1. Se me responderá a esta pregunta diciéndome que no tenemos ningún
miedo al respecto, que podemos hablar, debatir y hasta teorizar sobre la
represión, pero que no es el momento, que no es por ahora necesario,
que cuando lo sea, cuando surja esa necesidad ya organizaremos un
cursillo. También se me dirá que puede ser hasta negativo sacar ahora
mismo ese problema a la reflexión pública porque puede meter miedo,
atemorizar a aquellas personas que no la viven de cerca, que no la
sufren directamente o en su entorno, en sus familiares y amigos, y que
por tanto podemos cometer el error del cuento del lobo, que de tanto
decir que viene el lobo desdramaticemos el problema, lo banalicemos de
tal modo que cuando realmente aparezca y muerda entonces apenas nadie
pueda, quiera o sepa enfrentársele.
2. He escuchado estas y otras respuestas similares muchas veces y
nunca me han convencido. Pienso que el verdadero problema radica en tres
razones: una, la resistencia inconsciente que todos tenemos a
enfrentarnos a la realidad negativa, a los problemas serios y decisivos
de la vida, algo parecido a lo que Freud definía con razón como
«resistencia al análisis». Otra, la resistencia política a estudiar una
realidad que puede negar y ridiculizar tesis aparentemente
revolucionarias pero reformistas en el fondo. Y, por último, que por las
dos razones anteriores no sabemos cómo organizar los debates sobre la
represión, porque tenemos miedo a caer en el cuento del lobo; y no
sabemos hacerlo precisamente porque las dos razones previas nos lo
impiden. Sin embargo, la represión está ahí, aquí y en nosotros mismos,
en nuestra personalidad temerosa y alienada, fetichizada. ¿Entonces?
3. La represión es tanto más dañina y efectiva cuanto menos se la
conoce, cuanto más desconocida y misteriosa es. Por esto, una de las más
demoledoras formas extremas de orden brutal es la represión aleatoria,
imprevista, súbita, que golpea arbitrariamente en donde nadie se lo
espera. La ignorancia, la incertidumbre, son propensas al temor, al
miedo y hasta el pánico. La mejor forma de dominar y controlar ese
imprescindible instinto de supervivencia y equilibrio que es el miedo, o
sea, impedir que el miedo se convierta en pánico incontrolable, es el
conocimiento lo más acertado y crítico del problema que azuza el miedo, o
dicho en marxismo, del capitalismo y de su Estado. W. Reich propuso una
vez como terapia contra el miedo a la represión estatal que la gente
desnudase a los policías y los hiciese andar desnudos.
4. Pero la necesidad del sistema para esconder o minimizar la represión, manteniendo la apariencia de normalidad democrática, dejando así vía libre para que la violencia estatal golpee en silencio a los colectivos y personas más luchadoras, esta necesidad salta hecha añicos conforme la crisis agudiza todas las opresiones, endurece el autoritarismo burgués, masifica y diversifica las vigilancias y controles para detectar rápidamente cualquier nueva disidencia en sus mismos brotes germinales para arrancarlos antes de que crezcan. La normalidad democrática, que es un mito en sí porque realmente malvivimos en una dictadura del capital pero encubierta, esa normalidad democrática ficticia, se disuelve como sebo en la estufa de la crisis apareciendo crudamente la dictadura del capital, y el instrumento de esa dictadura, el Estado de clase, patriarcal y nacionalmente opresor.
5. Mucha gente, cada vez más, se lleva un terrible golpe económico cuando recibe una carta en la que se le comunica que tiene una multa de 400 o 1.000 euros por haber estado presente en tal o cual acto público y pacífico de protesta, de denuncia. Mucha más gente se entera que familiares y amigos suyos han recibido estas multas. Otras muchas se enteran por la prensa del sistema que se ha detenido de tal cantidad de manifestantes, de asistentes a un debate, de participantes en la defensa de una casa ocupada, u oponentes a un desahucio, de una manifestación obrera y popular contra un cierre de empresa, o en una huelga o por un convenio menos injusto. O a un acto de masas en exigencia de los inalienables derechos nacionales prohibidos por el Estado.
