano para pensar, decidir y actuar en las situaciones
extremas, por ejemplo, en la mitad del combate a muerte, cuando Héctor
tiene que decidir qué hacer frente a Aquiles. En la primera cultura
clásica griega, por tanto, la dialéctica hacía referencia a capacidad y
libertad de decisión en situaciones límite, siendo por tanto un sinónimo
de elección y libertad: «Es necesario aceptar la lucha».
L.
Sichirollo nos explica luego que esta visión clásica antigua de la
dialéctica fue siendo arrinconada por otra diferente, aséptica, fría,
que sacrificaba su identidad de decisión y lucha por la de un simple
saber o técnica argumentativa, cercana a la oratoria y a la retórica, un
instrumento en manos de la casta de los filósofos que debían regir el
destino de la ciudad-Estado en plena decadencia, cuando la democracia
había sido derrotada por la oligarquía. La castración de la esencia
liberadora de la dialéctica inicial, de su poder argumentativo crítico,
fue realizada por Platón y por Aristóteles.
Tuvieron
que llegar Marx y Engels para recuperar la inicial fuerza emancipadora
de la dialéctica, pero en el nuevo contexto de la lucha de clases entre
el capital y el trabajo a escala mundial. Sin embargo, la actualización y
vigorización del poder revolucionario de la dialéctica chocó bien
pronto, casi al instante, con una tenaz resistencia dentro mismo de una
izquierda que no podía superar el paradigma mecanicista y positivista
dominante, y tampoco el kantismo. De este modo, bien pronto la negación
de la dialéctica fue una bandera del primer reformismo explícitamente
expuesto, y su adulteración a simple linealidad determinista fue una
obsesión del segundo reformismo, más camuflado y disimulado que el
primero. Por último, su amputación y su reducción a simple “manual” fue
una obsesión de la casta burocrática triunfante en la URSS desde la
segunda mitad de la década de 1920.
Como
se aprecia, la actualidad de la dialéctica no depende sólo de su
innegable presencia interna en la praxis científico-crítica, que cada
vez más entra en contradicción con la naturaleza capitalista del poder
tecnocientífico, sino que también depende de los vaivenes de la lucha
de clases, de las reacciones teórico-políticas y filosóficas en su
contra de la burguesía y del reformismo, que hacen lo imposible por
denigrarla e impedir su conocimiento; y además también depende de la
pasividad intelectual de muchas izquierdas. «Crítica y revolucionaria
por esencia» la dialéctica es un peligro para todo poder opresor, para
el reformismo y la burocracia, e incómoda en grado sumo para todo
colectivo o persona adormilada, pusilánime y obediente.
Por
el contrario, quienes desean impulsar la lucha revolucionaria recurren a
la dialéctica cuando toman conciencia de que aumentan las distancias
que les separan de la realidad, cuando se dan cuenta de que ya no sirven
las formas tradiciones de interpretar la realidad aplicadas hasta
entonces porque esta va por delante casi de manera inalcanzable. Son
situaciones relativamente frecuentes desde fines del siglo XIX hasta
ahora. En estos momentos siempre han surgido marxistas que no han dudado
en reivindicar la valía y la necesidad del método dialéctico, de la
filosofía marxista en su esencia, para revisar autocríticamente los
errores cometidos y abrir nuevas vías de avance.
Precisamente
esto es lo que ocurre en la actualidad. Red Roja es una de las
organizaciones que más esfuerzo está dedicando a la formación de su
militancia en la dialéctica materialista porque ha comprendido que en
los momentos actuales la dialéctica materialista se hace más necesaria
que nunca antes, y por eso ha iniciado una efectiva pedagogía colectiva,
basada en el debate militante, sobre el materialismo dialéctico. El
texto que sigue sólo pretende ser una propuesta de método pedagógico
para aprender a descubrir la dialéctica interna de y en las luchas de la
militancia marxista. Ha sido redactado en respuesta a la petición de
Red Roja, como medio de formación a añadir a su Escuela de Cuadros.
El
capitalismo español ha llegado a niveles espeluznantes de desempleo,
con el 25% de su población potencialmente trabajadora en paro, con un
empobrecimiento, precariedad y deterioro de las condiciones de vida y de
trabajado nunca conocida desde hace décadas. No hace falta dar cifras
ni porcentajes. Sí hace falta decir que de nuevo, a pesar de que las
condiciones objetivas están dadas de manera aplastante, dramáticamente
aplastante, pese a ello, la respuesta es débil considerando la magnitud
del ataque capitalista. Peor aún, la sobreexplotación es tan brutal que
asistimos sobrecogidos a tragedias que debieran llevarnos a masivas
respuestas en contra de la egoísta, fría y calculada ferocidad del
capital: nos referimos a los suicidios de gente obrera y popular que se
multiplican como efecto de la crisis y ya concretamente como efecto de
los desahucios.
Una de las
características del marxismo es su atento estudio autocrítico sobre por
qué no se sublevan las masas explotadas, por qué aguantan lo
inaguantable con resignación sumisa. En contra de lo que se cree, el
marxismo dispone de un complejo, rico y multifacético sistema de teorías
entrelazadas que explican por qué no se sublevan las masas, y de entre
ellas ahora mismo debemos destacar una muy contundente: la
responsabilidad de las organizaciones y partidos revolucionarios en la
ignorancia de la dialéctica materialista por parte de la militancia. Una
ignorancia hiriente, bochornosa, inaceptable. En última instancia, ese
sistema de teorías sobre la pasividad nos remite a la teoría sobre el
fetichismo de la mercancía, que no podemos explicar aquí, pero que
requiere del dominio de la dialéctica porque se basa en la crítica de la
ley del valor-trabajo, ley que Marx descubrió utilizando el método
dialéctico, como él mismo reconoce.
Red
Roja tomó conciencia de la necesidad de la dialéctica al constatar que
las condiciones objetivas para la lucha revolucionaria no facilitaban la
multiplicación exponencial de las fuerzas revolucionarias, sino sólo un
aumento lineal y lento del llamado «factor subjetivo organizado». Era
la misma reflexión que otras fuerzas revolucionarias se hacían desde
mediados del siglo XIX en adelante. La efectiva solidaridad
internacionalista que caracteriza a las relaciones entre Red Roja --y
otras muchas organizaciones estatales e independentistas-- y la
izquierda abertzale, facilitó de inmediato el que iniciásemos una
aplicación a las condiciones estatales de la experiencia limitada pero
real en su tiempo del independentismo socialista al respecto. Decimos en
su tiempo porque el tsunami represivo del imperialismo franco-español
intensificado desde la segunda mitad de los años ’90 y especialmente
desde 2003, ha pulverizado todos aquellos avances pedagógicos. Pero
siempre sobrevive algo.
Tanto la
misma naturaleza de lo real cómo del método dialéctico en sí, muestran
que el estudio de la dialéctica debe realizarse en el mismo proceso de
revolucionarización de las condiciones de existencia. La dialéctica no
se puede enseñar fuera de las contradicciones materiales, sino en su
interior. Se trata de descubrir, de encontrar, de hallar la dialéctica
interna que se agita en las luchas que realizamos, en las
contradicciones sociales de todo tipo en las que incidimos para orientar
su desarrollo hacia la salida revolucionaria.
Esta
primera afirmación es decisiva porque hay que desterrar definitivamente
la creencia de que el método dialéctico se aplica desde fuera, desde el
exterior de los problemas, como una pócima polivalente que desatasca
todas las cañerías, deshace todos los nudos y reconstruye un jarrón
pulverizado en mil trocitos. Por el contrario, es solamente después de
haber buceado hasta el fondo de la realidad concreta en la que nos
encontramos cuando empezamos a ver cómo se mueven sus contradicciones
motrices en lucha permanente, y sólo entonces podremos saber si el
método dialéctico general vale también y en qué medida en esa realidad
en la que nos hemos sumergido.
Yerra
irremisiblemente quien crea que basta con leerse varios “manuales” de
filosofía dialéctica, discutirlos de manera abstracta y pretender
aplicarlos luego a la realidad. Lo máximo que se puede lograr con este
esfuerzo es acceder a una serie de nociones generales que más temprano
que tarde deberán ser corroboradas por la práctica. Si se tardase en
realizar este examen decisivo el esfuerzo realizado se volverá
contraproducente porque ningún conocimiento abstracto puede resistir
largo tiempo la presión de la ideología burguesa, que es la ideología
dominante en la sociedad.
Por lo
dicho hasta aquí, se comprende que la pedagogía elegida sea, por un
lado, colectiva, es decir, realizada en grupos de militantes de la misma
zona o barrio, o pueblo, zonas identificadas por relaciones de
proximidad convivencial e interpersonal; por otro lado, sea realizada
mediante el debate ordenado y planificado de la praxis colectiva,
propia, en el contexto que determina al grupo militante, lo que le
permite conocer desde dentro la realidad en la que vive y lucha; además,
esté dividida en cuatro espacios que se explican, lo que facilita la
aproximación teórica a la complejidad de lo concreto; y por último,
siempre plantee dudas e interrogantes provocadoras, aunque algunas veces
no de manera explícita, sino de forma indirecta, para propiciar el
discusión colectiva sobre la práctica real, inmediata, debates que deben
resolver problemas prácticos cargados de contradicciones.
Por
exigencias de brevedad hemos evitado extendernos en preguntas precisas
porque pensamos que este texto corto debe aportar lo elemental del
método dialéctico a la mayor cantidad posible de militantes comunistas,
no sólo de Red Roja sino de todo el panorama revolucionario, incluido el
independentista de las naciones oprimidas. Deben ser las organizaciones
revolucionarias a las que pertenecen los grupos de praxis dialéctica,
las que dicten las preguntas que deben ser respondidas en cada sesión de
estudio y debate. La organización debe jugar un papel clave en la
pedagogía revolucionaria, siempre en contacto y debate con los grupos.
Sí insistimos en que éstos han de poner por escrito sus debates y
conclusiones, para contrastarlos con los de otros grupos en reuniones
periódicas, de modo que se produzca un intercambio colectivo de
experiencias comunes que serán sintetizadas por la organización.
Es
por esto que también hemos tenido que tocar superficialmente el
decisivo problema de la explotación patriarco-burguesa, que marca toda
la realidad. De hecho, una de las muchas cosas buenas de la dialéctica
es que profundiza hasta la raíz de la explotación, sacando a la luz su
manifestación primera, la derrota de la mujer por el hombre. No hay que
esforzarse mucho para descubrir que tanto la dialéctica como su crítica
radical del sistema patriarco-burgués son incompatibles con esa atroz
fuerza reaccionaria que es la ideología burguesa.
2.- QUÉ ES LA IDEOLOGÍA
Debemos,
por tanto, comenzar explicando qué es y cómo actúa la ideología
burguesa porque es irreconciliable con el método dialéctico. Es sabido
que existen casi tantas definiciones de ideología como autores quieran
escribir sobre ella, o como escuelas sociológicas, políticas y/o
filosóficas divaguen sobre ella. Nosotros nos remitimos aquí a las tesis
de Marx y Engels sobre la ideología, advirtiendo que dentro del
marxismo existen otras visiones limitadas sobre la ideología, como la de
Lenin y otros marxistas, debido a que no tuvieron acceso a textos
fundamentales de Marx, o las influencias de su entorno cultural, como
veremos luego. Por tanto, expuesto muy básicamente, la ideología es la
forma inversa de ver y conocer la realidad, es invertir la causa por el
efecto, lo material por lo ideal, lo cambiante por lo estático, lo
contradictorio por lo no contradictorio, y lo que está siempre conectado
con lo demás por lo que está siempre aislado y separado de lo demás. La
ideología adquiere muchas formas de expresión pero todas ellas
confluyen en ocultar la explotación y su causa social y presentar la
realidad como no explotadora, como formada por personas iguales en
derechos y en posibilidades.
La
ideología surge de las entrañas mismas de la producción capitalista, del
hecho de que la mercancía, lo que producimos y se vende en el mercado,
termina imponiéndose sobre nosotros mismos, sobre los productores. La
mercancía parece que adquiere vida propia, que se independiza de la
producción y se presenta como lo único real: vivimos para comprar pero
no compramos para vivir. Además, como el dinero y la mercancía parecen
dominarlo todo, y de hecho así sucede desde el momento en que la gente
lo acepta y se comporta como tal, nosotros mismos pasamos a interpretar
el mundo, nuestra realidad y a nosotros mismos como meras mercancías,
como dinero, como cosas personalizadas que tienen un precio en el
mercado; un precio físico, en dinero, pero también afectivo, moral,
cultural, sexual, etc.
