Nuestra sociedad está enferma y necesita urgentemente un cambio político y económico que redunde en el bien global. por Pedro Antonio Honrubia Hurtado
Viernes, 01 de Noviembre de 2013
En la era de la globalización, las comunicaciones y la diversidad
cultural, encontramos más que nunca individuos que se sienten solos,
falsedad en la información y rechazo de todo aquello que nos resulte
extraño o diferente. Hace falta un cambio de sistema y hace falta que
sea ya.
Qué duda cabe de que la actual mentalidad consumista-
capitalista, una mezcla nefasta entre los principios propios de la moral
liberal y el liberalismo económico, es una máquina potencial de dar
vida a individuos llenos de valores ilusorios y necesidades falsas, pero
lamentablemente vacíos de proyectos filosóficos que den sentido a sus
vidas más allá de las meras aspiraciones de supervivencia social y
biológica, en el marco de lo impuesto por la simbología
consumista/capitalista.
La búsqueda de sentido propia de todo ser humano, en nuestra actual
sociedad se ve así, en apariencia, satisfecha por la progresiva
realización individual de las exigencias propias de nuestra sociedad,
exigencias éstas orientadas por una moralidad colectiva absolutamente
preocupada por las meras apariencias, y un sin fin de necesidades falsas
autocreadas, a través de la publicidad, por el propio sistema
económico, y en cuya satisfacción reside buena parte de la felicidad del
hombre de hoy en el mundo occidental.
Este vacío generalizado de búsqueda del sentido más allá de lo
puramente aparente y de lo material, es decir, esta sumisión del sujeto a
los valores morales y culturales impuestos por el sistema como
supuestos medios para la realización personal, permite que se desarrolle
una conciencia competitiva, propia de un sistema económico que
propugna el éxito individual a toda costa, que nace, crece y se
reproduce a diario en cada uno de nosotros; haciendo suya nuestra vida
ante la comunidad y arrastrándonos sutilmente al egocentrismo y al
individualismo más rancio.
Bien es cierto que la comparación con el prójimo es un acto subjetivo
dado por igual en todas y cada una de las culturas existentes sobre la
faz de la tierra, desde la más primitivas a las más desarrolladas
tecnológicamente hablando. Pero esta comparación, que en otros modelos
sociales menos desarrollados tiene como objetivo garantizar el progreso
de la comunidad, su correcta evolución en positivo y en favor del
global del ente social y de cada uno de sus individuos por separado, en
nuestra actual civilización occidental toma un claro tono competitivo
que induce al individuo a utilizar todo tipo de artimañas para alcanzar
el objetivo fijado: ser de una manera u otra superior a tu vecino.
Sin duda, aunque pueda parecer chocante, el gran culpable de todo
esto lo podemos encontrar en primera instancia en nuestro propio proceso
de socialización, que, bajo la excusa de servir como base al desarrollo
de nuestro aprendizaje, es claramente un arma de manipulación y control
social cuyo fin último es asegurar el buen funcionamiento de la
sociedad, o lo que viene a ser lo mismo, el mantenimiento de los poderes
fácticos que gobiernan el estado y del buen discurrir del ciclo
consumista-capitalista. El aprendizaje social de los sujetos de hoy,
lejos de ser un reflejo de la espontaneidad histórica en el desarrollo
de una cultura, es, más que nunca, un proceso absolutamente controlado
por la mano del poder social establecido, y plenamente orientado hacia
la sumisión y la alienación del individuo a la sociedad del consumo, a
las garras del capitalismo.
No se nos educa para ser ciudadanos, se nos educa para ser siervos
del sistema. Los estereotipos sociales, las reglas de comportamiento en
sociedad, "la buena educación", la moral consumista, los valores
estéticos, y todas las demás patrañas heredadas de la enseñanza social,
nos marcan desde la cuna el camino a seguir para, supuestamente, que
cada persona pueda ser feliz consigo mismo, aunque todo ello, en la
mayoría de casos, en realidad no sea más que un aprendizaje de cómo
vincular nuestra felicidad al juicio externo, con la fragilidad que ello
conlleva para la verdadera consecución del objetivo fijado.
