Usted
forma parte, y muy importante, de un sistema putrefacto, de un teatro
infernal que, desde hace ya mucho tiempo, huele a podrido...
El lenguaje, el discurso, que usted sostiene está muerto. Sólo nos falta enterrarlo."
El lenguaje, el discurso, que usted sostiene está muerto. Sólo nos falta enterrarlo."
Soledad Becerril
Soledad Becerril, Defensora del Pueblo, afirma:
"...
creo que nuestras instituciones son las mejores que podemos tener en un
Estado de Derecho. No percibo ningún descontento ciudadano con nuestra
democracia, porque nuestras instituciones democráticas funcionan
bastante bien" (lainformacion.com)
Desde mayo de 2011 hasta ahora, ¿dónde ha vivido usted, señora?
Sus
declaraciones podrían significar que usted está en la inopia. Pero no,
no se trata de eso. Usted pretende hacerse la loca y, al hacerlo, usted
nos insulta, nos desprecia, nos ignora, a una gran mayoría de la
ciudadanía española.
Y usted, señora, es la Defensora del Pueblo. Del pueblo que está hasta los kinders de sus no representantes políticos. Resulta paradójico, pero su "no percibir el descontento ciudadano con nuestra democracia"
constituye una prueba irrefutable, un argumento demoledor que
demuestra, hasta el dolor, la distancia infinita que se ha establecido
entre los ciudadanos y las perdidas, secuestradas, instituciones de la
cosa pública.
Se convierte usted, con su fingimiento, en protagonista moderna, abanderada de la estultucia, de 'El retablo de las maravillas'
(es una obra de Miguel de Cervantes, un autor muy importante,
español... se lo digo por si no lo conoce), pero a la inversa. Los
espectadores de aquella función (en la que estaban siendo timados, como
nosotros, los ciudadanos de este país), para no sufrir represalias (lea
la obra, no se la voy a contar entera), fingían ver lo que no veían, lo
que no existía. Usted, al contrario, finge no ver lo que a todos nos
está matando: el profundo vacío, el maldito secuestro, de una democracia
que ya no lo es.
A
los ciudadanos españoles, a una gran mayoría, les produce asco y hastío
el comprobar, una y otra vez, cómo los gobiernos hacen justo lo
contrario de lo que rezaba en sus programas electorales.
¿Cree usted que eso nos hace estar contentos?
Los
ciudadanos españoles ya saben perfectamente que la democracia, aquí en
nuestro país y en tantos otros, está secuestrada. Que las decisiones
importantes no son tomadas dentro de nuestras fronteras. Nuestro futuro,
nuestra forma de vida, nuestras posibilidades de subsistir, son
decididos, fríamente, por organismos internacionales que, además de ser
absolutamente antidemocráticos, sirven a los intereses de las grandes
entidades financieras y las grandes empresas multinacionales. Organismos
como el FMI son los que deciden si vivimos, o no.
¿Cree usted que eso nos procura placer democrático?
Los
ciudadanos españoles comprueban, todos los días, que las medidas que
toman los distintos gobiernos, las leyes que aprueban, en su gran
mayoría, van en contra del pueblo, en contra de la justicia natural,
convirtiéndose, por tanto, en leyes injustas, en leyes que, en
consecuencia, deberíamos desobedecer. Recuerde que si un gobierno actúa,
legisla, en contra del pueblo, a esa cosa no se le puede llamar democracia.
Se le llama, para ser precisos, tiranía.
¿Cree usted que somos felices demócratas? ¿De verdad piensa que somos imbéciles?
Los
ciudadanos españoles también se han dado cuenta de que las
instituciones que deberían preservar una supuesta pureza democrática,
instituciones como el Tribunal Constitucional o el Tribunal de cuentas,
son, en realidad, sucursales de apaños y componendas en manos de las
oscuras manos de los grandes partidos, esos que han traicionado la
soberanía popular, entregándosela, pongamos, a la Troika, esa cosa que
(por lo menos yo no me di cuenta) no se presentaba a las elecciones
españolas.