Valemos más
cuanto más dinero tenemos, somos más importantes cuanto más gastamos, y
somos más apreciados y estimados cuanto más influenciamos con nuestro
poder económico sobre los demás, sobre nuestro entorno. Triunfar en la
vida es tener más dinero, y fracasar en la vida es tener poco dinero. La
reducción de todo lo humano a un precio hace que todo lo humano sea
interpretado desde lo que se denomina «abstracción-mercancía», es decir,
que creemos, pensamos y actuamos como si la vida fuera un mercado en el
que nos compramos y nos vendemos a nosotros mismos, unos a otros, pero
sobre todo vendemos y compramos a los demás, los tratamos como objetos
con un precio que nos es útil, del que sacamos una ganancia material
porque, al final, todo se reduce al beneficio, a vivir mejor o menos mal
explotando a las personas circundantes.
Lo
malo, lo perverso de esta ideología burguesa es que es perfectamente
compatible, y que se refuerza, con los restos supervivientes de la
ideología medieval, feudal, e incluso esclavista, y sobre todo con la
ideología patriarcal y chauvinista, xenófoba que se ha convertido en
racista desde finales del siglo XIX. Tales restos ideológicos
precapitalistas no son los socialmente dominantes, aunque sí están
presentes en nuestra vida personal y colectiva de forma supeditada a la
ideología dominante e integrada en ella, la burguesa, a la que refuerza
en muchos aspectos. No nos damos cuenta, pero justificamos muchos o
algunos de nuestros comportamientos y creencias más reaccionarias
mediante restos de las ideologías patriarcales, esclavistas, feudales,
xenófobas. Quiere esto decir que tienen una limitada autonomía relativa
en la vida cotidiana, lo que dificulta comprender el carácter
reaccionario de la ideología específicamente burguesa porque ésta
aparece incluso como «progresista» si la comparamos con la brutalidad de
los restos ideológicos preburgueses.
De
esto modo, la naturalidad con la que asumimos que el triunfador en la
vida es el burgués y el perdedor es el explotado, el vencedor es el
occidental y el derrotado es el resto de la humanidad; el sabio y culto
es hombre activo y dominante mientras que la ignorante es la mujer
pasiva y obediente, esta justificación o invisibilización de la
injusticia se refuerza con la creencia de que, además, es voluntad de
los dioses que quieren que existan representantes suyos en la Tierra,
desde sacerdotes hasta reyes pasando por papas y presidentes, y sus
ceremoniales llenos de pompa y boato, ceremonias que son reliquias de
tiempos remotos pero que conservan su poder simbólico de miedo e
intimidación, etc.; o es el destino azaroso y caótico o la mala suerte; o
es la eternidad cíclica, el eterno retorno de la reencarnación ante el
que sólo cabe la obediencia y la pasividad colaboracionista ante la ley,
sin analizar de dónde viene, quién la impone y a quién beneficia. O
simplemente, el miedo al futuro, al infierno, a la muerte, a la
precariedad e incertidumbre de la vida, a la enfermedad, o al poder
misterioso e ingobernable del mercado, esa cosa que nadie sabe definir
excepto los marxistas, y a la que todos temen y adoran, excepto los
marxistas.
Muchas es de estas
creencias que invierten la realidad están profundamente ancladas en el
inconsciente de la persona, en su estructura psíquica elemental, la que
apenas es cognoscible desde los parámetros conscientes y lúcidos. Muchas
de estas maneras de ver el mundo están conectadas con ataduras
psicológicas desde la primera personalidad infantil, ataduras que se
plasman en lo que alguien ha definido muy correctamente como «miedo a la
libertad», o dependencia hacia la «imagen del Amo», o «policía mental»,
o «autoridad interna», y otro sin fin de expresiones que se refieren de
muchos modos a lo que se ha definido como el papel de «lo irracional en
la política».
Lo malo de todo esto
es que muchas personas que se dicen progresistas, izquierdistas y hasta
revolucionarias tienen fuertes contenidos ideológicos en su
personalidad, en su forma de ver la vida, en sus opiniones sobre temas
aparentemente intranscendentes y nimios, secundarios. Así se explica que
estas personas puedan actuar y pensar de manera consecuente y
progresista en algunas cuestiones y problemas concretos, la menos, pero a
la vez de manera pasiva e indiferente, conservadora y hasta
reaccionaria en otras muchas, en la mayoría por lo general. Así se
explica que estas personas no sean conscientes de lo contradictorio de
su acción, de que dicen una cosa y hacen la contraria durante la mayor
parte de su vida, aunque voten a la izquierda cada cuatro años y vayan a
manifestaciones una vez al año.
Situaciones
así las vemos a diario y, además de en otras razones, también se
explican en las limitaciones y lagunas que tiene la otra gran definición
de ideología que existe en la izquierda, desgraciadamente en la
definición aceptada mayoritariamente. Según ésta, la ideología no es
sino un conjunto de ideas o hasta de concepciones del mundo que explican
cómo es este, ideas conscientes en su mayoría, políticamente cargadas,
es decir, con un contenido social, de clase, preciso. Según esta otra
concepción, las ideologías representan directamente a las clases
enfrentadas, sin apenas mediaciones ni complejidades.
3.- EFECTOS Y CONSECUENCIAS DE LA IDEOLOGÍA:
Según
la concepción dominante, o sea, la ideología como concepción del mundo,
bastaría con explicar con paciencia qué es el sistema capitalista para
lograr un cambio en la gente, para lograr que ésta pasase de la
ideología burguesa a la ideología proletaria. Es desde esta visión
simplista desde donde se comprende la función que deberían cumplir los
manuales de filosofía, de política, de economía, de historia, como
medios de concienciación, como medios de «lucha ideológica». La llamada
«formación ideológica» se reducía a juntar en un aula a un grupo de
militantes, darles una o varias conferencias, recomendar una limitada
bibliografía previamente seleccionada por la dirección y clausurar el
acto; tal vez se extrajeran luego algunas conclusiones, pero en la
práctica se abandonaba a la militancia para que intentase aplicar en sus
luchas diarias la «teoría» escuchada en las conferencias y leída en los
textos recomendados.
No existen
diferencias cualitativas entre este método de «formación ideológica» y
la pedagogía burguesa tradicional, memorística, nada crítica sino
dogmática, mecanicista y lineal. Dependiendo de la experiencia crítica
de las organizaciones de izquierda, a este método tradicional se le
añaden los siempre necesarios «talleres en grupo», etc., pero el método
no cambia en lo fundamental. Que no se me malinterprete. Este método
«tradicional» es necesario porque aporta en determinadas situaciones,
enseña, provoca el debate cuando está bien orientado, etc., pero es
manifiestamente insuficiente, sobre todo cuando no es parte de otro
método superior, cuando es el método exclusivo y excluyente.
Para
comprender mejor sus limitaciones debemos enumerar los efectos
negativos de la ideología definida en su forma marxista, en la primera
expuesta aquí. A excepción parcial y matizada de la militancia de la
izquierda independentista vasca, tomemos como ejemplo la situación
actual en muchas partes del capitalismo imperialista, la inquietante
limitación de la militancia organizada al estilo tradicional para
fundirse con los colectivos en lucha, arraigar en ellos, ganar en
legitimidad y prestigio demostrando en la práctica que tienen la mejor
perspectiva histórica, que saben qué ocurre y por qué, y sobre todo
cuales son las soluciones que deben proponerse a debate, ganar el debate
y llevar a la práctica esas soluciones. Veamos rápidamente tres
ejemplos.
En primer lugar, hay que
empezar diciendo que no es la primera vez que ocurre, ni será la última,
que las fracciones de las clases explotadas empiezan a movilizarse
contra la crisis sin haber desarrollado una visión profunda de sus
causas y efectos, a la vez que otras fracciones optan por el
centro-derecha y/o por la derecha a secas. Situaciones de estas se
suceden con frecuencia porque la ideología burguesa que domina en la
militancia y sobre todo en sus direcciones le incapacita para descubrir a
tiempo los síntomas que anuncia la radicalización espontánea, la
aceleración del malestar economicista y salarial causado por la crisis, y
el resurgir de la tendencia a la autoorganización en sectores del
pueblo.
Recordemos que, dicho
sencillamente, la ideología invierte la causa por el efecto, oculta las
contradicciones sociales tras una imagen individualista e interclasista,
antepone la quietud al movimiento, lo aislado a lo interrelacionado con
lo demás, etc. Se analiza la superficie y no el fondo, donde empieza a
gestarse el temporal aunque todavía no sea visible en la superficie.
Pues bien, estas organizaciones siguen interpretando la quietud aparente
como lo real, lo definitivo, porque creen que el malestar social sólo
puede expresarse en forma consciente, lúcida, cuando en realidad existen
muchos niveles intermedios de subconsciencia política, de malestar
difuso, de radicalización incipiente, débil e incierta, desorganizada.
Al
desconocer la complejidad de los mecanismos ideológicos profundos, la
militancia clásica no está preparada para actuar en el interior de la
vida social, de las múltiples formas de explotación directa e indirecta,
de opresión y de dominio imperceptible mediante los que se reproduce el
capitalismo. Cuando en esta realidad subterránea empieza a aletear el
descontento, la gente que lo sufre no encuentra apenas compañeras y
compañeros militantes capaces de explicarles con la práctica por qué
ocurre lo que ocurre. El desprestigio de la politiquería parlamentarista
y reformista, institucional, ganado a pulso por el reformismo corrupto,
aumenta la distancia política y hasta psicológica entre la reducida
militancia y la gente. La ideología vuelve a jugar aquí de nuevo un
papel muy dañino al reducir la tendencia espontánea a la radicalización a
simple fenómeno de indignación sin poder dar el salto a la conciencia
revolucionaria e insurgente, organizada para plantear de manera cruda y
directa, radical, el problema decisivo, el del poder.
En
segundo lugar, en estas condiciones ciertamente inesperadas para la
mayoría de los grupos de izquierda revolucionaria supervivientes, las
direcciones y su militancia responden correcta pero limitadamente dando
una explicación teórica cierta de las razones de la crisis, pero sin
extenderse a la otra parte de la contradicción dialéctica: la del factor
subjetivo. Téngase en cuenta que la realidad fusiona tanto la crisis
objetiva con la subjetiva, y que en muchos casos esta segunda tiene más
importancia que la primera. La definición dominante de la ideología
burguesa niega esta dialéctica, como niega la dialéctica en sí misma,
por lo que imposibilita del todo el que la militancia se percate
rápidamente de la tendencia a la radicalización social espontánea, con
sus aspectos positivos y negativos, porque sólo tiene en cuenta la
reducida superficie externa, consciente. De este modo, la explicación
del origen y consecuencias de la crisis es cierta pero sólo en una de
sus partes, la económica, pero muy débil o nula en la otra parte, en la
política, y más en especial en todo lo relacionado con el decisivo
«mundo subjetivo», mundo despreciado u olvidado por la versión dominante
de ideología.
Por ejemplo, es cierto
que la causa de la crisis no radica en la financiarización sino en la
caída de los beneficios, etc., y que la egoísta irracionalidad
prestamista que ha facilitado la catástrofe, responde a la lógica ciega
de la máxima acumulación en el mínimo tiempo, pero esta explicación
teórica cierta se queda corta si no va acompañada de otros componentes
internos de la teoría marxista de la crisis que hacen referencia a la
incidencia del Estado, de la corrupción, del consumismo artificialmente
provocado, de la manipulación psicopolítica, de la influencia
internacional, etc. En la medida en que se desconoce o minusvalora este
otro componente «subjetivo» de la teoría de la crisis, como lo hace el
marxismo economicista, la militancia tiene enormes dificultades para
captar en tiempo real los incipientes síntomas del malestar social
espontáneo. Y lo que es peor, tiene dificultades casi insalvables para
emplear un lenguaje teórico-político vital y cotidianamente comprensible
por las masas explotadas. El lenguaje de la izquierda es abstracto,
mecánico, frío e impersonal, como lo son su «lucha ideológica» y sus
«cursillos de formación».
