Lenin se refiere aquí al período transcurrido desde la Revolución de
Febrero hasta el mes de julio. A partir de ese momento, el proceso
revolucionario ruso giró hacia la insurrección. Este artículo fue
escrito luego de la derrota de las Jornadas de Julio.
Tomado de la versión publicada en Vladimir Ilich Lenin, Obras completas, Tomo XXVI, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970
Toda revolución significa un viraje brusco en la vida de enormes
masas del pueblo. Si la situación no está madura para ese viraje no
puede producirse una verdadera revolución. Y así como cualquier viraje
en la vida de un individuo le enseña mucho y le trae ricas experiencias y
grandes emociones, la revolución ofrece a todo un pueblo, en poco
tiempo, muy ricas y valiosas enseñanzas.
Durante la revolución, millones y millones de hombres aprenden en una
semana más que en un año de vida rutinaria y soñolienta. Pues en estos
virajes bruscos de la vida de todo un pueblo se ve con especial claridad
qué fines persiguen las diferentes clases del pueblo, qué fuerza
poseen, y qué métodos utilizan.
Todo obrero con
conciencia de clase, todo soldado, todo campesino debe meditar
atentamente en las enseñanzas de la Revolución Rusa, sobre todo hoy, a
fines de julio, cuando ya es claro que la primera etapa de nuestra
revolución ha fracasado[1].
En efecto, veamos cuáles eran las aspiraciones de los obreros y
campesinos cuando hicieron la revolución. ¿Qué esperaban de la
revolución? Esperaban, como se sabe, libertad, paz, pan y tierra.
¿Y qué vemos hoy?
En vez de la libertad,
retorna la vieja tiranía. Se implanta la pena de muerte para los
soldados en el frente[2]. Los campesinos que se apoderan por propia
iniciativa de las tierras de los terratenientes son llevados ante los
tribunales. Las imprentas de los periódicos obreros son asaltadas. Los
periódicos son clausurados sin juicio previo. Los bolcheviques son
arrestados, a menudo sin acusación alguna o bajo el peso de acusaciones
evidentemente calumniosas.
Se puede objetar que la persecución contra los bolcheviques no
constituye un atentado a la libertad, pues sólo se procesa a ciertas
personas y por ciertas acusaciones. Pero esta objeción sería una
deliberada y obvia mentira; pues, aunque el tribunal pruebe y ratifique
esas acusaciones, ¿cómo puede alguien destruir una imprenta y clausurar
periódicos por delitos de individuos? Otra cosa sería si el gobierno
declarase delictuoso, por medio de una ley, a todo el partido de los
bolcheviques, a su propia tendencia e ideas. Pero todos saben que el
gobierno de la Rusia libre no podía hacer ni hizo nada semejante.
Lo que pone fundamentalmente de relieve el carácter difamatorio de
las acusaciones contra los bolcheviques es que los periódicos de los
terratenientes y capitalistas cubrían de furiosos insultos a los
bolcheviques por su lucha contra la guerra y contra los terratenientes y
capitalistas, y que cuando no se había inventado una sola acusación
contra ningún bolchevique, ya exigían abiertamente que se los arrestara y
persiguiera.
El pueblo quiere la paz. A pesar de eso, el gobierno revolucionario
de la Rusia libre ha reanudado la guerra de conquista sobre la base de
los mismos tratados secretos concertados por el ex zar Nicolás II con
los capitalistas ingleses y franceses, para que los capitalistas rusos
puedan saquear a otras naciones. Esos tratados secretos siguen sin darse
a publicidad. En vez de proponer a todas las naciones una paz justa, el
gobierno de la Rusia libre recurrió a subterfugios.
No hay pan. Otra vez se avecina el hambre. Todo el mundo ve que los
capitalistas y los ricos dilapidan sin escrúpulos el erario con los
suministros de guerra (hoy, cada día de guerra le cuesta a la nación 50
millones de rublos); que embolsan ganancias fabulosas con los altos
precios, sin que se haga nada para implantar un efectivo control obrero
sobre la producción y la distribución de las mercancías. Los
capitalistas se vuelven más descarados cada día; arrojan a los obreros a
la calle, y eso en momentos en que el pueblo vive en la penuria por la
carestía.
La inmensa mayoría de
los campesinos ha declarado rotunda y claramente, en toda una serie de
congresos, que la propiedad terrateniente es una injusticia y un robo.
Entretanto, un gobierno que se llama revolucionario y democrático, desde
hace varios meses lleva de las riendas a los campesinos y los engaña
con promesas y dilaciones. Durante varios meses, los capitalistas
impidieron que el ministro Chernov[3] dictase una ley que prohibiera la
compra y venta de la tierra. Y cuando por fin fue promulgada esta ley,
los capitalistas iniciaron una campaña infame y calumniosa contra
Chernov que aun ahora prosiguen. A tal descaro ha llegado el gobierno en
su defensa de los terratenientes, que comienza a entregar a los
tribunales a los campesinos que se apoderan “por propia iniciativa” de
las tierras.
Llevan de las riendas a
los campesinos al decirles que aguarden a la Asamblea Constituyente.