Como consecuencia de ello, toda acción toma un sentido cuando puede
ser mostrada al prójimo, pero carece del mismo cuando solo tiene como
objetivo la autorrealización personal. Este tipo de actitudes nos hacen
encontramos ante un mundo masificado de gente de modales distinguidos,
pero que ocultan tras su buen hacer y comportamiento un vacío
intransigente, dando pie con ello a la falta de compromiso respecto de
los demás, algo, desgraciadamente, tan característico de nuestros días.
Castoriadis lo llamó "privatización".
La vida, que ciertamente se puede entender, dentro de esta mentalidad
competitiva y egoísta, como una partida con victorias y derrotas, tiene
un desarrollo al más puro estilo de una vil secuela ficticia de una
película desmesuradamente presupuestada. Su director: la falsedad; su
guionista: la hipocresía; sus actores: tú, yo, todos juntos. Triste pero
cierto. Por más que se nos quiera revestir de derechos y libertades
nuestra actual civilización, lo cierto es que nuestra sociedad es, hoy
como ayer, una cárcel para la libertad del individuo. Somos esclavos de
nuestras necesidades; siempre lo hemos sido de las biológicas, pero
ahora, tal vez por primera vez en la historia, lo somos en mayor grado
de las sociales, estando sometidos a multitud de falsas necesidades
comerciales, y adormecidos por los efectos opiáceos de la publicidad y
sus promesas de éxito social y demás oníricas fantasías.
El progreso científico-tecnológico ha traído mayor abundancia en la
producción de bienes primarios, mayor facilidad para el acceso a la
satisfacción de los mismos, pero también ha traído tras de sí un
sometimiento sin precedentes del hombre a sus posesiones, del sujeto a
sus pertenencias. Lo que poseemos ha acabado poseyéndonos, como bien
dice Brad Pitt en una secuencia de la película “el club de la lucha”.
No obstante, si pretendemos tener una visión no simplista de la
situación y analizar la raíz del asunto, es evidente que no se puede
culpar al individuo de hoy de la actual situación, ni tan siquiera
podemos culpar al individuo de ayer, ni al de antes de ayer, pues todo
esto no es más que una consecuencia directa de un problema de base,
nacido en el mismo día en que triunfó la revolución ilustrada, dando
vida a la sociedad liberal burguesa, y con ello al inicio de la
expansión del capitalismo liberal. En el mismo momento en que se vincula
al hombre con el fruto de su trabajo y con su capacidad de consumo, se
le convierte en una cifra que adorna las estadísticas macroeconómicas,
arrebatándole con ello su personalidad soberana dentro del conjunto
global de la humanidad, pero eso sí, una cifra a la cual se le debe
hablar directamente, de tú a tú, para que cuadren las cuentas.
Para la economía somos una cifra, pero para la publicidad, para los
ideólogos del sometimiento del individuo al sistema, somos una persona
que ve y oye, que siente y padece, que trabaja y compra. Bajo el
pretexto del desarrollo racional y científico, la gran burguesía
dominante ha sabido sabiamente asumir su papel de líder político,
económico y social, desarrollando todo un complejo sistema de relaciones
sociales que garantiza eficazmente la estabilidad de sus status.
En la era de la globalización, las comunicaciones y la diversidad
cultural, encontramos más que nunca individuos que se sienten solos,
falsedad en la información y rechazo de todo aquello que nos resulte
extraño o diferente. En la época de la abundancia, hay más personas
hambrientas que nunca antes.
