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Línea de demarcación frente al progrerío desviacionista (o la comedia no sabrá repetirse sino en forma de tragedia)
- Editorial de la revista de Red Roja, número 16

El
adelanto de las elecciones andaluzas abre un largo ciclo electoral
que nos retrotrae al nefasto e interminable período anterior de
elecciones, el cual contribuyó a neutralizar la “indignación”
movilizada provocada por el estallido de la crisis. De siempre hemos
sostenido que la verdadera clave de esta neutralización fue la
debilidad de inserción de la línea revolucionaria en unas
movilizaciones que demandaban unos cambios que realmente
sólo podían materializarse revolucionando
la cuestión del poder
político.
El nuevo escenario electoral que se abre no es exactamente el mismo,
aunque solo sea porque los actores entran con guiones redactados de
forma diferente. Esperemos que todo el ámbito que se reclama
revolucionario adquiera mucha más madurez a fin de estar a la altura
de las tareas que están pendientes desde aquellos años del
estallido de la crisis y las movilizaciones que provocó. No hay otra
elección que bregar por retomar la letra de un guion que nunca tenía
que haberse dejado desviar
en manos de “fuerzas del cambio” que el único cambio que están
forzando es el de su admisión normalizada en el pesebre
institucional. Con arrepentimientos incluidos, por si molestaron
mucho a la hora de reclamar su sitio en la tramoya.
*
En
realidad la nueva temporada del circo electoral comenzó cuando Pedro
Sánchez logró llegar, por fin y en precario, a la Moncloa, en medio
del enconamiento de la tensión política dentro del régimen del 78
por la “cuestión territorial” catalana; una tensión que,
además, alertaba sumamente a las cancillerías europeas ávidas de
estabilidad política para sus diktat
desestabilizadores.
En medio de debilidades generalizadas, y frente a la caverna
azul-naranja, el débil de Pedro se hizo fuerte con su chistera llena
de palomas (con mensajes algo zurdos y poco centralistas, por
supuesto) para tranquilidad
discursiva
de podemitas y de indepe-exautonomistas catalanes. Mientras, escondía
bien visible a su espalda su varita nada mágica para tranquilidad
ejecutiva de
quienes preparan la siguiente oleada de ataques sociales en un
contexto de réplicas de la crisis que amenaza con volver antes de
irse. Todo un (nuevo) máster, el de Sánchez, en ganar tiempo hasta
el momento en que la aritmética cuadre mejor sus cuentas
parlamentarias.
Desde
luego que, por su parte, la bunkerizada vieja guardia felipista –que
desconfía hasta del mínimo cambio de fachada del régimen que pueda
airear su condición de capos- debe estar asombrada (y algo más
tranquilizada) al ver que Pedro Sánchez gana en velocidad y descaro
al propio Felipe González en descambiar
promesas y decirse “no es no”… a sí mismo. En descargo del
actual inquilino de la Moncloa hay que decir que la UE no está por
la labor de hacer esas inversiones de fondos europeos que dieron larga
vida al “cambio felipista”.
En
cualquier caso, el retorcido “cabriolismo” de Sánchez busca
perversamente renovar al PSOE como el mejor garante de las políticas
euroimperiales (ver en este número el artículo “PSOE, o el mito de Sísifo”) tras quedar muy tocado
por su responsabilidad primera (en el sentido más cronológico del
término) en la gestión pro-oligarca de la crisis. Pero
justo antes, y subsumido a ese objetivo central, defendía que había
que ocupar la “centralidad de la izquierda” para lo cual tenía
que acompañarse de todo un género
de medidas de escaparate que no comprometen a nada en lo material y
que marean la perdiz, en competencia progre con los podemitas.
Ciertamente
Sánchez sigue en contrarreloj para dar solidez al hilo del que
pende. Pero su “histórica” debilidad extrema ha quedado cubierta
por las debilidades de sus aliados de la moción de censura. El líder
del PSOE realiza tan descaradas contorsiones porque piensa que sus
compañeros de viaje son los primeros interesados en que no parezca
tan descarado su descaro. ¿Acaso no sabe Sánchez que todos sus
aliados de la moción anti-Rajoy están empeñados en censurar sus
propios guiones como decíamos al principio?
Así,
el papel que de hecho está haciendo jugar la Historia a las llamadas
fuerzas del cambio es el de cambiar (y desviar)
el discurso con el que se subieron a lomos de la protesta. Y, sobre
todo, el de cambiar los principales enemigos del momento, que toda
línea revolucionaria ha de señalar siempre y que llamamos línea
de demarcación.
Juegan a cambiar los verdaderos e inmediatos factores de la crisis
por otros inventados; o por otros, ciertos, pero cuya importancia
exageran para hacerlos pasar por la causa de las desgracias
sociolaborales que dijeron que “podían” evitar. La corrupción
(intrínseca al sistema de siempre), las desigualdades de toda
clase
(pero sobre todo sin distinción de clase, lo que hace que se apunte
hasta la Botín) y hasta las corridas de toros: claro que todo eso es
progresista superarlo, pero su invocación se convierte en una
actitud contrarrevolucionaria (en su sentido más estricto, más allá
de intenciones) si nos desvía de señalar claramente a la banca y a
los mandamases de Bruselas y Berlín como el factor principal de
poder que hay que batir en tanto que responsables de haber hecho
pasar del 30 a más del 100% del PIB el pago de una deuda odiosa.
