Las primeras apariciones en público de Juan Carlos de Borbón tras la
cacería de Botsuana fueron un viaje a Brasil rodeado de las principales
fortunas españolas (aquel viaje en el que Botín iba en bermudas
corporativas) para buscarles negocios en América Latina y los funerales
por el príncipe heredero y ministro del Interior (es decir, de la
represión) de Arabia Saudí, país donde, según nos cuentan, el propio
Juan Carlos de Borbón había jugado un papel fundamental en la
consecución para constructores españoles...
de la obra del AVE que unirá La
Meca y Medina. Mientras, hemos conocido detalles de la corrupción en
torno a carísimos eventos financiados desde las instituciones y
organizados por los duques de Palma y las cuentas en Suiza sobre las que
la Casa Real sigue “recabando información” mientras presume de querer
ser incluida (de forma “limitada”) en la Ley de Transparencia.
El desplome de la Casa Real no afecta sólo a la imagen personal de
quienes la encarnan. Con todo lo revelador que es, lo menos trascendente
de lo que estamos conociendo es la crueldad de quien se divierte
matando elefentes, la vida de lujo que ello (o la herencia de su padre)
da a conocer frente a la propaganda cortesana que narraba una familia
real austera, o la doble moral de una monarquía católica que no parece
ajustarse con demasiado rigor a los preceptos de la familia tradicional
que pregona el casamentero de Felipe y Letizia, Rouco Varela.
La clave de lo que estamos conociendo es que lejos de tener un papel
simbólico, la Corona ha jugado el papel de bisagra en el entramado de
grandes negocios en beneficio de una cúpula económica engrasada por la
cooptación de las élites políticas. Que el caso Nóos vaya en paralelo al
caso Gürtel (en el que los eventos de financiación pública también eran
el instrumento que servía para el saqueo) y que tengamos la primera
noticia sólida de cuentas en Suiza de Zarzuela a la vez que vamos
conociendo cuentas en Suiza del PP a nombre de Bárcenas sirve para
ilustrar que más allá de no ser una familia “ejemplar” han sido un
instrumento del engranaje que desde antes de la Transición ha vinculado
nuestro crecimiento económico a la escopeta nacional, al chanchulleo
facilitado desde el poder político con la esperanza de que cayeran
migajas (o incluso migajones) del saqueo a una parte del pueblo que se
considerara afortunada de un crecimiento que se cocinaban los poderosos.
La burbuja económica, lógicamente, ha pinchado a la vez que la
política y arrastra necesariamente a la institución que ha servido de
vértice y ejemplo de toda una cultura político-económica. La crisis de
la monarquía es la crisis del régimen, es la crisis de la cultura de la
Transición que ya nadie niega. Cómo se interpreta y afronta la crisis de
régimen es lo que hoy permite distinguir las distintas propuestas de
salida a la crisis (o de perpetuación en la misma): una hacia un modelo
neoliberal postdemocrático, otra un inmovilismo que pretende salvar el
régimen del 78 y considera posible (y deseable) recuperar los años
dorados del crecimiento de los 90 y una propuesta de ruptura democrática
que construya un nuevo edificio político-económico.
De esas tres opciones empieza a ser un consenso que el inmovilismo
setentayochista es una quimera. Ayer mismo publicaba El País una
encuesta demoledora para la monarquía y el bipartidismo y un artículo de
Julián Casanova titulado “Monarquía o república” reconociendo el
desplome de las instituciones de la Transición y la ineficacia acaso
definitiva de la monarquía como garante de tales instituciones. El
régimen de la Transición se desploma y la partida que se juega es entre
las otras dos posiciones: el shock neoliberal postdemocrático y la
ruptura democrática hacia un proceso constituyente. Supervivencia de los
saqueadores o supervivencia de un pueblo que se niega a seguir siendo
saqueado.
Este 14 de abril es el primero en el que tal crisis de régimen es el
ámbito de enfrentamiento político del que penden los demás debates.
Coincide justo con el primer aniversario de la caída del rey en Botsuana
que hizo inevitable la apertura del cuestionamiento público del pilar
del edificio institucional que había vivido rodeado de silencios y
complicidades.
Hace ya años que el 14 de abril no es una fecha nostálgica que
recuerde la II República sino, sobre todo, una expresión de la
reivindicación de la III República. Pero nunca como este año la
propuesta republicana ha pasado de ser más o menos utópica o idealista a
ser una opción inmediata de salida a la demolición del edificio. En
todo caso el 14 de abril remite a un republicanismo que no es meramente
cosmético sino que en el imaginario popular remite a profundos avances
en democracia y derechos humanos, a conquistas educativas, a separación
Iglesia-Estado, a justicia social… La repulsa a la monarquía que pueda
darse en reductos ultraderechistas huye mucho más del 14 de abril que de
la Corona.
Si conseguimos la ruptura democrática vendrá por la fortaleza en
muchos frentes: el político-institucional, el cultural, el mediático,
incluso el judicial… pero necesariamente tendrá que tener el soporte de
una grandísima movilización popular. Ésta empezó a tener cimientos
sólidos el 15 de mayo de 2011, pero este 14 de abril tiene que dar un
salto hacia la construcción de un nuevo país con cimientos democráticos.
Ese rumbo ya empezó a construirse con las manifestaciones del 25 de
septiembre por un proceso constituyente, pero no cabe duda de que este
14 de abril tiene que ser un hito de la movilización contra el saqueo y
por la construcción de una democracia real, sin privilegiados ni
corruptos al mando. Si el 14 de abril llenamos las calles no sólo
estaremos haciendo un jaque al rey: estaremos haciendo un jaque al
régimen del saqueo.
Tomado de inuSurgente
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