Aun sumidos en la masa estamos solos frente al mundo, somos el centro
de la nada. Hemos perdido el sentimiento de pertenencia a una comunidad
propio de las sociedades religiosas, el cual lo hemos sustituido por
la creencia de pertenecer a un mundo globalizado donde cada cual ha de
luchar por poner sus intereses a salvo. Vagones de metro llenos hasta la
bandera donde nadie habla con nadie, y donde a lo más estamos
preocupados por analizar sexualmente al objeto de nuestro deseo (¡qué
buena está esa rubia!) o por desconfiar de aquellos cuyo estereotipo nos
resulte peligroso (¡cuidado con este de aquí al lado que no me gusta su
aspecto y no vaya a ser que me robe la cartera!). Nuestra única
identidad colectiva es aquella que el mercado determina como tal, con
sus iconos y marcas, con la valoración y jerarquización social que tales
símbolos expresan, la cual respetamos como auténtico dogma de fe.
Tristemente asumimos que somos sujetos sin clase, ciudadanos que no
pertenecen a ningún grupo social combativo, sin aspiraciones de cambio,
más allá del cambio en los objetos de consumo impuestos por la
publicidad al servicio del sistema, al servicio de los intereses de la
alta burguesía. Trabaja y consume, compra lo que te digamos, mete tu
dinero en nuestros bancos, paga nuestras hipotecas, degusta los
productos de nuestras multinacionales, y si te sobra algo, ahorra o,
todavía mejor, invierte en nuestra bolsa. Pero, eso sí, nada de sentirte
diferente a nosotros, tú y yo estamos en el mismo bando, aunque por el
aspecto de tu vecino de enfrente puedas pensar que él no. Palabras éstas
que no tienen nombres y apellidos, pero que constantemente se nos dicen
desde los labios de los hombres y mujeres que manejan el estado, que
controlan el ciclo económico, y en cuyas cuentas bancarias, cada vez más
vertiginosas, redundan finalmente los beneficios generados por el sudor
de nuestro trabajo.
El gran logro de la alta burguesía ha sido, sin duda, hacer que el
sujeto de clase obrera, o el pequeño empresario, o el marginado social,
se miren entre sí con recelo, pero a la hora de mirar hacia ellos, lo
hagan con admiración y respeto, la admiración y el respeto que nace de
la envidia que les tenemos. Y es que desde críos los hemos visto en las
pantallas de nuestros televisores y hemos deseado profundamente poder
llegar donde están ellos, y hasta hemos creído que así sería, achacando
luego nuestro fracaso a la mala suerte o a la falta de talento. Por eso
creemos que nuestro enemigo social es aquel que pretende robarnos la
cartera en un metro, que en su desgracia o su falta de talento ha caído
aún más bajo que nosotros, o aquel cuya pinta no nos satisface y
pretende ennoviarse con nuestra hija, o el compañero de trabajo que
recibe un ascenso, o el seguidor de un equipo de fútbol contrario al
nuestro, pero nunca ellos. Ellos son lo que nosotros desearíamos ser en
lo más profundo de nuestro ser, ellos, por tanto, son nuestros amigos,
son como la luz que ilumina nuestro camino, la meta final a la cual
aspiramos, aunque cada vez los veamos más lejanos.
A nivel moral, el ansia de libertad y el uso de la razón perseguido
por el espíritu ilustrado, ha contribuido paulatinamente a la aparición
de sistemas jurídicos comprometidos con el respeto a los derechos
humanos y la libertad de acción y expresión. Lamentablemente también es
un progreso limitado a una minoría de naciones del mundo, e incluso
dentro de aquellos países privilegiados, las más de las veces falseado
por las desigualdades sociales y la aparición de actitudes de rechazo
mutuo entre los propios miembros de sus sociedades, así como por la
represión que el estado ejerce sobre aquellos disidentes que no se
pliegan a la “norma social”.
La auténtica realidad es que los intereses políticos y económicos
están por encima del respeto a la libertad del individuo e incluso por
encima del respeto a la dignidad humana, lo que en cierta medida cohíbe
la implantación real y efectiva de tal desarrollo legislativo. Somos
libres siempre y cuando no decidamos emplear esta "libertad" para ir
contra el sistema establecido y sus mecanismos de control y defensa.
Porque, en caso de intentarlo, entonces caerá sobre nosotros todo el
peso de los diversos mecanismos de control del sistema, desde los
mediáticos, hasta los militares y policiales, pasando evidentemente por
los jurídicos. Solo si no te mueves, no sentirás las cadenas.