Y en tercer
lugar, sumergidos con perplejidad en esta vorágine, sorprendidos por la
relativa fuerza de unas reacciones de protesta todavía no contundentes,
pero también por el apoyo de masas siquiera pasivas que mantiene el
poder reaccionario, bajo estas presiones inimaginables hace poco tiempo,
algunas organizaciones de izquierda se hacen las mismas preguntas que
anteriormente se hicieron otros y otras revolucionarias: ¿cómo salir de
esta parálisis o de esta lentitud? ¿Servirá para algo el método
dialéctico defendido por otros marxistas? ¿Por qué en situaciones
pasadas idénticas a estas, otros han recurrido a una relectura no
mecanicista de la dialéctica? ¿Cómo hacerlo? La sola duda es ya una
muestra de capacidad autocrítica, pero las dificultades son apreciables
porque tanto el concepto dominante de ideología como el marxismo
mecanicista están estructurados por el rechazo de la dialéctica.
Una
de las características de la crisis es que va acelerándose en su
gravedad, va fusionando sinérgicamente sus diversas formas de
materialización a la vez que cierra fases anteriores y abre
posibilidades nuevas. Todo ello implica una aceleración del tiempo
político como síntesis de las restantes temporalidades, económica,
cultural, etc. La forma tradicional de «formación ideológica» no dota a
la persona de un dominio suficiente del tiempo y de su materialidad,
porque en las crisis el tiempo es una fuerza material que mal empleada
te lleva a la derrota o a la victoria. La definición dominante de
ideología ve el tiempo como simple linealidad mecánica, rectilínea y
uniforme en su velocidad. La dialéctica ve y usa el tiempo como
instrumento reaccionario o revolucionario, siendo muy consciente de que
es así como lo ven y lo emplean los aparatos represivos del capital.
Pero
aprender qué es el tiempo es imposible fuera del movimiento de las
contradicciones, y es aquí donde de nuevo yerra la «lucha ideológica»
tradicional, que se basa en la definición dominante de ideología. Para
la dialéctica, como vamos a exponer, la lucha revolucionaria gira
alrededor del dominio del tiempo, de su politización y de su aceleración
guiada hacia la destrucción del tiempo asalariado, del explotado, del
capitalista. Dominar el tiempo es actuar en el interior de las
contradicciones para guiarlas hacia el salto cualitativo al socialismo.
Ninguna formación libresca, formal y exterior a la lucha podrá nunca
penetrar en el secreto del movimiento de lo real, en donde se gesta el
malestar espontáneo de las masas, y de donde surgen los espacios
abiertos a la praxis.
Consiguientemente,
de lo que se trata es de aplicar un método de praxis, de sinergia entre
la teoría y la práctica, que trabaje con las contradicciones, que las
piense y estudia mientras las orienta en su interior. Y para ello es
imprescindible comenzar especificando como mínimo los cuatro espacios
cotidianos en donde se vivencia directamente la lucha política por el
tiempo revolucionario. La formación en el método dialéctico es así la
práctica del método en la raíz misma de los problemas, en su
especificidad concreta pero siempre atendiendo a tres principios
inexcusables, el de la objetividad de lo real, el de su desarrollo, y el
de la concatenación de todas las formas concretas que dan cuerpo a esa
realidad única.
4.- CUATRO ESPACIOS CONCRETOS DE LUCHA:
El
principio de objetividad no por obvio ha de ser menospreciado, de hecho
es uno de los más combatidos directa o indirectamente por la ideología
burguesa. Los cuatro espacios que vamos a exponer son realidades
objetivas, preexistentes a nosotros, en las que nos movemos voluntaria o
involuntariamente, como sujetos activos o como objetos pasivos.
Podemos
negar o relativizar su existencia, pero están ahí y están en nosotros
mismos, influenciándonos más o menos. El principio de concatenación
universal de todas las formas particulares de expresión de la realidad
explica que los cuatro espacios forman una unidad vivencial cotidiana,
una totalidad que puede y debe analizarse en sus partes constitutivas,
pero que siempre debe ser pensada como un todo coherente que evoluciona,
que se desarrolla, por las presiones de la unidad y lucha de sus
contradicciones internas y de los condicionantes externos. La
objetividad, la concatenación y el desarrollo vienen determinados, en
este caso, por las contradicciones inherentes al modo capitalismo de
producción.
Partiendo de aquí, vamos a
enumerar los cuatro espacios en los que luego veremos cómo se
desarrolla materialmente su dialéctica interna: uno es el espacio de la
vida falsamente llamada «privada», familiar, amorosa, sexual,
individual, etc.: otro es el espacio falsamente llamado «público»,
social, laboral, de trabajo, o en paro y desempleo, de estudio, etc.;
además, está el espacio de la denominada «vida asociativa», de la vida
social en colectivos organizados de cualquier clase, cultural, político,
deportivo, etc., más o menos frecuente según contextos y
circunstancias, según la historia de cada pueblo; y por último, el
espacio organizativo militante, el decisivo porque debe ser el que de
coherencia estratégica a los anteriores, pero el menos frecuente.
Como
hemos dicho, los principios de objetividad, concatenación y desarrollo
expresan la estructura interna que cohesiona y recorre a los cuatro
espacios y los engarza en la dinámica de la lucha de clases como
expresión objetiva y subjetiva de las contradicciones burguesas. Por
esto, a la fuerza e independientemente de nuestra voluntad, todos y cada
uno de los cuatro espacios tienen a su vez contradicciones propias,
contradicciones que se desarrollan confirmando los principios del método
dialéctico, pero que se descubren en concreto, una a una, sólo desde su
interior, nunca desde el exterior, aplicando abstracta y dogmáticamente
el recetario de fórmulas mágicas.
Los
cursillos de formación de la militancia en la práctica de la dialéctica
tienen que partir de este axioma: las contradicciones en las relaciones
personales, públicas, asociativas y organizativas son creadas por y
responden a la lógica capitalista, por ello mismo tanto su desarrollo,
como su interrelación y su objetividad deben ser descubiertas en la
misma práctica personal, pública, asociativa y organizativa.
Son
contradicciones políticas y como tal han de ser tratadas, aunque no lo
parezcan a simple vista. Los cursillos, por tanto, deben abrir la
reflexión crítica y autocrítica de la militancia en cada uno de ellos,
con preguntas, planes y plazos adecuados a cada uno de los espacios
específicos, pero conectados con la totalidad, con la praxis
revolucionaria. Aquí, como en todo, es fundamental el papel de la
organización y el papel de la crítica exigente, constructiva y sincera
de la militancia a los fallos de su organización, que son los suyos
propios.
La organización
revolucionaria es y debe ser de vanguardia, es decir, que intenta y lo
logra por momentos, ir un poco por delante del nivel medio de conciencia
de las masas explotadas, aportando humildemente una luz crítica y
teóricamente asentada sobre el presente y el futuro. Sin organización de
vanguardia, revolucionaria, más temprano que tarde la «lucha
ideológica» se reduce a la repetición rutinaria y cansina de tópicos
desgastados, rutina que es la antesala del abandono de toda pedagogía
teórico-política dentro de la organización y fuera de ella. La
organización, al margen de su cuantía y extensión, ha de aportar una
ayuda, un acicate, un aliciente positivo, esperanzador y constructivo a
la militancia que participa en los cursillos prácticos sobre dialéctica,
y si no lo hace la organización no lo hará nadie.
Siendo
así, la organización puede y debe plantear a sus militantes la duda, la
interrogante sobre cómo es la objetividad, la concatenación y el
desarrollo en los cuatros espacios. Por ejemplo, puede y se debe
provocar a la militancia sobre la realidad objetiva de la vida llamada
«privada», en la familia, en las relaciones personales e íntimas, en
cuanto realidad política. O si se quiere ¿descubre la militante
comunista actual que su familia, sus relaciones con padres y hermanos,
con sus amigas y amigos, en sus sentimientos y amores, descubre la
política en todo esto? ¿Por qué no la descubre? ¿Qué política descubre y
cómo se integra en la política general del sistema?
Y
si de la objetividad del contenido político de lo «privado» pasamos a
la concatenación con otras realidades, con la explotación asalariada,
con el desempleo, con el doble trabajo de la mujer, con ¿acaso no está
todo ello relacionado estrechamente con las decisiones estatales y con
las privadas burguesas? ¿Puede separarse el contenido político de la
institución familiar con la estrategia demográfica del Estado, con sus
apoyos a la natalidad, etc., y con las necesidades a medio plazo de
fuerza de trabajo autóctona? ¿Y acaso esto mismo no es ya el principio
del desarrollo, del automovimiento, del cambio permanente lento o rápido
de las prácticas y costumbres procreativas y sexuales, de la
institución familiar, de las relaciones interpersonales, y de todo
aquello malamente llamado «vida privada»?
Otro
tanto debemos investigar sobre las relaciones de la vida familiar y
laboral con la asociativa, con el llamado «voluntariado social», con la
pertenencia a sindicatos, a colectivos de cualquier tipo: ¿Cómo
influencia la institución familiar autoritaria en la represión o control
restrictivos de la visa asociativa de la juventud, de las mujeres? ¿Qué
relaciones objetivas existen entre la política estatal y burguesa, y
muchas ONGs y «asociaciones sin afán de lucro? ¿Cómo concatenan la poca
participación sindical con la demagogia de la ONGs y con el apoliticismo
del «ocio cultural y apolítico? ¿Y con la lucha política organizada?
¿Cómo evolucionan estas concatenaciones bajo las presiones del Estado y
de otros poderes burgueses?
El
principio de desarrollo es también aquí decisivo, como en todo el
pensamiento humano. Por desarrollo se entiende el proceso que va de lo
viejo a lo nuevo, que hace que surja lo nuevo con un grado de
complejidad superior a lo viejo. El concepto de desarrollo va unido al
de historia, al de evolución, cambio, etc., y para la militancia es
fundamental dominarlo sobre todo en los cuatro espacios que estamos
analizando: ¿Cómo, por qué y para qué surge la llamada «vida privada» en
el capitalismo? ¿Y el «amor», y el supuesto «instinto maternal», y la
«institución familiar»? ¿Son eternos y permanentes, intocables, o
responden a necesidades estructurales del capitalismo? Estas y otras
preguntas que giran alrededor del tiempo, del cambio, de la historia,
del desarrollo de las contradicciones, debemos hacerlas en los otros
tres espacios porque nos abrirán el pensamiento a realidades
desconocidas pero necesarias para entender la situación presente y las
perspectivas revolucionarias.
Aprender
a dominar la dialéctica de lo objetivo, su concatenación y desarrollo
para aplicarla en todos los problemas, exige descubrirla en el interior
de la vida real. Esto no quiere decir que sean innecesarios los estudios
teórico-abstractos y generales sobre el método dialéctico. Quiere decir
que ese estudio será mucho más efectivo si previamente la militancia ha
vivido su desenvolvimiento práctico en su vida real.
Sólo con el debate
colectivo asentado en la experiencia práctica la militancia puede
entender que es el principio de la objetividad de lo real, la
concatenación de sus múltiples facetas y su desarrollo. Y lo bueno, lo
óptimo, es que este aprendizaje práctico vaya acompañado por su
correlato teórico, con el estudio de textos críticos sobre los cuatro
niveles descritos, únicamente así puede desarrollarse la verdadera
pedagogía dialéctica.
5.- CONTRADICCIONES EN LAS CUATRO LUCHAS:
La
contradicción en el interior de la esencia de las cosas es uno de los
principios elementales de la dialéctica. Descubrir sus contradicciones,
identificarlas correctamente y saber cómo debemos actuar en cada una de
ellas, es decisivo. Pero debemos saber qué es una contradicción y qué es
una diferencia, para no cometer errores irreparables. Hay que empezar
diciendo que en toda realidad concreta, en todo proceso existes ritmos
diferentes entres sus partes, discordancias y desacoplamientos entre sus
componentes internos. Por ejemplo, las relaciones interpersonales en un
grupo de amigas y amigos están condicionadas por las diferentes
personalidades, por los ritmos psicológicos de cada cual, etc., del
mismo modo que sucede en una organización revolucionaria a pesar de que
aquí se supone que existe más autocontrol personal y más capacidad de
comprensión de los demás. Prácticamente en ningún fenómeno, sistema o
totalidad concreta existe una absoluta y permanente correspondencia
entre sus partes y subsistemas.
