Laura, víctimas y lenguaje
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Publicado en Lunes, 01 Abril 2013 - Escrito por Jose Mari Esparza Zabalegi
Me
he quedado perplejo con las reacciones a las palabras de Laura Mintegi
en el Parlamento Vasco, que han motivado la intervención de la Fiscalía.
Los medios han evitado reproducir sus palabras exactas, lo cual ya es
sospechoso: “No se puede decir que estuve tan campante en el homenaje a
una víctima –dijo Laura- porque absolutamente todas las víctimas que han
muerto por causa política (porque no es un accidente de tráfico, no es
un infarto, no es un cáncer) es una tragedia. Y además son todas
evitables, absolutamente evitables porque tienen un origen político”....
Cuando
las leí me pareció que rayaban más en la perogrullada que en el delito,
pero visto cómo se han puesto las cosas uno tendrá que tragarse, otra
vez, sus opiniones, aguantando sin rechistar los dardos de los
tertulianos y columnistas “demócratas”, tan diestros en provocar a los
que estamos al borde de fulminantes querellas por enaltecimiento,
apología o ese etéreo “aumentar el dolor de las víctimas” que nadie sabe
qué médico diagnostica.
Yo
creía, (“equivocadamente” añado para que no me sacuda la Fiscalía) que
todas las muertes ocurridas a consecuencia de la sublevación militar de
1936, las que produjo el franquismo para sostener su régimen y todas las
que produjeron los que lo combatieron con las armas (Carrero Blanco,
por ejemplo) habían sido muertes por motivaciones políticas.
Pensaba,
insensato de mí, que todas las muertes del batallón Vasco-Español, del
GAL, de la policía en calles o comisarías, tenían motivación política,
lo mismo que las producidas por ETA y otras organizaciones. Así lo había
leído en cientos de publicaciones y hasta se han editado luengas
enciclopedias explicándolo. Lo deducía, tonto yo, de los miles de
comunicados de todo tipo publicados, acuerdos políticos y negociaciones
de sucesivos gobiernos. Decisiones políticas, creía yo, lograron la
desaparición de ETA-pm, posibilitaron treguas y firmaron acuerdos, los
más recientes en Lizarra-Garazi y Loiola.
Algo
que en mi ignorancia veía tan elemental, ahora prohíben decirlo y si
empapelan a parlamentarios por manifestarlo en la tribuna, qué no harán
con los plumillas de a pie. Democracia lo llaman.
Vale
pues, de acuerdo. Pero, ¿cómo calificarlos entonces? ¿Qué resquicio del
lenguaje nos dejan a los que escribimos, publicamos y editamos?. ¿Acaso
el robo y la rapiña fueron el móvil? No es el caso. Lo fueron en la
guerra de Irak, cuyas 100.000 muescas las llevan los del PP en sus
cananas. No fueron tampoco víctimas de conflicto religioso alguno, a
pesar de las ostias repartidas. Ni fueron accidentes de trabajo, por
supuesto, ni tampoco víctimas de género, ni de violencia sexual, ni
producidas por ninguna sicopatología, porque los encierran en cárceles,
no en manicomios. Decía esta semana Joseba Arregui desde El Correo,
que la culpa es de “un proyecto político totalitario” pero tampoco
sirve, porque entonces se reconoce la raíz política del conflicto.
¿Cuál
es entonces la causa motriz por la que en estos 50 años ha habido 1.400
muertes, miles de atentados, 50.000 detenidos, 10.000 presos, miles de
heridos y exiliados y más de 5.000 denuncias de torturas? Si no ha sido
por causa de un conflicto político, ¿por qué entonces?.
Pueden
decir, los que pueden hacerlo, que ha sido por culpa de una banda
criminal, terrorista, etc., etc. y cuando se les acabe la ristra de
adjetivos seguirá en pie la misma pregunta: ¿y cuál era el móvil si no
era la política? ¿Y por qué de pronto esa “banda” innombrable, de la
noche a la mañana, decide apoyar una nueva línea (¿política puedo decir
señor fiscal?) que da como resultado ser el segundo grupo (político, con
perdón) en la Comunidad Autónoma y Navarra?
La
pinza sobre Laura Mintegi, que han apretado tantas manos, desde el PP
al PNV y desde los columnistas progres a la Fiscalía, es sobre todo un
alarde de hipocresía: “La víctimas asesinadas por ETA sí son víctimas
políticas, sí poseen significado político” decía, literalmente, el
camaleón Joseba Arregui en el artículo citado. ¿En qué quedamos
entonces?
Pero
también este cierre de filas en torno al uso del lenguaje, copiado de
la extrema derecha española, muestra una decidida apuesta por quitarnos a
un sector importante de la sociedad el derecho a salirnos del panfleto
oficial sobre las víctimas, que ha actualizado el famoso “Caídos por
Dios y por España”, con el que durante 50 años nos prohibieron una
lectura veraz de lo ocurrido en 1936.
Prohibido
pues hablar de conflicto y presos políticos. Mucho menos de gudaris, de
lucha armada, crímenes de Estado, opresión nacional, lucha de clases,
violencia institucional, respuesta revolucionaria… ¿Hasta cuándo señores
demócratas? Porque la mentira siempre tiene caducidad y Quevedo nos
sigue incitando a trasgredir: “No he de callar, por más que con el dedo,
silencio avises o amenaces miedo”.
Jose Mari Esparza Zabalegi es editor y miembro de Euskal Memoria
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