Los caminos del cimarrón + libro: Biografia de un cimarrón pdf
Antes de hablar de cómo surgió Biografía de un cimarrón
tengo necesariamente que hacer un poquito de historia. La historia de
cómo llegué yo a aquello que se llamó «El barracón». «El barracón» no
era más que un equipo dirigido por Juan Pérez de la Riva, el historiador
y demógrafo, en la Biblioteca Nacional de Cuba...(...)
...Como yo había trabajado en el libro El barracón de Pérez de la Riva, tenía una inclinación hacia el tema muy fuerte y, por otra parte, una inquietud muy grande, porque había entrevistado para El barracón y para otras investigaciones a algunos viejos que habían sido mambises, aunque ningún esclavo.
Y entonces este hombre, cuya foto aparecía en el periódico con unos ojos grandes, muy expresivos, decía llamarse Esteban Montejo y había sido no solamente esclavo, sino también cimarrón. Me llamó la atención que un hombre en 1963 confesara que había sido cimarrón cuando yo tenía entendido que no había ningún cimarrón sobreviviente...
(...)
Cogí la guagua un buen día y me fui para el Hogar del Veterano. No hice más que entrar a aquel edificio y me encontré, sentado en un taburete y reclinado a un árbol, a Esteban Montejo vestido con una chamarreta color caqui y con su sombrero puesto, sombrero que casi nunca se quitaba.
(...)
No fui a ver una pieza de museo, no fui a ver a un anciano centenario; fui a buscar eso que no estaba en los libros de Historia con relación al tema negro en Cuba y la esclavitud. Esa magia, esa resonancia que no estaba en los libros de Historia, que no estaba en los documentos, que no se proyectaba en las academias, en las universidades...
(...)
Creo que comencé las entrevistas a principios del año 64 y la idea inicial, luego de algunos encuentros con él, fue la de hacer un trabajo que complementara aquel libro sobre los barracones de Juan Pérez de la Riva. Es decir, que hablara de la vida interna del barracón, de qué ocurría, de cuáles eran las relaciones interétnicas, de cuáles eran las relaciones sexuales, de cuáles eran las comidas, de cómo era verdaderamente la vestimenta, cómo se relacionaban los esclavos con la enfermería, cómo vivían los mayorales, los contramayorales, qué era un negro semental y qué significaba dentro de las relaciones sociales internas del barracón.
Todo
eso me interesaba para hacer un apéndice que complementaría el libro de
Juan Pérez de la Riva. Pero empecé a entrevistar a Esteban y ahí fue
donde mi vena de poeta se sintió tocada y me di cuenta, ya en las
primeras entrevistas, que Esteban Montejo daba para mucho más, que
Esteban Montejo era una vida importante, anónima, de la historia de Cuba
y que había que rescatarla.
Mi
único mérito fue adelantarme, o si no, al menos ver lo que otros no
vieron nunca, lo que no habían visto, lo que no habían descubierto en
otros hombres llamados «sin historia», gentes increíbles, anónimas, que
eran el sedimento de la historia y la cultura cubanas.
(...)
Me afirmó en la idea de hacer un libro de manera que este material no estuviera dedicado sólo a complementar el libro El barracón. La idea era hacer mi propio libro, un relato etnográfico. Y así fue como se llamó: Biografía de un cimarrón: un relato etnográfico. Después lo califiqué de novela-testimonio para ser honesto conmigo mismo, con la metodología que había empleado y con la proyección del contenido. Puedo decir que Ricardo Pozas me alentó mucho a hacer la obra, y a pesar de lo que han dicho algunos críticos que se refieren a Truman Capote cuando hablan de mi obra o a Oscar Lewis, realmente el modelo que seguí —aunque lo modifiqué, lo amplié en sus perspectivas, en sus propósitos— fue el Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas.
(...)
Luego llegó a Cuba la antropóloga Calixta Guiteras, que había trabajado durante muchos años en México y ella fue también un acicate para la elaboración de esta obra.
(...)
Mucho antes de que el libro se publicara, en febrero de 1966 llevé a Esteban Montejo a la Academia de Ciencias. Fue muy bien acogido, toda la gente del equipo de Argeliers León lo recibió con muchos halagos y Esteban celebró allí algunos cumpleaños...
