La búsqueda de la felicidad en la sociedad consumista/capitalista por Pedro Antonio Honrubia Hurtado
El sujeto consumista/capitalista es también un sujeto que vincula
directamente su felicidad, su satisfacción vital, al tener, y que, en
consecuencia, juzgará su vida, en relación a estos conceptos
emocionales, en base a ello.
¿El dinero da la felicidad?
En 2007, un estudio de la fundación neoliberal española Fedea
señalaba que el 88% de los más ricos se mostraban satisfechos o muy
satisfechos con su vida, mientras que, dentro del segmento de los más
pobres, el porcentaje de satisfacción era del 66%. Pareciera ser, pues,
que, según este estudio, a mayor capacidad adquisitiva, mayor
satisfacción con la propia vida. Sin embargo, el mismo estudio aseguraba
que también parecía demostrado que “la renta no aumenta la felicidad de forma indefinida”.
La relación entre renta y felicidad no es lineal, concluían estos
investigadores. La razón de esta aparente paradoja, según explicaban
ellos mismos, es que los individuos se comparan con otros de su mismo
nivel socioeconómico en función de sus niveles de ambición o aspiración,
por lo que, si la distancia entre objetivos y logros aumenta, es muy
probable que, aunque crezca la renta absoluta, la relativa disminuye, y
es ahí cuando aparece una fuente de infelicidad. “Por lo tanto”, aseguraron los autores, “una
explicación de la débil relación entre renta y felicidad es que la
renta relativa más que la renta efectiva es la que, a partir de un
cierto nivel, hace más felices a los individuos”.
No obstante, como buenos neoliberales, en ningún momento se
cuestionaron otra posible interpretación de los resultados dados: si no
sería posible que el hecho de que los ciudadanos de más renta se
declararan más satisfechos con sus vidas que aquellos de menos renta, se
pudiera explicar por el propio hecho, comúnmente conocido, de que los
valores sociales dominantes así lo indican.
En esta investigación, ya de entrada, se asume como válido el
hecho primario de que una persona responde a las preguntas sobre
determinados temas de manera natural, según su propia experiencia
personal libre de todo condicionamiento, y no porque tal persona esté
condicionada socialmente, de manera previa, según las ideas
socio-culturales hegemónicas dominantes. Que la persona, tanto los de
unos niveles sociales como los de otros, haya desarrollado su vida
conviviendo diariamente con toda una serie de narraciones y relatos que
remiten a la idea mitificada del dinero, los bienes materiales y el
estatus social, como fuente de felicidad y satisfacción vital, así como
con una serie de exigencias individuales, en cuanto a su propio carácter
social, que el sujeto debe asimilar si quiere aspirar a poder gozar del
respeto generalizado de sus conciudadanos, parece no tener importancia a
la hora de determinar el nivel de autosatisfacción que estas mismas
personas dan a su vida en función de su renta, sus propiedades y su
estatus social.
La visión teórica de la realidad que tienen los autores de este
estudio, basada en el neoliberalismo, asume de manera tan absoluta que
existe una relación natural y directa entre ambos factores (dinero y
felicidad, estatus social y satisfacción vital), que no cabe siquiera
plantear si, realmente, no haya sido esa narración previa la que ha
condicionado las respuestas de las personas, esto es, que las respuestas
no sean naturales y libres, sino social y culturalmente condicionadas,
en base a una serie de aprendizajes previos: los mensajes absolutizados
como hegemónicos por la sociedad misma.