Pero los capitalistas continúan postergando la convocatoria de la
Asamblea. Y cuando por fin, bajo la presión de los bolcheviques, se
señala la fecha del 30 de setiembre para la convocatoria, los
capitalistas gritan a los cuatro vientos que eso es “imposible en tan
breve plazo” y exigen la postergación de la Asamblea Constituyente...
Los miembros más influyentes del partido de los capitalistas y
terratenientes, del partido “kadete[4]” o partido de la “libertad del
pueblo”, Pánina por ejemplo, exhortan sin ambages a que la Asamblea
Constituyente sea aplazada hasta después de la guerra.
Con respecto a la tierra, esperen hasta la Asamblea Constituyente.
Con respecto a la Asamblea Constituyente, esperen a que termine la
guerra. Con respecto a la terminación de la guerra, esperen hasta la
victoria total. Eso es lo que pasa. Los capitalistas y terratenientes,
que tienen mayoría en el gobierno, sencillamente se burlan de los
campesinos.
II
¿Cómo es posible que ocurran esas cosas en un país libre que acaba de derrocar el régimen zarista?
En un país no libre, el pueblo es gobernado por un zar y un puñado de
terratenientes, capitalistas y burócratas a quienes nadie ha elegido.
En un país libre, el pueblo es gobernado sólo por quienes él mismo ha
elegido para ese fin. En las elecciones, el pueblo se divide en
partidos y, generalmente, cada clase de la población forma su propio
partido; por ejemplo, los terratenientes, los capitalistas, los
campesinos y los obreros forman todos diferentes partidos. Por eso, en
los países libres, el pueblo es gobernado por medio de una lucha abierta
entre los partidos y por libre acuerdo entre estos partidos.
Después de derrocado el 27 de febrero de 1917 el régimen zarista,
durante cuatro meses aproximadamente, Rusia fue gobernada como un país
libre, es decir, por medio de una lucha abierta entre partidos formados
libremente y por libre acuerdo entre los mismos. Por eso, para
comprender el desarrollo de la Revolución Rusa, ante todo tenemos que
estudiar a los principales partidos, los intereses de clase que
defienden y las relaciones entre todos ellos.
III
Una vez derrocado el régimen zarista, el poder estatal pasó a manos
del primer gobierno provisional, compuesto por representantes de la
burguesía, es decir, de los capitalistas, a los que se habían unido los
terratenientes. El partido de los “kadetes”, el principal partido
capitalista, ocupó el primer puesto como el partido dirigente y
gobernante de la burguesía.
No fue casual que este partido se adueñara del poder, a pesar de que
no habían sido por supuesto, los capitalistas, sino los obreros y los
campesinos, los marineros y los soldados, quienes habían luchado contra
las tropas zaristas y derramado su sangre por la libertad. El poder fue a
parar a manos del partido capitalista, porque la clase capitalista
poseía la fuerza de la riqueza, la organización y los conocimientos.
Desde 1905, y sobre todo durante la guerra, la clase de los
capitalistas, y los terratenientes aliados a ellos, ha alcanzado en
Rusia los mayores éxitos en cuanto a su organización.
El partido kadete ha sido siempre monárquico, tanto en 1905 como
desde 1905 a 1917. Después del triunfo del pueblo sobre la tiranía
zarista, este partido se declaró republicano. La experiencia de la
historia enseña que siempre que el pueblo derroca una monarquía, los
partidos capitalistas se avienen a convertirse en republicanos con tal
de salvar los privilegios de los capitalistas y su ilimitado poder sobre
el pueblo.
De palabra, el partido
kadete está por la “libertad del pueblo”. Pero en los hechos, está por
los capitalistas. Por eso, todos los terratenientes, todos los
monárquicos, todos los centurionegristas[5], lo respaldaron
inmediatamente. La prensa y las elecciones prueban que es así. Después
de la revolución, todos los periódicos burgueses y toda la prensa
centurionegrista cantan al unísono con los kadetes. Y todos los partidos
monárquicos que no se atreven a actuar abiertamente apoyan en las
elecciones al partido kadete, como ocurrió, por ejemplo, en Petrogrado.
Después de obtener el poder estatal, los kadetes concentraron todos
sus esfuerzos en proseguir la rapaz guerra de conquista comenzada por el
zar Nicolás II, quien había concertado rapaces tratados secretos con
los capitalistas ingleses y franceses. En esos tratados, se les prometía
a los capitalistas rusos que, en caso de triunfar, podrían adueñarse de
Constantinopla, Galitzia, Armenia, etc. En cuanto al pueblo, el
gobierno de los kadetes lo entretenía con vacuos subterfugios y
promesas, en los que la decisión sobre todos los asuntos de vital y
esencial importancia para los obreros y campesinos se aplazaba hasta que
se reuniese la Asamblea Constituyente, sin fijar fecha para su
convocatoria.
Haciendo uso de la libertad, el pueblo comenzó a organizarse
independientemente. La principal organización de los obreros y
campesinos, que constituyen la inmensa mayoría de la población de Rusia,
eran los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos. Estos
Soviets comenzaron a formarse durante la Revolución de Febrero y, a las
pocas semanas, en la mayoría de las ciudades importantes de Rusia y en
muchos distritos rurales, todos los obreros y campesinos con conciencia
de clase y avanzados estaban ya unidos en Soviets.