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Me afirmó en la idea de hacer un libro de manera que este material no estuviera dedicado sólo a complementar el libro El barracón. La idea era hacer mi propio libro, un relato etnográfico. Y así fue como se llamó: Biografía de un cimarrón: un relato etnográfico. Después lo califiqué de novela-testimonio para ser honesto conmigo mismo, con la metodología que había empleado y con la proyección del contenido. Puedo decir que Ricardo Pozas me alentó mucho a hacer la obra, y a pesar de lo que han dicho algunos críticos que se refieren a Truman Capote cuando hablan de mi obra o a Oscar Lewis, realmente el modelo que seguí —aunque lo modifiqué, lo amplié en sus perspectivas, en sus propósitos— fue el Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas.
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Luego llegó a Cuba la antropóloga Calixta Guiteras, que había trabajado durante muchos años en México y ella fue también un acicate para la elaboración de esta obra.
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Mucho antes de que el libro se publicara, en febrero de 1966 llevé a Esteban Montejo a la Academia de Ciencias. Fue muy bien acogido, toda la gente del equipo de Argeliers León lo recibió con muchos halagos y Esteban celebró allí algunos cumpleaños...
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Recuerdo algunas cosas muy curiosas, recuerdo cuando Peter Weiss, el dramaturgo alemán, llegó a Cuba y me pidió conocer a Esteban Montejo. Recuerdo que Weiss le hizo una pregunta muy alemana, una pregunta muy ontológica. Le dice: «Esteban, en sus ciento y pico de años, ¿cuándo cree usted que fue más feliz?» «Cuando yo era cimarrón» —respondió— . Y Weiss le dice: «Pero, ¿cómo cuando usted era cimarrón, si usted estaba perseguido, si usted había días en que no tenía que comer, estaba totalmente solo...?» Y Esteban le dijo: «Sí, es verdad, pero yo era joven.» Peter Weiss salió a la calle en un estado de éxtasis y nunca creyó, aun cuando yo le insistía e insistía, que aquella frase de Esteban: «Por cimarrón no conocí a mis padres, pero eso no es triste porque es la verdad», fuera una frase de Esteban y no mía.
(...)
Pero yo sé que el alma de Esteban está en ese libro. No hay más que ver las hojas manuscritas en papel gaceta, que me pidió la Biblioteca Nacional y que están allí a buen recaudo. No hay más que ver que esas hojas, esas trescientas hojas, apenas tienen tachaduras. Son unos borradores limpios porque la grabación salió así, fluida.
Antes de ponerme a escribir, me había compenetrado tanto con Esteban y con su lenguaje, que el libro salía solo.
(...)
Con esto quiero decir que el libro trasciende al libro, o trasciende al hecho de ser un objeto, con una escritura que se lee por entretenimiento, o por búsqueda de conocimientos, o por cualquier otra razón. El libro se convierte en un talismán de comunicación entre los seres humanos y ahí es donde adquiere su sentido de utilidad y se completa su mensaje.
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Con esto quiero decir que el libro trasciende al libro, o trasciende al hecho de ser un objeto, con una escritura que se lee por entretenimiento, o por búsqueda de conocimientos, o por cualquier otra razón. El libro se convierte en un talismán de comunicación entre los seres humanos y ahí es donde adquiere su sentido de utilidad y se completa su mensaje.
Esta es una de las cosas que yo he heredado de Biografía de un cimarrón y de otros libros míos también, por qué no decirlo, de Canción de Rachel, de La vida real, de Gallego, pero especialmente, de Cimarrón.
Primeros recuerdos
Hay
cosas que yo no me explico en la vida. Todo eso que tiene que ver con la
Naturaleza para mí está muy oscuro, y lo de los dioses más. Ellos son
los llamados a originar todos esos fenómenos que uno ve, que yo vide y
que es positivo que han existido. Los dioses son caprichosos e
inconformes. Por eso aquí han pasado tantas cosas raras. Yo me acuerdo
de antes, en la esclavitud, yo me pasaba la vida mirando para arriba,
porque el cielo siempre me ha gustado mucho por lo pintado que es. Una
vez el cielo se puso como una brasa de candela y había una seca furiosa.
