Y
también es un hereje quien niega o cuestiona cualquiera de los dogmas
de fe del catolicismo, entre los que se cuentan la transmisión
hereditaria del pecado original, la inmaculada concepción de María, la
doble naturaleza (divina y humana) de Jesús, la infalibilidad del Papa,
la Santísima Trinidad, la omnipotencia y omnisciencia de Dios, el libre
albedrío del ser humano, la asunción de María en cuerpo y alma a los
cielos, la resurrección de la carne, la existencia del infierno…
Es
decir, un católico cree -tiene la obligación de creer- que todos (menos
la virgen María) nacemos en pecado porque Adán y Eva se comieron una
manzana; que el Papa es infalible porque tiene línea directa con el
Espíritu Santo; que el cielo es un lugar espiritual, pero capaz de
albergar cuerpos físicos, como el de Jesús y el de su madre; que Dios es
uno y trino a la vez (tres personas y una sola naturaleza); que somos
libres a pesar de que Dios sabe de antemano todo lo que vamos a pensar,
sentir y hacer a lo largo de nuestra vida; y lo que es infinitamente más
grave (y, como matemático, no suelo tomar el nombre del infinito en
vano), un católico cree que un Dios justo y misericordioso es capaz de
infligir un castigo eterno a seres de responsabilidad limitada como son
los humanos: una aberración (tanto desde el punto de vista de la lógica
como desde el de la ética) que solo cabe en la cabeza de un demente.
¿Significa
esto que, solo entre los cristianos, hay en el mundo unos 1.200
millones de dementes (de los cuales más de 30 millones en el Estado
español, donde quienes se declaran católicos constituyen un 72% de la
población)? Afortunadamente no, porque si les sumáramos los dementes de
otras religiones y creencias disparatadas (como la astrología o la
dianética), tendríamos que llegar a la alarmante conclusión de que a la
inmensa mayoría de la humanidad tiene el cerebro atrofiado. Lo que
ocurre es que, como dice el propio Evangelio, somos “hombres de poca
fe”, y muy pocos creen realmente y hasta sus últimas consecuencias
algunas de las cosas que creen creer. A lo largo de mi vida he tenido
ocasión de discutir con cientos de católicos, y he podido comprobar que,
en el fondo, muchos se resisten a creer que los pecadores sufrirán en
el más allá un castigo eterno; lo cual, insisto, los convierte en
herejes, y hasta hace bien poco habrían podido terminar en la hoguera.
Diríase
que a quienes hemos recibido una educación católica nos cuesta darnos
cuenta de algo tan obvio como terrible: que en el caso del catolicismo,
ortodoxia y fundamentalismo son una misma cosa. Eso explica que la
Conferencia Episcopal, el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y sus
politicastros asociados pretendan impedir que las mujeres decidan lo que
hacen con su propio cuerpo (confiando, y esto es lo más alarmante, en
la rentabilidad electoral de una aberración comparable a la
clitoridectomía o la infibulación).
Y
hablando de decidir sobre el propio cuerpo, habría que añadir que
quienes pretenden criminalizar la prostitución no son mejores que
quienes quieren criminalizar el aborto.
Fundamentalismo cristiano/2 (Continuará)
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