De hecho, a poco que el debate sobre dinero y felicidad se saca de
esas coordenadas impuestas por la estructura simbólica propia de la
sociedad consumista-capitalista, los resultados parecen ser bien
diferentes. En 2010, por ejemplo, algunos investigadores de la
Universidad de Liege (Bélgica), que se propusieron verificar si es
cierto que las personas que viven en casas lujosas, que visitan los
mejores restaurantes y que reciben los regalos más caros; es decir,
aquellas que usualmente se asocian con el éxito social, son más felices
o, por el contrario, se les hace difícil saborear las cosas más simples
de la vida, aquellas donde el placer, la felicidad, no se vincula al
dinero o el estatus social. En esta otra investigación tomaron parte 374
personas adultas, de edades entre los 21 y los 89 años, todos
trabajadores de la universidad que ocupaban desde los puestos más bajos
(servicios de limpieza, mantenimiento, etc.) hasta los puestos
directivos. Cada persona debió completar un cuestionario donde explicaba
cuánto ganaba, cuánto ahorraban, sus actitudes hacia el dinero y su
nivel de satisfacción cuando experimentaban emociones como la gratitud,
la alegría o la excitación durante las experiencias desafiantes. Los
primeros resultados de los cuestionarios mostraron que las personas más
ricas también reconocían que disfrutaban menos las emociones de la vida y
que el dinero minaba su felicidad. Posteriormente, los voluntarios
fueron asignados al azar a dos grupos. A las personas de uno de los
subgrupos se les mostró una imagen del dinero como un recordatorio de la
riqueza mientras que a las personas del segundo subgrupo se les mostró
la misma imagen, solo que ésta era borrosa y difícilmente reconocible,
al menos de manera consciente. Después de este recordatorio, los
voluntarios llenaron otros cuestionarios especialmente diseñados para
evaluar la habilidad para saborear pequeñas experiencias placenteras.
Los resultados no dejaron lugar a dudas: las personas que vieron en un
nivel consciente la imagen del dinero puntuaron más bajo en el disfrute
de esas pequeñas experiencias. La segunda prueba de esta investigación
fue aún más concluyente: a 40 estudiantes de la University British
Columbia se les mostró alguna de estas dos imágenes: una fotografía de
dinero o una imagen neutra, y posteriormente se les brindó un pedazo de
chocolate para comer.
Dos observadores externos medían cuánto tiempo las
personas empleaban en ingerir el chocolate y debían evaluar, según su
percepción externa, cuánto parecían degustar el chocolate. ¿Los
resultados? Las personas que fueron expuestas a la imagen del dinero
saborearon el chocolate por 32 segundos como media mientras que aquellos
que vieron una imagen neutra se demoraron 45 segundos y parecían
disfrutar mucho más de su gusto. Los investigadores concluyeron entonces
que el dinero, o la sola activación de su recuerdo, inhiben la
capacidad de disfrutar plenamente de los pequeños placeres de la vida.
Una conclusión, ya vemos, antisistema.
Pero, ¿por qué se producía este curioso fenómeno que parece ir en
contra de toda creencia generalizada en relación a la capacidad del
dinero para proporcionar a las personas una vida placentera y gustosa?
Estos científicos adoptaron para sus explicaciones la conocida como “teoría de la adaptación hedónica”,
según la cual elevadas y continuadas dosis de placer disminuirían la
capacidad de degustar los pequeños placeres cotidianos. Así, según estos
investigadores, la capacidad que tienen las personas de adelantar los
placeres en la imaginación tendría efectos similares, al menos
momentáneamente; lo cual puede inducir a pensar que la falsa opulencia,
en la que se ve inmersa la mayor parte de la sociedad occidental, se
convierte en un espejo que impide disfrutar de los pequeños y sencillos
placeres de la vida. Gozamos más imaginando lo que el dinero, la fama o
el poder, es decir, todo eso que se asocia con el éxito social, nos
puede proporcionar, que disfrutando de los pequeños placeres que la vida
suele poner diariamente a nuestro alcance y a los cuales, con
frecuencia, no damos mayor importancia que la de su disfrute momentáneo y
fugaz, pero nada más. Por eso, cuando alguien nos enseña una imagen de
dinero, con solo rememorar inconscientemente lo que tal imagen
representa para nosotros –el éxito, la riqueza, etc.-, nuestra mente se
estimula de tal modo que ya no es capaz de gozar de los pequeños
placeres con la misma intensidad con que lo habría hecho de no haberla
visto.
Esto nos muestra varias cosas: por un lado, la vinculación directa
que los sujetos hacen en su mente, inducidos por lo que se desprende de
la ideología dominante, entre dinero y felicidad; entre dinero y placer.
Por otro lado, demuestra que cuando es la sociedad misma la que
sacraliza las imágenes asociadas al éxito social como máxima expresión
de su cotidianeidad, los resultados respecto del disfrute de los
pequeños placeres de la vida son los que en este estudio se muestran.
