Otro y no menos importante es la práctica del cooperativismo como una
de las armas de resistencia popular y obrera contra la dictadura y como
anuncio de lo que puede ser una de las fuerzas conscientes de avance a
la sociedad socialista. Además, nuestra experiencia personal y colectiva
en debates sobre el cooperativismo y otras formas de autoorganización
popular realizados en varios países de las Américas, incluida Uruguay no
hace mucho, y que ha creado una estrecha amistad revolucionaria entre
nosotros. Y por no extendernos y como efecto de lo anterior, una
inquietud teórica, política y ética por el destino de la humanidad
trabajadora, enfrentada a los golpes del imperialismo.
Por todo lo anterior, cuando recibí el email de Gustavo González en
el que me informaba de la presentación de su libro, le avisé de
inmediato de que le enviaría una breve ponencia en la que analizaría el
problema del cooperativismo en la actual crisis capitalista, partiendo
de la catástrofe del Grupo Fragor, tenido como buque insignia del
cooperativismo oficial, el que ha sido presentado en el mundo entero
como una demostración definitiva de que el capitalismo es reformable sin
lucha de clases, de que puede avanzarse a un mundo mejor desarrollando
sus «aspectos positivos» y recortando paulatinamente sus «aspectos
negativos» hasta reducirlos a la nada, quedándonos sólo con lo «bueno»,
algo parecido a cómo un taxidermista trocea y diseca una mofeta o una
hiena. Voy a dividir este breve texto en cuatro partes, dando por
supuesto que quien desee una mayor aclaración sobre la cuestión de los
cooperativismos, sobre el papel del cooperativismo obrero en el proceso
revolucionario, etc., tiene a su disposición en Internet una serie de
textos al respecto.
1.-
Lo primero que quiero decir es que la gran diferencia cualitativa
entre el cooperativismo de FUCVAN y el de FAGOR no radica sólo en que el
primero se dedica a la vivienda por ayuda mutua y el segundo se
dedicaba a los electrodomésticos, a la «línea blanca», sino también en
que el primero tuvo una clara politización de izquierdas dentro de
contexto de durísima lucha de clases contra la dictadura, y después de
la llegada de la «democracia» tuvo que mantener su identidad de proyecto
popular, radical, para resistirse a las sutiles e invisibles, o burdas y
feroces formas de absorción en el sistema capitalista, o destrucción.
Por el contrario, FAGOR si bien prestó ayudas sociales, culturales,
económicas, etc., a las luchas del pueblo vasco, bien pronto comenzó a
relajarse en su tensión, en su vigilancia, en su insistencia en la
permanente actualización de unos principios cooperativistas vagos e
imprecisos en lo esencial: ¿qué clase de cooperativismo practicamos?
La gran aportación del socialismo a las formas de cooperativismo
previas, las que de algún modo se regían por el utopismo prosocialista y
después por los principios interclasistas de Rochdale en 1844 y sus
adecuaciones posteriores, fue la de definir el punto crítico de
posicionamiento frente al modo de producción capitalista: el
cooperativismo socialista es uno de los instrumentos del pueblo
trabajador para avanzar al socialismo, y por tanto para acabar con la
propiedad privada y con la dictadura del salario. Desde esta visión, el
cooperativismo ha de prefigurar en su acción interna y externa algunos
de los principios económicos, políticos y éticos de la sociedad futura,
empezando por la democracia socialista y antipatriarcal en la vida
interna del cooperativismo, democracia radicalmente contraria a la
democracia burguesa patriarcal y racista.