6. La perversa táctica de las multas económicas como castigo aparentemente no-político al ejercicio de derechos democráticos elementales, como el de reunión, manifestación, expresión, organización, autodefensa, etc., esta táctica es terriblemente efectiva porque diluye la esencia y el contenido político consciente de la lucha por la democracia elemental, criminalizándola en el peor sentido burgués. Disuelve la esencia política de la acción libre y colectiva, negándola como base de la identidad humana emancipada socialmente, y degenerándola en mero castigo económico en el esquema del individualismo burgués más aislado e indefenso, insolidario. Miles de familias trabajadoras, empobrecidas por la represión socioeconómica, y organizaciones que luchan por las libertades, deben asumir mayores sacrificios diarios en medio del silencio y el desconocimiento público para aguantar esa represión que el Estado dice que no es política, que es «sólo económica».
4. Pero la necesidad del sistema para esconder o minimizar la represión, manteniendo la apariencia de normalidad democrática, dejando así vía libre para que la violencia estatal golpee en silencio a los colectivos y personas más luchadoras, esta necesidad salta hecha añicos conforme la crisis agudiza todas las opresiones, endurece el autoritarismo burgués, masifica y diversifica las vigilancias y controles para detectar rápidamente cualquier nueva disidencia en sus mismos brotes germinales para arrancarlos antes de que crezcan. La normalidad democrática, que es un mito en sí porque realmente malvivimos en una dictadura del capital pero encubierta, esa normalidad democrática ficticia, se disuelve como sebo en la estufa de la crisis apareciendo crudamente la dictadura del capital, y el instrumento de esa dictadura, el Estado de clase, patriarcal y nacionalmente opresor.
5. Mucha gente, cada vez más, se lleva un terrible golpe económico cuando recibe una carta en la que se le comunica que tiene una multa de 400 o 1.000 euros por haber estado presente en tal o cual acto público y pacífico de protesta, de denuncia. Mucha más gente se entera que familiares y amigos suyos han recibido estas multas. Otras muchas se enteran por la prensa del sistema que se ha detenido de tal cantidad de manifestantes, de asistentes a un debate, de participantes en la defensa de una casa ocupada, u oponentes a un desahucio, de una manifestación obrera y popular contra un cierre de empresa, o en una huelga o por un convenio menos injusto. O a un acto de masas en exigencia de los inalienables derechos nacionales prohibidos por el Estado.
6. La perversa táctica de las multas económicas como castigo aparentemente no-político al ejercicio de derechos democráticos elementales, como el de reunión, manifestación, expresión, organización, autodefensa, etc., esta táctica es terriblemente efectiva porque diluye la esencia y el contenido político consciente de la lucha por la democracia elemental, criminalizándola en el peor sentido burgués. Disuelve la esencia política de la acción libre y colectiva, negándola como base de la identidad humana emancipada socialmente, y degenerándola en mero castigo económico en el esquema del individualismo burgués más aislado e indefenso, insolidario. Miles de familias trabajadoras, empobrecidas por la represión socioeconómica, y organizaciones que luchan por las libertades, deben asumir mayores sacrificios diarios en medio del silencio y el desconocimiento público para aguantar esa represión que el Estado dice que no es política, que es «sólo económica».
7. A pesar de las crecientes restricciones de prensa, de la
manipulación mediática, de la censura invisible, etc., mucha gente se va
enterando que las diversas policías del Estado español,
descentralizadas o no, golpean, infligen malos tratos y torturas a las
personas durante las manifestaciones, traslados a las comisarías y
estancia en ellas. Se sabía que las personas migrantes son victimas
indefensas de estas prácticas, pero se va sabiendo que ya se aplican a
las «del país», autóctonas, o como queramos definirlas. Crece en
sectores la certidumbre de la violencia estatal, sobre todo en mucha
parte de los movimientos ciudadanistas, 15 M y demás en el Estado,
inicialmente caracterizados en buena medida por una visión irreal y
falsa de las fuerzas represivas, una visión suicida que tiene su origen
en la ideología burguesa reforzada por el reformismo socialdemócrata y
en especial por el eurocomunista cuando sostuvo la tesis
contrarrevolucionaria de los «trabajadores del orden».