Llamamos
diferencia a la situación de débil y pequeña no correspondencia entre
sus partes, a su insignificante discordancia y desacoplamiento. Decimos
que el desacople, la falta de correspondencia es pequeña e indiferente
cuando no amenazan la unidad del proceso, de la cosa, del fenómeno,
cuando no amenazan con romperlo, escindirlo, y en estos momentos podemos
definir a esa discordancia como diferencia. Una diferencia entre las
partes del todo no amenaza a su unidad esencial, a su identidad, a su
función y objetivos, pero cuando la diferencia se incrementa, se agudiza
haciéndose imposible de resolver, entonces se transforma en
contradicción. La diferencia no amenaza la identidad y la unidad del
fenómeno, la contradicción sí. Por ejemplo, en una asociación de vecinos
hay diferencias políticas entre sus miembros pero las resuelven
mediante votaciones y consensos; pero ocurre que una parte de la
asociación se deja llevar por la demagogia racista y machista del
fascismo, reaccionaria, de modo que la diferencia se transforma en
contradicción insostenible rompiéndose su anterior unidad en dos
asociaciones opuestas.
Es
muy importante saber precisar cómo es el proceso de ahondamiento de una
diferencia hasta llegar a convertirse en contradicción porque de ese
conocimiento depende en buena medida la suerte última de nuestra lucha.
Se trata de averiguar, de descubrir si en el interior de esa diferencia
anida ya o todavía no el germen que luego crecerá hasta estallar en
contradicción irresoluble. Para descubrirlo hacen falta, como mínimo,
tres cosas: un suficiente conocimiento teórico-político del problema que
aparece en forma de diferencia; una organización que aporte ese
conocimiento; y una experiencia práctica de la militancia, que también
se apoya en buena medida en la organización. Por ejemplo, si conocemos
la teoría de la plusvalía y la dialéctica marxista que hemos aprendido
en los cursillos de formación del partido y/o del sindicato, podremos
descubrir bien pronto si debajo de algunas medidas de la patronal que
marcan una diferencia con respecto al pasado se esconde el germen de
medidas más duras, y si ese germen expresará o no la contradicción
básica y fundamental que caracteriza al capitalismo.
Como
vemos, nuestra práctica en la acción sindical y obrera nos ha
enfrentado a otros tres aspectos decisivos de la dialéctica: uno, la
conexión de fondo con el resto de la teoría marxista en su conjunto;
otro, la relación entre contradicciones internas y condiciones externas,
y último, las formas de la contradicción. Sobre la primera no podemos
extendernos por falta de espacio. La segunda expresa que el motor de un
proceso son siempre sus contradicciones internas, aunque las
condiciones, presiones y factores externos pueden influenciar más o
menos. Por ejemplo, puede ocurrir en la fábrica que el empresario esté
tanteando la fuerza y decisión de lucha de los obreros mediante unas
primeras medidas ambiguas, lo mismo que hacen otros empresarios de la
zona. A diferencia de otras fábricas, en las que los obreros han
resistido desde el inicio, en la nuestra hay dudas y divisiones, e
incluso sectores cansados y dispuestos a ceder. Mientras que los
patrones de otras fábricas no se atreven a seguir para adelante por
miedo a sus trabajadores, en la nuestra la patronal ataca al poco tiempo
con medidas más duras que sacan ya a la luz definitivamente la
contradicción estructural entre el capital y el trabajo.
Ha
sido la debilidad interna, la contradicción interna a nuestra fábrica
la que ha facilitado a la patronal en ataque posterior. Las
circunstancias externas le han impulsado a probar la reacción obrera,
pero ha sido sólo ésta, o sea, la contradicción interna expresada en su
desunión, la que le ha permitido atacar con más dureza. Ahora bien, hay
que decir que la contradicción interna y la presión externa se mueven
siempre en una totalidad superior, en este caso en la lucha de clases en
toda la zona, en la provincia, Estado, Europa, etc., de modo que
cambian una en otra según la referencia o punto de mira. Por ejemplo, la
contradicción interna en nuestra fábrica se convierte en una presión
externa negativa para las otras fábricas que resisten porque sus
empresarios aprenden de nuestra derrota para intentar vencer ellos en
sus ataques. Siempre es la contradicción interna la que decide el
comienzo, el desarrollo y el final de la lucha en todos los conflictos.
El vendedor de drogas puede tentar con ellas a un joven para que se
drogue presionándolo desde fuera, pero si este no las acepta porque no
tiene una contradicción interna que debilita su personalidad no cae en
la drogodependencia.
¿Pero
toda contradicción está predeterminada al estallido, a la ruptura del
proceso al que pertenece? Creerlo así puede acarrear funestas
consecuencias ya que se pierde la decisiva noción de lucha organizada en
el interior de las contradicciones para resolverlas si fuera posible o
para guiarlas en dirección precisa. Si en una asociación de vecinos se
realizan debates y charlas, se ven películas y se repartes textos y
libros sobre el fascismo, el racismo, el terrorismo patriarcal, etc.,
puede liquidarse la posibilidad de que una parte de ella gire a la
extrema derecha y la pequeña diferencia que había surgido sea resuelta
internamente con métodos democráticos y horizontales anulando toda
posibilidad de surgimiento de una contradicción irresoluble que haga
estallar en dos trozos la asociación de vecinos. Hay contradicciones que
pueden ser resueltas sin grandes tensiones ni conflictos de
transformación cualitativa de la realidad en la que existen, como
veremos.
El
capitalismo está minado por contradicciones básicas, fundamentales,
objetivas e inevitables, de lo contrario no sería capitalismo, sería
otro modo de producción diferente. Son las que tarde o temprano terminan
estallando con más o menos violencia, pero depende de la lucha
revolucionaria que su estallido sea lo menos violento posible y se
oriente por la senda de la liberación humana, en vez de por la vía
contrarrevolucionaria. Estas contradicciones son, en esencia, la que
existe entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de
producción, que se materializa en la que existe entre la minoría
explotadora y propietaria de las fuerzas productivas y la mayoría
explotada y desposeía de lo fundamental, contradicciones que recorren y
determinan la sociedad entera Todos y cada uno de los espacios de lucha
arriba expuestos están determinados por las contradicciones básicas,
fundamentales al capitalismo, aunque en cada espacio se presenten con
formas propias.
Las
contradicciones fundamentales van agudizándose, tensionando las
relaciones sociales, acelerando la lucha de clases, hasta llegar a un
grado de antagonismo tal que se vuelven irreconciliables, es decir, que
no es posible ya detener la crisis y echar marcha atrás. La dialéctica
explica las leyes generales de esta dinámica, que veremos luego, en el
capítulo octavo de este escrito. Pero, como hemos dicho hace un
instante, es durante ese tensionamiento y agudización de las
contradicciones internas, y sobre todo cuando estas pasan a ser
definitivamente irreconciliables, cuando se confirma de nuevo la
necesidad de la práctica revolucionaria organizada, práctica que debe
ser a la vez teórica, es decir, que tiene que ir emancipándose cultural e
intelectualmente de la ideología burguesa en cualquiera de sus formas.
En el capítulo sexto veremos cómo inevitablemente surge el choque entre
la quietud dogmática, sectorial y parcializada, a lo sumo mecanicista,
de la ideología y la necesidad vital de ver las cosas en su permanente
movimiento, en su interacción universal y en su objetividad frente al
individualismo pasivo. Nunca sabremos qué son las contradicciones si no
vemos su objetividad, su concatenación y su desarrollo. Del mismo modo
que tampoco sabremos cómo empiezan a gestarse y a crecer si no superamos
la lógica formal, cosa que haremos en el séptimo capítulo.
Pero
ahora debemos precisar que las contradicciones fundamentales se
expresan en la realidad concreta mediante la forma de contradicciones
principales, las que en espacios y momentos concretos expresan todo el
antagonismo básico existente. Ahora bien, como se aprecia, vamos de
niveles de abstracción teórica general a niveles de concreción teórica
en espacios y lugares precisos. Por ejemplo, en una nación oprimida la
contradicción principal es la que le enfrenta al Estado capitalista
ocupante; en la nación que no sufre opresión nacional, la contradicción
principal es la lucha de clases contra su burguesía. Y de estos niveles
precisos de concreción teórica debemos bajar todavía más al suelo para
saber que la contradicción principal, en nuestro caso, en el vasco, la
lucha de liberación nacional de clase y antipatriarcal, se materializa
en la forma principal de la contradicción.
Por
ejemplo, el gobierno de derechas endurece la explotación patriarcal en
todos los sentidos, especialmente en el de facilitar el terrorismo
machista, el despido de mujeres, la explotación familiar, la restricción
de derechos, etc., en este caso que ya se está dando, la contradicción
principal adquiere un contenido netamente de liberación se sexo-género
que termina de definir cualitativamente toda la lucha de clases y de
liberación nacional en general, y en particular en aquellos lugares en
los que la explotación sexo-económica y afectiva de la mujer es vital.
El aspecto principal de la contradicción descubre la clave del problema
en una situación concreta, por lo que debemos estudiarla siempre con
suma precisión. Más todavía, en el caso de la ofensiva
patriarco-burguesa, lo que antes era ya algo decisivo pero aún no
considerado como tal, ahora debe ser esclarecido y combatido
sistemáticamente. Vemos, así, que la forma principal de la contradicción
puede reflejar y de hecho lo refleja y expresa, la forma de la
contradicción principal en muchos sitios y problemas. No son juegos de
palabras, como diría la lógica formal, son contradicciones objetivas,
concatenadas y en evolución que deben ser investigadas y resueltas en
cada caso.
También
deben ser descubiertas en cada situación las contradicciones
secundarias, las que no determinan los aspectos críticos del problema al
que nos enfrentamos en ese momento determinado. Por ejemplo, en medio
del ataque inmisericorde a las condiciones de vida y trabajo de las
clases explotadas, un grupo propone que hay que hacer campaña masiva
contra la experimentación científica con animales, contra el consumo de
carnes, contra las corridas de toros, contra la caza, contra los abrigos
de pieles, etc., y que deben rechazarse todos los acuerdos tácticos y
puntuales por otros objetivos con los partidos que defiendan lo anterior
o no lo combatan abiertamente. Sin duda, estas reivindicaciones son
justas y necesarias, pero en el contexto de aplastante reacción
involucionista en todos los aspectos, y teniendo en cuenta la limitación
de medios y recursos, esas reivindicaciones justas deben estar
integradas en una lista de prioridades sociales masivas a conquistar que
afectan a millones de seres explotados.
Las
expuestas por esos colectivos son contradicciones secundarias que deben
ser resueltas, pero que no afectan a la estructura del capitalismo en
su unidad de explotación, por lo que debe primar siempre la dialéctica
entre los objetivos históricos irrenunciables, la estrategia decidida
para su logro, y las tácticas cambiantes para el desarrollo de la
estrategia. En este y otros casos, la contradicción secundaria ha de ser
parte integra de la lucha contra la contradicción fundamental pero
supeditada e ella. Otra cosa es que la contradicción secundaria sea ya
en sí una contradicción antagónica, irreconciliable con el sistema, pero
que muy puntualmente, por una coyuntura muy transitoria y fugaz, tenga
momentáneamente un carácter secundario.
Un
ejemplo clásico de contradicción secundaria que sin embargo llevaba en
su seno el contenido de contradicción antagónica que apareció con el
tiempo, fue el del plan del capitalismo vasco-español de nuclearizar la
parte de Euskal Herria bajo su dominio. En un principio apareció como
mera contradicción secundaria, sin excesiva importancia política, pero
con el tiempo se demostró que la nuclearización era irreconciliable con
la existencia nacional vasca y lo que empezó siendo una contradicción
secundaria terminó siendo antagónica. Otro ejemplo, puede ocurrir que
haya que ganar una decisivas elecciones en un ayuntamiento, en un
colectivo, sindicato, partido o hasta parlamento, victoria que en ese
preciso momento supone la derrota en seco un proyecto reaccionario
brutal, el que fuera, un proyecto que de salir vencedor arruinará la
vida futura del pueblo, aunque atañe a un problema decisivo pero todavía
no suficientemente agudizado. Pues bien, esa contradicción secundaria
adquiere en ese momento un aspecto cualitativo que le hace ser más
importante que otros objetivos, al menos durante un tiempo preciso.
No
saber descubrir que las contradicciones secundarias pueden llegar a ser
importantes, supone un riesgo muy alto para cualquier lucha contra la
opresión. Las contradicciones están siempre en movimiento interno y en
interacción con otras contradicciones circundantes, con fuerzas externas
más o menos lejanas, con dinámicas que se presentan e impactan de forma
azarosa, contingente, sin causalidad visible y con casualidad
manifiesta a simple vista. La praxis revolucionaria ha de tener siempre
estos y otros «consejos» aportados por el método dialéctico para no
cometer errores garrafales.