El sistema capitalista sabe defenderse, de eso no nos quepa la menor
duda. Frente a los sistemas totalitarios fascistas que utilizaban la
orden (la orden de capturar, encarcelar y asesinar al disidente), el
sistema capitalista utiliza el orden. El orden, además, en un doble
sentido. Orden en cuanto a la asignación de papeles de cada individuo
dentro de la sociedad, y orden en cuanto a los comportamientos asignados
por el sistema a cada individuo según su papel dentro del orden social.
Evidentemente, el sistema no guarda el mismo papel para un trabajador
autoconsiderado de clase media, que para un alto ejecutivo, o para un
integrante de una familia de clase obrera tradicional, o para un
habitante de los suburbios, prácticamente excluido del entramado social.
Aunque las leyes son, supuestamente, iguales para todos, la mentalidad
cultural en la que se desarrollan cada uno de estos sujetos no es igual
de exigente moralmente para todos ellos; cada cual tendrá su propio
sistema de valores heredado en consonancia con el ambiente en que crezca
y se desenvuelva. En definitiva, aunque todos formamos parte de una
misma sociedad, el sistema se encarga de controlar de manera diferente a
cada uno de nosotros según la clase social a la que pertenezcamos, y el
potencial riesgo revolucionario que en ella se encierre.
Por volver a la vieja terminología del marxismo, aunque supuestamente
existan clases bajas, clases medias, y clases altas, finalmente, hoy
como ayer, podemos reducir esta sistematización a la diferencia entre
clases privilegiadas (alta burguesía y trabajadores de altos ingresos) y
clases explotadas (clases medias y clases bajas, es decir, el
proletariado más una gran mayoría de profesionales liberales y pequeños
propietarios). Tal vez, una forma simple pero efectiva de poder
establecer una división correcta entre unos y otros, sería tomar como
referencia la capacidad que tiene cada cual para vivir sin ser un
esclavo del sistema, es decir, para vivir sin necesidad de tener que
mirar cada mes a la cuenta del banco para poder pagar los gastos propios
de la vida del día a día. Todo aquel que dependa del salario de su
trabajo, o de los beneficios de su pequeña empresa para poder hacer
frente a los gastos de la vida, es un sujeto explotado por el sistema.
Por muy bien que le vayan las cosas, si mañana se queda sin su fuente de
ingreso, se queda sin nada, lo pierde todo, por tanto, es un esclavo
del sistema, frente a quienes acumulan inmensas cantidades de capital
monetario o patrimonial para hacer frente a las posibles malas jugadas
del destino.
Que no nos engañen más; el señor Botín y similares no necesitan de
sus actividades económicas para hacer frente a los gastos de la vida,
por más que sus negocios dejaran de producir, la acumulación de capital
que poseen es tal, que podrían vivir perfectamente hasta el final de sus
días, y no solo ellos, si no su sucesivas generaciones. Si cada mañana
te tienes que levantar para ir al trabajo so pena de perder todo lo que
tienes si no lo haces, entonces, no te quepa duda, eres un esclavo del
sistema, tu libertad se limita a hacer lo que debes para mantener tus
posesiones (“tus posesione acabarán poseyéndote”) y si no tienes ninguna
pertenencia pues, simplemente, para llenar tu barriga a diario.
Pero, irónicamente, quienes más dependen del sistema son los miembros
de la alta burguesía. Ellos realmente son los verdaderos esclavos del
sistema pues un sistema económico como el que tenemos en la actualidad
permite que existan desigualdades tan abismales entre unos miembros y
otros, pero no con todos los posibles sistemas sería así, y, por tanto,
son esclavos del capitalismo en tanto y cuanto una posible revolución
que les dejara sin sus propiedades, les dejaría sin nada.
De esta manera ya tenemos una primera conclusión evidente: La alta
burguesía es antirrevolucionaria, ya que cualquier cambio en el sistema
económico podría acabar con sus privilegios. Es decir, de todos los
miembros de la sociedad, es la alta burguesía la única clase social no
interesada en cambio alguno del sistema económico, ya que sus
privilegios sociales y económicos dependen del mantenimiento de éste.