8. Simultáneamente, las noticias, comentarios de prensa y hasta documentales sobre el insoportable nivel de espionaje global, de escuchas, grabaciones, vigilancias de todas clases con la más sofisticada tecnología, que no atañen sólo a eso que llaman «mundo político» sino también a empresas, bancos, organizaciones civiles, culturales, etc., y a la propia vida cotidiana, «privada y personal», buscando escándalos y sensacionalismos soeces, este contexto de control y vigilancia es cada vez más conocido y sufrido, de modo que determinada gente va comprendiendo que si el sistema capitalista invierte sumas crecientes de dinero en la industria de la represión es porque además de beneficios económicos concretos, sobre todo obtiene poder político.
8. Simultáneamente, las noticias, comentarios de prensa y hasta documentales sobre el insoportable nivel de espionaje global, de escuchas, grabaciones, vigilancias de todas clases con la más sofisticada tecnología, que no atañen sólo a eso que llaman «mundo político» sino también a empresas, bancos, organizaciones civiles, culturales, etc., y a la propia vida cotidiana, «privada y personal», buscando escándalos y sensacionalismos soeces, este contexto de control y vigilancia es cada vez más conocido y sufrido, de modo que determinada gente va comprendiendo que si el sistema capitalista invierte sumas crecientes de dinero en la industria de la represión es porque además de beneficios económicos concretos, sobre todo obtiene poder político.
9. En la escala represiva global, los niveles que hemos visto nos
llevan a otro superior, o más cercano a ese epicentro terrorista en el
que aparece en su esplendor la civilización del capital. Hablamos del
conjunto de métodos de disciplinarización, intimidación, coerción sorda o
muy audible, represión selecta, listas negras, etc., que la burguesía
aplica contra las clases trabajadoras, en especial contra las mujeres
migrantes explotadas en el trabajo doméstico y de cuidados
afectivo-sanitarios, así como la brutal explotación en la economía
sumergida y en las formas de trabajo «liberalizadas» de todo control
legal, lugares y áreas económicas en las que aumenta la esclavización
moderna, capitalista.
10. Cascada de represiones que buscan introducir el pánico a la lucha
resistente, para debilitar las asambleas obreras hasta tal punto que no
se celebren y anular cualquier posibilidad de huelga. Represiones que
cada vez más se realizan con la ayuda de policías privadas y de agencias
de detectives privados que hurgan en la vida de las y los dirigentes
sindicales de izquierdas para sobornarlos, comprarlos, chantajearlos o
aterrorizarlos para que abandonen toda lucha, y a poder ser la empresa.
Apenas se comenta la represión de los sindicalistas de izquierdas, los
primeros en ser echados de su puesto de trabajo, o sobrecargados con
expedientes laborales para que lo abandonen «voluntariamente», en medio
del silencio cómplice del sindicalismo reformista o con su apoyo
descarado. Y en modo alguno se habla de las sindicalistas de izquierdas,
reprimidas y perseguidas antes y más que sus compañeros de lucha.
11. Pero estas represiones son los indicios de otras peores. Nos referimos a las que sufren específicamente las mujeres a manos del patriarcado en cualquiera de sus formas, desde las domésticas e «íntimas» hasta las públicas y callejeras, pasando por las laborales, para materializarse en los asesinatos del terrorismo patriarcal. Nos referimos a las represiones contra las fuerzas revolucionarias, especialmente contra la que lucha por la independencia socialista de sus naciones oprimidas. Y como síntesis, nos referimos a la represión de las revolucionarias independentistas, antipatriarcales y socialistas que se enfrentan consecuentemente a la triple opresión nacional de clase y patriarcal. Son objeto de una violencia especial que se ceba en la identidad de sexo-género, atacando con saña e inquina su unidad psicosomática mediante violencias represivas en las que el sexismo masculino se ceba obsesivamente.
11. Pero estas represiones son los indicios de otras peores. Nos referimos a las que sufren específicamente las mujeres a manos del patriarcado en cualquiera de sus formas, desde las domésticas e «íntimas» hasta las públicas y callejeras, pasando por las laborales, para materializarse en los asesinatos del terrorismo patriarcal. Nos referimos a las represiones contra las fuerzas revolucionarias, especialmente contra la que lucha por la independencia socialista de sus naciones oprimidas. Y como síntesis, nos referimos a la represión de las revolucionarias independentistas, antipatriarcales y socialistas que se enfrentan consecuentemente a la triple opresión nacional de clase y patriarcal. Son objeto de una violencia especial que se ceba en la identidad de sexo-género, atacando con saña e inquina su unidad psicosomática mediante violencias represivas en las que el sexismo masculino se ceba obsesivamente.