6.- BUSCANDO LA DIALÉCTICA DE LA LUCHA
La
forma dominante de interpretar el mundo, la burguesa, no tiene otro
remedio que reconocer la existencia de lo objetivo en los espacios que
analizamos, aunque lo falsifica o lo niega indirectamente, con la boca
pequeña, al reducirlo a simple lenguaje, narración, «gran relato», etc.,
y sobre todo al negar su esencia sociopolítica y económica mediante la
negación previa de la concatenación universal de los procesos, o en vez
de su negación directa sí su relativización hasta dejarla en simple
«coincidencia casual» que no responde a las fuerzas desencadenadas por
las contradicciones del sistema, sino a la contingencia azarosa de
«factores fortuitos». Tampoco puede negar el principio de desarrollo, de
cambio histórico, porque ya existe bibliografía científico-crítica
incuestionable sobre la historicidad de lo privado, del sistema
capitalista, de las formas asociativas y de las formas organizativas de
la izquierda revolucionaria; pero aun así, existiendo tales estudios la
ideología burguesa tiene la fuerza sobrada como para impedir que las
clases explotadas piensen dialécticamente.
Tenemos
como ejemplo el llamado «problema de la deuda» que, tras la decisión de
la burguesía española de elevarlo al primer rango, co-determina la
evolución de los cuatro espacios que analizamos. Una buena parte de la
gente oprimida cree que ella también es responsable del supuesto
«problema», que debe aceptar o resignarse a mayores o menores retrocesos
en su calidad de vida y en sus derechos, ya de por sí bajos, para
resolver ese «problema que es de todos». Lo cree porque ella misma está
endeudada y porque interpreta las causas de su endeudamiento desde los
parámetros de la ideología burguesa. Por eso acepta pasivamente y se
autoimpone restricciones en el consumo de bienes de segunda necesidad,
en su disfrute de la vida, e incluso y cada vez más en el consumo de
bienes de primera necesidad.
Como
efecto de las restricciones para resolver el «problema de la deuda»,
además del empeoramiento de lo privado, también retroceden los salarios y
los derechos laborales y sociales, aumente la precariedad y el
desempleo; y disminuye el tiempo y el dinero disponible para acudir a
reuniones sociales, a debates, para comprar revistas y libros, para
Internet, etc. Si en estas condiciones se quiere seguir en la acción
social, sindical, en los movimientos populares y vecinales, etc., no hay
más remedio que controlar mejor el tiempo y los recursos disponibles,
lo que exige una mayor conciencia crítica y un nivel de
autodeterminación personal más coherente; y lo mismo pero a una escala
superior ocurre si se quiere seguir militando en una organización
revolucionaria. Hay que optar, racionalizar recursos y gastos, reducir
el tiempo gastado en otras tareas para dedicarlo a la revolución.
Reaparece así el problema del control del tiempo, o mejor, de la
conquista del tiempo propio, libre, como síntesis de la emancipación
humana.
Pero
para lograrlo hay que desarrollar simultáneamente una visión crítica
del sistema de explotación bajo el que malvivimos, visión crítica que no
es otra que la teoría marxista que, entre otras cosas, afirma que el
capitalismo se reduce, en última instancia, a la economía del tiempo
explotado, a su máxima rentabilización mercantil en forma de acumulación
ampliada sin reparar en sus consecuencias destructoras. Llegados a este
punto, al de la lucha por el tiempo en los cuatro espacios que
analizamos, surge la pregunta elemental: ¿Cómo se piensa el tiempo? Es
un debate constante desde el surgimiento de la filosofía y de la ética,
es decir, una vez que la escisión social entre clases en lucha hizo
surgir el problema del tiempo como propiedad privada de una minoría
explotadora. La respuesta que ofrece la dialéctica es diferente al resto
de las escuelas porque la dialéctica materialista hace una pregunta
diferente: ¿Cómo se lucha por el tiempo propio, como se construye el
tiempo humano? Sólo desde el principio de la acción revolucionaria se
puede pasar al segundo nivel, el del pensamiento integrado en esa
acción: para pensar el tiempo hay que construir el tiempo emancipador.
La
ideología burguesa no quiere plantearlo así, y tampoco puede hacerlo,
porque abrir el debate sobre el contenido explotador del tiempo, sobre
la propiedad del tiempo asalariado y sobre la posibilidad de existencia
del tiempo revolucionario, libre y crítico, es siempre un peligro
inaceptable. Las religiones lo saben muy bien y por eso es pecado hablar
de la finitud en cualquiera de sus formas, empezando por la de los
dioses, y por eso en el cristianismo no existe ni puede existir tiempo
humano libre, sino solo tiempo prestado que hay que devolver al creador.
De este modo, histórica y socialmente los sucesivos poderes basados en
la propiedad privada del tiempo han creado una impenetrable muralla de
vacíos conceptuales, represiones intelectuales y mentiras que destroza
casi cualquier intento de pensar el tiempo fuera de un modelo social
concreto opuesto al dominante.
Sin
embargo, la solución al problema del tiempo es relativamente fácil ya
que, por un lado, desde la dialéctica se explica que tiempo y espacio
son las formas de expresión de la materia, y por otro lado, la crítica
marxista de la economía capitalista explica cómo gira alrededor del
problema del ahorro del tiempo asalariado a costa de destrozar el tiempo
de vida de la humanidad trabajadora. De esta forma, la prohibición de
pensar el tiempo como problema político esencial salta hecha añicos por
la propia materialidad de lo real, porque ella misma es tiempo y
espacio, y por el contenido de la lucha de clases que es lucha por el
tiempo de vida en contra del tiempo burgués. Además de que la crítica
marxista del tiempo burgués plantea en directo la lógica y la necesidad
del ateísmo, también plantea en directo el problema de los espacios y
tiempos concretos en los que se materializa la liberación humana.
Por
ejemplo, la juventud que sufre la dominación del poder adulto necesita
vitalmente un espacio propio en el que poder vivir su tiempo joven, en
vez de pudrirse en el espacio/tiempo del poder adulto, es decir, de la
familia patriarco-burguesa. La independización juvenil, los gaztetxes,
las casas recuperadas y liberadas, las organizaciones juveniles, etc.,
cobran una importancia cualitativa desde la visión del tiempo y del
espacio como instrumentos de lucha. La misma lógica debemos aplicar al
resto de sujetos oprimidos, muy especialmente a las mujeres por cuanto
el sistema patriarco-burgués vigila celosamente que no surjan espacios
de independencia de la mujer en los que el tiempo sea de liberación se
sexo-género, espacios que deben terminar abarcando a la sociedad entera.
La dialéctica vuelve a demostrarse aquí como decisiva porque sólo ella
expresa la contradicción irreconciliable entre el tiempo/espacio opresor
y el oprimido.
Damos
tanta importancia a la construcción del tiempo revolucionario porque es
una de las llaves para dominar el método dialéctico, ya que el tiempo
es cambio, novedad, contradicción y creatividad, y por ello es lo que
demuestra en los hechos diarios a la humanidad explotada que la
dialéctica materialista es la base de su felicidad. Pero lograrlo exige
de una disciplina en el uso del método dialéctico que sólo adquirimos al
ir comprobando en nuestra vivencia cotidiana los límites de la lógica
formal, del método formal de pensamiento que es válido en situaciones
relativamente estáticas, tranquilas, no convulsas, simples y no
complejas, sencillas y no enrevesadas, situaciones que las vivimos como
si fueran aisladas, separadas del resto. La rapidez de los
acontecimientos nos ofusca porque la lógica formal no es capaz de
penetrar en las contradicciones que aceleran el tiempo, que es de lo que
se trata.
En
la llamada «privacidad», en el trabajo o cuando buscamos que nos
explote un empresario porque no tenemos otro remedio para sobrevivir, o
en la vida asociativa si la practicamos, o en la militancia
revolucionaria, aunque aquí en menor medida, pensamos que una realidad
es ella misma y no puede ser su contraria, que la deuda, o la miseria, o
la explotación son como son porque no pueden ser de otra forma, porque
no existe otra alternativa ya que, según dice el principio de identidad
de la lógica formal, una cosa es igual a ella misma. A primera vista y
para andar por casa, como se dice, eso es cierto, pero enseguida la
experiencia nos llena de dudas cuando vemos que con la lucha de clases
se puede reducir la explotación y la miseria, que las movilizaciones de
masas se pueden imponer soluciones político-económicas que reduzcan el
desempleo y carguen sobre la burguesía el pago de la deuda, etc.
Y
la experiencia puede enseñar que eso y más es posible porque la
explotación, la deuda, la miseria son ciertas pero son contradictorias,
tienen contradicciones internas que permiten acabar con ellas o
reducirlas drásticamente en el peor de los casos; por tanto, el
principio de identidad vale para cuando no hay lucha de clases, no hay
resistencias y movilizaciones que demuestren con los hechos que el
«problema de la deuda» lo ha creado el capitalismo, no es eterno y puede
tener un fin, y que eso es debido a que tiene contradicciones internas,
está minado en su interior y por tanto está abierto al cambio interno,
aunque no lo veamos desde fuera a simple vista.
Ahora
bien, según avanzamos en nuestro descubrimiento de la dialéctica al ver
con la lucha que el principio de identidad, supuestamente inamovible y
exacto, tiene contradicciones internas, precisamente en ese momento
descubrimos que otro principio de la lógica formal, el de la no
contradicción, insiste en que una cosa no puede ser a la vez su
contraria, es decir, que el poder no puede ser a la vez el contrapoder.
Sin embargo, en todo proceso de emancipación al poder se le opone un
contrapoder, al poder patriarcal que se niega a conceder el divorcio a
la mujer explotada se le opone el contrapoder de ésta para irse de casa,
o para divorciarse legalmente, y así en toda lucha contra la
injusticia. La ley de la no contradicción es lo mismo que la de la
identidad pero enunciada en modo negativo, por lo que la experiencia nos
enseña que también es muy limitada en su aplicación al mostrarnos que
no existe ningún poder en abstracto, sino que todo poder en esta
sociedad es de clase burguesa, de sexo-género patriarcal, de nación
opresora, y que cuando la clase explotada, las mujeres y las naciones
oprimidas empiezan a emanciparse crean contrapoderes liberadores
irreconciliables con el poder opresor, y que de esos contrapoderes
pueden dar el salto a situaciones de doble poder como antesala, sin
siguen avanzando, a un verdadero poder emancipador.
Ahora
bien, cuando descubrimos las limitaciones del principio de no
contradicción, obvias y manifiestas a nada que forcemos la realidad con
nuestra praxis, nos topamos con la tercera ley o principio de la lógica
formal, el del tercero excluido, que dice que no puede existir una razón
intermedia entre la afirmación y la negación sobre una cosa. Como los
otros dos principios, y como toda la lógica formal, esta tercera ley es
válida para conocer las cosas simples y estáticas, aisladas del resto,
pero en la realidad cada vez más compleja y rápida, cada vez más
conectada con otros problemas circundantes, en esta situación real, la
ley del tercero excluido muestra sus limitaciones. Arriba hemos hablado
de situaciones de doble poder, es decir, de situaciones en las que la
lucha del contrapoder emancipador llega a tener la misma fuerza que el
poder opresor al que se enfrenta, pero no la suficiente todavía como
para vencerle. El doble poder es muy frecuente en todas las luchas, y
también en todos los procesos que van agudizando sus contradicciones
internas, que avanzan de lo simple a lo complejo. Y en todo proceso
llega un momento de «doble poder» situado entre la afirmación y la
negación, que demuestra la estrecha valía del principio del tercero
excluido y de la lógica formal en su conjunto.
Vemos,
pues, que la acción y no la palabra -la Biblia dijo: «En el principio
fue el verbo», pero Goethe precisó: «En el principio fue la acción»-, va
chocando con los dogmas, mentiras y represiones físicas e intelectuales
que nos impiden penetrar en el desarrollo de las cosas, y va superando
las trampas de la ideología y valía relativa de la lógica formal.
Impulsado por la acción, el verbo, la palabra, la teoría en suma, va
concretando y sintetizando lo descubierto por la práctica humana, y al
fundirse con la acción, ambos crean la praxis. Para la cultura clásica
esclavista griega, la praxis era la capacidad de las personas libres, no
esclavizadas, de crear cosas nuevas, bellas, creativas, artísticas.
