Ciencia y literatura
En su sentido más amplio, tanto
“ciencia” como “literatura” son términos que abarcan casi todo lo
relativo al saber, y que por tanto vendrían a significar prácticamente
lo mismo. Etimológicamente, ciencia (del latín scientia: saber) es
sinónimo de conocimiento, y la literatura (del latín littera: letra)
incluye todo lo escrito, que es casi todo lo que sabemos. Sin embargo,
en su acepción común, se han convertido en términos poco menos que
antitéticos, y este divorcio entre “ciencias” y “letras” perjudica a
ambos hemisferios culturales. Nuestra inconexa cultura es como un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado.
Pero hay que señalar que la situación no
es tan simétrica como sugiere la imagen de los dos hemisferios. Por
una parte, el desinterés de la gente de letras por la ciencia suele ser
mucho mayor que el de la gente de ciencias por la literatura (conozco a
no pocos escritores que no tienen la menor idea de física o
matemáticas, pero no conozco a ningún científico que muestre el mismo
desdén por la literatura). Por otra parte, la ciencia avanza cada vez
más deprisa, mientras que la literatura convencional está cada vez más
estancada, hasta el punto de que hace ya varias décadas que se viene
hablando de la muerte de la novela o el agotamiento de la poesía.
En cualquier caso, hay que preguntarse a
qué se debe el lamentable divorcio entre ciencias y letras (divorcio,
sí, pues en sus orígenes estuvieron tan unidas como la filosofía y la
geometría en la Academia de Platón). Y aunque las razones seguramente
son muchas y complejas, la causa última hay que buscarla en el tipo de
relaciones de producción e intercambio que rigen nuestra sociedad.
En una sociedad basada en la explotación, la competencia exacerbada y el despilfarro, la educación y la industria cultural
no tienden a formar a personas sabias y reflexivas, sino a
convertirnos en productores rentables y dóciles consumidores de
baratijas (incluidas las baratijas culturales, pues en un mundo-mercado la cultura
es una mercancía más). La excesiva especialización en el trabajo
conlleva una especialización paralela en el conocimiento, y de ahí la
fragmentación cultural típica de
nuestra sociedad, una fragmentación cuya expresión más evidente es la
profunda brecha que se abre entre ciencias y letras. Por tanto, los
divulgadores científicos y, en general, quienes luchamos contra la
esquizofrenia cultural, hemos de tener
claro que nuestra batalla es, en última instancia, una batalla
política, que se inscribe en la lucha por la transformación radical de
una sociedad desquiciada e injusta.
La otra noticia
Hace unos años tuve el privilegio de
compartir un fin de semana en Atapuerca con las mismas personas con las
que hoy tengo el privilegio de compartir esta mesa redonda: mis
admirados colegas José María Bermúdez de Castro, Miguel Delibes de
Castro y Manuel Lozano Leyva, y la periodista Patricia Fernández de Lis,
entonces directora de la sección de ciencias del desaparecido diario
Público, en el que nosotros cuatro publicábamos sendas columnas
semanales bajo el epígrafe común La ciencia es la única noticia.
Hablamos, naturalmente, de divulgación científica, y en un momento dado
Miguel (que ha heredado de su ilustre padre la rara habilidad de llamar
a las cosas por su nombre) condensó la esencia de nuestra misión como
divulgadores en una fórmula con la que todos nos identificamos
inmediatamente: defensa de la racionalidad.
A primera vista podría parecer que
plantearse la divulgación científica en esos términos “militantes” es
irse por las ramas, pero en realidad es todo lo contrario. Porque las
ramas, en todo caso, son los temas concretos que abordamos los
divulgadores: el origen del hombre, la biodiversidad, la formación de
las estrellas… El tronco es el propio método científico. Y la raíz del
árbol de la ciencia es la racionalidad.
La actividad mental del ser humano se
debate, como dijo Hölderlin, entre la reflexión y el mito. Durante mucho
tiempo, el mito ha prevalecido sobre la reflexión, le ha puesto
límites, incluso la ha perseguido; pero los filósofos de la antigua
Grecia iniciaron (al menos en Occidente) un proceso imparable, que se
consolidó en el siglo XVII con la eclosión de la ciencia en el actual
sentido del término. Una parte importante de la humanidad apuesta hoy
por la razón, por la racionalidad, y la racionalidad es enemiga de los
dogmas, los infundios y las supercherías. Y también de los abusos.
Porque la racionalidad desmonta cualquier pretensión de superioridad de
unos países sobre otros, de unas etnias sobre otras, de un género sobre
otro. La racionalidad no admite justificaciones como “Las guerras son
inevitables” o “Siempre habrá ricos y pobres”.
Por eso Marx y Engels intentaron (aunque
solo lo consiguieran a medias) articular su propuesta de
transformación del mundo alrededor del concepto de “socialismo
científico”. Y por eso, en un sentido a la vez radical y poético, la
ciencia es la única noticia: porque, como máxima expresión y máxima
defensora de la racionalidad, propicia las demás noticias verdaderas,
los verdaderos cambios. La única gran noticia que no depende (solo) de
la ciencia es la voluntad de hacer que esos cambios beneficien a toda
la humanidad y no exclusivamente a unos pocos, así como la lucha en la
que esa voluntad se concreta. La otra noticia es la revolución.
nov 17th, 2013 | By Boltxe kolektiboa | Category: Kultura
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