La prefiguración de algunos principios socialistas, por ejemplo, el
de no explotar a otros trabajadores no cooperativistas mediante
relaciones laborales y socioeconómicas capitalistas, es uno esencial e
irrenunciable. Tampoco debe «jugar en bolsa» para aumentar sus
ganancias. El cooperativismo socialista no puede ni debe invertir
ninguna ínfima parte de sus beneficios en la compra o participación en
otras empresas para obtener más beneficios con su explotación directa o
indirecta. La cooperativa socialista ha de apoyar las luchas obreras y
populares, las huelgas y las resistencias sociales, ha de dedicar parte
de sus beneficios al debate teórico-político y cultural, ha de abrir sus
locales a la vida vecinal y ha de potenciar la autoorganización del
pueblo trabajador. Ha de practicar el intercambio justo y equitativo a
escala internacional optando por relacionarse con los pueblos oprimidos y
empobrecidos que luchan por su emancipación. Ha de impulsar el máximo
reciclaje, el mínimo despilfarro y contaminación y tender hacia la
emisión 0 de CO2, como primeros pasos para la economía ecológica
antiimperialista. Y así más cosas…
Es obvio que para llevar a la práctica estos principios dentro del
capitalismo neoliberal actual es imprescindible tener una alta
conciencia ético-política y una formación teórica suficiente, sin las
cuales es extremadamente difícil resistir los crecientes ataques de la
burguesía contra el cooperativismo socialista; del mismo modo que para
ser un cooperativista «normal», es decir, dentro de los principios
ideológicos interclasistas y reformistas, sólo hace falta una conciencia
media que sustente una práctica democraticista abstracta, solamente
válida en la medida en que se mantenga la situación socieconómica y
política «normalizada», es decir, en la medida en que no se haya entrado
en una fase de crisis capitalista. Esto nos lleva al punto siguiente.
2.-
Lo segundo que quiero decir es que, a mi entender, la FUCVAN tiene el
mérito y la cualidad de luchar en un área cotidiana fundamental para
avanzar hacia espacios de contrapoder, zonas, islas y pequeños
archipiélagos de pre o proto socialismo –sin profundizar ahora en esta
cuestión– que pueden debilitar mucho el poder capitalista en uno de sus
puntos más críticos: el de las condiciones de reproducción de la fuerza
de trabajo fetichizada y alienada; mientras que el Grupo FAGOR, como la
mayoría inmensa del cooperativismo oficial, sólo actúa en el área de la
producción de bienes de consumo duradero o fugaz. ¿Qué quiero decir?
Pues que el cooperativismo de vivienda de ayuda mutua permite, según lo
he confirmado in situ, organizar espacios vivenciales cotidianos casi
completos, es decir, que abarcan casi toda la vida colectiva e
individual porque en la cooperativa se nace, se divierte, de sufre, se
alimenta, se debate, se comparte, etc., y según esté desarrollada
incluso se trabaja en ella sin tener que trasladarse a otra cooperativa o
empresa capitalista exterior.
En estas relaciones casi globales hay o debe haber dos puntos
centrales: la permanente democracia asamblearia, horizontal, que dirija
colectivamente la marcha de la cooperativa y sus intensas relaciones con
el exterior, con la barriada, con la ciudad, con otras cooperativa y
empresas, etc. No podemos analizar ahora en detalle cada uno de los dos
puntos críticos, pero ambos son decisivos para que la cooperativa de
vivienda de ayuda mutua sea una fuerza consciente de emancipación. Si se
practican, la cooperativa integral de vivienda puede llegar a ser un
foco irradiador de autoorganizaión popular dentro de lo posible en el
capitalismo neoliberal y represor actual, pero en creciente pugna contra
él. La fuerza emancipadora de este cooperativismo integral es tremenda
porque ataca, como hemos dicho, a una de las bazas del poder burgués: la
separación absoluta entre el área de la producción, del trabajo
asalariado, o «vida pública», y el área de la reproducción de la fuerza
de trabajo sumisa y dócil, o «vida privada».
De hecho, este cooperativismo que tiende a la integralidad es un
antiguo y difícil sueño de la humanidad explotada, un sueño permanente
que por su fuerza emancipadora es atacado sin cuartel por todas las
clases explotadoras. Educar desde la primera infancia en valores
colectivos, proto o presocialistas, valores practicados en la
vivencialidad de la cooperación en el lugar de la vida diaria, de la
ayuda mutua y de la superación de las escisiones entre el trabajo manual
y el intelectual, etc., siempre en integración con otras luchas, esta
práctica es inaceptable por la burguesía. Para comprender la
potencialidad del cooperativismo de viviendas basta decir que el
problema de la vivienda tiene su raíz esencial en la propiedad privada
del suelo, del capital en su conjunto, y que la superación histórica de
este problema exige acabar con la propiedad privada. En la medida en que
las cooperativas de vivienda de ayuda mutua rompen con la propiedad
privada del suelo y a la vez facilitan el avance en prácticas de
cooperación comunal, de enraizamiento en los bienes comunes y
colectivos, colectivizados al menos en esa cooperativa, en esa medida
son una de las fuerzas emancipadoras más peligrosas para todo modo de
producción basado en la propiedad privada.