La
praxis, o sea, la fusión de la mano y de la mente, va descubriendo la
dialéctica de la realidad mientras supera las limitaciones de la lógica
formal, de los principios de la identidad, de la no contradicción y del
tercero excluido. Durante este proceso, la praxis va descubriendo que el
control del tiempo, su liberación, es inseparable de la superación de
las formas de propiedad privada dominante en cada época, del modo de
producción dominante en ese época. La lógica formal requiere una
temporalidad formal, casi inmóvil o muy lenta, y siempre acorde con el
sistema de explotación existente. La dialéctica, por el contrario,
requiere el movimiento permanente, acelerado, crítico. En la vida
cotidiana, en la vida asalariada, en la asociativa y en la militante, el
tiempo va cogiendo velocidad y va asumiendo sus contradicciones, lo que
hace que se agudice el choque entre la ideología y el pensamiento
dialéctico. En este momento puede aparecer un cuello de botella que
paralice el proceso de concienciación porque la persona ya no es capaz
de desatascar la obstrucción mental que se forma cuando la cruda
realidad supera la ficción ideológica. ¿Cómo desatascarlo?
7.- MÉTODOS DE BÚSQUEDA DE LA DIALÉCTICA:
La
organización aparece aquí, en esa búsqueda de la dialéctica que bulle
en el interior de las luchas, de nuevo como el único desatascador
posible, porque sólo ella puede aportar el conocimiento necesario para
guiar con nuevos y más efectivos recursos teóricos la búsqueda de la
dialéctica inherente a la lucha. Tales recursos son los métodos del
pensamiento científico-crítico, el método dialéctico, que la
organización ha de aportar a sus militantes, y que estos deben pedir,
deben exigir, a la organización. Que nadie crea que ese desatascador
puede aportarlo la Universidad, la casta académica. Sin restar méritos a
una reducida minoría de intelectuales y profesores, cuyas aportaciones
valiosas son innegables, la realidad es que la casta académica es
incompatible con la dialéctica materialista por razones fáciles de
comprender y que podemos sintetizar en una sola: la dialéctica marxista,
su praxis, es irreconciliable con la mentalidad asalariada de la casta
intelectual.
Acabamos
de ver a qué dificultades se enfrenta la militancia cuando ha de
descubrir en su quehacer diario cómo funcionan en la cuádruple realidad
que aquí analizamos los principios dialécticos de objetividad,
concatenación y desarrollo, y hemos visto además lo arduo que resulta
superar las limitaciones de la lógica formal --identidad, no
contradicción y tercero excluido-- si no es mediante la lucha práctica,
en el interior de la realidad, de los conflictos sociales. Muy
meritorios intelectuales y académicos pueden aportar y aportan con
extrema coherencia personal sus conocimientos y su experiencia, pero
como institución y como casta, la Universidad y los intelectuales están
sujetos al poder y la mayoría lo acepta y hasta lo justifica
conscientemente.
Pero
el problema es más grave porque la voluntad individualizada y aislada
de algunos intelectuales «independientes», sin eso que se llama
«compromiso organizativo», justo llega a grupitos muy reducidos de
estudiantes y excepcionalmente, de trabajadores. La historia socialista
muestra que todos los «frentes culturales» sobreviven en la medida en
que sean alimentados por organizaciones revolucionarias con una muy
clara estrategia al respecto. Pero la razón fundamental es que sólo la
organización de vanguardia posee la experiencia, la determinación y las
ramificaciones suficientes para profundizar en la formación teórica, en
dotar a la militancia de los conocimientos que desatasquen la
obstrucción que impide o frena el doble proceso de, uno, descubrir la
dialéctica objetiva y, dos, descubrir que se desarrolla según los
grandes principios del método dialéctico general.
En
el caso que ahora tratamos, cuando la militancia descubre lo objetivo
de las contradicciones, su concatenación y su desarrollo permanente,
cuando aprende a ir más allá de la lógica formal, sin negarla en
absoluto, pero superándola, llegados a este punto, la organización ha de
poner al alcance de la militancia lo básico del método
científico-crítico en su aplicabilidad a la lucha de clases en los
niveles que analizamos. La experiencia muestra que de todo el «arsenal
teórico» disponible, cuatro son los métodos decisivos en la militancia
cotidiana, diaria, lo que no niega que existan otros muchos también
necesarios pero no urgentes para este corto escrito. Son estos: el
análisis y la síntesis, la inducción y la deducción, lo lógico y lo
histórico, y lo teórico y lo hipotético. Lo óptimo es que sean empleados
simultáneamente, respetando sus especificidades pero siempre buscando
una sinergia.
En
la práctica diaria y sin percatarnos de ello, empleamos estas
categorías pero no en su unidad dialéctica, sino que por separado y
casi siempre utilizando mucho más lo analítico que lo sintético, lo
histórico que lo lógico, lo hipotético que lo teórico y lo inductivo que
lo deductivo. Antes de explicar las negativas consecuencias que este
error acarrea, debemos estudiar con detalle la aplicación de esas
categorías.
La
ideología burguesa y la forma de pensamiento que genera, no está apenas
capacitada para el ejercicio de la síntesis, limitándose al del
análisis. En nuestra vida, pensamos con algún detalle sobre aquellos
aspectos concretos que más nos afectan de un problema: aplicamos el
análisis sin darnos cuenta cuando pensamos sobre nuestras relaciones
familiares, afectivas, laborales, sociopolíticas, etc. Analizar quiere
decir descomponer el problema en sus partes y estudiarlas una a una en
su especificidad. Solemos hacerlo frecuentemente, aunque la mayor parte
de las veces no analizamos todas las partes sino las que nos parecen más
importantes, o nos impactan más, o nos irritan y molestan, o nos
agradan especialmente; aquí, la subjetividad nos juega malas pasadas
porque desconocemos el principio dialéctico de la totalidad concreta, es
decir, que el empresario que nos explota y que el capitalismo, por
ejemplo, no son cosas distintas y separadas, sino una unidad, una
totalidad concreta, precisa, aunque en apariencia no sea así.
Para
encontrar la unidad del problema al que nos enfrentamos y sobre todo
para descubrir su verdadera naturaleza, sus contradicciones, fuerzas y
debilidades, tenemos que pasar del análisis a la síntesis, es decir, a
la unión de lo que antes habíamos separado. Pero en esa unión, en esa
síntesis escogemos lo esencial, lo común y constante en las partes que
hemos analizado, lo que les recorre internamente a todas. La síntesis es
así lo básico y permanente del problema visto en su unidad, en su
totalidad. Cuando analizamos la violencia patriarcal en las fábricas y
en las familias, vemos casos diferentes pero en la síntesis descubrimos
el sistema patriarco-burgués vital para el capitalismo, sobre todo en
crisis. La síntesis nos permite ver el funcionamiento interno del
problema al que nos enfrentamos porque concentra en pocas palabras lo
decisivo. No realizar la síntesis es quedarnos con una visión
fragmentada, una especie de caleidoscopio, que no nos sirve para
descubrir el punto crítico en el que debemos volcar nuestra militancia.
Por ejemplo, la síntesis de todos los análisis que hagamos en las cuatro
áreas afectadas por la crisis, nos muestra que el punto crítico no es
otro que el del poder.
De
la misma forma en la que nos limitamos generalmente al momento del
análisis, también solemos limitarnos en nuestra vida cotidiana al
momento de la inducción, es decir, a sacar una conclusión en base a un
número limitado de informaciones, ideas, análisis y experiencias. La
inducción es una forma válida de pensamiento, pero siempre que vaya
dialécticamente unida a la deducción. Usamos las inducciones cuando
«suponemos» que sucederá tal cosa, o que tal problema es grave, sólo en
base a un número limitado de informaciones sobre ese problema: por
ejemplo, en base a lo que nos han dicho amigos, hemos leído y oído en
los medios de prensa, y sin apenas una investigación rigurosa, «creemos»
que no hará falta ir a la huelga, que el gobierno no endurecerá las
restricciones, que se manifestará mucha gente, que nuestro padre ya no
vendrá borracho a casa, etc. Algunas veces acertamos, pero otras muchas
veces no, o solo a medias. La inducción sirve para elaborar pensamientos
simples, basados en situaciones cercanas que dominamos en parte, lo que
nos permite suponer o aventurar hipótesis plausibles porque atañen a
problemas no complejos. Pero la realidad es compleja y más en
situaciones de crisis.
Lo
contrario de la inducción es la deducción, por eso hay que utilizar
ambos métodos en su complementariedad dialéctica. La deducción consiste
en emplear la mayor cantidad de información disponible para, a partir de
ella, elaborar un conocimiento acertado. Para el común de las
personas, y también de la militancia, el método deductivo es muy difícil
de practicar porque exige una sistematicidad y exhaustividad difícil de
mantener en las sobrecargadas condiciones diarias de malvivencia. La
deducción exige, si quiere ser tal en su sentido pleno, disponer del
tiempo y de la costumbre intelectual necesarias para acceder a la
suficiente información previa en base a la cual elaborar nuestro
pensamiento. Las clases explotadas no tienen esas condiciones, peor aún,
lo tienen cada vez peor en ese y en otros sentidos.
La
militancia, por su parte, apenas ha sido concienciada en la necesidad
del método deductivo, y menos aún del hipotético-deductivo, que es como
se define a la unidad dialéctica entre la inducción y la deducción.
Presionada por las urgencias crecientes provocadas por la crisis, la
militancia no sabe ordenar su tiempo para poder aplicar la deducción
sino que se limita a la inducción. Peor aún, educada en la aceptación
a-crítica y obediente de las directrices «que vienen del arriba», la
militancia incluso reduce el método inductivo a pequeñas cuestiones
inmediatas, porque en el resto espera pasivamente a recibir la directriz
de su organización.
Además,
el método inductivo viene facilitado por le rotura de la unidad
dialéctica entre lo histórico y lo lógico. Lo primero que hacemos cuando
tenemos que resolver una cuestión es recurrir a la experiencia práctica
anterior, por ser lo más fácil, sencillo y rápido, pero también por ser
uno de los principios de la dialéctica, el del desarrollo, la
evolución, la historia del problema al que nos enfrentamos. El método
histórico es la aplicación del principio de desarrollo a un problema
concreto, a las relaciones paternofiliales en situaciones dramáticas
como la drogadicción en una familia al romperse sus lazos afectivos,
etc.; en este caso tan frecuente, por ejemplo, el método histórico es
aplicado algunas veces por los padres para intentar descubrir en qué han
fallado en la educación de sus hijos e hijas, o en ellos mismos. Se
intenta revisar el pasado para encontrar la causa del presente. Otro
tanto hacemos en el resto de problemas y facetas de la vida.
Pero
el método histórico por sí sólo únicamente nos ofrece información muy
concreta del problema que tratamos, porque no lo compara con otros
problemas idénticos. Por ejemplo, cuando la patronal reduce el salario,
el obrero aislado, sin conciencia ni formación crítica, se limita a
comparar el sueldo de ese mes con los anteriores, pero un obrero
concienciado sabe que no se trata de un caso aislado sino de un ataque
general de la burguesía contra el proletariado. Ha llegado a esta
conclusión aplicando el método lógico, comparando otros casos,
comparando otras historias, buscando sus coincidencias e investigando si
son meras coincidencias o si se trata de planes de la burguesía,
apoyado por su Estado, aplicados contra la clase obrera. Otro tanto
ocurre en la familia que ve cómo la droga, el alcohol, etc., destroza a
sus hijos y/o al marido: el método histórico les descubre errores en el
trato infantil o en las relaciones en pareja, o problemas económicos,
etc., pero el método lógico les explica que la droga es un arma de
destrucción biopolítica del capital para destrozar a la juventud
popular, que el narcocapitalismo es parte muy vigorosa e imprescindible
del capitalismo «legal», que el Estado no combate decididamente la droga
por estas y otras razones.
Pero
existe una unidad entre lo lógico y lo histórico que nunca debe ser
rota aunque practiquemos por separado uno y otro método. La unidad viene
precisamente de la materialidad del mundo, es decir, de que la realidad
material, objetiva, es una que está en cambio permanente y en múltiples
formas de expresión. Tanto su objetividad, o sea, que existe al margen
de nosotros, como su permanente desarrollo y sus múltiples expresiones,
todo esto hace que el pensamiento lógico aun unido al histórico en el
devenir, vaya siempre un poco por detrás de la evolución de la historia.