12. Hasta ahora sólo nos hemos referido a los círculos represivos
extrínsecos de su núcleo definitivo, el terrorismo del capital contra el
trabajo materializado en golpes de Estado, militares o fascistas,
incluso «civiles»; o, antes de esto, las derivas autoritarias hacia la
«democracia dura», hacia «Estados fuertes» que respetan niveles muy
reducidos de la propia democracia-burguesa mitificada por el reformismo.
Según nos acercamos al epicentro del poder del capital, el que guarda
la esencia de la explotación asalariada, de la propiedad privada y del
monopolio de la violencia estatal, en esta aproximación al alma de la
civilización de la mercancía, vamos sintiendo el gélido aliento del
monstruo.
13. Pues bien, dicho a grandes rasgos las gentes son reacias a hablar
de estas cuestiones porque hacerlo les enfrentan a sus propios medios
profundos, a la personalidad débil y necesitada de una autoridad externa
y a una seguridad interna que les protejan. Solamente cuando los golpes
de la realidad cruda zarandean y destrozan las vanas ilusiones que
velan nuestra conciencia, sólo entonces, y no siempre, ésta empieza a
abrirse a los hechos pero con desgarros y quiebras. Y solamente cuando
las gentes menos concienciadas llevan años inmersas en una lucha
sistemática a la que no pueden cerrar los ojos por su objetividad
innegable, sólo entonces aceptan más fácilmente estas reflexiones.
14. Aquí juega un papel decisivo la memoria popular antirrepresiva formada durante décadas de lucha y persecución, de resistencia y de clandestinidad, experiencia que va penetrando en la cultura popular. Si esta no existe o es débil todavía, entonces serán mayores las cadenas psicológicas que frenan la concienciación antirrepresiva, y viceversa. La lucha enseña que únicamente ella puede romper esas cadenas inconscientes. La formación teórica sobre la represión es efectiva cuando previamente existe esa memoria y cultura aunque sea en un sector reducido pero cualitativamente decisivo, y cuando la lucha exige aprender la teoría de la represión. Por esto es decisiva la existencia de organizaciones revolucionarias que sostengan esa pedagogía popular antirrepresiva, sin caer en el cuento del lobo, pero enseñando que siempre acecha la fiera aunque de momento no muerda.
14. Aquí juega un papel decisivo la memoria popular antirrepresiva formada durante décadas de lucha y persecución, de resistencia y de clandestinidad, experiencia que va penetrando en la cultura popular. Si esta no existe o es débil todavía, entonces serán mayores las cadenas psicológicas que frenan la concienciación antirrepresiva, y viceversa. La lucha enseña que únicamente ella puede romper esas cadenas inconscientes. La formación teórica sobre la represión es efectiva cuando previamente existe esa memoria y cultura aunque sea en un sector reducido pero cualitativamente decisivo, y cuando la lucha exige aprender la teoría de la represión. Por esto es decisiva la existencia de organizaciones revolucionarias que sostengan esa pedagogía popular antirrepresiva, sin caer en el cuento del lobo, pero enseñando que siempre acecha la fiera aunque de momento no muerda.
15. Llegamos en este momento a dos lecciones históricas
extremadamente inquietantes: una, el reformismo duro o blando se ha
posicionado abiertamente por la defensa del capitalismo, de la
«normalidad democrática», defendiéndola directa o indirectamente de las
«provocaciones ultraizquierdistas». Desde esta postura es imposible
desarrollar la teoría de la represión, sino a lo sumo la ideología del
consenso, de la hegemonía de la sociedad civil y demás tópicos que
legitiman el orden burgués en su versión tolerante, por no hablar del
apoyo directo del reformismo a la represión de la izquierda
revolucionaria, sobre todo en las luchas de liberación nacional de
clase. No nos extendemos en esta lección.