Por su parte, el cooperativismo que sólo se limita a la producción
debe superar ese abismo introducido por el poder. Los cooperativistas
normales suelen dejar de «pensar cooperativamente» cuando salen de su
empresa y se trasladan a su vivienda, en donde se convierten en «simples
ciudadanos», en la mayoría inmensa de los casos. Peor lo tiene el
cooperativismo de consumo, por lo general menos concienciado y más
oportunista e individualista que el de producción. El Grupo FAGOR y
Mondragón Corporación, en nuestro caso, están atrapados por esa tenaza
burguesa que rompe toda visión crítica y coherente de la sociedad
capitalista. Es cierto que existen algunas pocas cooperativas de
vivienda pero no en el sentido de la FUCVAN. Es cierto que Grupo FAGOR y
Mondragón Corporación también han ayudado y ayudan social y
nacionalmente en algunas necesidades del pueblo vasco, pero nunca en el
sentido del cooperativismo socialista. La práctica histórica muestra que
el grueso del cooperativismo vasco, tan afamado, es pasivo e
indiferente con respecto a las contradicciones irreconciliables del
capitalismo y a la opresión nacional de clase que sufre Euskal Herria.
Nos referimos a las contradicciones antagónicas y a la opresión
nacional de clase y de sexo-género, es decir, al núcleo del problema,
las contradicciones que exigen para su resolución una coherencia
política y ética dispuesta a asumir riesgos y costos superiores a los
«normales» porque más pronto que tarde terminan chocando con las fuerzas
represivas. No nos referimos a las contradicciones secundarias, no
antagónicas, las que pueden resolverse con reformas más o menos duras o
blandas para la clase dominante, pero reformas al fin y al cabo. Sabemos
de qué hablamos. Por ejemplo, hemos reconocido varias veces las ayudas
del cooperativismo normal, y aplaudimos los considerables sacrificios
económicos que varios miles de otros cooperativistas han hecho durante
meses para ayudar a sus compañeros de FAGOR: un ejemplo elocuente de las
virtudes de ayuda mutua inherentes a la mayoría del cooperativismo.
Pero el movimiento obrero y sindical no cooperativista también ha dado y
da ejemplos idénticos, incluso más duros y arriesgados porque los
asalariados no tienen tantos recursos legales de conservación de los
puestos de trabajo, están menos protegidos contra las disciplinas
laborales, contra la represión patronal en su conjunto, etc., y a pesar
de ello, y por ello, dan ejemplos impresionantes de lucha y solidaridad
obrera y popular como se ha demostrado durante décadas y especialmente
desde la crisis de 2007 hasta ahora.
El problema para el cooperativismo oficial radica en otra parte, a
saber, su posicionamiento frente al poder capitalista en su expresión
fundamental, la propiedad privada de las fuerzas productivas, y en sus
dos estructuras básicas para mantener la propiedad capitalista: el
mercado mundial y el Estado burgués. Esto nos lleva a la tercera
cuestión.
3.-
Lo tercero que quiero comentar es que la crisis de FAGOR nos remite
al poder de la propiedad, del mercado y del Estado sobre el
cooperativismo oficial, por inicialmente democrático que llegase a ser.
