Hace algunas semanas un grupo de
investigadores suizos se puso en contacto con La Comuna con el fin de
entrevistar a antiguos presxs políticos de la dictadura, para realizar
un trabajo sobre la represión en la última etapa del franquismo. El
sábado 15 de junio, fue el día elegido por ellos para vernos. ¿Dónde
quedamos? “En la antigua DGS” –pidieron-. Íbamos a intentar pasar a
su
interior a través de la entrada de la calle del Correo aprovechando la
celebración de una exposición de fotografía en el patio interior.
Nos reunimos un pequeño grupo de
compañeros de La Comuna. Nadie decía nada, pero se notaba una cierta
tensión… ya habíamos estado allí en los años 60 y 70. Con el fin de
relajar el ambiente a uno se le ocurrió: “¿Tomamos un café en la
cafetería Rolando?”. En el exterior del edificio nada había cambiado,
excepto su cometido actual. Quizás era un ambiente parecido al de hace
30, 40 ó 50 años, con la gente paseando por delante de los calabozos
donde tantos luchadores y luchadoras sufrieron y padecieron tormento
por parte de la policía política franquista. Esas personas no eran
conscientes de lo que allí pasó… antes, tampoco.
Los suizos aparecieron por allí,
despreocupadamente, relajados. No se diferenciaban en nada del resto de
turistas que deambulaban por la Puerta del Sol en ese momento. Uno de
ellos, algo más informado, preguntó por “la calle de Julián Grimau”,
aludiendo a la colocación de una placa con motivo del homenaje en el 50º
aniversario de su asesinato. Le explicamos que se colocó en el lugar en
que fue arrojado desde una ventana por sus verdugos, en el callejón
situado detrás de la DGS.
Según nos
aproximamos al portalón lateral nos encontramos con la presencia de un
viejo guardia civil (terror de verde montura, que dijo el poeta) que
hacía las labores de ¿vigilancia? en aquel lugar, sin tricornio ni
naranjero y sí armado con una pretendida y amable sonrisa y saludando a
diestro y siniestro. Al franquear aquella puerta y subir el pequeño
talud alfombrado por las mismas piedras de antaño desembocamos en el
patio de la antigua DGS.
Estábamos en el mismo lugar donde se
recibía a los detenidos, muchas veces haciéndoles “el pasillo”, que
consistía en dos hileras de “grises” atizando porrazos con sus
“defensas” (podrían haberlas llamado “ofensas”) a los aturdidos
detenidos que todavía estaban asimilando el cómo y porqué habían “caído”
y sus consecuencias. A esta práctica habitual la denominaban
eufemísticamente “el comité de bienvenida” y la hacían para “abrir boca”
a lo que nos esperaba después “si no colaborábamos”.
Vimos las ventanas de los despachos
donde tenían lugar los interrogatorios, casi siempre con el aviso “si no
cooperas vas a salir por ahí en lugar de por la puerta. Despacho donde
se “trabajaba” con los detenidos, como dijo aquel esbirro que deseó
feliz cumpleaños a su hijo por teléfono, mientras estaba “trabajando”
(torturando) a uno de nuestros compañeros.
Observando un poco mejor se podía
apreciar la puerta que subía a la consulta del médico para comprobar
“que aquí no se maltrata a los detenidos”, como decía Conesa, el jefe de
aquellos torturadores a algunos de los detenidos (que no habían sido
atormentados), delante de su siempre sonriente jefe, Saturnino Yagüe.
Plantado en medio del patio, recordé una
estrofa de un poema de Marcos Ana: “La tierra no es redonda, es un
patio cuadrado donde los hombres giran bajo un sol de estaño”.
¡Cuántos
recuerdos, cuántas sensaciones! Todavía puedo imaginar los gritos de
dolor y de terror de aquellos compañeros que nos acompañaron en aquel
tétrico peregrinar represivo. Muchos de ellos piden justicia y
reparación o, cuando menos, que no olvidemos lo que sufrieron en su
lucha por conseguir una sociedad libre, mejor y más justa. Nuestra
fuerza está en recordar lo que hicieron aquellos asesinos… nuestro
olvido es su mejor coartada.
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