Los Soviets fueron elegidos de manera absolutamente libre. Eran
auténticas organizaciones del pueblo, de los obreros y campesinos. Eran
auténticas organizaciones de la inmensa mayoría del pueblo. Los obreros y
campesinos, vestidos con uniforme militar, estaban armados.
Los Soviets podían y
debían, naturalmente, hacerse cargo de todo el poder estatal. Hasta la
convocatoria de la Asamblea Constituyente, no hubiera debido existir en
el país más poder que el de los Soviets. Sólo así nuestra revolución se
hubiese convertido en una revolución verdaderamente popular y
verdaderamente democrática. Sólo así hubieran podido los trabajadores,
que aspiran realmente a la paz, que no tienen realmente ningún interés
en una guerra de conquista, aplicar, con resolución y firmeza, una
política que hubiera puesto fin a la guerra de conquista y conducido a
la paz. Sólo así hubieran podido los obreros y campesinos poner freno a
los capitalistas, que obtienen ganancias fabulosas “de la guerra” y que
han llevado a nuestro país a la ruina y el hambre. Pero en los Soviets
sólo una minoría de los diputados estaba del lado del partido de los
obreros revolucionarios, los socialdemócratas bolcheviques, que exigían
la entrega de todo el poder estatal a los Soviets. La mayoría de los
diputados de los Soviets estaban del lado de los partidos de los
socialdemócratas mencheviques[6] y de los eseristas[7], que se oponían a
la entrega del poder a los Soviets. En vez de eliminar el gobierno
burgués y sustituirlo por un gobierno de los Soviets, estos partidos
insistían en apoyar al gobierno burgués, en conciliar con él y en formar
con él un gobierno de coalición. Esta política de conciliación con la
burguesía, llevada a cabo por los partidos eserista y menchevique, que
gozaban de la confianza de la mayoría del pueblo, es el contenido
principal de todo el curso de desarrollo de la revolución durante los
cinco meses trascurridos desde su comienzo.
IV
Veamos ante todo cómo marchó esa política de conciliación de los
eseristas y mencheviques con la burguesía, y luego tratemos de explicar
por qué la mayoría del pueblo confió en ellos.
V
Los mencheviques y eseristas han conciliado con los capitalistas, en
una forma o en otra, en todas las etapas de la Revolución Rusa.
A fines de febrero de
1917, apenas triunfó el pueblo y fue derrocado el régimen zarista,
Kerensky[8] fue admitido como “socialista” en el gobierno provisional
capitalista. En realidad, Kerensky no había sido nunca socialista, sino
sólo un trudovique[9], que comenzó a militar entre los “socialistas
revolucionarios” sólo en marzo de 1917, cuando eso ya no era peligroso y
tenía sus ventajas. Por intermedio de Kerensky, como vicepresidente del
Soviet de Petrogrado, el gobierno provisional capitalista se preocupó
inmediatamente do controlar y domesticar al Soviet. El Soviet, es decir,
los eseristas y mencheviques que predominaban en él, se dejó
domesticar: inmediatamente después de constituirse el gobierno
provisional capitalista declararon estar dispuestos a “apoyarlo” “en la
medida” en que cumpliese sus promesas.
El Soviet se
consideraba como el órgano encargado de verificar y fiscalizar los actos
del gobierno provisional. Los líderes del Soviet crearon la llamada
“Comisión de enlace”[10] con el fin de mantener contacto con el
gobierno. En esta comisión de enlace, los líderes eseristas y
mencheviques del Soviet mantenían
constantes negociaciones con el gobierno capitalista, ocupando, en
rigor, la posición de ministros sin cartera o ministros no oficiales.
Este estado de cosas perduró a lo largo de marzo y de casi todo
abril. Los capitalistas, procurando ganar tiempo, recurrían a dilaciones
y subterfugios. Durante este período, el gobierno capitalista no dio un
solo paso medianamente serio, encaminado a impulsar la revolución. No
hizo absolutamente nada para impulsar su tarea directa e inmediata, como
era la convocatoria de la Asamblea Constituyente; no sometió el asunto a
las localidades, ni siquiera creó una comisión central encargada de
realizar los preparativos.
El gobierno no tenía más que una preocupación: renovar
subrepticiamente los rapaces tratados internacionales concertados por el
zar con los capitalistas de Inglaterra y Francia, frenar lo más
cautelosa e inadvertidamente posible la revolución, prometer todo y no
cumplir nada. Los eseristas y mencheviques hacían en la “comisión de
enlace” el papel de esos tontos a quienes se alimenta con bellas frases y
con promesas “para mañana”. Y como el cuervo de la fábula, los
eseristas y mencheviques se rendían a la adulación y se sentían felices
escuchando a los capitalistas asegurar que tenían a los Soviets en alta
estima y que no darían un solo paso sin ellos.
