'AHORA QUE AÚN PUEDO', por Santi Ortiz

"... el Gobierno quiere ciudadanos mudos, sordos y ciegos...

... violencia es lo que encierra el articulado sancionador de la Ley de Seguridad Ciudadana: la violencia del Estado de excepción; la violencia destinada a cercenar la legitimidad del pueblo a defender sus derechos; la violencia legal que hace posible este expolio...

... Como todas las leyes injustas, ésta de la Seguridad Ciudadana... auspiciará la desobediencia civil, radicalizará las posturas reivindicativas del pueblo y fomentará la violencia"

AHORA QUE AÚN PUEDO

Voy a aprovechar que todavía puedo. Sí, aún me está permitido escribir un artículo como este y “echarlo a volar por la red” firmado con mi nombre y sin tener que utilizar la antigua “vietnamita” clandestina y tirar las octavillas por bares y calles jugándome la libertad e incluso la vida. Poco queda ya para poder hacerlo y hay que aprovecharlo.
La brecha entre el Gobierno de España y la Democracia es cada vez más ancha, más grande, más profunda. Entre él y los que le precedieron en su misma función habían conseguido ya fomentar un país de bueyes, pero no éramos todos; por eso, ahora nos traen la España del yugo, para que nadie escape a la más absoluta sumisión, so pena de tener que afrontar con los empobrecidos bolsillos salva bancos, corruptos y criminales, multas escandalosas o inaceptables penas de cárcel.

Así lo ha propuesto el ministro del Interior, Jorge Fernández, profeta de Dios, el gran legislador del Universo; siervo amantísimo también del Dios Mercado, al que adoran el 90% de la casta política actual como los hebreos al becerro de oro y máximo responsable del borrador de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, que trata de criminalizar la realidad.

Mientras que el fiscal general del Estado actúa como abogado defensor de la infanta real; mientras que la defensora del pueblo se alía con los que lo dejan sin libertades; mientras que Rajoy y su Gobierno chapotea en la mentira y la corrupción como cerdo en pocilga; mientras crucifijos y sotanas retornan por sus fueros de condenaciones, pecados y discriminaciones sexistas en algunos colegios, para más inri subvencionados con nuestro dinero; mientras el fascismo saca pecho y vuelve a las andadas, el Gobierno pretende sacar una ley que penaliza de forma escandalosa cualquier intento de protesta ciudadana. Imagínese: que usted, sin pedir el correspondiente permiso, se reúne con otras personas en las inmediaciones de “infraestructuras críticas” –a saber qué entenderán por tales–, pues le puede caer una multita de entre 30.000 y 600.000 euros; esto es: lo que gana un mileurista entre dos años y medio y 50 años por su trabajo. En definitiva: una barbaridad.

Lo mismo le puede pasar si le da por llamarle ratero y sinvergüenza a un político ratero y sinvergüenza, o le da por concentrarse en los aledaños del Congreso de los Diputados a gritarles a sus señorías que no nos representan y que están llevando al país a la más desoladora ruina.

Tampoco saldrá bien parado –multas de entre 1.001 y 30.000 euros del ala– si se le ocurre asistir a una manifestación con un pasamontañas, una careta o con cualquier cosa que dificulte su identificación. Y si se acuerda uno de la madre que parió al pistolero con uniforme que quiebra cráneos a vergajazos reprimiendo el simple hecho de salir a la calle a denunciar el continuo atropello de esta dictadura de mayoría absoluta, o filma la agresión desproporcionada y el salvajismo de la policía, ya sea autonómica o nacional, seguramente tendrá que pedir un crédito a los bancos –a módico interés, que ya lo habrán pactado con sus lacayos del Ministerio de Hacienda– para pagar la multa que te impondrán los tiranos que hoy tenemos que soportar.

Si como es prácticamente seguro, esta Ley sale adelante, nos habrán instalado de nuevo en la España de Franco; en un Estado policial y tiránico que amordaza con multas escandalosas buscando reprimir la libertad de manifestar y expresar el sumo descontento de la ciudadanía ante el creciente atropello que viene padeciendo; es decir: exactamente como entonces, salvo que por ahora no hay aún “tiros al aire”.

Habrá pues que acudir a la clandestinidad. Llevar a cabo manifestaciones relámpago como las de entonces, infestar barrios y establecimientos de propaganda “ilegal” y leerle la cartilla al incauto que vaya a votar, por contribuir con su acción a mantener la farsa que nos ha llevado a esta situación bochornosa e intolerable.

Pese a la pasividad de la ciudadanía, la frecuencia con que se han venido sucediendo los escándalos a nivel político y judicial, y la impunidad con que se desenvuelven corruptos y corruptores e igualmente la inmensa mayoría de cofrades de la casta política, trajo como consecuencia que brotara un pequeño foco de rebelión. El suficiente, pese a su talante pacífico, para que el Gobierno estimara necesario acudir a la coerción que vemos desarrollarse en esta ley, la cual abunda en el ensañamiento que la tijera de los recortes practica también en el campo de las libertades.

No hay duda: el Gobierno quiere ciudadanos mudos, sordos y ciegos con la salud necesaria para aguantar sin la mínima objeción la plaga de calamidades que se les ha echado encima desde las más altas instancias del Poder, que no está en el Parlamento, sino en los consejos de administración de la Banca y las grandes multinacionales.

La coerción destilada en la nueva ley, la disposición de ejercerla y la amenaza de recurrir a ella, componen los elementos esenciales de toda violencia. Y violencia es lo que encierra el articulado sancionador de la Ley de Seguridad Ciudadana: la violencia del Estado de excepción; la violencia destinada a cercenar la legitimidad del pueblo a defender sus derechos; la violencia legal que hace posible este expolio y con la que habrá que acabar de la peor manera porque, desgraciadamente, no nos dejarán otro camino.

Lo cierto es que, ley a ley, abuso a abuso, desvergüenza a desvergüenza, van acercándose al borde del abismo quemando cartucho tras cartucho. Todavía les quedan los fusilamientos, pero poco más. Ellos mismos se están encerrando en un búnker cada día más difícil de defender y esta ley es una prueba de su inseguridad, de su fragilidad, pese a todo el aparato que los fortifica, y de su frustración al no poder nadar y guardar la ropa como han venido haciendo desde hace mucho tiempo, cuando todavía les servía la careta y se hacían pasar por mandatarios y gobernantes. Ahora sólo son capataces y paniaguados del verdadero poder, ese que jamás pasará por las urnas y que ha vivido y chupado hasta ahora de este sucedáneo de democracia.

Como todas las leyes injustas, ésta de la Seguridad Ciudadana, en contra de lo que creen sus progenitores y pese a su carácter represivo y disuasorio, auspiciará la desobediencia civil, radicalizará las posturas reivindicativas del pueblo y fomentará la violencia, que acabará situándose en la frontera que ponga la sociedad insumisa y no en la que dicte la tiranía de los poderosos. Siempre fue así y así seguirá siendo. ¿Nos apostamos algo?

Tiempo al tiempo.

 

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