16. La otra concierne a las izquierdas que diciéndose revolucionarias
no tienen, sin embargo, como objetivo permanente ni la conquista del
poder del Estado, del poder político en su quintaesencia, ni tampoco la
creación de contrapoderes locales, de taller y de fábrica, sindicales,
de barrios y pueblos, de movimientos populares y sociales, educativos y
universitarios, municipales e institucionales en la medida de lo
posible; situaciones de contrapoder dirigidas hacia situaciones de doble
poder en luchas y conflictos. Y la gran mayoría de las izquierdas por
revolucionarias que digan ser han relegado a la posterioridad la
decisiva construcción de poder emancipador. Y en donde no aparece la
lucha por el poder, en cualquiera de sus formas, ahí, en ese vacío
político, no tiene sentido alguno la teoría de la represión por el
simple hecho de que apenas existe represión ahí donde el poder burgués
no está en peligro.
17. Hablando en marxismo, existe una izquierda despolitizada: la que
no lucha por crear poder revolucionario, sino sólo por llegar al poder
burgués para transformarlo desde la legalidad a la espera de que, por
arte de birlibirloque, el proceso revolucionario avance vigorosamente
sin apenas lucha, sin riesgo de represiones, o con muy poco peligro. No
seamos ingenuos. Esta izquierda despolitizada existe y es más numerosa
de lo que sospechamos. Esta izquierda despolitizada está minada, podrida
por el cáncer del determinismo economicista que sostiene que la
conciencia de clase, la conciencia nacional, etc., es un efecto casi
automático de las condiciones objetivas, de manera que sólo hay que
esperar a que las contradicciones sociales generen la conciencia social,
sin mayores preocupaciones.
18. Si la conciencia tarda en llegar o llega sólo a pocos sectores,
la responsabilidad hay que achacarla no a sus errores propios en el
sentido de que no se ha hecho una buena pedagogía revolucionaria basada
en la conquista práctica de libertades y derechos, en la superación de
opresiones e injusticias, en la conquista de espacio de poder, etc.,
sino en lo contrario, en que se ha sido demasiado radical, se ha hecho
«aventurerismo ultraizquierdista» que ha distanciado a la izquierda de
las masas. La solución no es otra que rebajar la radicalidad para no
asustar a las franjas de votantes con menor conciencia. Y una forma de
atraerles es «normalizando» la situación, suavizando las
reivindicaciones en general y también contra los abusos de las fuerzas
represivas, incluso renegando de la exigencia de su depuración política y
de la creación de otras fuerzas de seguridad basadas en otra filosofía
sociopolítica radicalmente democrática.
19. En un contexto de crisis estructural, la política de la
«normalización» desmoraliza a las bases militantes de las izquierdas, a
la vez que azuza las ganas de la casta intelectual por elucubrar al
margen de la realidad en crisis. Las lecciones de los años
sesenta-ochenta en la Europa capitalista son aplastantes: las políticas
de «coexistencia pacífica», «tránsito pacífico al socialismo»,
«reconciliación nacional», «cultura del consenso», «acuerdos
interclasistas», «grandes mayorías democráticas», etc., fueron mazazos
de plomo hirviendo en las bases de los partidos comunistas y de otras
organizaciones y partidos de izquierda, precisamente cuando el
capitalismo se agitaba en una de las peores crisis de su historia,
resuelta en buena medida por el giro al reformismo de tales izquierdas.
Mientras las policías europeas reprimían con dureza no conocida desde la
ocupación nazi-fascista, la izquierda abandonó la teoría de la
represión.
20. La casta intelectual, por el contrario, encuentra en la vía
pacífica normalizada la situación idónea para dar rienda suelta a sus
delirios abstractos. Desde la tesis de «la muerte del proletariado» y la
«sociedad post industrial» hasta las recientes modas post, pasando por
todas las elucubraciones sobre la nueva economía de lo inmaterial, etc.,
recorridas por diversos estructuralismos y neokantismos, este extenso y
prolijo mercado de modas ideológicas de consumo fútil empezó a crearse
en los alos sesenta. Surgió una significativa contradicción: por un
lado, el movimiento obrero y popular era machacado en toda Europa
capitalista desde finales de los sesenta, endureciéndose cada vez más,
y, por otro lado, el «marxismo académico» y otras corrientes
intelectuales florecían en la industria del libro, en los salones de
debate y en las aulas académicas.