Pero pasaba el tiempo y el gobierno capitalista no hacía
absolutamente nada por la revolución. Por el contrario, durante este
período se las arregló, en detrimento de la revolución, para renovar los
rapaces tratados secretos, o mejor dicho ratificarlos y “reanimarlos”
mediante negociaciones complementarias y no menos secretas con los
diplomáticos imperialistas anglo-franceses. Durante este período se las
arregló, en detrimento de la revolución, para echar los cimientos de una
organización (o a lo menos una aproximación) contrarrevolucionaria de
los generales y la oficialidad del ejército de operaciones. En
detrimento de la revolución, se las arregló para comenzar la
organización de los industriales, de los propietarios de fábricas y
talleres que, ante la ofensiva de los obreros, se veían forzados a hacer
concesión tras concesión, pero que empezaban al mismo tiempo a sabotear
(dañar) la producción y esperaban el momento propicio para paralizarla.
Sin embargo, la organización de los obreros y campesinos avanzados
dentro de los Soviets progresaba inconteniblemente. Los más destacados
representantes de las clases oprimidas sentían que, pese al acuerdo
entre el gobierno y el Soviet de Petrogrado, pese a la grandilocuencia
de Kerensky, pese a la “Comisión de enlace”, el gobierno seguía siendo
un enemigo del pueblo, un enemigo de la revolución. El pueblo sentía que
si no se vencía la resistencia de los capitalistas, la causa de la paz,
la causa de la libertad y la causa de la revolución, estaban
irremediablemente perdidas. Y en el pueblo seguían creciendo la
impaciencia y la indignación.
VI
Esta indignación y esta impaciencia estallaron el 20 y 21 de abril.
El movimiento estalló de un modo espontáneo, sin que nadie lo preparase.
El movimiento se dirigía tan decididamente contra el gobierno, que
incluso un regimiento se presentó con sus armas delante del palacio
Márinski, dispuesto a arrestar a los ministros. Era evidente para todos
que el gobierno no podía sostenerse. Los Soviets habrían podido (y
debido) tomar el poder sin encontrar la menor resistencia en ninguna
parte. En lugar de eso, los eseristas y mencheviques apoyaron al
gobierno capitalista que se hundía, se enredaron aún más en la política
de conciliación con él, dieron nuevos pasos, todavía más funestos,
encaminados a la ruina de la revolución.
La revolución instruye a todas las clases con una rapidez y una
profundidad desconocidas en épocas normales, pacíficas. Los
capitalistas, mejor organizados, más expertos que nadie en materia de
lucha de clases y de política, aprendieron su lección más velozmente que
los demás. Cuando vieron que la posición del gobierno era desesperada,
recurrieron a un método que durante muchas décadas, desde 1848, ha sido
practicado por los capitalistas de otros países para engañar, dividir y
debilitar a los obreros. Este método es el del llamado “gobierno de
coalición”, o sea un ministerio mixto formado por miembros de la
burguesía y por tránsfugas del socialismo.
En los países en que la
libertad y la democracia coexisten desde hace mucho tiempo con un
movimiento obrero revolucionario, en Inglaterra y Francia, los
capitalistas han recurrido a este método repetidas veces y con gran
éxito. Los jefes “socialistas” que entran en un ministerio burgués
resultan siempre figurones, títeres, biombos de los capitalistas,
instrumentos para engañar a los obreros. Los capitalistas “demócratas y
republicanos” de Rusia recurrieron a ese mismo método. Desde el primer
momento, los eseristas y mencheviques se dejaron embaucar, y el 6 de
mayo el ministerio de “coalición”, con la participación de Chernov,
Tsereteli[11] y Cía., era ya un hecho.
Los tontos de los partidos eserista y menchevique se regocijaban y se
dejaban bañar jactanciosamente por los rayos de la gloria ministerial
de sus jefes. Los capitalistas se frotaban las manos de gusto, pues en
la persona de los “líderes de los Soviets” encontraban una ayuda contra
el pueblo y la promesa de apoyar las “operaciones ofensivas en el
frente”, es decir, la reanudación de la rapaz guerra imperialista, que
había sido interrumpida por algún tiempo. Los capitalistas conocían
perfectamente bien toda la vanidosa impotencia de estos líderes, sabían
que las promesas hechas por la burguesía -respecto al control sobre la
producción, e incluso a la organización de la producción, respecto a una
política de paz, etc.-, jamás llegarían a cumplirse.
Y así fue. La segunda etapa del desarrollo de la revolución, desde el
6 de mayo hasta el 9 o hasta el 18 de junio, confirmó plenamente los
cálculos de los capitalistas en cuanto a la facilidad con que se podía
engañar a los eseristas y mencheviques.
Mientras Peshejónov y Skóbeliev se engañaban y engañaban al pueblo
con floridos discursos en el sentido de que se quitaría a los
capitalistas el 100 por ciento de sus ganancias, de que su “resistencia
estaba vencida”, etc., los capitalistas seguían consolidando sus
posiciones. Durante este período no se hizo absolutamente nada para
poner freno a los capitalistas. Los tránsfugas ministeriales del
socialismo resultaron ser simples máquinas parlantes, encargadas de
desviar la atención de las clases oprimidas, mientras en realidad se
dejaba en manos de la burocracia (los funcionarios) y de la burguesía
todo el aparato de la administración estatal. El tristemente
célebre Palchinski, viceministro de industria, era un representante
típico de ese aparato, que obstaculizaba cualquier medida que pudiera
adoptarse contra los capitalistas. Los ministros charlataneaban, y todo
seguía como antes.
