Miguel Huertas en inSurgente
La mejora de la medicina alargará la vida humana, pero la mejora
de las condiciones sociales permitirá lograr ese fin más rápidamente y
con mayor éxito… La receta se puede resumir así: democracia plena y sin
restricciones”,
RUDOLF VIRCHOW
Virchow, el autor de esa cita, no fue ningún militante de la
izquierda revolucionaria, sino un científico, responsable entre otras
cosas del concepto de proceso patológico que se emplea hoy en día. En su
práctica profesional defendió firmemente la existencia de una estrecha
relación entre el proceso salud-enfermedad y las condiciones económicas y
sociales, afirmando que “la política es medicina a gran escala”.
No se puede negar la brutal ofensiva del capitalismo sobre el derecho
a la salud, especialmente en estos tiempos. El proceso de degeneración y
privatización de la sanidad pública es parte de un proceso más amplio
de deterioro de las condiciones de salud y vida, como consecuencia del
paro y miseria masivos, que son resultado del monstruoso saqueo de la
oligarquía (especialmente financiera) sobre el pueblo trabajador. Es
cierto que el gobierno del PP representa ahora el papel de verdugo de
todos nuestros derechos sociales, pero es imprescindible tener en cuenta
que el proceso de desintegración de la sanidad pública comienza más
atrás: de la mano del PP, pero también del PSOE y de las derechas
nacionalistas, con la aprobación de la Ley 15/97, la bisagra legal que
permite la oleada de privatizaciones que sacude nuestros derechos
fundamentales. Por un lado, se pasa a manos privadas todo lo que sea
rentable y, por otro, se deteriora lo más posible la sanidad pública,
sobre todo tras la Reforma Constitucional promovida por el PSOE y
apoyada por el PP y las derechas nacionalistas, por la cual se establece
la “prioridad absoluta del pago de la deuda” por encima de cualquier
otra necesidad. Esto revela que la cuestión fundamental no es el partido
que gobierne, sino si el Estado sirve a la minoría que tiene el poder
económico o a la amplia mayoría popular y, sobre todo, si el sistema
socioeconómico está construido para beneficio de unos pocos o
planificado para cubrir todas las necesidades sociales.
El proyecto para una nueva ley del aborto, que pretende volver a una
fórmula de “supuestos”, sólo es otra faceta del mismo proceso de
destrucción de los derechos sociales conquistados por las luchas de
aquellos y aquellas que nos precedieron. Con este proyecto de ley se
pretende volver al pasado, un pasado más oscuro en el que el derecho de
las mujeres a decidir sobre sus cuerpos se “clinicaliza”, arrastrando su
dignidad y la dignidad profesional de las trabajadoras y trabajadores
de la salud mental que son obligados a adoptar un papel de “juez” que no
les corresponde. Como bien refleja el último número de la revista de la
Asociación Madrileña de Salud Mental, esta dignidad profesional queda
aún más vulnerada, dado que este personal sanitario avalará la
posibilidad de una práctica que sólo podrá ser realizada en la sanidad
privada.
El proyecto de ley de aborto y el intento por parte del Estado de
recuperar el concepto de “peligrosidad social”, aunque son temas de
vibrante actualidad, no son nada nuevo en el panorama de la lucha de
clases. El intento por parte del poder establecido de controlar
reivindicaciones sociales y políticas haciéndolas pasar por el aro de la
salud mental es un viejo truco que ya pudimos ver en los años de
posguerra de la mano del psiquiatra fascista Vallejo Nágera. Este
personaje, buen ejemplo de que el campo de la salud -al igual que
cualquier otra disciplina- está atravesado por cuestiones políticas y al
servicio del Estado, teorizaba sobre la posibilidad de que las
convicciones de izquierdas estuviesen causadas por una malformación
orgánica o disfunción constitucional, además de considerar que las
mujeres políticamente comprometidas o simplemente insumisas sufrían un
tipo de retraso mental.
Este mismo tipo de control a través de la salud mental, aunque más
sutil e incluso invisible para la gran mayoría de pacientes y
profesionales, podemos observarlo en la práctica clínica diaria.
