El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posibl. Editorial Investig’Action ... Y MUCHO MAS
A 52 años de su desaparición, Ben Barka sigue presente en el recuerdo y el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar.
Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que
ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras
sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto
porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados,
formados en universidades y centros de estudios del país, pero las
oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las
fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas
buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces
del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos
salarios y la hoy denominada “economía informal”.
Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por
satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de
independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento
20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país
donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el
mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias
familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del
redil patriarcal.
Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo
occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos,
los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos
de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida
política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas
veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega,
Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey
es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo
al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es
tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa
pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día
en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y
siempre controlado por Palacio.
Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden
también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que
parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de
guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie
donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se
mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e
incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es
cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en
la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de
los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin
embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de
estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y
“civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a
la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los
estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.
Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o
Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del
país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces,
por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la
propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y
peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y
incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los
derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y
tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan
Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no
resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a
los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que
signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su
propio pueblo.
No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o
las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde
fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba,
Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco
fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos
desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien
dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la
Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e
impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y
colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las
guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.
En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos
proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de
las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la
tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de
fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien
por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es
alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires
socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido
en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben
Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia),
luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia,
sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces
desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo
económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios
secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años
negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años
de plomo”.
LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE
Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio
especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de
plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con
otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente
distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos
países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada,
sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del
sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado
acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra
oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo
especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención
ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido
negando sistemáticamente.
Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor
actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón
la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque
existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a
grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios
secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha),
en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de
seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que
una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera
nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada
muy por excepción.
Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor
escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los
setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no
europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes
de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique,
Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y
asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la
ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha
entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial
-entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el
Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente
Polisario.
Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado
del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la
revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos
indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco
contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes,
(desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre
la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento
de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI
pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la
misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas
características comunes: el mantenimiento del status quo político, el
silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y
omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la
gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato
de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un
caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años
las “décadas de plomo” del país magrebí.
Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde
la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los
años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de
los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de
crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para
este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas
violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi
cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”.
Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental
marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el
genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de
testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también
por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975,
pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del
Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que
bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en
ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales.
Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta
realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las
protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del
tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca
(1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han
tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur”
contra la ocupación del territorio saharaui.
Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas
causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de
derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y
desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado
tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al
mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la
consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente
aceptado-.
Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” podía
dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en
cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de
vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la
horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del
Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios
centenares y más de un millar de personas.
Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido
puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado
por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados.
Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi
(asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija
de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en
intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los
antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue
secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros
masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o
los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron
encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos.
Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido
en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson
Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y
judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en
Palestina.
Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva
sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la
“guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados
Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del
alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la
Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del
coronel Gadaffi.
Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli,
consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la
“Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y
la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe
instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de
cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la
antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo
es considerada clave para la implicación, a juicio de varios
testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y
norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno
de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la
presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el
mundo no alineado.
A
la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste
del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que
se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del
Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó
simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con
bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas
como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la
Humanidad.
En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de
bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera
sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las
migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa
como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en
los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de
Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado
esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas
como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la
consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el
referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto
prácticamente “sine die”.
Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que
pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la
monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar
en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta
y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión
Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas
molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas,
pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a
la controversia.
Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe
obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar
sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que
denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura
cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo
Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y
la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de
la sociedad marroquí con su pasado.
En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero
no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad
alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales
sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto.
Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los
culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del
estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca,
expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos
siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus
puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo
-un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen
sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado
se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de
las asociaciones cívicas.
Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de
derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su
situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de
que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es
víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato,
desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el
abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las
víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha
hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como
aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos
“malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.
Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un
alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones
de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha
venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la
Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el
genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de
ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber
tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del
reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después
volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento
saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el
monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.
MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA
Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que
ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer
Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y
sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del
movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista
plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de
injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores
metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de
solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o
por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que
llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países
No-Alineados o la Conferencia Tricontinental.
En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955
a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser,
Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o
inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la
revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema
socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución
nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo
estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá
del bloque soviético.
En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina
(Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o
el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali,
Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través
de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia
o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental,
para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la
administración en los primeros años de la guerra fría- no era una
opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte,
producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y
anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas
que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que
adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos:
Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue
aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a
aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en
África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba
difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno
unipolar…)
Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces
parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una
familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y
vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta
los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de
uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que
acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera.
La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del
muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben
Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de
Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel,
pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos
en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la
Alemania de Hitler).
En su juventud y durante su etapa universitaria, frecuentó amistades y
círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia
y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943,
convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años
más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las
montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá
siete años-.
Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la
consecución de la independencia plena del país y la salida de las
potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la
modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la
reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí).
Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del
rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en
Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más
manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse
en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en
la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La
crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el
conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio,
donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse
quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un
instrumento del régimen.
LA UNFP Y EL EXILIO
Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista
en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el
país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo
de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos
no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la
euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven
generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […]
Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un
contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de
fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta
nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a
las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y
los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente
franceses.”
La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política
mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera
podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró
Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los
mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división
mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal
cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua
organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte
del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente
reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera
relación del reino con las potencias occidentales para la represión del
nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área
(alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación
del Sáhara Occidental, etc.)
Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado
prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con
líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer
Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh,
otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a
la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de
rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las
desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de
proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de
infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que
unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le
convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba
parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del
status quo.
La situación entre el sector conservador y el izquierdista del
Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se
encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló
finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se
convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que,
entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y
sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que
entonces regían la vida política en el país por unas instituciones
genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al
ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una
postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del
partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union
Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares,
UNFP).
La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la
ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria,
alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social
en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación
de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y
político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y
solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se
convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más
importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las
naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe
ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la
unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.
Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que
ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no
es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad
marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su
órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque
regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II,
coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada
por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP.
Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico
provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como
candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron
con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a
la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer
lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con
una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la
UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot
contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su
exilio parisino, del que ya no regresaría.
Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí
desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el
dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las
Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una
disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben
Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su
postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir,
“lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra,
que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual
se había convertido en una referencia para los movimientos de
liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a
Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a
cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que,
como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar
más en contra con el hecho de que dos países recientemente
independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus
países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y
sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus
recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se
sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de
la ex metrópoli Francia.
LA TRICONTINENTAL
Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y
definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior
del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su
comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y
Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del
dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de
hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las
principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.
A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre
Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus
experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah,
Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una
perspectiva más global acerca de la exploración de las características y
las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista
(neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él
-la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes
mencionada-. “Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).
La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos
intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor
de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed
Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de
liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de
las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot” en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La
capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la
contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en
primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de
las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros [lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).
El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa
“altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la
actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de
entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola
dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar
Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben
Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de
Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por
el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un
continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día
está en El Cairo para dar un discurso definitorio y fustigante del
neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para
idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a
Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.
Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la
popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de
la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración
magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka,
el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia
de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto
norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde
una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias
particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno
de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país
tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la
solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos”
Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto
global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales
de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no
contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o
la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como
las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades
financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia
del contexto económico nacional.
“Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí,
actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del
neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un
Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día.
Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los
Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las
que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres,
cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y
de progreso”.
En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo,
neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de
dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es
común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe
significar establecer una organización que, al igual que las que
representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad
antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización
Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que
dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio.
“Crear una organización de solidaridad de los tres continentes
quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al
adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero,
al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para
modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.
No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia
Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966,
recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones
mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los
Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos
recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores
del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo
que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur
global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en
1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y
Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de
la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica
conferencia en la capital cubana.
Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales
impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente
americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos
-había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a
Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones
con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex
vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia
del encuentro habanero.
La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi
Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es
un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones
antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y
por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la
Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de
liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba,
donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales
Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención
inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro.
Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido
secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta
condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos
el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo
Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en
los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.
Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada
a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción
de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y
los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado
permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con
participantes de diversas partes del globo.
La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC.
La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por
ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la
solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo
que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del
Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.
UN CRIMEN SIN RESOLVER
El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta
francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó
acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y
cuarto del mediodía.
La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder
opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film
anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el
que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben
Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto
productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad
un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.
La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios
secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine
Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y
colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y
Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la
preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.
A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis
Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron
de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras
individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al
hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el
último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después
Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.
Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que
Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba
verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había
mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia
respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento
entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer
Mundo.
Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga
sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de
Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía
a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo
convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la
Francia democrática.
¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto
hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con
más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el
Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a
ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un
equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se
unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de
los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes
marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami
Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la
presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí:
Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y
el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con
posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada
en el pecho.
George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 –tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”,
aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato-
en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del
líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de
librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres
de Boucheseiche.
Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de
Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar
un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados
en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar
para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan
II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las
potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un
extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el
país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero,
apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia
Tricontinental.
¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no
ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de
hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la
apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes
Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior
asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al
centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de
ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la
operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II
tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.
Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un
sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el
asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como
prueba del cumplimiento de la misión.
Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de
Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de
un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo
navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a
ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo,
estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos
española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos
actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad,
dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado
por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni
existe referencia a secretaria alguna.
¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados?
Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con
la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe
una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato.
Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de
la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un
oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión,
añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer
cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer
ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían
tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y
asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como
la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes
potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a
Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.
Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los
servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como
encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República
no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos
actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto
socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las
responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte
que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración
que las autoridades francesas tienen con la justicia para el
esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este
extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de
detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.
EPÍLOGO
Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose
sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina
terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno
en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por
Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército
boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y
artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a
poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo
Mondlane, Salvador Allende…
El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los
intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias
neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad
de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de
una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en
la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.
En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la
consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces
habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del
retraso, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba
sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las
fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y
fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo
entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida,
y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como
heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la
“apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el
palacio real.
Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la
OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una
transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso
Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de
su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de
justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos
demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al
cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes,
demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer
un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el
rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo
exterior para seguir sosteniéndose.
FUENTES:
“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka
“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka
“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)
“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/
“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044
“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.
“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.
“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010
“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.
“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre
Fuente : Historiasdelaotrahistoria
Envía aquí tus crónicas, informaciones…
twitter elcorresponsalobrerx
Lee y Comparte. Ayuda a que la contrainformación llegue a más personas
Comentarios
Publicar un comentario