Tsereteli fue uno de
los ministros mejor aprovechados por la burguesía para luchar contra la
revolución. Fue enviado a “apaciguar” Kronstadt[12], cuando los
revolucionarios del lugar tuvieron la osadía de destituir al comisario
que había sido designado. La burguesía lanzó en sus periódicos una
increíblemente estrepitosa, violenta y perversa campaña de mentiras,
calumnias y vituperios contra Kronstadt, acusándolo de querer “separarse
de Rusia”, repitiendo esta y otras necedades en todos los tonos para
intimidar a la pequeña burguesía y a los filisteos. Tsereteli, el más
típico representante de esos filisteos atemorizados y obtusos, fue el
que más “honestamente” tragó el anzuelo de la calumnia burguesa, el que
más celosamente se esforzó por “aplastar y someter” a Kronstadt, sin
advertir que desempeñaba el papel de lacayo de la burguesía
contrarrevolucionaria. Resultó ser el instrumento de la “conciliación'” a
que se llegó con el Kronstadt revolucionario, según la cual el
comisario de Kronstadt no sería designado simplemente por el gobierno,
sino elegido localmente y confirmado por el gobierno. En estas
miserables componendas malgastaban su tiempo los ministros que habían
desertado del socialismo al campo de la burguesía.
Allí donde ningún
ministro burgués podía presentarse ante los obreros revolucionarios o
ante los Soviets defendiendo al gobierno, se presentaba (mejor dicho,
era enviado por la burguesía) un
ministro “socialista”, Skóbeliev, Tsereteli, Chernov u otro, que cumplía
fielmente con su misión burguesa; se desvivía por defender al
ministerio, embellecer a los capitalistas y engañar al pueblo repitiendo
promesa tras promesa, y aconsejándole esperar, esperar y esperar.
El ministro Chernov en particular se dedicó a regatear con sus
colegas burgueses: hasta julio, hasta la nueva “crisis de poder” que
comenzó después del movimiento del 3 y 4 de julio, hasta la salida de
los kadetes del ministerio, el ministro Chernov se dedicó a la labor
útil, interesante y tan beneficiosa para el pueblo, de “persuadir” a sus
colegas burgueses, de exhortarlos a que por lo menos accediesen a
aprobar la prohibición de la compra y venta de la tierra. Esta
prohibición les había sido prometida a los campesinos del modo más
solemne en Petrogrado, en el Congreso (Soviet) de diputados campesinos
de toda Rusia. Pero la promesa quedó sólo en promesa. Chernov no pudo
cumplirla ni en mayo ni en junio, y hubo que esperar a que la ola
revolucionaria, el estallido espontáneo del 3 y 4 de julio, que
coincidió con la salida de los kadetes del ministerio, le permitiese
implantar esa medida. Pero, con todo, resultó ser una medida aislada,
incapaz de fomentar seriamente la lucha de los campesinos contra los
terratenientes por la tierra.
Entretanto, en el
frente, la misión imperialista, contrarrevolucionaria, de reanudar la
rapaz guerra imperialista, una misión que Guchkov[13], tan odiado por el
pueblo, no pudo cumplir, fue cumplida exitosa y brillantemente por el
“demócrata revolucionario” Kerensky, afiliado de nueva hornada al
partido socialista revolucionario. Kerensky gozaba con su propia
elocuencia, mientras los imperialistas, que lo utilizaban como un
títere, quemaban incienso por él, lo adulaban y glorificaban, pura y
simplemente porque servía con fidelidad a los capitalistas, esforzándose
por convencer a las “tropas revolucionarias” de que aceptaran reanudar
la guerra que se libraba en cumplimiento de los tratados concertados por
el zar Nicolás II con los capitalistas de Inglaterra y Francia, con la
finalidad de que los capitalistas rusos pudieran adueñarse de
Constantinopla y Lvov, de Erzerum y Trebisonda.
Así pasó la segunda etapa de la Revolución Rusa, desde el fin de mayo
hasta el 9 de junio. La burguesía contrarrevolucionaria, amparada y
defendida por los ministros “socialistas”, se fortaleció, consolidó sus
posiciones y preparó la ofensiva contra el enemigo exterior y contra el
enemigo interno, es decir, contra los obreros revolucionarios.
VII
El partido de los obreros revolucionarios, los bolcheviques,
preparaba una demostración en Petersburgo el 9 de junio, a fin de dar
expresión organizada al descontento y a la indignación del pueblo, que
crecían irresistiblemente. Los líderes eseristas y mencheviques,
enredados en componendas con la burguesía y atados por la política
imperialista de la ofensiva, se sintieron aterrados al advertir que
peligraba su influencia entre las masas. Se alzó un griterío general
contra la demostración, en el que esta vez las voces de los kadetes
contrarrevolucionarios se unían a las de los eseristas y mencheviques.