Cualquier estadística de estos últimos tiempos o de otra de las crisis
cíclicas del capitalismo, muestra que a medida que empeoran las
condiciones de vida de la amplia mayoría trabajadora (cuatro millones de
parados sin ningún tipo de subsidio, desempleo juvenil por las nubes,
hipotecas imposibles de pagar que llevan al drama del desahucio),
aumenta el número de trastornos mentales registrados. Entre estos
trastornos, los casos de depresión y suicidio son los más llamativos: su
origen es claramente social, pero su “solución” es de tipo individual.
Los elementos que son la base del trastorno (los problemas sociales y
económicos) son considerados como inmutables y el tratamiento pasa, cada
vez más, por la administración de psicofármacos. ¿Qué ocurriría si la
“solución” para este tipo de problemas en lugar de centrarse en
tratamientos individuales y medicalizados, fuese una solución de tipo
colectivo que pasase por la lucha social?
Todo es FALSO.
Nada es estático o inmutable. Todo lo contrario: las
cosas de nuestro alrededor son dinámicas y están en continuo
desarrollo, algo especialmente importante en el caso de los problemas
sociales y que lleva a la conclusión de que es posible forjar
alternativas, construir una voluntad colectiva que cambie el curso de
los acontecimientos (aunque lo intenten impedir por todos sus medios).
Todo está interrelacionado. Las luchas están
actualmente aisladas o, en el mejor de los casos, débilmente conectadas.
Las Mareas (mareadas) Verde y Blanca no hacen mucho más aparte de
gastar sus recursos humanos sin mucha eficacia, y en el centro de este
problema está el hecho de que ambas luchas se siguen viendo como dos
elementos separados, en lugar de verse como partes que componen algo más
grande. La lucha contra la privatización de los servicios públicos y
contra los recortes en derechos sociales tampoco es diferente de la
lucha contra los desahucios, un problema terrible que está causando y
causará cada vez más muertes, siendo el Estado español (y el sistema
capitalista al que sirve) culpable de asesinato social. Todas las luchas
sectoriales o locales (contra la LOMCE, contra la privatización de la
Sanidad y la ley 15/97, contra Eurovegas…) son facetas de la misma gran
batalla: la que el pueblo trabajador libra contra el sistema que nos
explota y el Estado que nos oprime. La creación de una asamblea en un
centro de estudios o centro sanitario, aunque sea modesta en cuanto a
número, es más positiva que un millar de asistentes adicionales a la
próxima convocatoria-procesión de las Mareas. Si somos capaces de
conseguir que las diferentes formas de auto-organización de trabajadores
y trabajadoras, estudiantes, o personas afectadas (pacientes,
familiares), se coordinen de forma efectiva para la lucha, habremos
conseguido más de lo que ninguna Marea logrará nunca.
Más allá de las fronteras legales del Estado español, la lucha sigue
siendo una misma, dado que la crisis estructural del capitalismo (y por
tanto la ofensiva que lanza contra los y las trabajadoras) es de escala
mundial: a finales de Abril, la Policía entraba en las Facultades del
campus de Somosaguas de la Universidad Complutense para reprimir a
estudiantes que ejercían su legítimo derecho a huelga; paralelamente, en
Buenos Aires, los antidisturbios cargaban para disolver la protesta de
profesionales, pacientes y familiares en el hospital psiquiátrico Borda
con el saldo de diecisiete heridos.
Incluso el proyecto de la ley del aborto y la Reforma Laboral (y sus
predecesoras) obedecen al mismo objetivo: afianzar ante la crisis los
pilares de opresión de clase y opresión patriarcal que sustentan el
sistema capitalista.
Todo desarrollo nace del conflicto. La falsedad del “progreso” y del desarrollo lineal de la Historia (según el cual cuanto más reciente, mejor)
es evidente cuando abrimos los ojos y vemos la que se nos viene encima:
una norma que legaliza de nuevo la total tutela estatal sobre los
cuerpos de las mujeres y que nos traslada treinta años atrás, el
concepto de peligrosidad social de la dictadura franquista, condiciones
laborales cada vez más parecidas a las que había a principios del siglo
XX… El progreso no existe, todo es un tira y afloja: la lucha de clases.
Las luchas del pasado conquistaron nuestros derechos, y la lucha (o
ausencia de lucha) del presente decidirá nuestro destino.
El capitalismo es una patología socioeconómica que chorrea hacia
abajo y nos destruye, por lo tanto, la cura estará en una vuelta en
orden: en cambiar de sistema.
Todas las luchas son la misma lucha.
Y la lucha es el único camino.
Miguel Huertas.
Militante de Red Roja.
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