Aunque, cabe matizar, el problema no es que una persona dependa del
fruto de su trabajo para subsistir, que esto, al fin y al cabo, es algo
inherente a la condición humana y propio de cualquier sociedad que se
precie, el problema es que, con este sistema, la esclavitud a la que
esta personas están sometidos, redunda no en su propio beneficio, no en
el beneficio global de la sociedad, sino, fundamentalmente, en el
beneficio de unos pocos privilegiados que acumulan inmensas cantidades
de capital monetario y patrimonial, a consecuencia de la explotación que
es inherente a esta esclavitud del sujeto respecto de su trabajo. Es
decir, mientras que la mayoría de nosotros necesitamos de nuestro
trabajo para subsistir, gracias al beneficio ocasionado por nuestro
trabajo y nuestro consumo existen personas que no se encuentran en esta
misma situación, sino que viven “como reyes”, y que tienen absolutamente
garantizada su subsistencia y la de sus próximas generaciones aun
cuando sus ingresos dejaran de producirse, salvo, como he dicho antes,
que se produzca una revolución que traiga consigo un cambio en el
sistema económico que acabe con sus privilegios y les arrebate lo que en
esencia pertenece al fruto del trabajo de las clases explotadas, esto
es, su capital acumulado.
Por ello, una revolución debería, de mínimo, equiparar la situación
de todos los miembros de la sociedad bajo estos criterios de reparto de
la riqueza, es decir, o todos podemos vivir sin necesidad de depender
del fruto de nuestro trabajo para llegar a fin de mes y garantizar
nuestra subsistencia, lo cual es imposible, o todos debemos vivir siendo
esclavos de nuestro trabajo, salvo aquellos que, por los motivos
justificados que fueran, no pudieran tener acceso a un trabajo con el
que ganarse la vida. Como digo, la primera situación es absolutamente
impensable, ya que el trabajo es necesario para la producción de
riqueza, y no existen recursos suficientes, no al menos a día de hoy con
el desarrollo técnico de los medios de producción existentes, como para
lograr que toda la humanidad pueda acumular suficiente capital como
para no depender de su trabajo para vivir. Por tanto, siendo realistas,
la única revolución posible pasa por instaurar un sistema económico
donde todas y cada una de las personas dependan del fruto de su trabajo
para vivir, cada cual en su ámbito según sus propias actitudes y
capacidades, pero finalmente todos iguales en el sentido de pertenecer a
una misma clase social: la clase trabajadora. Un sistema basado en
aquello de "de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus
necesidades". ¿Hace falta dar más pistas?
Es evidente que el mundo actual esta al borde del abismo, que el
sistema capitalista cada vez trae peores consecuencias a la existencia
humana y al mundo en general. Sería injusto acusar solamente a la acción
del imperialismo norteamericano de tal situación, aunque evidentemente
sean los mayores responsables. Pero, por encima de un estado u otro, de
un imperio u otro, el gran problema del mundo, ahora más que nunca, es
el propio sistema capitalista. El capitalismo es un mega monstruo que ha
tomado vida propia, verdaderamente difícil de parar. No existe hombre
en el mundo con el poder suficiente como para tomar las riendas del
monstruo. El capitalismo galopa y galopa desbocado hacia su propia
destrucción o la destrucción-toquemos madera- de la humanidad en su
conjunto. Las guerras imperialistas - que ahora parecen que se han
vuelto a poner de moda-, la pobreza cada vez más extrema, las crecientes
desigualdades entre los países pobres y los países ricos, las
desigualdades sociales dentro de los propios países supuestamente
desarrollados, el uso mercantilista de bienes y servicios tan básicos
como la sanidad, los productos farmacéuticos, la educación o la
alimentación, no pueden conducir a la humanidad a nada bueno.
Solo una verdadera revolución puede salvarnos de las muchas tragedias que están por venir de la mano del monstruo capitalista.
Socialismo o Barbarie.
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