Bajo su dirección y como resultado de su política de conciliación con
los capitalistas, el viraje de las masas pequeño burguesas hacia la
alianza con la burguesía contrarrevolucionaria se volvió muy definido y
claramente manifiesto. Tal es el significado histórico y el sentido de
clase de la crisis del 9 de junio.
Los bolcheviques, que no deseaban lanzar en aquellos momentos a los
obreros a una lucha desesperada contra los kadetes, eseristas y
mencheviques unidos, suspendieron la demostración. Pero para salvar
siquiera un vestigio de la confianza del pueblo, estos últimos partidos
se vieron obligados a convocar una demostración general para el 18 de
junio. La burguesía no cabía en sí de furor, pues interpretó esto, y con
razón, como un desplazamiento de los demócratas pequeño burgueses hacia
el proletariado, y decidió paralizar la acción de los demócratas con
una ofensiva en el frente.
En efecto, el 18 de
junio dio un imponente triunfo para las consignas del proletariado
revolucionario, para las consignas del bolchevismo, entre el pueblo de
Petersburgo. Y el 19 de junio, la burguesía y el bonapartista[14]
Kerensky anunciaron solemnemente que la ofensiva en el frente había
comenzado el 18 de junio.
La ofensiva significaba en los hechos la reanudación de la guerra de
rapiña en beneficio de los capitalistas y contra la voluntad de la
inmensa mayoría de los trabajadores. Debido a eso, la ofensiva fue
inevitablemente acompañada, por una parte, por un gigantesco
reforzamiento del chovinismo y el paso del poder militar (y en
consecuencia, del poder estatal) a la camarilla militar de
bonapartistas, y, por otra parte, por el empleo de la violencia contra
las masas, la persecución de los internacionalistas, la supresión de la
libertad de agitación, el arresto y fusilamiento de quienes estaban
contra la guerra.
Y si el 6 de mayo amarró a los eseristas y a los mencheviques al
carro triunfal de la burguesía con una soga, el 19 de junio los ató,
como servidores de los capitalistas, con una cadena.
VIII
La indignación de las masas, como es natural, creció con mayor
rapidez e intensidad al ser reanudada la guerra de rapiña. En los días 3
y 4 de julio se asistió a un estallido de su cólera, que los
bolcheviques intentaron contener y al que, naturalmente, tenían que
esforzarse por dar la forma más organizada posible.
Los eseristas y mencheviques, esclavos de la burguesía, encadenados
por su amo, dieron su consentimiento a todo: a que fuesen llamadas a
Petersburgo tropas reaccionarias, a que se restableciese la pena de
muerte, a que se desarmase a los obreros y a las tropas revolucionarias,
a los arrestos y persecuciones, a la clausura de periódicos sin juicio
previo. El poder que la burguesía en el gobierno no podía tomar por
entero y que los Soviets no querían tomar, cayó en manos de la camarilla
militar, los bonapartistas, quienes, por supuesto, estaban plenamente
respaldados por los kadetes y los centurionegristas, por los
terratenientes y los capitalistas.
Poco a poco fueron cayendo cada vez más bajo. Una vez que pusieron el
pie en la pendiente de la conciliación con la burguesía, los eseristas y
mencheviques fueron deslizándose irremisiblemente hasta el fondo. El 28
de febrero, prometieron en el Soviet de Petrogrado un apoyo condicional
al gobierno burgués. El 6 de mayo lo salvaron de la catástrofe y
permitieron que los transformaran en sus lacayos y defensores, dando su
conformidad para la ofensiva. El 9 de junio se unieron a la burguesía
contrarrevolucionaria en una campaña de odio desenfrenado, mentiras y
calumnias contra el proletariado revolucionario. El 19 de junio
aprobaron la reanudación de la guerra de rapiña. El 3 de julio
accedieron a que se llamasen tropas reaccionarias: era el comienzo de la
entrega completa del poder a los bonapartistas. Poco a poco fueron
cayendo cada vez más bajo.
Este final ignominioso de los partidos eserista y menchevique no fue
casual, sino una consecuencia, confirmada más de una vez por la
experiencia de Europa, de la situación económica de los pequeños
propietarios, de la pequeña burguesía.
IX
Todos han podido observar, naturalmente, cómo el pequeño propietario
se desvive, cómo se esfuerza por “salir adelante”, por llegar a ser un
verdadero amo, por escalar la posición de un patrono “sólido”, la
posición de un burgués. Mientras impere el capitalismo, no hay para el
pequeño propietario más que esta alternativa: o convertirse en un
capitalista (posibilidad que, en el mejor de los casos, sólo se abre
ante el uno por ciento de los pequeños propietarios) o convertirse en un
hombre arruinado, en un semiproletario y después en un proletario. Lo
mismo ocurre en política; los demócratas pequeño burgueses, sobre todo
sus líderes, tienden a arrastrarse tras la burguesía. Los jefes de los
demócratas pequeño burgueses consuelan a su masa con promesas y
seguridades acerca de la posibilidad de llegar a un acuerdo con los
grandes capitalistas. En el mejor de los casos, obtienen de éstos,
durante muy poco tiempo, ciertas concesiones insignificantes para una
pequeña capa superior de los trabajadores, mientras que en todas las
cuestiones decisivas, en todos los asuntos importantes, los demócratas
pequeño burgueses se han encontrado siempre a la zaga de la burguesía,
como un apéndice impotente, como un instrumento sumiso en manos de los
magnates financieros. La experiencia de Inglaterra y Francia ha
confirmado esto muchas veces.
