“Nunca fuimos víctimas, somos sobrevivientes llenas de esperanza”
Boltxe kolektiboa | Category: Emakumea
El Estado mexicano, que señaló de mentirosas a las mujeres
sobrevivientes de la tortura sexual durante la represión en Atenco y
Texcoco en 2006, ahora busca dar disculpas y lograr una “solución
amistosa” por las acciones, que son parte de su fracasada estrategia por
frenar la organización de abajo y a la izquierda. Las sobrevivientes lo
rechazan y reiteran que seguirán su demanda de justicia, que va más
allá incluso de las acciones jurídicas.
Boltxe kolektiboa | Category: Emakumea
En un par de meses se cumplirán siete años de los brutales operativos
policiales ocurridos en Texcoco y San Salvador Atenco. Su saldo es bien
conocido: cateos ilegales; cientos de detenciones arbitrarias; el
asesinato de Javier Cortés Santiago y Alexis Benhumea a manos de la
policía; la tortura física y psicológica de todas las personas
arrestadas; y la expulsión ilegal de cinco personas extranjeras. El
caso de las mujeres fue especial, ya que además de padecer la violencia
generalizada, fuimos sometidas a la tortura sexual, de la que se
documentaron por lo menos 26 casos....
La violencia institucional no sólo se tradujo en cárcel, asesinato y
tortura; luego enfrentamos la represión judicial, procesos
interminables; sentencias inauditas -hasta por 112 años de prisión-.
Tras conseguir la libertad de todos y todas después de años de
movilización y resistencia, no podemos dejar de percibir que la
impunidad ha sido el común denominador en este asunto.
En las primeras horas de la detención, en el enorme comedor de
visitas del penal de Santiguito, nos encontrábamos las mujeres en
silencio, esperando pasar a rendir declaración. Una chica comenzó a
relatar la tortura, y reconocí en la mirada de aquellas mujeres mi
propio dolor y el agobio del silencio. La rabia nos empezó a hinchar el
corazón, la fuerza comenzó a retornar a nuestros cuerpos, comprendimos
entonces que estábamos vivas y, desde ese momento, juntas.
Hemos vivido la criminalización y estigmatización. Los diferentes
funcionarios del gobierno federal y estatal nos llamaron mentirosas,
inventando que seguíamos un manual utilizado por grupos radicales para
inculpar falsamente a los agentes policíacos de violación.
La impunidad anunciada.
Acudir a las autoridades para denunciar la represión parecía una
locura. Ellos usaban a los medios de comunicación comerciales para
anunciar que no existían denuncias formales, cuando según su preciado
Estado de derecho debía seguirse una investigación por oficio ante las
evidencias físicas de tortura. Nosotras decidimos no legitimar sus
mentiras con nuestro silencio: Denunciamos.
Comenzó el largo peregrinar acudiendo a la Fiscalía Especial para la
Atención de Delitos Relacionados con Actos de Violencia en Contra de las
Mujeres (FEVIM) -ahora FEVIMTRA (Fiscalía Especial para los Delitos de
Violencia contra las Mujeres y Trata de personas). Pasaron dos años en
donde rendimos declaración; ampliamos declaración; nos sometieron a
peritajes; más citaciones y demagogia; padecimos a las diferentes
fiscales que pretendían hacerse de capital político con nuestra demanda
de justicia. Elena Pérez Duarte, entonces fiscal, nos hablaba como madre
adolorida por sus hijas caídas en desgracia; después vino Guadalupe
Morfín, que con su prepotencia dijo que no había avances y que no nos
hiciéramos falsas ilusiones respecto a consignar el caso.
La Procuraduría General de Justicia del Estado de México (PGJEM)
llevaba una investigación llena de irregularidades. Donde 29 policías
habían sido señalados directamente por una compañera denunciante, las
autoridades procesaron a 9 de ellos por los delitos de abuso de
autoridad y actos libidinosos, pero nunca por tortura. En resumen, todos
los policías fueron absueltos y el costo emocional para nuestra
compañera fue devastador.
