Sí, lo sé, soy un ingenuo. Y, peor todavía, a veces me
levanto mucho más alelado de lo que acostumbro y espero que la cafetera
hierva sin haberla puesto y que el pan se tueste sin electricidad. En
cualquier caso, sea por candidez o por despiste, no hay como sintonizar
alguna emisora o canal, abrir un periódico o escuchar al vecino, para
que el día que parecía apacible, de improviso, comience a llenarse de
respingos y sobresaltos: “¡Hemos vuelto!” gritaba enardecido Alfonso
Rubalcaba en el cierre del congreso socialista. ¿Y es que se habían
ido? ¿Cuándo? ¿A dónde se había ido el Partido Socialista?
“¡Salida
limpia”! celebraba feliz De Guindos el acuerdo de los ministros de la
Eurozona de poner fin al rescate de la banca española. ¿Y es que hubo
rescate? ¿No había dicho el presidente que eran “préstamos en
condiciones ventajosas”? ¿De qué rescate hablan?
“¡Ni buenos ni malos!” se quejaba amargamente Adolfo Alonso, portavoz popular en el Congreso español, en repudio a la decisión del Parlamento navarro de reconocer a las víctimas del franquismo como tales. ¿Cómo? ¿Y no quedamos en que había buenos y malos? ¿No quedamos en que había vencedores y
vencidos?
“¡Y además nos divide!” agregaba Alonso en relación a la misma decisión de los representantes navarros. ¿Y es que estábamos unidos? ¿Alguna vez hemos estado unidos? ¿Ellos y nosotros?
A eso del mediodía, horas más horas menos, es que me despierto y… no, ni siquiera Rubalcaba ha vuelto, que siempre estuvo ahí. Tampoco hay salida limpia para tanta mierda. Y Alonso, Rubalcaba o de Guindos, ellos, además de malos, siempre pierden todas las guerras que ganan.
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