Desde que se rompió el secretismo burocrático de una administración que
había funcionado por su cuenta, empezaron a oírse comentarios
autocríticos y sinceros, pero tardíos, de trabajadores cooperativistas
que reconocían haberse desentendido del ejercicio de sus derechos y
obligaciones de control asambleario y democrático, a pesar de que
existía una significativa presencia de cooperativistas de izquierda que
llegaron a acceder a puestos de dirección. No nos encontramos ante
ningún problema realmente nuevo. La tendencia a la baja en la
participación activa y dirigente de los cooperativistas es una especie
de ley que se cumple generalmente en los largos y tediosos períodos de
«normalidad», y que se convierte en su contraria, en la tendencia a la
participación activa y crítica, también autocrítica, cuando surge la
crisis y empiezan a retroceder los beneficios.
En el caso de FAGOR, la crisis económica ya venía de antes pero ha
sido mantenida en el más oscuro de los secretos hasta que ha sido
imposible seguir ocultándola, pero entonces ya era demasiado tarde y la
tendencia a la recuperación de la participación de los trabajadores no
ha tenido tiempo alguno para evitar la catástrofe. Bajo un diluvio de
rumores y sospechas de todo tipo sobre por qué y para qué se ha
mantenido ese antidemocrático silencio, que niega de raíz todos los
principios del cooperativismo por reformista que sea, el malestar de
bastantes de los trabajadores está alcanzando cotas idénticas al de los
de empresas capitalistas en la misma situación de cierre y
desmantelamiento.
La tendencia a la pasividad de los cooperativistas en períodos de
«normalidad» ha facilitado sobre manera la agudización subterránea e
imperceptible durante excesivo tiempo de las contradicciones arriba
expuestas: la decisiva, que el cooperativismo oficial no puede
sostenerse mucho tiempo en períodos de crisis si no define abiertamente
qué opción toma ante la propiedad privada. No se tiene por qué renunciar
a la propiedad cooperativa, colectiva, pero sí puede, y así ocurre,
empezarse a aplicar leyes capitalistas en el proceso interno, a la vez
que las aplica externamente con otras empresas que adquiere. Sobre estas
dos fallas abisales –la participación decreciente y la creciente
asunción de normas capitalistas– se han ido desarrollando las otras dos,
que funcionan al unísono porque son necesitan mutuamente: la aceptación
incondicional de las «leyes del mercado mundial» y la aceptación
incondicional del poder del Estado burgués, en este caso el español y en
medida cualitativamente menor el gobiernillo autonómico vascongado, que
es una descentralización administrativa bajo control último del Estado
español.
Una vez que una cooperativa es fagocitada por la espiral, por el
remolino capitalista, sólo tiende dos opciones: o asumir su destino como
empresa cooperativa que a la fuerza ha de recurrir a la explotación
asalariada directa o indirecta, o entrar en crisis. Ya en este agujero
negro que todo lo absorbe, para evitar la crisis sólo tiene una
alternativa incierta e insegura: aceptar cada vez más la dictadura del
mercado, como cualquier otra empresa capitalista no cooperativista. Le
queda la alternativa desesperada de intentar salirse del remolino, de la
trituradora capitalista buscando convertirse en cooperativa socialista.
Pero si toma este camino lo más probable es que un sector de los
cooperativistas abandones el proyecto, con la descapitalización que ello
acarrea; y es más probable que bien pronto surja problemas serios con
otras cooperativas normales que pueden negarse a conceder ayudas, etc.,
con cualquier excusa. Por último, es totalmente seguro que en la medida
en que esa cooperativa avance en su transformación socialista empiece a
chocar con la burguesía y con su Estado, que en ningún momento aceptarán
que una parte de la clase trabajadora de un paso tan significativo, tan
pedagógico para otros trabajadores y tan revolucionario. Llegamos, por
tanto, al problema del poder, la cuarta y última cuestión.
4.-
Lo cuarto y último que quiero comentar es que cualquier
cooperativismo necesita el apoyo del poder socioeconómico, político y
cultural que se identifica de algún modo con sus objetivos. Sabemos que
dictaduras burguesas han apoyado el cooperativismo conservador como
medio de lucha contrarrevolucionaria en el seno de la clase trabajadora.
