jueves, 24 de diciembre de 2015

Manifiesto en soledad. Silvia Delgado

No puedo  escribir a espaldas de la vida, como si este oficio fuera  ocultar  distraídamente los ríos de sangre, los manantiales de sueños, las memorias sepultadas, los ejércitos de paz que pisotean crimen tras crimen. 

En estos tiempos de muertes evitables urge declararse en rebeldía. Urge  desenvainar la palabra  para clavarla en la yugular de la barbarie. No es bastante con lamentarnos del mundo en el que vivimos, debemos tomar partido y disparar ráfagas de protesta contra todas las formas de indiferencia.

No soy una poeta pesimista ni apocalíptica soy capaz de reír y de cantar. Aun puedo contar estrellas y caminar sin ritmo ni destino por los sueños o por  los libros.

Pero ser estúpidamente optimista no me impide ver el futuro como un lugar uniforme, con menos aire y menos semillas, con menos lenguas, más látigos y más depredadores.

El mundo que seguramente viene pariéndose desde que el capitalismo se hizo dueño y señor de casi toda la tierra es un lugar en penumbra con la sola luz de las monedas, donde nada vale o todo tiene un precio, desde el tiempo hasta los partos, desde los úteros hasta los sudarios, desde los frutos hasta los panes y los peces.
Todo tiene un precio ahora mismo y todo tendrá su valor en el mañana.

 Cada cuatro años elegimos quienes podrán distribuir nuestras pobrezas.  Las urnas son la excusa para legitimar la violencia.

 Las guerras que se inventan  son los salvoconductos de los codiciosos  para ordeñar las patrias ajenas hasta dejarlas resecas.

En Argentina, en Grecia, en Siria, en el Estado español.
En África, en Asia, da igual.

El imperio de la codicia triunfa y no importan las muertes ni los bombardeos, no importan los desiertos que crecen, ni los diluvios, ni los bosques que desparecen. 

Mueren los pájaros y los nómadas.
Mueren los mares y la lluvia y los glaciares.
Y el suelo se mueve y se mueven los pueblos desesperadamente.

Y todos reconocemos la farsa de las democracias pero aún así, esperamos que con nuestro voto los siguientes años, cambiarán las cosas: abrirán las cárceles, se congelarán las bombas, se multiplicaran las casas.

Decidimos ignorar  que no somos libres, que andamos vigilados, que peligran las voces, que vivimos hermanados con todos los pueblos porque a todos nos crucifican con los mismos métodos, con las mismas mentiras, con los mismos espejismos. 

Mansos hijos de la barbarie.

Y comprendo el optimismo que impera hoy día. Es necesario, a veces, convencerse de que será posible, con el mínimo esfuerzo, torcer el tobillo al destino amargo y letal del capitalismo.

No cambiará nada con los votos. Nada.
Es parte del juego, de la trampa, dejarnos votar, hacernos responsables.

Pero no saldremos de las arenas movedizas si para salir de ellas creemos que las opciones políticas tirarán de nuestros brazos  hasta salvarnos.

Ni en EH, ni en Chile, ni en Irlanda, Ni en Túnez.

Las elecciones son maniobras de distracción donde, mientras vivimos la ilusión de cambiarlo todo, las oligarquías continúan con su delirante expolio.

Y nada les importa. Nada.
Nada temen. 

Lo quieren todo: los brazos, los bosques, las banderas.

Pagan con sangre ajena.

Por todo esto yo no creo en la libertad de las democracias que padecemos. No creo que las elecciones sean transparentes, sin mácula. 

Los medios de comunicación, las encuestas, los debates televisados se encargan de dirigir lo pensamientos, de acomodarlos pa que todo sea màs de lo mismo.

Y si aún así  los resultados no convencen, pues se ilegalizan partidos o se encarcela a los que desafían esta gran farsa. La banca siempre gana.

Por esto me planto. 

Aquí me quedo,
nos vemos en las calles
entre el verso y el pan
entre el pan y la tierra,
entre la tierra y la vida.

No cuenten conmigo,
para  ir a las urnas. 

No cuenten conmigo para pagar a escote
a tanto ladrón del cielo,
del suelo
de la paz
y de las patrias.
Sopela, 9 de diciembre 2015

Silvia Delgado 

(Disculpadnos  por no haber traido hasta aqui antes este poema de la compañera)

La tele y los malos

 

Biografìa poètica

 

El delito

 

No pago

 

 


 



 


 



 

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