La experiencia de la Revolución Rusa, desde febrero hasta julio de
1917, en que los acontecimientos, sobre todo bajo la influencia de la
guerra imperialista y de la profunda crisis provocada por ella, se
desarrollaron con extraordinaria rapidez, ha confirmado palpablemente,
con una evidencia asombrosa, la vieja verdad marxista de que la posición
de la pequeña burguesía es inestable.
La enseñanza de la Revolución Rusa es esta: no puede haber para los
trabajadores otra escapatoria de la férrea tenaza de la guerra, del
hambre, de su esclavización por los terratenientes y capitalistas, que
la ruptura completa con los partidos eserista y menchevique y la clara
comprensión de su papel de traidores, que la renuncia a todo tipo de
conciliación con la burguesía y el paso resuelto del lado de los obreros
revolucionarios. Sólo los obreros revolucionarios, si son apoyados por
los campesinos pobres, son capaces de vencer la resistencia de los
capitalistas y de llevar al pueblo a la conquista de la tierra sin
indemnización, la plena libertad, la victoria sobre el hambre y la
guerra, y una paz justa y duradera.
Epílogo
Este artículo fue escrito, como se aprecia en su texto, a fines de julio.
La historia de la
revolución durante agosto ha contornado plenamente lo que se dice en
este artículo. Además, a fines de agosto, la rebelión de Kornílov[15]
provocó un nuevo viraje en la revolución y demostró palpablemente a todo
el pueblo que los kadetes, en alianza con los generales
contrarrevolucionarios, tienden a disolver los Soviets y restaurar la
monarquía. Si este nuevo viraje de la revolución será lo suficientemente
fuerte y se podrá poner fin a esa funesta política de conciliación con
la burguesía: eso lo dirá un futuro no lejano. . .
6 de setiembre de 1917.
N. Lenin
[1]
Lenin se refiere aquí al período transcurrido desde la Revolución de
Febrero hasta el mes de julio. A partir de ese momento, el proceso
revolucionario ruso giró hacia la insurrección. Este artículo fue
escrito luego de la derrota de las Jornadas de Julio. Sobre este
importante hecho recomendamos la lectura del artículo “El levantamiento
de Julio”, de León Trotsky, publicado en la sección Los primeros meses
de la Revolución y la guerra, en el Boletín Nº 9 del Centro de Estudios,
Investigaciones y Publicaciones León Trotsky en julio de 2007. (N. de
C.)
[2] El 12 (23) de junio el gobierno
provisional implantó la pena de muerte en el frente. Se instituyeron
tribunales militares adjuntos a las divisiones revolucionarias; las
sentencias entraban en vigor tan pronto eran dadas a conocer y debían
cumplirse sin dilación. (Ed.)
[3]
Chernov, Víctor Mikhailovich (1876-1952): se inició a la vida política a
principios de la década de 1890. Fundador y dirigente del Partido
Social-Revolucionario. Emigrado entre 1899 y 1917. Participó en la
Conferencia Zimmerwald. Fue ministro de Agricultura en el Gobierno
Provisional entre mayo y septiembre de 1917. Fue presidente de la
Asamblea Constituyente de 1918. Fue ayudado por los
contrarrevolucionarios checoeslovacos. Arrestado por Kolchak y exiliado,
emigró en 1921. (N. de C.)
[4]
Kadetes: llamado luego de sus inicios Partido Democrático
Constitucional, se formó en octubre de 1905, por la burguesía monárquica
liberal. Era el partido principal en las dumas y en el primer gobierno provisional. (N. de C.)
[5] Centurias Negras: sociedad
creada por los reaccionarios rusos, con apoyo del gobierno zarista,
inmediatamente después de la revolución de 1905, para reprimir al
pueblo. A ella pertenecían la mayor parte de los altos dignatarios, los
ministros y el zar mismo.
Estaban
cuantiosamente subvencionados por el Tesoro público. Sembraban el
pánico en la población recurriendo a los pogroms, es decir, a las
matanzas de judíos, a quienes acusaban de fomentar la revolución. Eran odiadas por todo el pueblo. (N. de C.)
[6]
El Partido Socialdemócrata Ruso se dividió en la Conferencia de Londres
en 1903 en dos fracciones: bolcheviques, la mayoría, conducida por
Lenin, y mencheviques, la minoría. En 1912, las fracciones se
convirtieron en partidos.
[7]
Partido Socialista Revolucionario, también llamado Eserista, fundado en
1900, llegó a ser la expresión política de todas las corrientes
populistas que existían en Rusia y fue el que más influencia tuvo en el
campesinado antes de la revolución. En octubre de 1917, el “partido” se
dividió y su ala izquierda apoyó a los bolcheviques en la revolución.