21. Ya había ocurrido lo mismo en esencia entre el auge del «marxismo
legal» ruso, brillante en su escritura, y la dura represión del
marxismo militante que sería la base del bolchevismo, a finales del
siglo XIX y comienzos del XX, por poner un ejemplo entre varios otros
que confirman la importancia decisiva de un partido revolucionario como
gozne creativo entre la memoria antirrepresiva de la cultura popular y
el aumento de la conciencia de lucha. El bolchevismo fue ese partido del
mismo modo que lo fue la izquierda abertzale cuando el famoso
«desencanto» con la traición de un sector de EIA-EE y la proliferación
de pompas intelectuales, incluidas películas, que buscaban demostrar el
«fin de ciclo revolucionario» en Euskal Herria precisamente cuando la
estrategia contrainsurgente daba saltos cualitativos.
22. Si ahora mismo observamos los medios de prensa digital y escrita
de la izquierda con alguna atención sostenida durante un plazo de tiempo
medio, veremos que el problema de la represión está prácticamente
ausente, o muy poco presente, sobre todo en el área político-teórica del
imperialismo occidental, aunque bastante presente en el área
latinoamericana, por razones sencillas de comprender. En el marco
estatal español, teniendo en cuenta cómo se están intensificando y
diversificando las represiones, empieza a activarse en las naciones
oprimidas y en los sectores más luchadores del Estado la reflexión
práctica y teórica sobre las represiones y sus efectos, sobre cómo
combatirlas, etc., pero generalmente en medio de la desidia de la
izquierda tradicional, la estatalista y despolitizada. En Euskal Herria,
donde la lucha antirrepresiva es una seña de identidad irrenunciable,
empieza a detectarse una ligera tendencia parcial a encasillarla dentro
de los márgenes muy estrechos e inoperantes en lo decisivo de la
«normalidad democrática», aunque muy de vez en cuando se logren
conquistas gigantescas como la reciente resolución del Tribunal de
Estrasburgo contra la llamada «doctrina Parot», resolución que responde
más a las disputas interburguesas del euroimperialismo en su momento
actual que a una supuesta identidad democrática de la Unión Europea.
23. Una organización que se dice de vanguardia revolucionaria debe
prestar siempre la atención necesaria a la teoría de la represión, por
dos razones: una, porque no puede entenderse la evolución del
capitalismo sin la teoría de la represión en su conjunto, como parte
constituyente del Estado y como elemento inserto en la explotación
asalariada; y, otra, porque la ideología burguesa en cuanto tal y sobre
todo en su faceta reformista tiende a fortalecerse en la medida en que
la teoría de la represión tiende a debilitarse, ya que son como vasos
comunicantes en sentido inverso.
24. ¿Pero qué sostiene la teoría de la represión? Primero: por represión se entiende la totalidad de medios de control, vigilancia y violencia, o de vigilancia, información y provocación, en palabras de V. Serge, insertos en un paradigma, una doctrina, una estrategia y múltiples tácticas diversas, destinadas a mantener o ampliar el poder de la clase propietaria de las fuerzas productivas y del Estado nacionalmente opresor. O dicho en términos del diccionario: «contener, detener o castigar con violencia actuaciones políticas y sociales; refrenar, templar o moderar». La primera parte de la frase corresponde a las represiones que de algún modo recurren a la violencia directa, y la segunda a las que no recurren a ella, o al menos no desde el principio, volcándose más en la acción ideológica, cultural, política, de consenso, de cooptación, soborno y corrupción, etc., para dividir y desintegrar a la oposición, integrando sus restos pacificados en el sistema opresor al que se enfrentaba. V. Serge denomina a esta segunda modalidad «provocación», es decir, utilización de los medios para provocar en el reprimido una reacción contraria a sus intereses pero beneficiosa para el represor.
25. Segundo, las represiones necesitan del Estado como su centralizador estratégico, como el poder especializado en la adecuación periódica de las represiones a las necesidades siempre expansivas del orden capitalista. Aunque éste pueda reducir las represiones violentas más duras y públicas, optando por otras menos visibles, más blandas, sin embargo la lógica interna del sistema capitalista camina indefectiblemente hacia su diversificación en respuesta a la agudización de las contradicciones internas que obstaculizan el aumento de la tasa media de ganancia, forzándola a decrecer tendencialmente. El Estado es el centralizador estratégico de las represiones porque debe orientarlas hacia el pleno funcionamiento de las contratendencias que anulan parcialmente la ley de la caída tendencial de la tasa media de beneficios.
