1 de noviembre.- Son cientos de historias sin contar las que guardan
las fronteras por donde transitan clandestinamente quienes emprenden
el camino en busca de un destino que nunca conocerán porque las fauces
de la perversidad humana se los tragó...
Cientos de vidas perdidas, socavadas, cientos de miles de ilusiones
mutiladas, cuerpos quedan a la vera del camino, flotando en las
corrientes de los ríos, partidos, transgredidos, en las murallas, yertos
en los desiertos. Nadie por ellos más que la propia desgracia, el mal
augurio, la pérfida alevosía de quien los trafica, los vulnera y los
asesina.
Ahí están ocultos entre los matorrales, expuestos junto a los cactus,
tumefactos a la orilla del río de aguas negras, desmembrados en las
vías férreas, incontables, infinitos ahí están todos, toditos sin que
falte uno siquiera: los cuerpos de la emigración clandestina.
La vidas truncadas, las niñas desiertas, los hombres reventados a
golpes de vejación, las madres sin pasaporte que buscan el norte para su
salvación, perverso el traidor que las vulnera, las explota y las hace
enloquecer encarceladas en la desventura y bajo la tortura de haber
nacido mujer.
Qué contarán los vagones enlutados que fueron testigos de tanto
horror, qué memorias guardarán los desiertos baldíos, el agua fría del
río que los ahogó, qué dolores sufrirán los montes que guardan en sus
entrañas las marañas de quien los traicionó, ¿dormirán los mares
despertados que agitados no los pudieron salvar? A ellos a ellas, las
que en balsa se lanzaron contra la adversidad.
Qué conversa la línea férrea si sus noches nunca pueden amanecer,
oscuras y enlutadas nada pudieron hacer para salvar a las esclavas que
desde las alturas lanzó un mercader. ¡Oh tristes cuerpos desmembrados!,
siguen siendo los subyugados nunca obtendrán la libertad, en las fosas
clandestinas han quedado sin piedad.
¿Quién los busca?, ¿quién los nombra?, ¿quién los llama?, ¿quién los
extraña?, ¿quién los llora? ¡Oh tristes muertes insignificantes!, para
el gendarme que las traicionó, invisibles seres clandestinos,
emigrantes del camino, en la senda han de quedar, ahí en el mismo sitio
ennegrecido donde ancestros también lloraron su penar.
En las huellas sus memorias, en el cielo desteñido el llanto de aquel
niño que murió buscando su papá, en los muslos de las niñas la aves de
rapiña que han marchitado su oquedad, ¡oh tristes noches enlutadas!
Cobijaron las miradas de quien no respira más, el suspiro entumecido que
pide libertad.
¡Oh agriada desventura! Quién en suerte desplazada la amargura
encontró, luz de cirio macilenta apagada en la tormenta su sendero
oscureció, ha caído muerto el corazón apuñalado cuando descansaba su
coraza, a la sombra de un mezquite, tenía sed y gripe necesitaba
reposar, ¡oh mísera calamidad! Que un hermano deshumano en lugar de
tenderle la mano una daga le ensartó.
En las astilladas cornisas de un confín han quedado agazapados los
gemidos de dolor, sollozando van en viento austero y despierto el
siempre atento que los abrigó. ¡Escuchar todos este grito de clamor
ensangrentado, son miles los emigrados que la frontera se tragó!
¿Quién los busca? ¿Quién los nombra? ¿Quién los confina? ¿A dónde los
llegan a enflorar? ¿A qué tumbas llevan las ofrendas? ¿ En qué
camposanto? ¿En qué destierro? ¿ A qué río crecido? ¿A qué tapial? ¿ A
qué desierto? ¿En qué vía férrea?
Una ofrenda al emigrado que no sabía que iba a sucumbir, al por
siempre clandestino que es elegía del camino, a la cría errante que un
ruin vulneró, a la mujer decidida que el infortunio soterró.
Una ofrenda para quien aun no regresa a la entraña de la tierra de
donde un día partió, porque sus huesos ya son polvo en la fosa
clandestina de un camposanto que nunca existió.
Para ellos y ellas en el mundo entero, quienes no pudieron sobrevivir
a la migración clandestina. Hoy una ofrenda, un cirio y una flor para
ustedes.
Ilka Oliva Corado. Noviembre 01 de 2013. Estados Unidos.
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