Pronto se volvió contra el gobierno soviético y se alineó con la
contrarrevolución.
[8]
Kerensky, Alexander (1881-1970): social-revolucionario ruso. Después de
la Revolución de Febrero fue Ministro de Justicia, Guerra y Marina y
finalmente, jefe del Gobierno Provisional desde julio hasta la
Revolución de Octubre. En 1918 huyó al extranjero.
[9] Trudoviques: constituían una
organización pequeño burguesa, compuesta por elementos campesinos e
intelectuales, que se creó en abril de 1906 en la primera duma. Kerensky
fue su miembro más famoso.
[10]
Sobre la base de informes de la prensa extranjera acerca de la creación
de un organismo especial por el Soviet de Petrogrado, una comisión de
enlace, que debía controlar al Gobierno Provisional. Lenin en un
principio consideró muy positivo este hecho, señalando al mismo tiempo
que sólo la experiencia demostraría si semejante organismo se
justificaba o no. En la práctica la designación por el Comité Ejecutivo
del Soviet conciliador el 8 (21) de marzo, de la Comisión de enlace
(cuya misión era "influir" sobre la actividad del Gobierno Provisional y
"controlarla") integrada por M. I. Skóbeliev, I. M. Steklov, N. N.
Sujánov, V. N. Filippovski, N. S. Chjeídze (posteriormente también V. M.
Chernov e I. G. Tsereteli) ayudó al gobierno a aprovechar la autoridad
del Soviet para enmascarar su política contrarrevolucionaria. Con la
colaboración de la "Comisión de enlace" se frenaba la activa lucha
revolucionaria de las masas por el paso del poder a los Soviets. Esta
Comisión fue disuelta a mediados de abril de 1917, trasladándose sus
funciones al Buró del Comité Ejecutivo. (Ed.)
[11]
Tsereteli, Irakli (1882-1959) Menchevique georgiano, diputado a la
Segunda Duma. Después de la Revolución de Febrero fue Ministro de
Correos y Telégrafos en el Gobierno Provisional. (N. de C.)
[12]
A principios de junio, los marineros del Báltico y las masas de
Kronstadt se sublevaron contra el Gobierno Provisional; soportaron una
compaña en su contra de parte de la prensa rusa y extranjera. El soviet
de Kronstadt, por 210 votos contra 40, no había aceptado al Gobierno
Provisional y declaró que reconocía sólo la autoridad del Soviet de
Petrogrado. Este acto fue deformado como tentativa de secesión. (N. de
C.)
[13] Guchkov, Alexander (1862-1936) Dirigente de
los octubristas, partido monárquico de la gran burguesía industrial,
comercial y terrateniente, presidente de la Duma desde 1907 a 1912,
ministro de Guerra y Marina del Primer Gobierno Provisional. (N. de C.)
[14]
Bonapartismo: término marxista que describe a un régimen con
determinados rasgos dictatoriales en una época en que no está seguro el
dominio de una clase; se apoya en la burocracia militar, policial y
estatal antes que en los partidos parlamentarios o en el movimiento de
masas. (N. de C.)
[15]
Rebelión de Kornilov: motín contrarrevolucionario de la burguesía y los
terratenientes ocurrido en agosto de 1917. Lo encabezó el jefe supremo
del ejército, el general zarista Kornilov. El objetivo de los amotinados
era apoderarse de Petrogrado, aniquilar al partido bolchevique,
disolver los Soviets, instaurar una dictadura militar en el país y
preparar la restauración de la monarquía. En la conspiración participó
Kerensky, jefe del gobierno provisional, quien, empero, cuando
comenzó la rebelión temió ser barrido junto con Kornilov, por lo que se
apartó de éste y lo declaró sedicioso contra el gobierno provisional. La
rebelión comenzó el 25 de agosto (7 de septiembre), Kornilov hizo
avanzar sobre Petrogrado el 3er. Cuerpo de Caballería. En la propia
ciudad las organizaciones contrarrevolucionarias kornilovistas se
aprestaban a entrar en acción. El partido bolchevique encabezó la lucha
de las masas contra Kornilov, sin dejar por eso, tal como lo exigía
Lenin, de desenmascarar al gobierno provisional y a sus cómplices, los
eseristas y los mencheviques. Los obreros de Petrogrado, los soldados y
los marinos revolucionarios, en respuesta al llamado del Comité Central
del partido bolchevique, se alzaron para luchar contra los rebeldes.
Rápidamente obreros de la capital, formaron destacamentos de la Guardia
Roja. En muchos lugares quedaron constituidos comités revolucionarios.
Fue detenido el avance de las tropas de Kornilov. Por influencia de la
agitación bolchevique comenzó a cundir entre ellas la desmoralización.
La rebelión de Kornilov fue aplastada por los obreros y los campesinos,
bajo la dirección del partido bolchevique. La presión de las masas
obligó al gobierno provisional a dictar contra Kornilov y sus cómplices,
orden de arresto y de entregarlos a la justicia por sedición. (Ed.)
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