En este contexto acudimos en abril de 2008 a la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) con la petición de que
investigara lo ocurrido el tres y cuatro de mayo de 2006. Supimos
entonces que nos encontrábamos en medio de un proceso que por lo menos
se llevaría siete años más.
La simulación ha sido la estrategia del Estado mexicano. En febrero
de 2009, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), en su
dictamen respecto a la investigación del caso, reconoce “la flagrante violación a las garantías individuales y abuso de autoridad”.
Sin embargo, a Enrique Peña Nieto, Eduardo Medina Mora, Genaro García
Luna, Wilfrido Robledo y cualquier autoridad que haya participado en la
planeación y ejecución de los operativos se le deslindó de toda
responsabilidad del ejercicio de la fuerza pública, argumentando que los
policías actuaron por cuenta propia, diluyendo así la responsabilidad
de la cadena de mando y de los funcionarios partícipes.
En septiembre del mismo año, la FEVIMTRA, declinó la competencia a la
PGJEM, no sin que antes Guadalupe Morfín sacara su tajada política al
declarar ante los medios de comunicación la consignación federal del
caso en el contexto de su salida de la fiscalía para candidatearse para
ser titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. ¡Qué más da una
mentira en la carrera de altos vuelos de la exfiscal!.
Pasaron los años y el Estado mexicano hizo todo lo necesario para
perpetuar la impunidad. Fue hasta julio del año pasado, que durante la
exanimación a la que fueron sometidas las autoridades mexicanas por
parte del Comité CEDAW de la ONU (Comité para la eliminación de todas
las formas de discriminación contra la mujer), realizada en Nueva York,
con bombos y platillos se anunció que la Procuraduría había consignado y
arrestado a dos policías por actos de tortura en agravio de nosotras.
Extraordinaria coincidencia que giraran órdenes de aprehensión el mismo
día en que se le cuestionaría al Estado acerca de las investigaciones.
El panorama le cambió a partir del 14 de marzo el Estado mexicano.
Durante la audiencia de fondo ante la Comisión Interamericana, en un
acto desesperado por mantener intacta su imagen de garante de los
derechos humanos ante organismos internacionales, se dirigió a nosotras
diciendo ofrecer “disculpas” y exigiendo su derecho de convenir una
salida “amistosa”, un derecho que visto desde el poder, está por encima
de nuestro derecho de justicia. Dejamos de ser las mentirosas, nos
ofrecieron becas y apoyos. De sus bocas salio la palabra “solidaridad”,
como si ésta pudiera venir de los de arriba.
No fue difícil tomar una decisión al respecto. ¡No creemos en las
promesas de las autoridades mexicanas! Hemos entendido durante estos
años que lo que nos ha fortalecido y nos permite seguir explorando los
caminos hacia la justicia, la construcción de la memoria y la reparación
no está exclusivamente en los espacios jurídicos.
Hemos encontrado eco y solidaridad en nuestras organizaciones y
colectivos, incluso en la sociedad en general. Nuestra apuesta sigue
siendo la organización y el fortalecimiento de los procesos colectivos.
Sabemos que la tortura sexual es una herramienta poderosísima usada para
rompernos y desmovilizarnos.
Logramos hablar del tema de forma franca y abierta, sin tabús,
desmontamos la victimización y el estigma, logramos colocar el término
tortura sexual en un sitio visible, la forma en que se instrumenta y el
daño que causa. Avanzamos en estrategias de afrontamiento individuales y
colectivas. Nunca fuimos víctimas, somos sobrevivientes, llenas de
esperanza por cambiar el actual estado de las cosas. Nuestra lucha no es
por becas, programas y terapias psicológicas.
Los hechos en Texcoco y Atenco no fueron la decisión de un par de policías nerviosos a los que se les pasó la mano;
fue un acto concertado por los tres niveles de gobierno. Los tres
partidos políticos más relevantes (Partido Acción Nacional, Partido
Revolucionario Institucional y Partido de la Revolución Democrática) se
hermanaron para reprimir y detener a la organización nacional en torno a
la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del EZLN y La Otra Campaña.
Sus crímenes han sido en vano.
Seguiremos caminando abajo y a la izquierda.
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