Unos resultados –y unas conclusiones-, en definitiva, bien diferentes a
los del estudio de Fedea, ¿tal vez porque las premisas previas de la
investigación ya no se dan tan por supuesto, de antemano, como en el
estudio de los neoliberales? Obviamente.
La búsqueda de la felicidad según el consumismo/capitalismo
La principal diferencia entre ambos estudios, más allá de la
metodología y la capacidad exploratoria de cada trabajo –mucho más
precisa y metódicamente científica en el caso de la investigación
universitaria belga-, por la que los resultados parecen ser tan
distantes, en realidad, a nuestro juicio, no es más que una cuestión de
conceptos: mientras en la investigación de Fedea se asume, como dijimos,
el hecho primario y absolutizado de que las personas responden de
manera natural y neutra a las preguntas que se les plantean sobre su
nivel de satisfacción vital en relación a su nivel de renta o su estatus
social, sin plantearse en ningún momento la posibilidad de que esto no
sea así realmente, sino que, al contrario, el sentido de las respuestas
dadas por los sujetos pueda estar condicionada por su propio marco de
interpretación previamente interiorizado y acorde a los valores propios
del sistema consumista-capitalista dominante, en el segundo no se asume
ningún condicionamiento previo de este estilo que pueda desvirtuar el
resultado de la investigación; simplemente se estudia la relación entre
dinero y felicidad, entre dinero y placer, a través de elementos que no
van ya impresos en las respuestas mismas. Así, cuando ya no es la razón,
mediatizada por la cultura dominante, la que se responde a sí misma,
sino que es la propia experiencia investigativa la que aporta las
respuestas a la investigación, los resultados, como se ve, son bien
diferentes. La conciencia mediatizada no tiene dudas, porque así lo ha
aprendido previamente, de que entre dinero y felicidad, entre dinero y
placer, entre estatus social y satisfacción vital, existe una relación
directamente proporcional: a más dinero, más felicidad; a más dinero,
más placer; a mayor estatus social, más satisfacción vital. La capacidad
física de disfrutar del placer, en cambio, no lo tiene tan claro e
incluso podríamos decir que sugiere lo contrario.
La comparación entre los resultados de ambos estudios es, por ello,
muy interesante para nuestro análisis: nos ayuda perfectamente a
comprender cómo funcionan los actuales códigos de sentido hegemónicos
consumistas-capitalistas y qué efectos tienen, en la práctica, en la
vida de las personas, en su capacidad de darse valor a sí mismas; de
juzgar sus propias vidas según lo que tales personas esperan de las
mismas. O dicho de otro modo, para comprender cómo nuestra noción del
placer y de la propia búsqueda de la felicidad está directamente
condicionada por lo que viene impuesto desde la ideología
consumista/capitalista en relación a tales conceptos.
Los medios de comunicación de masas, principalmente a través de la
publicidad, el cine, los dibujos animados y las series de televisión,
construyen relatos y narrativas, una mitología en toda regla, sobre el
funcionamiento de nuestra sociedad actual, meten en ellos el papel que
ocupan las diferentes clases sociales, dan códigos de sentido para que
las personas puedan interpretar sus propias vidas conforme a ellos, y
sientan así las bases del marco interpretativo –hermenéutica de sentido-
con el que los sujetos verán en adelante su propio mundo, así como el
mundo que les rodea. Estas ideas remiten a conceptos tanto de tipo
material, como de tipo espiritual, y, entre ellos, al concepto de felicidad.
La construcción de narrativas que ensalzan la posesión de bienes
materiales, el estatus social y la riqueza, que vinculan estos hechos
sociales con el desarrollo personal y una vida lograda, con la felicidad
misma, con el deseo vital por el que todo ser humano debe moverse, es
algo inherente a nuestro modelo de sociedad, en tanto y cuanto responde a
las necesidades propias de la estructura económica, así como sirve para
legitimar el orden social y evitar los deseos de sublevación de las
clases explotadas. Pero eso nunca se hará presente, explícitamente, en
tales narrativas. La hermenéutica de sentido consumista/capitalista
remite a las necesidades económicas del sistema, pero lo hace de tal
manera que es reproducida en sociedad como una forma de vida, como un
marco interpretativo para la valoración subjetiva de nuestras propias
vidas. Se esconde así su verdadera finalidad –de clase- y se hace
presente explícitamente solo aquello que nos induzca a no verla.