Lo primero es lo histórico y lo segundo es lo lógico, pero en una
unidad de proceso. Lo histórico aporta la base material a partir de la
cual surge casi de inmediato la reflexión lógica que van descubriendo
las leyes de evolución de la materia y del tiempo, de la historia. Pero
en el proceso de pensamiento, lo histórico y lo lógico han de mantener
su interacción permanente y su síntesis.
La
militancia que lucha en asociaciones populares, en sindicatos y
colectivos sociales, está más acostumbrada a simultanear el método
histórico con el lógico por la misma exigencia de su praxis; sin
embargo, debido a la desidia por la formación permanente en la mayoría
de las organizaciones revolucionarias, por esta y otras razones, la
militancia tiende a menospreciar el método lógico priorizando el
histórico. Por ejemplo, tras decenas de años de luchas nacionales de
liberación contra el imperialismo español, la mayoría de la militancia
revolucionaria de este Estado sigue interpretando sólo en términos
históricos el derecho/necesidad de la independencia de los pueblos
oprimidos por su Estado; eso es cierto, pero aquí, como en todo, el
método lógico llega al fondo del problema: el Estado español como
espacio simbólico-material de acumulación capitalista, es decir, la
«nación española» como enmarque ideológico-represor del proceso
histórico de acumulación interburguesa en una parte de la península
ibérica.
El
método lógico es más exigente que el histórico, del mismo modo que el
deductivo lo es más que el inductivo y la síntesis más que el análisis.
Sucede así porque los tres primeros requieren de mayor información, de
un tratamiento más sistemático y profundo para descubrir las conexiones
que recorren todas las formas del proceso que aparecen en su historia y
estudiadas concretamente en el análisis, y supuestas en la inducción.
Del mismo modo, la simultaneidad de los tres al completo requiere de una
práctica que sólo se domina con la militancia organizada, con el apoyo
decidido y permanente de la organización ya que sólo esta puede hacer el
seguimiento y aportar los datos, la bibliografía, los debates y la
coordinación con otras experiencias prácticas imprescindible para
manejar correctamente el análisis y la síntesis, la inducción y la
deducción, y lo histórico y lo lógico.
Precisamente,
es esta interacción entre los tres métodos de donde surge la teoría,
siempre relacionada internamente con la hipótesis. Y viceversa, es del
desarrollo práctico de la teoría y de la confirmación o negación de sus
hipótesis de donde se deriva la necesidad de enriquecimiento del
análisis/síntesis, inducción/deducción e historia/lógica. Una teoría es
un sistema o concatenación de conocimientos probados, de síntesis,
deducciones y argumentos lógicos que mantienen una coherencia con la
realidad sobre la que trata, con los problemas que resuelve
efectivamente, coherencia y efectividad demostradas mediante la práctica
y siempre sujeta al criterio objetivo de la práctica. Una teoría, por
tanto, es un conocimiento válido en su especificidad pero inmerso en la
espiral infinita de la praxis de modo que siempre está sometida a
examen, confirmándose y negándose en todo momento. No existe ni puede
existir una teoría inmutable, definitivamente cerrada y estática, sino
siempre abierta a la mejora autocrítica.
Una
hipótesis es una conjetura o suposición fundamentada en un estudio
analítico, histórico e inductivo más elaborado que lo normal, pero que
por falta de conocimientos más profundos no puede llegar todavía al
rango de conocimiento probado, de teoría demostrada por los hechos, por
lo que necesita ser confirmada o negada. Por su propia naturaleza, el
pensamiento humano tiende ha adelantar suposiciones, conjeturas o
«intuiciones» con las que guiar sus actos posteriores hacia un
objetivo. La experiencia muestra en este sentido que es mejor tener una
mala hipótesis que ninguna, porque aunque aquella sea mala siempre se
basa en alguna experiencia anterior que de algún modo nos ilumina en la
oscuridad de la vida, de modo que en vez de actuar a ciegas al menos
disponemos de una tenue visión siquiera a corto plazo.
Por
ejemplo, en nuestra vecindad se han producido violaciones y agresiones
machistas, y la gente consciente investiga, busca información, pregunta y
en base a ello elabora una hipótesis sobre cómo el deterioro de las
relaciones interpersonales por la crisis, de la vida en el vecindario al
aparecer el tráfico de drogas con la tolerancia o pasividad policial,
al reducirse el transporte público por los recortes introducidos por el
ayuntamiento derechista, etc., facilitan el terrorismo patriarcal. Se
trata de una investigación que aúna el análisis, la inducción y lo
histórico en el barrio, pero también profundiza en la síntesis, en la
deducción y en lo lógico.
Como
resultado de todo ese esfuerzo colectivo, que se ha ramificado a otros
vecindarios al pedir información y consejo, se elabora una hipótesis muy
plausible: para acabar con esas y otras agresiones, hay que organizar
al vecindario, movilizarse, luchar, denunciar y crear centros de ayuda,
debate y concienciación que lleguen a ser prácticas de contrapoder
popular capaces de expulsar del barrio a las mafias de la droga, y
capaces de llegar a crear situaciones de doble poder que obliguen al
ayuntamiento derechista a multiplicar masivamente el gasto social; y
esta hipótesis plantea también la necesidad de llegar a instaurar el
poder popular en la forma de una alternativa de izquierdas que gane las
siguientes elecciones municipales, echando del ayuntamiento a la
derecha.
Se
trata de una hipótesis elaborada a partir de la experiencia propia y
ajena, y por tanto a partir de una teoría ya demostrada como eficaz en
otros pueblos y barrios en los que el movimiento popular, vecinal,
asociativo, intersindical, ecologista, y sobre todo el feminista, ha
contactado como militantes sociólogos, médicos, arquitectos, etc., para
elaborar programas alternativos con los que demostrar que es posible
vencer a la burguesía. Por tanto, en ese pueblo, los vecinos se lanzan a
someter al criterio de la práctica su hipótesis y la teoría aprendida
de otras experiencias. Vemos así que existe una esencial conexión entre
hipótesis y teoría, de manera que la primera, la hipótesis es un paso
más de la teoría llevada a la práctica y puesta a examen bajo el
veredicto de los hechos, de la victoria o de la derrota; y la teoría es
la hipótesis validada, confirmada positivamente por la victoria o
negativamente por la derrota.
Si
el pueblo logra reducir o acabar con las violaciones, con la venta de
drogas, aumentar los gastos públicos y sociales, recortar drásticamente
los espacios urbanos peligrosos, oscuros, acabar con el racismo e
integrar a los emigrantes, si logra, en suma, conquistar el ayuntamiento
y derrotar a la derecha, la teoría habrá sido corroborada y enriquecida
con nuevas experiencias, y su capacidad para elaborar nuevas y más
avanzadas hipótesis habrá aumentado al abrir la reflexión popular sobre
por qué no dar el siguiente paso y lanzarse a la coordinación con otros
pueblos y barrios para crear un movimiento más amplio que se plantee, si
así lo decide democráticamente, llevar a lucha al interior mismo del
parlamento, por citar una posibilidad.
Es
indudable que en esta dinámica ascendente la intervención de la
militancia organizada es decisiva, pero siempre después de haberse
ganado la legitimidad con su ejemplo, sus aciertos y su capacidad
teórico-política. Es innegable que en este proceso, la teoría estará
siempre proponiendo proyectos más avanzados, que no son sino hipótesis
más precisas y exigentes, más arriesgadas porque amplían los objetivos y
los retos más complejos. A la vez, por ello mismo, la teoría será
sometida cada vez a más pruebas prácticas, acelerándose así la espiral
infinita entre la teoría y la hipótesis que es una parte de la espiral
de la praxis, de la unidad entre la mano y la mente. Pues bien, el
método dialéctico solamente es comprensible y asequible intelectualmente
en su majestuosa grandeza crítica y revolucionaria, implacablemente
autocrítica, si se aprende en el interior mismo de las luchas contra
toda explotación, dominación y opresión. La teoría no puede nunca
elaborarse en el limbo impoluto y manso de la pasividad obediente.
8.- CONFIRMACION DE LA DIALÉCTICA EN LA LUCHA
Es
en la acción en donde descubrimos el funcionamiento objetivo de las
contradicciones, su desarrollo, su concatenación, su objetividad al
margen de nuestras creencias y opiniones. Es en la lucha cuando nos
cercioramos de las limitaciones de la lógica formal, la que se basa en
las leyes de la identidad, de la no contradicción y del tercero
excluido. Es contra la explotación cuando nos damos cuenta que
necesitamos simultanear el análisis con la síntesis, la inducción con la
deducción, y la historia con su lógica interna para, de este modo,
confirmar y mejorar una teoría, la revolucionaria, que a su vez genera
hipótesis factibles y probables que de confirmarse mejorarán la teoría
en una espiral inacabable.
Insistimos
en que es imposible aprender el dominio efectivo, práctico, de este
método si no lo comprobamos en nuestra práctica cotidiana, dividida en
cuatro espacios en este breve texto. Nos damos cuenta mejor de esta
dificultad cuando llegamos al último capítulo en el que volvemos a
toparnos con la necesidad de la organización revolucionaria para que
ponga a nuestra disposición los textos adecuados que nos sirvan de
síntesis teórica de lo que estamos descubriendo con nuestra lucha. La
síntesis teórica no es otra que la comprensión del desarrollo de las
tres leyes fundamentales de la dialéctica materialista, al que nosotros,
nuestra especie, ha puesto nombres: ley de la unidad y lucha de
contrarios, ley del aumento cuantitativo y cambio cualitativo, y ley de
la negación de la negación. Aunque por su misma naturaleza, la
dialéctica acepta y esperar que surjan nuevas leyes al mejorarse el
conocimiento del desarrollo de la materia, y aunque ya hay marxistas que
proponen añadir como cuarta ley la del desarrollo desigual y combinado,
nosotros vamos a limitarnos a las tres más conocidas.
La
ley de la unidad y lucha de contrarios es básica y fundamental, como
las otras dos, y está presente en cualquier realidad vital humana,
social y en el pensamiento, también en la naturaleza. En toda sociedad
basada en la propiedad privada de las fuerzas productivas la lucha entre
el explotador y el explotado recorre y determina toda la existencia. En
el capitalismo esta lucha adquiere no sólo la forma de lucha de clases
entre burguesía y proletariado, sino a la vez tantas formas como modos
de explotación, dominación y opresión existan. La vida cotidiana,
familiar, afectiva, sexual, etc., está estructurada no sólo en función
de procrear fuerza de trabajo dócil y obediente, que ha aprendido la
obediencia en la familia patriarco-burguesa, en el sistema educativo,
etc., sino también para crear canales de desagüe del malestar social a
los sumideros de la pasividad y/o de la delincuencia social controlable
mediante una efectiva, compleja y ramificada jerarquía de micropoderes
materiales, afectivos, culturales, étnicos, etc., que además de mantener
el orden también crean sumisión y colaboracionismo con los poderes
superiores.
El
feminismo, la emancipación juvenil, la liberación sexo-afectiva, y
otras reivindicaciones en estos niveles cotidianos son expresión
práctica de la unidad y lucha de contrarios, del choque permanente,
larvado y oculto, o abierto y descarado, entre el marido y la mujer que
quiere emanciparse, entre los padres y la juventud, entre la represión
sexo-afectiva y las necesidades de liberación plena, por poner unos
ejemplos básicos. La unidad y lucha de contrarios en estas esferas
decisivas de la vida es tan real como en el resto, pero pasa más
desapercibida porque hemos caído en la trampa de su «apoliticismo», de
su «privacidad», lo que nos lleva a creer que en la «intimidad» no rigen
las contradicciones socioeconómicas, políticas, patriarcales,
culturales, nacionales, etc., que aparecen en la llamada «vida pública».
El aumento de los divorcios y de las separaciones, el vaivén de su tasa
de crecimiento al calor de las coyunturas de la crisis, por ejemplo, es
un indicador aplastante de la ley de la unidad y lucha de contrarios y
de su agudización mediante la ley del aumento cuantitativo y el salto
cualitativo, que analizaremos muy en breve.
Otros
datos son el aumento del terrorismo patriarcal intra y extrafamiliar,
el aumento de las depresiones y malestares psicosomáticos, el aumento
del fracaso escolar y de las tensiones intergeneracionales y en las
relaciones paternofiliales como consecuencia de la crisis, el aumento
del consumo de alcohol y otras drogas en la adolescencia, y un largo
etcétera. La ley de la unidad y lucha de contrarios nos explica cómo y
por qué se desarrollan estos conflictos inseparables de la estructura de
explotación capitalista y de las resistencias conscientes o
inconscientes de quienes la sufren.
