domingo, 7 de diciembre de 2014

La madrugada tenía olor salitre cuando se los llevaban y mas articulos de Francisco González Tejera

Esa noche se tuvieron que meter rápido en las literas de madera del campo de concentración de Gando, los “cabos de vara” pegaban más que nunca, como siempre, cumpliendo órdenes del sanguinario teniente Lázaro. Los hombres corrieron como pudieron
convertidos en sacos de huesos por la mala comida con chinches, la ausencia casi total de agua para beber, la escasa higiene de una ducha masiva y breve por semana.

Los camaradas del consejo de guerra del municipio de San Lorenzo (Gran Canaria), dormían muy cerca en la misma zona de El Lazareto, la antigua leprosería que hacía las veces de infierno fascista, donde cada día se producían muertes por hambre, tifus, gripe o las patadas y palos de los falangistas y sus chivatos.

Aquella tranquila nocturnidad de julio era ventosa, Juan Santana Vega y Pancho González Santana
conversaron en baja voz, el indulto de Franco no llegaba y pasaban los días. En el fondo sabían que nunca llegaría, que si llegaba lo ocultarían, eran conscientes de que la patronal jamás les perdonaría las huelgas desde los años 20, las acciones sindicales en las fincas de los terratenientes, el haber ganado unas elecciones municipales por mayoría absoluta, el triunfo de la clase trabajadora en aquel rincón empobrecido del archipiélago.

El chiquillo Valencia les susurró algo desde la litera del fondo, iba bien con sus clases de alfabetización, don Manuel Monasterio, lo tenía adoptado, le enseñaba junto a otros compañeros las cuatro reglas, el alfabeto y algo de historia de España.

Antonio Ramírez Graña no podía conciliar el sueño, daba vueltas en el colchón duro como una piedra, trataba de ver algo por la ventana y la noche era oscura, con un viento atronador removiendo la arena de la cercana playa cercada por alambradas. Al final se le cerraron los ojos y en ese momento escuchó un sonido atronador, pisadas de botas, puertas que se abrían y cerraban, voces rudas que gritaban los nombres de “los cinco de San Lorenzo”. En ese momento supo que había llegado la hora, que el fusilamiento era inminente, el trato de dormirse de nuevo, que todo fuera un sueño, mientras alguien le destapó la sabana sucia, era Manuel Hernández Toledo, que lo miró con lagrimas en los ojos: “Nos llevan hermano, nos llevan para matarnos…”.

Todos se levantaron, se agruparon en torno a sus lechos, eran como 50 hombres, presos, desnutridos, sucios, con miradas perdidas y ojos llenos de lágrimas. Pancho consiguió pedir por sus hijos, por su mujer, que se encargaran de ellos desde el “Socorro rojo”, que no los abandonaran. Juan repartía lo poco que tenía entre los presos, el cinturón, la boina, el lebrillo vacío de gofio. Los demás estaban como petrificados, eran minutos, quizá segundos, que envejecían como un niño ante un horno crematorio, como el final de una historia interminable, un latido de furia, como aquella noche del triunfo ahora perdida en la nebulosa de los meses.

Los llantos inundaron el recinto, Gando sabía lo que pasaba, los miles de hombres apresados intuían que se los llevaban para fusilarlos, ya lo habían hecho antes con los de Telde, con los cinco de La Isleta, tantas almas masacradas, arruinadas en vida por parte de un ejército traidor, una oligarquía corrupta, incapaz de perdonar la lucha del pueblo por sus derechos.

En ese momento terrible se formó una especie de pasillo humano que los despedía, varios gritaban palabras ininteligibles, el resto lloraban, no podía ser que los mataran, no habían hecho nada, solo defender la democracia, la legítima república de los sueños.

El alcalde comunista de San Lorenzo alcanzó a decir unas breves palabras, el joven Juan Santana Vega se despidió de sus camaradas, tantas caras amigas y ojos rojos de sangre, miradas nobles que pudo ver antes de subir al camión de la carne humana, el que llevaba los reos al campo de tiro y luego los cuerpos a la fosa común del cementerio de Las Palmas.

Cuando salieron encadenados se cerró la puerta, solo escucharon lamentos, gritos de los militares y falangistas, el sonido de un motor oxidado, viejo, el olor a gasoil y virginio, una partida para no verlos más, el final triste de una historia rebelde, fraterna, que comenzaba en la alborada de un verano invencible.

LA MEMORIA INTERIOR. Los Fusilados de San Lorenzo

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sábado, 6 de diciembre de 2014

El miedo de la mafia política a quienes luchamos por la justicia social

Ladrones metidos en política criminalizan cualquier acción en defensa de la justicia, acusan a quienes salvaguardamos cosas justas, tratando de hacernos sentir delincuentes, culpables de delitos tan graves como los que ellos cometen cada día desde sus corruptas poltronas.

Exigir mejoras sociales, estar en contra de que la policía expulse de las calles a las personas sin techo, que familias enteras no sean desahuciadas de sus viviendas por la mafia político-bancaria, luchar por un trabajo digno, por derechos sociales conseguidos en los últimos cien años es para esta gentuza un crimen horrendo.

Por eso nos persiguen, nos amenazan con despidos, con dejarnos sin nada, sin dinero, sin casa, sin futuro, condenando a nuestras/os hijas/os a la miseria y el hambre.

Este es el estilo de esta banda de sinvergüenzas: acusarte, maniatarte al terror, enfermarte, conducirte al suicidio, a una desesperación que sufren, sufrimos, millones de personas en todo el territorio donde gobierna la mafia.

Siempre he pensado que como mis padres soy una persona extremadamente honrada, consciente, solidaria, como la inmensa mayoría somos incapaces de delinquir, apostamos por una vida mejor, por un futuro de igualdad, derechos civiles, verdadera democracia y libertad.

Los delincuentes son ellos, los que saquean el patrimonio público, los que roban el dinero de la sanidad y la educación pública, los que cobran en sobres y se enriquecen con el empobrecimiento del pueblo, generando hambre infantil, desempleo masivo, doscientas mil muertes de personas dependientes en menos de un año por falta de ayudas y atención sanitaria.

Ellos son los malhechores, los forajidos, los salteadores, la gentuza que nos da lecciones de democracia en el día de su particular Constitución, la que los ha hecho multimillonarios robando, saqueando, pisoteando los derechos sociales, condenando a la ciudadanía a un futuro de hambre, barbarie y miseria.

No les tengo miedo, no les tememos,  hagan lo que hagan, nos persigan como nos persigan, aunque nos condenen, nos encarcelen, nos asesinen con recortes, criminalizaciones y amenazas, tenemos medios para confrontarlos, denunciarlos, para que el mundo se entere de su vergonzosa calaña.

El miedo lo llevan ellos en su piel, les atraganta sus gargantas, temen perderlo todo, lo que han robado en años de delincuencia de guante blanco, su asqueroso nivel de vida a costa del dolor y el empobrecimiento de millones de seres humanos.

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