por Armando B. Ginés
La democracia parlamentaria de corte occidental es un mecanismo político para inhibir los pensamientos reales que ponen en cuestión el orden establecido.
La llamada libertad de expresión tiene cauce adecuado siempre que se
acepten con sumisión las directrices de unas pautas discursivas
institucionalizadas. Lo que se salga de ese marco tácito es censurado,
vilipendiado o prohibido.
Viene a colación el párrafo precedente después de escuchar el rosario
de declaraciones hipócritas para comentar el presunto mal gusto del
diputado de CUP, David Fernández, en el Parlament de Catalunya, al
calificar a Rodrigo Rato, ex ministro de Aznar, ex director del FMI y ex
máximo responsable de Bankia como gánster tras su paso por esta última
entidad bancaria, dejando un reguero de pruebas irrefutables de su
escandalosa gestión y embolsándose por ello una cantidad desorbitada en
concepto de sueldo y despido. No es un caso único el de Rato, existen
aprovechados de la crisis a montones a través de contratos blindados o
pagos remunerados por los servicios prestados al capital, colocados
después confortablemente en empresas públicas o privadas. De esas sinecuras saben mucho algunos cargos del PP y el PSOE, hoy en retiros dorados y a la sombra del foco mediático.
Dicen las derechas y los socialdemócratas que la cortesía
parlamentaria exige unas formas exquisitas, esto es, utilizar perífrasis
y eufemismos para que nadie entienda de qué se habla y mancille la
imagen de sus señorías o de gentes honorables de postín. Decir lo que se
piensa no está bien visto; pensar lo que se dice y cómo se dice sí. La censura empieza en uno mismo,
es el modo más certero de hurtar al debate franco los pensamientos
coherentes y directos a cambio de florituras dialécticas que llevan a la
confusión y nada explican de la realidad social tal cual es y la padece
la clase trabajadora.
Un añejo aforismo asegura que el pensamiento no delinque, solo el
acto efectivo o intelectual o también la omisión del mismo a sabiendas
en la comisión de un delito o falta. Es inevitable, por tanto, que una
mente crítica y sana haga asociaciones de ideas libres que relacionen a
los autores de un acto con adjetivos sonoros que los califiquen de una
manera intrínseca y gráfica. Si a un manifestante pacífico le muele a
palos un policía, parece lógico que al hombre o mujer vejados le
sobrevengan algunos vocablos propios del acontecimiento que está
viviendo para calificar el exceso policial: energúmeno, hijo de puta,
cabrón, animal, etcétera. Hay numerosos ejemplos para ilustrar ad infinitum
lo dicho. Un despedido frente al empresario de turno forrado de dinero.
Una embarazada ante la cerrazón integrista de un ministro antiaborto.
Un ciudadano común con salario y derechos laborales recortados viendo a
los poderosos nadar en la abundancia. No sería de recibo, que a los
perjudicados por tales situaciones descritas les crecieran
espontáneamente en sus cabezas palabras positivas o bondadosas para
describir la relación social que les atañe. Bien es cierto que eso es lo
que se pretende, que la manida libertad de expresión condicione el
pensamiento libre. Ahí reside el quid de la cuestión: en
canalizar los pensamientos personales mediante maneras de expresarse que
ahormen la crítica dentro de tolerancias que no provoquen daño alguno a
los próceres que detentan el poder.
Sin embargo, lo señalábamos antes, el pensamiento no comete
delito y la asociación libre de ideas a veces no se somete a las
prescripciones ideológicas capitalistas ni a las conductas estéticas del
establishment. Hay mucha gente que se rebela para que su
pensamiento no sea completamente colonizado por el poder. Resulta
imposible contener esa libertad crítica en su totalidad. Por eso
existen las cárceles y los dispositivos legales punitivos. Para entrar
en acción cuando el pensamiento privado coincide con la capacidad de
expresión sin trabas o límites. El sistema conoce a la perfección que
resulta muy difícil establecer diques seguros al grito de los que
sufren, a los pobres, a los marginados y a la clase trabajadora en su
conjunto. Los contrastes sociales son tan evidentes y palmarios, que el
grito surge en ocasiones eludiendo cortapisas sibilinas e intermediarios
interesados. En épocas de crisis, más aún, se desborda sin previo
aviso.
La psicología puede ayudarnos a comprender el fenómeno expuesto desde
otra perspectiva. Las asociaciones libres de ideas son susceptibles de
ser manipuladas previamente, no obstante todo lo reprimido sale más
tarde o más temprano a plena luz del día de formas muy variadas,
violentas contra el otro (explotador o desviando la atención hacia el
distinto, extranjero principalmente) y contra uno mismo (suicidio,
autoculpabilidad) o adquiriendo diversas tonalidades neuróticas de
sumisión para sobrellevar el peso de la culpa no liberada. Cuando se
juntan muchos gritos en solidaridad activa suelen surgir las
revoluciones o los cambios sociales profundos, pero asimismo las
enfermedades fascistas o nacionalistas muy acentuadas. Del trabajo de
manipulación se encargan el sistema educativo, las religiones o
creencias esotéricas, la tradición y la costumbre. Cuando no es
suficiente, ahí están prestos la policía y el ejército.
El diputado catalán David Fernández dijo lo que pensaba: Rato es una especie de Al Capone sin metralleta, valga la metáfora gansteril en aras de la claridad argumentativa, porque,
expresado a lo coloquial, se lo ha llevado crudo y caliente mientras
cientos de miles o millones de personas han perdido su futuro, sus
trabajos, ahorros y hogares de una manera injusta y reprobable. Hagamos
un ejercicio didáctico para finalizar este artículo. Pongamos nombres
señeros de la actualidad española e internacional a un lado: Rodrigo
Rato repite, Carlos Fabra, Berlusconi, Emilio Botín, Merkel, Iñaki
Urdangarín y su esposa, Draghi, Luis Bárcenas, Lagarde, Jaume Matas,
Díaz-Ferrán… Agréguense nuevas figuras de la propia cosecha. Al otro
lado, escribamos adjetivos ad lib: sinvergüenza, honrado,
delincuente, santo… Añádanse otros calificativos positivos o negativos.
Unamos una lista con la otra con trazos que los relacionen. Eso es lo
que pensamos. ¿Seremos capaces de decirlo así a las bravas? Todo
dependerá de la manipulación y represión ideológica que seamos capaces
de soportar, de la opinión publicada que conforma nuestras mentes y del
miedo a perder pie o estatus en la sociedad del riesgo en la que
vivimos. Y lo peor aún no ha llegado: ya se anuncian límites
intolerables a la libertad de expresión. En realidad lo que se quiere
ocultar es cualquier tipo de disidencia atacando al origen de todo: el
pensamiento crítico, radical y rebelde. Tiempos veredes Sancho, como diría Alonso Quijano.
Diario Octubre
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