Por ello, cuando las personas responden acerca de la relación que
existe entre su nivel de vida, económicamente hablando, y su
satisfacción vital, usualmente no lo hacen desde su propio pensamiento
genuino y original, sino desde el citado marco interpretativo, esto es,
desde lo aprendido, como medidor de su propia satisfacción vital, a
través de la mitología consumista/capitalista y los códigos simbólicos
que de ella emanan. La percepción que el sujeto suele tener, en
consecuencia, sobre su propia felicidad, sobre su nivel de satisfacción
vital, está condicionada, necesariamente, por todos estos conocimientos
basados en los códigos sociales imperantes que ha desarrollado con
anterioridad, a través de su propio proceso de socialización.
Infeliz el que no tenga
La felicidad para el sujeto consumista/capitalista no se mide por la
capacidad del mismo a la hora de poder disfrutar de los pequeños
placeres de la vida o en sus deseos más íntimos de poder estar en paz
consigo mismo, sino a través de la capacidad que el sujeto haya podido
tener, a lo largo de su vida, para satisfacer las exigencias que la
sociedad impone en relación a lo que se presupone debe ser una vida de
éxito, es decir, acorde a la mentalidad consumista/capitalista
dominante, mediante, por ejemplo, lo que se pueda mostrar a través del
dinero que se tenga, las propiedades de las que se goza o la capacidad
para consumir aquellas mercancías que el mercado pone a nuestro alcance,
principalmente las que se relacionan simbólicamente con los estratos
más altos de la sociedad y el éxito social. Para el sujeto medio de
nuestros días, ser feliz, pues, no es aprender a disfrutar de la vida
como un fin en sí mismo, sino como un medio para conseguir los fines
consumistas/capitalistas que la sociedad demanda de nosotros, como un
mecanismo para poder alcanzar el soñado éxito social.
Cuanto más se haya conseguido avanzar en la consecución de esos
sueños y objetivos consumistas/capitalistas, más felices se deberían
poder sentir las personas, porque más felices los demás podrán pensar
que esas personas son, que están siendo. Y aunque, en realidad, no lo
estuvieran siendo, no importa: lo que importa es que el resto de la
sociedad, cuando pueda verte desde fuera, así lo podrá creer. Para el
sujeto consumista, en definitiva, como se suele decir con frecuencia, “el dinero da la felicidad”, y así debe pensarlo tanto para la valoración de su propia vida, como para la valoración de la vida de los demás.
He ahí, entonces, la explicación al porqué hay cada vez más personas
infelices e insatisfechas en nuestra sociedad actual. Lo cierto es que
la felicidad, en esta sociedad consumista/capitalista, se vincula
directamente al dinero, a la propiedad privada y a la capacidad de
consumo, determinando así un camino para la misma en base a ello y
extendiendo globalmente la creencia de que a medida que se asciende en
la escala socio/económica más opciones hay de poder ser felices, esto
es, de poder disfrutar de la vida de tal forma que la felicidad sea su
consecuencia lógica. Pero eso tiene su contrapartida también lógica: a
medida que estos sueños no se alcancen, a medida que no se logre poder
acceder a todos esos beneficios que el dinero, las propiedades y el
consumo otorgan supuestamente a la persona en su relación con la
búsqueda de la felicidad, la infelicidad, la insatisfacción vital, se
hará presente. Es justamente lo que está pasando ahora con esta
demoledora situación de crisis económica que están sufriendo como nadie
las clases trabajadoras. Cada vez hay más personas que se quedan fuera
de poder luchar por alcanzar sus propios objetivos en relación a la
felicidad, y, por tanto, cada vez hay más personas infelices,
insatisfechas, frustradas. Aunque suene extraño, es todo muy lógico y es
lo que perfectamente se podía esperar que ocurriese, no tiene nada de
sorprendente.
http://lagranlucha.com/la-busqueda-de-la-felicidad-en-la-sociedad-consumistacapitalista/http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/79196-la-b%C3%BAsqueda-de-la-felicidad-en-la-sociedad-consumista/capitalista.html
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