El ministro del Interior actual se dispone a convencernos del carácter inofensivo de las concertinas.
Las cuchillas que desangran al cuerpo del inmigrante ilegal son
disuasorias. Va a tener la culpa el inmigrante de tener hambre y jugarse
la vida bien en el naufragio de la patera o dentro un alambre que le
cuartea.
A ver si va a ser un depravado o un vicioso que se lanza a la
valla y no respeta nada. No es así: el inmigrante no aguanta más, no
come, no bebe, no va a la escuela. Tuvo la mala suerte de no nacer en
Valladolid. Vaya por dios. Pero, según el señor Ministro, basta con no
acercarse a las verjas para no padecer las llagas y los cortes en el
cuerpo. Pasma su escaso humanitarismo. Dice representar a los ciudadanos
europeos que no desean inmigrantes ilegales en su suelo. Y se pone de
parte de ese electorado más rancio que se forma en el populismo de la
señora Le Pen. Un votante que existe también aquí.
Desconsidera que en Europa acaba de haber manifestaciones antixenófobas
en París. No le importa.
¿Pero qué son las dichosas concertinas
aparte de cuchillas? Las concertinas parecen aludir a la música, más en
concreto al acordeón. Pero son cuchillas incisivas. Aprovechando la
confusión de la palabra, el ministro se comporta como un melómano. Jorge Fernández Díaz
dice que las cuchillas, que rematan las verjas que cierran nuestras
fronteras, son disuasorias y que son mejor solución que perros ladrando,
bombas antipersona o drones. El estruendo de estos tres medios
alternativos sería mucho peor. Consciente de la calma rítmica de la
palabra concertina, alude al estruendo armado por máquinas, artefactos y perros como algo fastidioso para los oídos.
Sí
cada lengua particular posee una noción para cada objeto, choca qué mal
están repartidas las representaciones mentales que asociamos a los
conceptos. Oímos “escraches” y se nos representa un pisotón y
algo individualmente valioso estrujado. Mientras que pronunciamos
“concertina” y se nos viene a la cabeza uno de los instrumentos de una
popular banda municipal. Habría que saber quien puso este nombre
inocente a tal arma mortal. Concertina es el “acordeón de forma
exagonal u octogonal, de fuelle muy largo y teclados cantantes en ambas
caras o cubiertas” (Diccionario de la RAE). Nada más, según la Academia.
Sin embargo, uno pronuncia concertina y no se le llena de pus el
aparato fonador o da arcadas ante el derrame de sangre de un
subsahariano. Va a escuchar, por el contrario, una tierna banda
municipal. “Concertina” es un neologismo que enmascara, es un sinsentido
que esconde tiernamente la máquina de matar que representa su vocablo.
Es una “palabra maleta” de las que servían a la ironía de Lewis Carroll.
Se trata de uno de los conceptos que agrupan significados contrarios.
Contrapean una acepción amable con otra escabrosa. Es una las peores
confusiones que quepa imaginar. Son no sentidos con pleno sentido. “Concertina”
es un claro ejemplo de este enmascaramiento cobarde digno de un
fabricante sin escrúpulos. “¿Qué hace tu padre, chico?”, “Fabrica concertinas” y el niño y el profesor creen están refiriéndose a alguien muy honrado.
Existen neologismos que mejoran la vida y otros que la matan. La primera vez que escuché café “sorpasso” fue a Tonino Guerra en 1993. Contaba su visita a Nápoles con Federico Fellini.
Como maestro del guión cinematográfico, era ameno hasta decir basta. Al
director italiano no le gustaba esta ciudad hasta que presenció algo
insólito allí. Guerra le explicó cómo los napolitanos pagaban algún
café de más para quien llegara aterido de frío y no pudiera costeárselo.
A Fellini acabó encantándole Nápoles de la mano del gran guionista.
Parece que nuestra crisis ha traído esta bella práctica del café
“adelantado” al café Comercial de Madrid. Pero si eres subsahariano ni
te son propicios los neologismos ni te acompaña un amigo a conocer
mundo. Te cortan con un serrucho y parece que te han tocado un pasodoble
taurino. El diablo carga a las palabras y su uso lo disponen los
poderosos. El lenguaje es un instrumento inapreciable de dominio cuando
uno tiene todos los resortes del poder y otro ni come, ni calza, ni
viste, ni aprende, sólo se muere.
Pero el poderoso no sólo dispone
del lenguaje como arma de dominación. Tampoco ha sido la lindeza de las
bombas la única con que el Ministro del Interior nos ha despertado: si
las cuchillas violan los derechos humanos, dice, había que empezar por
no fabricarlas. Pero es que están a la venta. ¿Qué podía hacer el
ministro entonces? Compra lo que otro vende y la responsabilidad es del
fabricante. Habría que dejarlas en una idea sin producción. El ministro
parece aludir a que “quien evita el pecado, evita la tentación”. Arguye
que el sólo instala lo que está a la venta cuando posee, en realidad,
todos los resortes para prohibir la fabricación de estos artilugios
sangrantes. El poderoso también manipula, por tanto, la moral a su
antojo. Si los derechos humanos nos prohíben algo, cambiemos los
derechos humanos. Y si se resisten, digamos que son otros los que los
incumplen. Así que quien gobierna sin piedad maneja el lenguaje, la
moral,… ¿Y nada más? No sólo, también maneja las relaciones económicas.
Basta haber educado a las élites del Tercer Mundo como oligarquías al
servicio del Primer Mundo para que el continente africano no se levante.
Es suficiente con manejar los precios en el mercado internacional para
ahogar económicamente a cualquier pueblo subsahariano, con sus
ciudadanos dentro, sin necesitar declararles la guerra. Hasta que no se
implante en el mundo un criterio de justicia distributiva a escala
mundial, Michael Walzer señalaba, con razón, que sólo caben dos
soluciones ante la injusticia económica internacional: o se reparte
tierra y compartimos el suelo del mundo desarrollado con ciudadanos del
mundo subdesarrollado, o se envían cuantiosas ayudas económicas y se
realizan programas de desarrollo allí. Estamos lejos de satisfacer esta
segunda alternativa. En esta encrucijada insatisfecha por la Unión
Europea se encuentran sus cada vez más necesitados ciudadanos. El
inmigrante ilegal está cercano a ser un exiliado, por tanto. Y pobre de
aquel que no haya nacido, por ejemplo, en Valladolid. Lo lleva claro.
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