A los efectos de dinamitar los diversos procesos integracionistas en
marcha en Latinoamérica. Hoy por hoy el Mercosur y la Unasur son los
blancos más obvios, pero la CELAC está también en la mira y en cuanto
demuestre una mayor gravitación en los asuntos del hemisferio será
también ella objeto de los más encarnizados ataques. Una de las armas
más recientemente pergeñadas por la Casa Blanca ha sido la Alianza del
Pacífico, engendro típico de la superpotencia para movilizar a sus
peones al sur del Río Bravo y utilizarlos como eficaces “caballos de
Troya” para cumplir con los designios del imperio.
Otra alianza, la “mal nacida” según el insigne historiador y
periodista argentino Gregorio Selser, la inventó a comienzos de los
sesentas del siglo pasado John F. Kennedy para destruir a la Revolución
Cubana. Aquella, la Alianza para el Progreso, que en su momento dio
pábulo a algunos pesimistas pronósticos entre las fuerzas
anti-imperialistas, fracasó estrepitosamente. La actual no parece
destinada a correr mejor suerte. Pero derrotarla exigirá, al igual que
ocurriera con su predecesora, de toda la firmeza e inteligencia de los
movimientos sociales, las fuerzas políticas y los gobiernos opuestos –en
diversos grados, como es evidente al observar el panorama regional- al
imperialismo. Flaquezas y debilidades políticas y organizativas unidas a
la credulidad ante las promesas de la Casa Blanca, o las absurdas
ilusiones provocadas por los cantos de sirena de Washington, señalarían
el camino de una fenomenal derrota para los pueblos de Nuestra América.
En este sentido resulta más que preocupante la crónica indecisión de
Brasilia en relación al papel que debe jugar en los proyectos
integracionistas en curso en Nuestra América. Y esto por una razón bien
fácil de comprender. Henry Kissinger, que a su condición de connotado
criminal de guerra une la de ser un fino analista de la escena
internacional, lo puso de manifiesto cuando satisfecho con el
realineamiento de la dictadura militar brasileña luego del derrocamiento
de Joao Goulart acuñó una frase que hizo historia. Sentenció que “hacia
donde se incline Brasil se inclinará América Latina”. Esto ya no es tan
cierto hoy, porque la marejada bolivariana ha cambiado el mapa
sociopolítico regional para bien, pero aun así la gravitación de Brasil
en el plano hemisférico sigue siendo muy importante. Si su gobierno
impulsara con resolución los diversos procesos integracionistas
(Mercosur, Unasur, CELAC) otra sería su historia. Pero Washington ha
venido trabajando desde hace tiempo sobre la dirigencia política,
diplomática y militar del Brasil para que modere su intervención en esos
procesos, y se ha anotado algunos éxitos considerables.
Por ejemplo, explotando la ingenua credulidad de Itamaraty cuando
desde Estados Unidos se les dice que va a garantizar para Brasil un
asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas,
mientras la India y Pakistán, (dos potencias atómicas) o Indonesia (la
mayor nación musulmana del mundo) y Egipto, Nigeria (el país más poblado
de África) y Japón y Alemania, sin ir más lejos, tendrían que
conformarse con mantener su status actual de transitorios miembros de
ese organismo. Pero otra hipótesis dice que tal vez no se trate sólo de
ingenuidad, porque la opción de asociarse íntimamente a Washington
seduce a muchos en Brasilia. Prueba de ello es que pocos días después de
asumir su cargo el actual canciller de Dilma Rousseff, Antonio
Patriota, otorgó un extenso reportaje a Paulo Cesar Pereira, de la
revista Veja.
La primera pregunta que le formulara el periodista fue la siguiente:
“En todos sus años como diplomático profesional, ¿qué imagen se formó de
Estados Unidos?” La respuesta fue asombrosa, sobre todo por provenir de
un hombre que se supone debe defender el interés nacional brasileño y, a
través de las instituciones como el Mercosur, la Unasur y la CELAC,
participar activamente en promover la autodeterminación de los países
del área: “Es difícil hablar de manera objetiva porque tengo una
involucración emocional (¡sic!) con los Estados Unidos a través de mi
familia, de mi mujer y de su familia. Existen aspectos de la sociedad
americana que admiro mucho.”
