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El debate es antiguo y está teñido de moralina religiosa
abundante. Se da la paradoja de que precisamente son las grandes
religiones monoteístas las causantes de los mayores genocidios
históricos, aquellas que siempre prometen el más allá para que aquí todo siga igual sin
cambios de fondo en la estructura política del mundo. Desde la
pasividad oriental individualista a la sumisión solicitada por el
cristianismo, el islamismo y el judaísmo, las religiones punteras de
masas sirven a la reacción que pone diques para alcanzar sociedades más
justas, racionales, fraternales y solidarias.
En los principales países occidentales se considera que la democracia
liberal de mercado, sin atributos sociales profundos, es la panacea fin de la historia
para contrarrestar todos los males que los aquejan. Lo cierto es que el
sistema solo funciona si se llevan a cabo políticas que no ponen en
entredicho los valores tradicionales de las clases hegemónicas o
pudientes. Si alguien se atreve u osa tocar las prebendas de los ricos existen mecanismos apropiados para frenar las medidas contrarias a los intereses de las castas dominantes,
las multinacionales y los empresarios en general. La propiedad y el
beneficio capitalista son intocables. Pueden defenderse desde golpes
internos no sangrientos a acciones manu militari llamadas guerras
humanitarias por la libertad pasando por movimientos financieros opacos
que aprieten las tuercas y cierren el paso a políticas progresistas de
mayor equidad en el reparto de la riqueza.
En la actualidad vivimos inmersos en una profunda crisis que se está
llevando los ahorros, los empleos y los sistemas públicos de sanidad y
educación que daban cobertura a una vida más o menos digna de la clase
trabajadora, la única responsable de las riquezas en el mundo. La
ideología capitalista oficial (derechas más advocaciones
socialdemócratas de diverso signo) con el concurso de las religiones se
está empleando con todos sus medios para justificar la realidad mediante
un relato plagado de palabras huecas: sacrificio, libertad, democracia y
futuro. La violencia capitalista no deja manchas en los autores que gestionan el día a día.
Sus manos no disparan directamente a nadie, sus golpes demoledores se
esconden en leyes y normativas formales que conducen a la miseria
generalizada sin provocar derramamientos de sangre evidentes. Su
violencia no deja huellas apreciables de sangre fresca en Occidente,
pero en otros lares estratégicos del extrarradio de la globalidad
producen centenares de miles de cadáveres mediante conflictos locales
alentados por los principales agentes del capital internacional, USA,
Unión Europea, OTAN y FMI principalmente.
Esa violencia estructural y sistemática se lleva por delante a miles,
millones de seres humanos, y nunca hay responsables ni cómplices que
paguen por ello. La izquierda estética o nominal instalada en el juego democrático pide paciencia, esperanza y no violencia.
Dicen que a través de la razón todo volverá a su cauce, que la luz
mítica que siempre se avecina al final del túnel volverá a iluminar
tiempos de bonanza económica transitoria y alegría colectiva que se
esfumará con el próximo ajuste de cuentas de la clase hegemónica una vez
retirados los beneficios de rigor.
Mientras ese amanecer llega, hay que aguantar, ir muriendo poco a
poco hasta que el truco irracional del más allá terrenal antes del
celestial definitivo tome cuerpo y todo permanezca (o vuelva al edén
profético) tal y como dios manda. Las evidencias palpables del desfalco
son numerosas e incontestables: los gestores del atropello social se
reparten el botín delante de los ojos de los propios damnificados. No
digamos ya los banqueros y la jet set financiera. Y aquí no
pasa nada. Hay que mantenerse en la no violencia espiritual y ética,
llenarse de bagatelas y añagazas morales para convencer a una mayoría
electoral domeñada por los poderosos medios de comunicación de que otra
sociedad es posible, la misma de siempre con retoques ikea, mediante el diálogo sano y pacífico.
Nadie quiere la guerra pero la habitamos día a día sin apercibirnos de ella.
Solo con mucha policía y dosis increíbles de ideología puede mantenerse
esta situación de precariedad absoluta en aumento. El miedo a la
quiebra total guarda la viña capitalista. Se puede gritar de mil maneras
diferentes, clamar al cielo si se quiere, pero jamás proponer una
desobediencia civil, cuando menos, sostenida en el tiempo con propuestas
radicales hacia una sociedad con unos mínimos recursos éticos,
políticos y económicos que permitan sobrevivir a todos con una dignidad
básica.
Todas las voces que anuncian el estallido social inminente o
proponen giros radicales de salón enmoquetado para reverdecer ideas de
izquierda genuinas son las mismas que a la vez solicitan pactos
quiméricos con los verdugos que dictan la austeridad que mina las
condiciones de vida del pueblo empobrecido. Ninguna voz ambiciosa y
consecuente pone el dedo en la llaga de las contradicciones
capitalistas, nadie se atreve a llamar a las cosas por su verdadero
nombre. Hemos sindicalizado en exceso la vida política: hay que tramar
negociaciones a la baja y defensivamente a toda costa, llegar a
acuerdos ya, aunque en la mesa de discusión la debilidad institucional
de los representantes de la izquierda sea más que palpable. No se dan
soluciones de largo alcance, la emergencia se mueve entre bandazos
efectistas que eluden asuntos también prioritarios: ¿hacia dónde
queremos ir?
En realidad, el pensamiento único capitalista solo ofrece un viaje al
pasado con maneras futuristas inconsistentes. Más movilidad laboral y
vital a cambio de menos derechos y estabilidad. Otra vez se pretende
regresar al crecimiento sin más. Pero, ¿de qué crecimiento económico hablamos?
Los contenidos políticos e ideológicos de la izquierda adosada al
régimen del capitalismo neoliberal son ya viejos: recetas
socialdemócratas y liberales para sortear la coyuntura a velocidad de
vértigo al servicio exclusivo de la inmutabilidad social.
El pasado del bienestar se ha agotado por sus propias
contradicciones. La globalidad nos ha mostrado que los salarios de los
trabajadores occidentales estaban subvencionados por las condiciones
miserables de millones de seres humanos sojuzgados en el Tercer Mundo y
la especulación de ingentes riadas de capital en negro que se movían sin
control con un simple clic electrónico. Las multinacionales lo sabían a
la perfección y ahora con las deslocalizaciones masivas pretenden crear
un tercer mundo laboral de ámbito mundial mientras sus beneficios
siguen incrementándose exponencialmente. El nuevo mundo que saldrá de
la crisis será un territorio feudal o internacionalista, más severo con
los trabajadores o más solidario a escala universal. Los planteamientos
a mitad de camino están condenados al fracaso. La izquierda institucionalizada o es verdaderamente izquierda o quedará arrinconada en las esquinas polvorientas del pudo ser
permanente. Hay que echarle mucha imaginación a la crisis actual: o
salimos de ella con energía colectiva renovada o como vasallos del nuevo
orden mundial. La encrucijada es apasionante, pero asimismo muy
peligrosa.
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