24. ¿Pero qué sostiene la teoría de la represión? Primero: por represión se entiende la totalidad de medios de control, vigilancia y violencia, o de vigilancia, información y provocación, en palabras de V. Serge, insertos en un paradigma, una doctrina, una estrategia y múltiples tácticas diversas, destinadas a mantener o ampliar el poder de la clase propietaria de las fuerzas productivas y del Estado nacionalmente opresor. O dicho en términos del diccionario: «contener, detener o castigar con violencia actuaciones políticas y sociales; refrenar, templar o moderar». La primera parte de la frase corresponde a las represiones que de algún modo recurren a la violencia directa, y la segunda a las que no recurren a ella, o al menos no desde el principio, volcándose más en la acción ideológica, cultural, política, de consenso, de cooptación, soborno y corrupción, etc., para dividir y desintegrar a la oposición, integrando sus restos pacificados en el sistema opresor al que se enfrentaba. V. Serge denomina a esta segunda modalidad «provocación», es decir, utilización de los medios para provocar en el reprimido una reacción contraria a sus intereses pero beneficiosa para el represor.
25. Segundo, las represiones necesitan del Estado como su centralizador estratégico, como el poder especializado en la adecuación periódica de las represiones a las necesidades siempre expansivas del orden capitalista. Aunque éste pueda reducir las represiones violentas más duras y públicas, optando por otras menos visibles, más blandas, sin embargo la lógica interna del sistema capitalista camina indefectiblemente hacia su diversificación en respuesta a la agudización de las contradicciones internas que obstaculizan el aumento de la tasa media de ganancia, forzándola a decrecer tendencialmente. El Estado es el centralizador estratégico de las represiones porque debe orientarlas hacia el pleno funcionamiento de las contratendencias que anulan parcialmente la ley de la caída tendencial de la tasa media de beneficios.
26. Tercero, el sistema represivo no busca únicamente el
encarcelamiento de grupos militantes, que también, sino ante todo el
conocimiento interno de las fuerzas revolucionarias para debilitarlas o
aplastarlas en el momento preciso, cuando más daño haga y durante más
tiempo. Lograrlo requiere un método científico, frío y calculador, y una
perspectiva política. Generalmente la izquierda cree que la burguesía, y
menos sus fuerzas represivas, no son capaces de lograrlo, pero se
equivocan precisamente porque su pensamiento está corroído por el
economicismo mecanicista y determinista. La izquierda auto complacida en
su soberbia intelectual desprecia la capacidad planificadora de la
burocracia del Estado al que combate.
27. Cuarto, la centralización estratégica de las represiones que
realiza el Estado burgués no implica sino que exige la autonomía
operativa de muchas represiones menores, importantes en sí mismas pero
menores comparadas con las decisiones estratégicas de largo impacto
diseñadas en los presupuestos generales del Estado, en las inversiones a
largo plazo, en la política socioeconómica, demográfica, cultural,
militar, etc. La tesis foucaultiana del panóptico, cierta en sus grandes
limitaciones, ha servido para despolitizar a la izquierda en la
cuestión decisiva: el poder centralizador del Estado y en el carácter
científico del sistema represivo en su conjunto.
28. Quinto, aunque hablemos de Estado en singular, la represión es
internacional y las fuerzas represivas imperialistas actúan local y
mundialmente, ya que la lucha entre el capital y el trabajo es una lucha
mundial y local al mismo tiempo. La izquierda, sobre todo la
despolitizada, vuelve a cometer aquí otro error mortal al creer que la
represión, de haberla, se limita al entorno estatal o en todo caso
continental, cuando en realidad nos enfrentamos a un pensamiento
político-militar ideado desde poderes incontrolables por las
instituciones burguesas aisladas. En base a este error, la izquierda
despolitizada plantea su acción en defensa de los derechos
abstractamente definidos sólo en los marcos estatales, lo que da una
ventaja absoluta al imperialismo.