La
utilización de cualquier reforma o mejora parcial para sustituir la
causa principal e inmediata del cambio brutal en las condiciones de
vida es una verdadera deriva contrarrevolucionaria que no podemos
dejar de señalar. ¡Qué más da que a esa deriva se dé un barniz
de progre! Es más: este es el necesario señuelo para tan infame
arma de desviación masiva. Y no vale aducir dificultades para
extirpar el tumor. Hay que señalar este para establecer la
ineludible estrategia de acumulación de fuerzas que haga posible la
victoria en la batalla decisiva contra la fracción del capital que
está pilotando la guerra que nos han declarado.
Por
tanto, en términos de tareas para precisamente mejorar la
correlación de fuerzas que necesitamos, estos agentes del progrerío
desviacionista son el obstáculo más inmediato con el que nos
encontramos. Porque desmoralizan, dispersan y paradójicamente (a
tenor de su autodenominación) llevan a pensar que es imposible
un cambio. Aún más desmoralizan cuando se les ve en una dinámica
de inserción institucional total con peleas de corrientes donde solo
se acuerdan de la calle para acusar a la(s) otra(s) de que la han
abandonado. Pero todas coincidiendo, como decimos, en desviar el
enfrentamiento decisivo que tenemos pendiente. Después de la
experiencia de Syriza en Grecia, se apresuraron a “syrizarse”
preventivamente. Para que no se les acuse, como a Tsipras, de no
cumplir promesas si llegasen a gobernar, pretenden darnos el cambiazo
en cuanto a las promesas a cumplir. Y, claro, han pasado de la “toma
del cielo por asalto” a pedir perdón a las alturas por si hubo
algún malentendido, como hace el que da nombre a la verdadera
corriente ganadora del podemismo: “perdió Errejón, venció el
errejonismo”, ¡cómo no nos equivocamos tras aquel Vistalegre II!
Hemos
recordado más de una vez que uno de los elementos que conllevan las
crisis sistémicas es la propia duda de los verdaderos factores de
poder acerca de qué personajes apoyar en la primera fila de la
escena política. En el Estado español la contradicción que se les
plantea es que realmente la derechona y sus marcas blancas suponen un
elemento peligroso de confrontación en la cuestión territorial y no
ofrecen la seguridad de dejar el patio suficientemente calmado para
las consecuencias de esas sacudidas macroeconómicas que se anuncian
en el horizonte. Pero también es verdad que la crisis capitalista
está tan necesitada de ampliar recortes en países intermedios como
el nuestro (por ejemplo, en las pensiones) que tampoco están seguros
de que aquellos que han llegado al gobierno a base de promesas de
“vuelta al Estado de bienestar” puedan llevar a cabo sus
“despromesas” como si aquí no pasara nada.
Ante
esta inestabilidad dentro de la llamada clase política y con un
progresismo de postureo que lo único que asegura es su puesto
institucional, no es de extrañar que se desarrollen tendencias
reaccionarias que incluso afecten a sectores populares desorientados,
desmoralizados, divididos. Por nuestra parte, al contrario de los
llamamientos a “centrarnos” para no hacer el juego a la derecha
extrema, el camino consiste en desarrollar un potente movimiento en
la perspectiva revolucionaria que sepa incluso arrastrar sectores
propensos hoy a la movilización reaccionaria.
Hemos
de tener en cuenta que la situación de crisis era, desde su
estallido, de proyección revolucionaria, no solo porque afectara
principalmente a la clase trabajadora. Afecta también a otros
sectores que son presa fácil del discurso antidemocrático en la
medida en que los oligarcas de nuevo tipo van de demócratas. Y no
podía sino traslucir graves disensiones entre quienes aspiran a
ejercer el dominio político, hasta el punto de que, aprovechando que
las esferas políticas de siempre “ya no pueden dominar como antes”
(Lenin), surgen quienes pretenden dar vox
a lo más cutre de la sociedad, pudiendo arrastrar incluso a sectores
populares sumidos en el desconcierto. Y ello en base al discurso
contra la inmigración y los nacionalismos periféricos que “chupan
y roban la riqueza y el trabajo del resto de España amenazándola
con su destrucción”.
En
los últimos tiempos venimos insistiendo en que hay que prepararse
para otra fase de enfrentamiento en que todos los actores han
aprendido. La crisis que estalló en 2008, y que generó un ciclo
masivo de movilizaciones, visibilizó en el plano político una gran
carencia por nuestra parte: la del desarrollo de un referente
político propio de toda situación de proyección revolucionaria,
precisamente para que deje de ser de mera proyección y tome fuerza
en la realidad de la lucha de clases. Ante los nubarrones que se
avecinan hay que retomar ese reto. Pero no podemos hacerlo sin
extraer del periodo anterior las enseñanzas pertinentes. Y las hay
sobre cómo conjugar las reivindicaciones políticas
(jerarquizándolas) y la forma de intervenir en los eventuales marcos
de movilización que se abran y que ya no serán exactamente igual
que antes. Insistamos en que en todo momento hemos de señalar los
verdaderos factores de poder, en sus contradicciones y en sus
debilidades para señalar los flancos por donde abrir brecha.
Lo
menos que podemos decir es que el Régimen del 78 nos ha declarado la
guerra más que nosotros a él. Cierto que la cosa está más trágica
para declarársela. Principalmente porque tendremos que ir más allá
de declaraciones. Y sobre todo de gesticulaciones y de postureos
comediantes que nos desvían del campo donde se nos plantea la
verdadera batalla.
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