¿De
verdad cree que nos sentimos a gusto convertidos en mercancía, en
marionetas rotas, olvidadas, desahuciadas de la palabra, del orgullo,
del sentido social?
Los
ciudadanos españoles estamos hartos de ver como la justicia es
benévola, no es justicia, desaparece, con los grandes ladrones de guante
blanco, banqueros, grandes empresarios, etc., y, sin embargo, aplica
toda su dureza, todo su estúpido rigor, toda su insana literalidad, a
los pequeñitos, a los que no pueden defenderse, a los que este poder,
tan democrático, les ha privado de voz. Ahí tiene usted, señora, los
indultos a banqueros, a policías, malversadores, políticos corruptos,
prevaricadores, y los no indultos, por ejemplo, a David Reboredo. Otra vez Cervantes (acérquese a él, le vendra bien), "Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre... que las informaciones del rico" ('El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha)
¿Y así cree usted que nos sentimos amparados, protegidos, por una justicia democrática?
Muchos
ciudadanos de este país ya son conscientes de la que se traen ustedes
con los medios de comunicación, del asqueroso entramado en el que babean
infiltrados de la Banca, de las grandes empresas y de los grandes
partidos, aliados potentes, poderosos, los tres grupos, para sostener un
presente (y un futuro) insoportable. Medios de comunicación,
sostenedores de un pensamiento único, aplicados de forma sumisa a su
principal función: adormecer, embrutecer, y manipular a la población.
¿Cree usted, señora, que nos sentimos miembros de una sociedad libre y democrática?
¿Conoció
usted, conoce, la eclosión del movimiento 15-M? ¿Sabe usted que
significan las siglas PAH? ¿Ha conversado usted alguna vez con miembros
de Juventud Sin Futuro? ¿Sabe usted el número de manifestaciones
exigiendo una democracia real que se han producido en España en los
últimos dos años? ¿Conoce el significado de "25-S, Toma el Congreso"?
¿Tiene
usted constancia de que ahora mismo, cientos de intelectuales,
profesores universitarios y ciudadanos en general están trabajando en la
elaboración, en la exigencia de un nuevo Proceso Constituyente?
¿Sabe usted, señora, lo que son las mareas, no las del mar, la marea blanca, la marea verde, y tantas otras?
¿Cree
usted, de verdad, que la gente presume de un contento democrático al
ver la fuga de cerebros, al saber que estudiantes no acomodados tienen
que dejar, o simplemente no pueden ir, la universidad, al ver el estado
de la Educación en general, al ver, y sufrir, el desmantelamiento de la
Sanidad Pública?
¿Cree
usted, señora mía, que nosotros sonreímos, democráticamente, cuando nos
enteramos de los suicidios provocados por sus bancos, cuando nos
enteramos de los desahucios asesinos?
¿Acaso
piensa que nos sentimos felices y modernos cuando se nos informa de que
algún inmigrante sin papeles (ningún ser humano es ilegal, ¿no le
parece?) ha muerto por falta de atención sanitaria?
Señora, no se haga la tonta, aunque puede que lo sea. Ya no cuela.
Usted
forma parte, y muy importante, de un sistema putrefacto, de un teatro
infernal que, desde hace ya mucho tiempo, huele a podrido.
El lenguaje, el discurso, que usted sostiene está muerto. Sólo falta enterrarlo.
El lenguaje, el discurso, que usted sostiene está muerto. Sólo falta enterrarlo.
Como
me encuentro en plena euforia democrática, voy a prescindir de falsas
modestias, y le regalo otro artículo, sin perdón por la autocita, y sin
perdón para usted,
Adiós, alegría insulsa de la huerta democrática, que le vaya mal.
Y escuche la música que va a seguir sonando en las calles, esas que ustedes les provocan miedo, pavor... vergüenza.

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