29. Sexto, a partir de éstos y otros errores la izquierda no puede
simultanear una triple práctica: de un lado, formar teóricamente a su
militancia contra el enemigo al que se enfrenta; de otro lado, no puede
establecer políticas unitarias e integradoras, de masas, con otras
izquierdas y fuerzas obreras, populares, sociales, etc., para impulsar
amplios y abarcadores movimientos antirrepresivos basados en lo que une
esencialmente a las personas y colectivos perseguidos, en vez de en
quisquillosas disputas tácticas; y, por último, no puede propagar la
lección históricamente irrefutable de que tarde o temprano, de una forma
u otra, con diferencias puntuales pero con una coherencia
sociohistórica de fondo innegable, siempre que aumentan las luchas
terminan aumentando las represiones contra ellas, o peor, que muchas de
éstas se adelantan incluso al avance de esas luchas: hablamos de la
represión preventiva.
30. Séptimo, ¿qué se pude hacer, entonces? Antes que nada saber que
todas las personas aplicamos ciertas medidas de seguridad personal
mínima en nuestras relaciones cotidianas, pues, aunque no lo hayamos
pensado, la ferocidad de la sociedad burguesa nos obliga a practicar
determinadas medidas de seguridad personal en nuestra vida cotidiana: de
algún modo medimos lo que hacemos y decimos ante extraños, no damos
determinadas informaciones personales a cualquiera, contrastamos con
otras personas conocidas y de confianza informaciones que hemos recibido
sobre terceras personas, intentamos no cometer errores de ingenuidad en
cuestiones importantes, advertimos a las personas queridas de cosas
malas que hemos oído sobre ellas, etc. Sin saberlo, tomamos medidas
diarias de seguridad que son una de las bases de la lucha contra la
represión a una escala mayor.
31. Octavo, por tanto se trata de añadir una determinante conciencia
política a nuestra vida personal cotidiana, una conciencia política que
nos enseñe a guiar conscientemente nuestros actos diarios dentro de las
medidas objetivas básicas de seguridad y de prevención antirrepresiva.
Esa conciencia política nos enseña que actos tan nimios y comunes como
las formas de vestir, de gastar, de andar, de hablar, de mirar, de
reunirnos y de divertirnos, etc., muestran prácticamente toda nuestra
forma de ser y de pensar, nuestras amistades, relaciones con segundas y
terceras amistades, nuestras debilidades íntimas y nuestros puntos
flacos, los que pueden ser las brechas por las que la represión entre en
nuestra personalidad y la destroce.
32. Noveno, la conciencia política nos enseña a la vez que no debemos
caer en el secretismo fantasmal, en las poses conspirativas, en la
obsesión histérica que nos hace ver espías y agentes por todas partes.
La conciencia política exige una militancia organizada acorde con las
tareas que deseemos realizar. Sin militancia colectiva en una
organización no desarrollaremos la imprescindible conciencia política
que nos previene de los errores arriba expuestos. Además, esta
militancia organizada nos dará la formación teórica y práctica sobre la
represión que necesitemos para las tareas que realicemos. Nos enseñará a
no preguntar sobre lo que no necesitamos saber, a no responder sobre lo
que no es necesario responder, a no estar pegados al teléfono ni a
internet, a saber cómo hay que organizar las reuniones, las citas, los
encuentros, nos indicará sobre cómo andar por la calle, sobre el valor
inestimable de la puntualidad, sobre cómo guardar la información justa
desechando la superflua.
33. Y décimo, la organización nos enseñará cómo actuar en
determinados momentos críticos, a mantener la sangre fría, a preparar
nuestra vida personal en cuanto a inevitables multas económicas y
posibles detenciones, a prepararnos mental y físicamente para
sobrellevar lo menos mal posible situaciones que pueden llegar a ser
angustiosas y hasta terribles y que nos exigirán lo mejor de nosotros,
si es que llegan a producirse. La conciencia política organizada nos
preparará para dominar el necesario instinto del miedo y para comprender
que la libertad, además de tener un precio alto, consiste en la
superación consciente de la necesidad, es decir, en la superación
histórica del capitalismo. Comprendido esto, no tendremos miedo a
teorizar sobre la represión, porque hacerlo será y es ya pensar sobre
nuestras propias vidas libres.
Iñaki Gil de San Vicente
Euskal Herria, 21 de octubre de 2013
Euskal Herria, 21 de octubre de 2013
http://boltxe.info/?p=61217
http://www.insurgente.org/index.php/mas-noticias/ultimas-noticias/item/7957-%C2%BFpor-qu%C3%A9-hablar-de-la-represi%C3%B3n-nos-da-miedo?
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