Lo razonable hubiera sido que se le pidiera de inmediato la renuncia
por “incompatibilidad emocional” para el ejercicio de su cargo, para
decirlo con delicadeza, cosa que no ocurrió. ¿Por qué? Porque es obvio
que coexisten en el gobierno brasileño dos tendencias: una,
moderadamente latinoamericanista, que prosperó como nunca antes bajo el
gobierno de Lula; y otra que cree que el esplendor futuro del Brasil
pasa por una íntima asociación con Estados Unidos y, en parte, con
Europa, y que recomienda olvidarse de sus revoltosos vecinos. Esta
corriente todavía no llega a ser hegemónica al interior del Palacio del
Planalto pero sin duda que hoy día encuentra oídos mucho más receptivos
que antes. Este cambio en la relación de fuerzas entre ambas tendencias
salió a luz en numerosas ocasiones en los últimos días. Pese a ser uno
de los países espiados por Estados Unidos, y a que Brasilia dijera que
el hecho era “extremadamente grave” tras cartón se hizo público que no
se le asignaría asilo político a Edward Snowden, quien denunció la
gravísima ofensa inferida al gigante sudamericano.
Otro: la muy lenta reacción de la presidenta brasileña ante el
secuestro del que fuera víctima Evo Morales la semana pasada: si los
presidentes de Cuba, Ecuador, Venezuela y Argentina (amén del Secretario
General de la Unasur, Alí Rodríguez) se tardaron apenas unos pocos
minutos luego de conocida la noticia para expresar su repudio a lo
ocurrido y su solidaridad con el presidente boliviano, Rousseff necesitó
casi quince horas para hacerlo. Después, inclusive, de las duras
declaraciones del mismísimo Secretario General de la OEA, cuya condena
se conoció casi en coincidencia con la de los primeros. Conflictos y
tironeos al interior del gobierno que aduciendo un inverosímil pretexto
(las masivas protestas populares de los días anteriores, ya por entonces
apagadas) impidieron que la mandataria brasileña no asistiera al
encuentro de presidentes que tuvo lugar en Cochabamba, una ciudad
localizada a escasas dos horas y media de vuelo desde Brasilia,
debilitando el impacto global de esa reunión y, en el plano objetivo,
coordinándose con la estrategia de los gobiernos de la Alianza del
Pacífico que, como lo sugiriera el presidente Rafael Correa, bloquearon
lo que debió haber sido una cumbre extraordinaria de presidentes de la
Unasur.
Para una América Latina emancipada de los grilletes neocoloniales es
decisivo contar con Brasil. Pero ello no será posible sino a cuentagotas
mientras no se resuelva a favor de América Latina el conflicto entre
aquellos dos proyectos en pugna. Esto no sólo convierte a Brasil en un
actor vacilante en iniciativas como el Mercosur o la Unasur, lo que
incide negativamente sobre su gravitación internacional, sino que lo
conduce a una peligrosa parálisis en cruciales cuestiones de orden
doméstico. Por ejemplo, a no poder resolver desde el 2009 dónde adquirir
los 36 aviones caza que necesita para controlar su inmenso territorio, y
muy especialmente la gran cuenca amazónica y sub-amazónica, a pesar del
riesgo que implica dilatar la adquisición de las aeronaves aptas para
tan delicada tarea. Una parte del alto mando y la burocracia política y
diplomática se inclina por un re-equipamiento con aviones
estadounidenses, mientras que otra propone adquirirlos en Suecia,
Francia o Rusia. Ni siquiera Lula pudo zanjar la discusión.
Esta absurda parálisis se destrabaría fácilmente si los involucrados
en la toma de decisión se formularan una simple pregunta: ¿cuántas bases
militares tienen en la región cada uno de los países que nos ofertan
sus aviones para vigilar nuestro territorio? Si lo hicieran la respuesta
sería la siguiente: Rusia y Suecia no tienen ni una; Francia tiene una
base aeroespacial en la Guayana francesa, administrada conjuntamente con
la OTAN y con presencia de personal militar estadounidense; y Estados
Unidos tiene, en cambio, 76 bases militares en la región, un puñado de
ellas alquiladas a -o co-administradas con- terceros países como el
Reino Unido, Francia y Holanda.