Debemos
aclarar que esta ley también rige pero de forma muy suave y atenuada en
la vida organizativa, en los partidos y sindicatos revolucionarios, en
los movimientos populares con sólida conciencia de su objetivo
democrático-radical y hasta socialista. Rige de forma tenue mientras que
la organización no se burocratiza y no gira al reformismo, es decir,
mientras que no existen contradicciones irreconciliables, antagónicas
con sus objetivos históricos irrenunciables, y con su estrategia y
tácticas revolucionarias. Pero cuando el burocratismo comienza a pudrir
la vida interna y cuando, casi a la vez, el reformismo abierto o
encubierto y solapado comienza a negar en la práctica los objetivos, la
estrategia y la táctica, en este proceso las pequeñas tensiones siempre
existentes pasan a ser contradicciones, y si el reformismo y el
burocratismo avanzan y se imponen, entonces las contradicciones pasan de
ser no antagónicas, secundarias, menores y pasajeras, resolubles en
definitiva mediante la democracia socialista aplicada en los debates y
resoluciones congresuales, a ser contradicciones antagónicas,
irresolubles, entre el sector revolucionario y el reformista. La ley de
la unidad y lucha de contrarios actúan abiertamente desde ese momento.
La
ley del aumento cuantitativo y del salto cualitativo es un desarrollo
de la anterior, y muestra cómo esos y otros conflictos en la vida
laboral, en la asociativa y a otra escala en la militante, van
agudizándose, acelerándose hasta llegar a ser irresolubles dentro del
contexto en el que bullen a su máxima presión. Las movilizaciones en una
fábrica por motivos salariales, o en un pueblo contra irracionales
planes urbanísticos, o en una escuela o universidad, o en defensa de un
total, gratuito y efectivo servicio público de salud, estas y otras
luchas empiezan por pequeños actos de una minoría y dependiendo de su
gravedad y del contexto pueden agudizarse y extenderse rápida o
lentamente, o pueden ser derrotados o sobornados. Pero aun en esta
segunda y probable situación también está presente la ley de aumento
cuantitativo y salto cualitativo, aunque sin terminar su desarrollo para
el bando explotado, que ha sido vencido; por el contrario, esa ley sí
ha estado activa y muy activa para el bando explotador, que ha ganado,
es decir, que ha empezado acumulando fuerzas reaccionarias hasta
terminar con el salto cualitativo de su victoria.
Y
es que esta ley como todas las que afectan a la vida social, son leyes
tendenciales, es decir, que su desarrollo depende de la relación de
fuerzas en lucha. Quiere esto decir, que la evolución de la ley del
aumento cuantitativo y del salto cualitativo requiere, en el plano
social, de la intervención consciente, tenaz, organizada y plantificada
en base a una teoría sociopolítica, como hemos visto arriba. Si los
obreros, los vecinos, las mujeres, los estudiantes, los enfermos, el
pueblo trabajador en suma, no ha sabido luchar con efectividad y sido
derrotado, si ha sido así, por el lado opuesto y en base a la ley de
unidad y lucha de contrarios, la patronal, la burguesía financiera e
inmobiliaria, la casta universitaria, la industria de la salud, el
sistema patriarco-burgués, la clase capitalista en suma, sí ha sabido
acoplar sus métodos de lucha al desarrollo de la ley del aumento
cuantitativo y del salto cualitativo. Ha ido sobornando al reformismo,
debilitando la unidad y la moral de lucha, amenazando y reprimiendo a
los sectores más concienciados, extendiendo esa represión a los demás o
dosificándola y alternándola con concesiones mínimas y con promesas a
los sectores menos concienciados, para, de este modo tan explicado en la
teoría sociopolítica, ir aumentando el poder burgués hasta dar el salto
cualitativo a la derrota popular.
La
ley del aumento cuantitativo y del salto cualitativo, además de regir
en toda la materia, incluida la social, actúa también pero a otra escala
en el interior de las organizaciones de izquierda, como lo hace la ley
de la unidad y lucha de contrarios una vez que ha estallado el conflicto
interno entre revolución y reforma. Abierta esta lucha, la fracción
reformista que por lo general, en la mayoría inmensa de los casos es a
la vez la burocrática, y viceversa, recurre a todos los mecanismos
internos y externos para vencer a la revolucionaria, desde sanciones y
expulsiones de sus militantes más representativos, hasta pactos secretos
con la burguesía para obtener el apoyo de su industria
político-mediática, pasando por trampas internas de todo tipo,
especialmente en debates y publicación de ponencias, oferta de cargos a
militantes corruptos fieles a la burocracia reformista, manipulación de
listas de representantes en el debate congresual amañado en beneficio
del reformismo burocrático, etc. Tras el aumento de las tensiones
internas llega el estallido de la crisis, el salto cualitativo mediante
la expulsión de los revolucionarios o de los reformistas, y la aparición
de dos organizaciones nuevas, cualitativamente diferentes.
La
ley de la negación de la negación expone cómo y por qué las
contradicciones internas que impulsan a las dos leyes anteriores, dan en
este tercer momento de su desarrollo paso a una realidad
cualitativamente nueva, diferente a la anterior, que no existía antes en
lo esencial aunque en apariencia parezca ser la misma o muy parecida.
El ejemplo típico y clásico del divorcio nos lo muestra a la perfección:
aunque luego vuelvan a casarse cada uno o una por su lado, y aunque la
familia patriarco-burguesa aparente recomponerse de nuevo, la realidad
es que han surgido realidades nuevas con los divorcios, y que incluso el
sistema familiar se debilita lenta o rápidamente. La experiencia del
divorcio, como cualquier otra experiencia cualitativa, novedosa, que
marca una ruptura drástica aunque no quiera reconocerse así, abre
expectativas nuevas, marca cualitativamente aunque no se sea del todo
consciente de ello, o no quiera ser admitido por razones personales, de
orgullo, de despecho y odio, o por lo que fuere.
La
ley de la negación de la negación explica que se suceden dos momentos
de crisis, de negación, en el primero, en la llamada primera negación,
se rechaza lo existente, se rechaza al marido por seguir con el ejemplo,
o a la patronal si es una lucha obrera, etc.; se le niega en cuanto
poder al que hay que someterse, y es el momento negativo, destructor, de
esta ley dialéctica. Pero luego viene la segunda negación, o momento
constructivo, positivo de la ley, que es cuando tras el divorcio o tras
las larga huelga obrera, o estudiantil, o tras la larga movilización
popular, sucede la victoria, el salto cualitativo, que supera al momento
malo anterior porque se produce el paso a una realidad nueva. La
segunda negación se realiza cuando a lo destructor, a la lucha y a sus
sacrificios le sucede lo constructor, la victoria y sus beneficios.
Incluso aunque con el divorcio la mujer pase a tener menos dinero,
viéndose en la necesidad de buscar trabajo si no lo tenía, etc., incluso
en este caso lo ganado supera a lo perdido, es cualitativamente
superior a la vida insoportable con el marido, es una realidad nueva
deseada con anterioridad.
Pero
además de esto, la ley de la negación de la negación explica por qué lo
nuevo, la segunda negación o momento positivo y constructor, liberador,
incluye en su contenido novedoso a partes de lo viejo pero no ya como
partes dominantes, sino dependientes, subordinadas. No desaparece todo
lo viejo sino aquello que tenía de bueno, de progresista y de
enriquecedor se integra en la nueva realidad pero de forma secundaria.
Con el divorcio la mujer se libera ella y libera a sus hijos del
malestar cotidiano bajo el marido, de manera que ya puede generalizar a
todos los días los buenos pero excepcionales momentos felices vividos
con sus hijos, o puede disfrutar de la soledad tranquila, o puede
relacionarse con las personas que desee sin miedo a la violencia
patriarcal: la mujer independizada ha aumentado su autoestima, se conoce
más a sí misma, sabe de su fuerza personal porque ha luchado para
liberarse y ha ganado. Incluso aunque al final no obtuviera la victoria
del divorcio, la mujer ha cambiado en algo, ha aprendido cosas nuevas,
sabe qué errores no debe repetir, y si no se da por vencida, si no
claudica, la siguiente batalla por su libertad la planteará mejor, o
simplemente se irá de casa tomando las medidas para que no puedan
acusarla de «abandono del hogar».
Exactamente
lo mismo debemos decir con respecto a todos los procesos de unidad y
lucha de contrarios y de aumento cuantitativo y salto cualitativo que
han llegado al punto crítico en el que surge una nueva realidad. La
teoría revolucionaria se enriquece con la victoria, aprende y amplía su
capacidad, del mismo modo en el que los sujetos, las personas,
experimenta cambios cualitativos positivos en su vida, aunque pueda que
sean pequeños pero son nuevos porque entran en una realidad objetiva y
subjetiva mejor: menos horas de trabajo explotado, mejores condiciones
de vida y de ocio, menor tensión y agotamiento psicosomático, más
autoconfianza y optimismo vital al reducirse la precariedad inherente a
la malvivencia en el capitalismo. Y aunque nos se hubieran logrado todas
las reivindicaciones, aunque lo obtenido fuera menor de las exigencias y
expectativas iniciales, al menos se ha logrado algo, y en el menos malo
de los casos, se ha detenido en seco la ofensiva del capital que iba a
aumentar la explotación, la opresión y la dominación.
Debemos
decir lo mismo incluso si también fracasan, si son derrotados: una
lucha obrera, estudiantil, popular, un contrapoder y un doble poder
alcanzado por estas u otras movilizaciones pueden ser derrotadas y
sucede a menudo, pero incluso entonces ha surgido una realidad nueva y
contradictoria. Por un lado, la burguesía sí ha aplicado para ella la
ley de la negación de la negación, mejorando su teoría sociopolítica y
sus fuerzas represivas, como aplicó antes las otras dos leyes de la
dialéctica. Por otro lado, las luchas sociales, el movimiento
revolucionario en su conjunto, aun siendo contenido o vencido, también
aprende de sus fracasos porque la ley de la negación de la negación saca
a relucir el momento crítico en el que se pierde, ya que al expresar el
desarrollo práctico de las otras dos leyes, la lucha de contrarios
unidos y el aumento cuantitativo y el salto cualitativo, por ello mismo
indica qué ha fallado y por qué, reactivando así el proceso de
autocrítica y de mejora de la teoría mediante los métodos dialécticos
arriba expuestos.
Las
tres leyes de la dialéctica han de descubrirse en su materialidad
concreta, en el vibrar de las contradicciones objetivas en desarrollo e
interconectadas. Pero en esta experiencia práctica siempre aparece el
momento en el que es imprescindible el paso a la síntesis teórica de
tales experiencias concretas, y es entonces cuando, de nuevo, debemos
recurrir a la organización revolucionaria con especial insistencia. En
realidad, siempre debe estar presente, desde el inicio de toda lucha,
pero su necesidad se hace patente en el momento de la elaboración
teórico-revolucionaria. Sin su apoyo, el conocimiento empírico aprendido
corre el alto riesgo de quedar en un saber no sistematizado en sus
conexiones esenciales.
9.- RESUMEN:
La
militancia revolucionaria no puede seguir enfrentándose al capitalismo
actual, el de comienzos del siglo XXI que pretende aplicar a sus
necesidades actuales algunas de las formas de explotación del siglo XIX,
mejoradas con los más modernos adelantos en las ciencias de la
explotación, con las viejas concepciones premarxista, mecanicistas y
economicistas. Debe, por el contrario, recuperar lo mejor y lo más
radical y crítico del marxismo, a saber, la fuerza de su método
dialéctico, que no se intimida por nada ni ante nadie, que expone sin
tapujos ni componendas interclasistas y reformistas el movimiento de las
contradicciones irreconciliables que lucha a muerte en cualquier
problema, injusticia u opresión; que no se calla ni acepta endulzar su
crítica mediante una transacción reformista y corrupta; que siempre
dice, siempre advierte con argumentos, que al poder reaccionario
solamente se le vence con un superior poder revolucionario, y que para
crearlo hay que aprender el uso de la dialéctica materialista dentro
mismo de la propia lucha, en el calor de sus conflictos y en la
esperanza de la victoria. De lo contrario, la militancia se verá abocada
al fracaso, previo peregrinaje por el desierto de la ignorancia y de la
claudicación última.
IÑAKI GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA 26-X-2012
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