Durante una de esas conversaciones relajadas que suelen darse en las tardes de verano, un amigo que ha vivido por dentro la política nacional e incluso en algunos foros europeos, me comentaba que no hay nada peor para un aspirante a un alto cargo que ser políglota, irónico, demócrata convencido, honesto e inteligente. Una gran parte de la sociedad, enferma voluntariamente de descompromiso y egoísmo feroz, además de haber clavado las posaderas en la poltrona de eso que llamaron el “estado del bienestar” (o sea, siesta, cervecita fresca, mucha televisión y a vivir, que son dos días), salta del sofá únicamente cuando le toca de cerca el estado del malestar.
Es lógico, aunque se pueda tildar de imprevisión al que reacciona tan sólo cuando el vecino comienza a pelarse las barbas.
Otro amigo psiquiatra me aseguraba que esa parte importante de la ciudadanía no suele estar a gusto frente a un político brillante, preciso y al que se le ha probado una honradez a prueba de Bárcenas.
Contemplar a una persona dotada de virtudes puede no ser agradable. Escucharla en una intervención mesuradamente radical, nítida y con la fragancia de una ideología no precisamente de derechas, resulta molesto.
Es más, entran deseos irrefrenables de cazarle en un pecado mortal o, cuando menos, descubrir que es casado con amante, que no quiere salir del armario o que en su juventud se metió dos rayas de coca.
Esa sociedad que nos negamos a ver, no soporta que haya signos claros de lo contrario a lo que ella representa: la mentira, el conformismo, la mediocridad en suma. El lodazal de la inopia les cubre por completo. Pero además tienen mala leche.
Pero, ojo, que no hablo de quienes apoyan al PP. Se puede ser un mameluco aunque se vote al PSOE o a IU, al PNV, a CIU, al BNG y a Bildu.
E incluso un monumental simplón de los que forman esa gran parte de la humanidad, puede ser y es elegido para un puesto de tanta responsabilidad como el de la Secretaría General de la ONU, precisamente por no ser ni honesto, ni brillante, ni inteligente.
Tales deben ser las cualidades que figuran como imprescindibles en el listado de exigencias de quienes ordenan las guerras, invasiones, estrategias periodísticas para derribar a presidentes, gobiernos o artistas comprometidos.
Ser un simplón de esa calaña, obliga a Ban Ki Moon a actuar y hablar como viene haciéndolo desde que sustituyó al no menos mediocre Kofi Annan.
Ser un simplón de tamaña ralea, obliga a Mariano Rajoy a seguir empecinado, junto a sus pandilla de anodinos personajes, a continuar negando la evidencia.
Ser un mediocre cum laude, obliga a Rubalcaba a significarse como lo más granado de la oposición inútil.
Mientras tanto, aquellos aspirantes a cumplir un papel en la política nacional e internacional, saben que su suerte está echada en el momento en el que traten de poner por delante la decencia, el decoro y la inteligencia en su diario quehacer.
Los mediocres como Ban Ki Moon, que levanta hoy su mano amenazadora ante el demostrado bulo de la utilización de armas químicas por parte del ejército sirio, se niegan a pronunciar el mismo discurso ante el genocidio estadounidense en Irak o el de la OTAN en Libia, donde ambos ejércitos (yanqui e internacional) usaron contra la población todo tipo de armas químicas.
Un mediocre es mil veces más dañino que el peor de los terroristas, en función del cargo que ocupe. Y Ban Ki Moon está ahí precisamente por no ser ni íntegro, ni culto, ni inteligente. Porque, de serlo, habría presentado su dimisión hace años.
Del EL BLOG DE CARLOS TENA
Por un mundo mejor, posible y necesario
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