Algún burócrata de Itamaraty o algún militar brasileño entrenado en
West Point podría aducir que esas se encuentran en países lejanos, que
están en el Caribe y que tienen como misión vigilar a la Venezuela
bolivariana. Pero se equivocan: la dura realidad es que mientras ésta es
acechada por 13 bases militares norteamericanas instaladas en sus
países limítrofes, Brasil se encuentra literalmente rodeado por 23, que
se convierten en 25 si sumamos las dos bases británicas de ultramar con
que cuenta Estados Unidos –vía la OTAN- en el Atlántico ecuatorial y
meridional, en las Islas Ascensión y Malvinas respectivamente. De pura
casualidad los grandes yacimientos submarinos de petróleo de Brasil en
encuentran aproximadamente a mitad camino entre ambas instalaciones
militares. Ante esta inapelable evidencia, ¿cómo es posible que aún se
esté dudando a quién no comprarle los aviones que el Brasil necesita?
La única hipótesis realista de conflicto que tiene ese país (y toda
América Latina, digámoslo de paso) es con Estados Unidos. En esta parte
del mundo hay algunos que pronostican que el enfrentamiento será con
China, ávida por acceder a los inmensos recursos naturales de la región.
Pero mientras China invade la región con un sinnúmero de supermercados,
Washington lo hace con toda la fuerza de su fenomenal músculo militar,
pero rodeando principalmente a Brasil. Y, por si hiciera falta George W.
Bush reactivó también la Cuarta Flota (¡en otras de esas grandes
“casualidades” de la historia!) justo pocas semanas después que el
presidente Lula anunciara el descubrimiento del gran yacimiento de
petróleo en el litoral paulista. Pese a ello persiste la lamentable
indefinición de Brasilia. ¿O es que ignoran sus dirigentes las
enseñanzas de la historia? ¿No sabían que John Quincy Adams, el sexto
presidente del país del Norte, dijo que “Estados Unidos no tiene
amistades permanentes, sino intereses permanentes”? ¿Desconocen los
funcionarios a cargo de estos temas que ni bien el presidente Hugo
Chávez comenzó a tener sus primeros diferendos con Washington la Casa
Blanca dispuso el embargo a todo envío de partes, repuestos y renovados
sistemas de aeronavegación y combate para la flota de los F-16 que tenía
Venezuela, misma que por eso mismo quedó inutilizada y tuvo que ser
reemplazada?
No hace falta demasiada inteligencia para imaginar lo que podría
ocurrir en el para nada improbable caso de que se produjera un serio
diferendo entre Brasil y Estados Unidos por la disputa del acceso a, por
ejemplo, algunos minerales estratégicos que se encuentran en la
Amazonía; o al petróleo del “pre-sal”; o, el escenario del “caso peor”,
si Brasilia decidiera no acompañar a Washington en una aventura militar
encaminada producir un “cambio de régimen” en algún país de América
Latina y el Caribe, replicando el modelo utilizado en Libia o el que se
está empleando a sangre y fuego en Siria. En ese caso, la represalia que
merecería el “aliado desleal”, en ese hipotético caso el Brasil, que
renuncia a cumplir con sus compromisos sería la misma que se le aplicara
a Chávez, y Brasil quedaría indefenso. Ojalá que estas duras realidades
pudieran comenzar a discutirse públicamente y que esa gran nación
sudamericana pueda comenzar a discernir con claridad donde están sus
amigos y quiénes son sus enemigos, por más que hoy se disfracen con una
piel de oveja. Esto podría poner término a sus crónicas vacilaciones.
Ojalá que la reunión de hoy del Mercosur en Montevideo y la próxima de
la Unasur puedan convertirse en las ocasiones propicias para esta
reorientación de la política exterior del Brasil.
La Haine
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