Según sean los contextos y las perspectivas económicas, fracciones de
la burguesía en países imperialistas presionan para que el
cooperativismo oficial está circunscrito a áreas reducidas, o al
contrario, que se convierta en una especie de esponja legal que permite a
empresarios en apuros deshacerse de sus negocios endosándoselos a los
trabajadores o recibiendo ayudas y subvenciones a las cooperativas
integradas en redes dependientes de grandes empresas. El cooperativismo
socialista, autogestionado, también necesita de un poder que lo impulse y
lo incluya en una planificación estratégica para resolver las
necesidades del pueblo trabajador, pero al no existir ese poder popular
ha de enfrentarse al «mercado mundial», mejor decir imperialismo, con
los medios de la conciencia y de la autoorganización populares.
Como hemos dicho, bajo un diluvio de sospechas y rumores, la clase
trabajadora vasca asiste cada vez más enfadada al proceso de liquidación
y cierre de una cooperativa como FAGOR que hasta no hace mucho tiempo
fue el orgullo del interclasismo reformista. Ahora le han puesto la soga
al cuello y la han tirado al vacío. ¿Por qué? Sin caer en
elucubraciones sobre diversas causas que se irán conociendo con el
tiempo, lo que sí es cierto es que la burguesía vasco-española ha optado
por buscar la mejor ubicación posible en el nuevo reordenamiento de la
jerarquía imperialista mundial desde sus actuales posiciones muy
secundarias en el euroimperialismo. Ello le obliga a deshacerse de toda
aquella industria que no cumpla con los requisitos de alta rentabilidad y
de sumisión y docilidad de sus trabajadores para dejarse explotar
brutalmente. Le obliga también a buscar los beneficios fáciles e
inmediatos en la economía de servicios, turística, etc., aun a costa
reducir el peso de la economía productora de valor, que es la decisiva a
medio y largo plazo. Y por no extendernos, le obliga a primar el
beneficio financiero sobre el industrial. Pero es una «dulce
obligación».
¿Qué opciones tiene el movimiento obrero en general y el
cooperativista en concreto? El primero debe asumir la defensa
incondicional de los cooperativistas abandonados a su suerte, sin caer
en mezquindades sobre el pasado. Destruir FAGOR envalentona a la
burguesía y muestra su decisión de aplastar a quien sea, y eso no se
puede permitir. En cuanto al cooperativismo normal, oficial, hay que
discernir entre, por un lado, sus miembros conscientes, que han apoyado
con sus sueldos a FAGOR como hemos dicho, y que deben reflexionar
teórica, política y socialmente sobre la realidad y el futuro del
cooperativismo interclasista en medio de la pavorosa crisis actual; y
por otro, el sector que opta abiertamente por el sistema explotador y
opresor. Naturalmente, en la mitad, entre ambos extremos, está la
mayoría dubitativa y desconcertada, temerosa en cierta medida porque ve
cómo puede explotar la burbuja en la que ha vivido, que debe ser ganada
en el debate teórico-político liderado por la izquierda independentista
vasca.
Es urgente dar forma a un programa máximo en el que el cooperativismo
y otras muchas formas de prefiguración pre y proto socialista aparezcan
coherentemente integradas. El cooperativismo aislado del resto de
prácticas sociales autoorganizadas no sirve apenas de nada. Varias
compañeras y compañeros que a buen seguro estarán presentes en el acto,
el mismo autor del libro, y otras personas queridas, han asistido
conmigo a debates muy enriquecedores sobre este decisivo paso teórico y
político. Igualmente ha ocurrido en varios países latinoamericanos y
caribeños; además en las librerías y en Internet están disponibles
valiosas investigaciones al respecto. En la medida en que se retrase
este avance, en esa medida la burguesía irá tomando ventaja sobre
nosotros. Se que la presentación del libro de Gustavo González acelerará
y cohesionará el aprendizaje colectivo y su síntesis en forma de una
praxis más adecuada a las necesidades de la humanidad explotada
Termino diciéndoos que tenéis todo el apoyo del pueblo trabajador
vasco, de la misma forma que sabemos que nosotros tenemos el vuestro, el
inestimable apoyo del pueblo uruguayo, al que tanto debemos por su
heroísmo y coherencia internacionalista.
IÑAKI GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA 06-XI-2013
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