Otro día se formó un eclipse de sol. Empezó a las cuatro de la tarde y
fue en toda la Isla. La luna parecía que estaba peleando con el sol. Yo
me fui dando cuenta que todo marchaba al revés. Fue oscureciendo y
oscureciendo y después fue aclarando y aclarando. Las gallinas se
encaramaron en los palos. La gente no hablaba del susto. Hubo quien se
murió del corazón y quien se quedó mudo.
Eso
mismo yo lo vide otras veces, pero en otros sitios. Y por nada del mundo
preguntaba por qué ocurría. Total, yo sé que todo eso depende de la
naturaleza. La naturaleza es todo. Hasta lo que no se ve. Y los hombres
no podemos hacer esas cosas porque estamos sujetos a un Dios: a
Jesucristo, que es del que más se habla. Jesucristo no nació en África,
ése vino de la misma Naturaleza porque la Virgen María era señorita.
Los
dioses más fuertes son los de África. Yo digo que es positivo que
volaban. Y hacían lo que les daba la gana con las hechicerías. No sé
como permitieron la esclavitud. La verdad es que yo me pongo a pensar y
no doy pie con bola. Para mí que todo empezó cuando los pañuelos punzó.
El día que cruzaron la muralla. La muralla era vieja en África, en toda
la orilla. Era una muralla hecha con yaguas y bichos brujos que picaban
como diablo. Espantaron por muchos años a los blancos que intentaban
meterse en África. Pero el punzó los hundió a todos. Y los reyes y todos
los demás se entregaron facilito. Cuando los reyes veían que los
blancos, yo creo que los portugueses eran los primeros, sacaban los
pañuelos punzó como saludando, les decían a los negros: «Anda, ve a
buscar pañuelo punzó, anda.» Y los negros embullados con el punzó
corrían como ovejitas para los barcos y ahí mismo los cogían.
Al
negro siempre le ha gustado mucho el punzó. Por culpa de ese color les
pusieron las cadenas y los mandaron para Cuba. Y después no pudieron
volver a su tierra. Esa es la razón de la esclavitud en Cuba. Cuando los
ingleses descubrieron ese asunto no dejaron traer más negros y entonces
se acabó la esclavitud y empezó la otra parte: la libre. Fue por los
años ochenta y pico.
A mí
nada de eso se me borra. Lo tengo todo vivido. Hasta me acuerdo que mis
padrinos me dijeron la fecha en que yo nací. Fue el 26 de diciembre de
1860, el día de San Esteban, el que está en los calendarios. Por eso yo
me llamo Esteban. Mi primer apellido es Montejo, por mi madre, que era
una esclava de origen francés. El segundo es Mera. Pero ése casi nadie
lo sabe. Total, para qué lo voy a decir si es postizo. El verdadero es
Mesa, lo que sucedió fue que en el Archivo me lo cambiaron y lo dejé
así, como yo quería tener dos apellidos como los demás, para que no me
dijeran «hijo de la manigua», me colgué ése y ¡cataplum! El apellido
Mesa era el de un tal Pancho Mesa que había en Rodrigo. Según razón, el
señor ése me crió a mí después de nacido. Era el amo de mi madre. Claro
que yo no vide a ese hombre nunca, pero sé que es positivo ese cuento
porque me lo hicieron mis padrinos. Y a mí nada de lo que ellos me
contaban se me ha olvidado.
Mi
padrino se llamaba Gin Congo y mi madrina, Susana. Los vine a conocer
por los años noventa, cuando la guerra todavía no había cuajado. Me dio
la contraseña un negro viejo que había en el mismo ingenio de ellos y
que me conocía a mí. El mismo me llevó a verlos. Me fui acostumbrando a
visitarlos en la Chinchila, el barrio donde ellos vivían, cerca de Sagua
la Grande. Como yo no conocía a mis padres lo primero que hice fue
preguntar acerca de ellos. Mi padre se llamaba Nazario y era lucumí de
Oyó. Mi madre, Emilia Montejo. También me dijeron que ellos habían
muerto en Sagua. La verdad es que yo hubiera querido conocerlos, pero
por salvarme el pellejo no los pude ver. Si llego a salir del monte ahí
mismo me hubieran agarrado.
Por cimarrón no conocí a mis padres. Ni los vide siquiera. Pero eso no es triste porque es la verdad.
Libro completo de Miguel Barnet, Biografía de un Cimarrón
El libro lo pueden descargar AQUÍ, en Estudios Afroamericanos
Cimarrón revisitado (II parte)
En ocasión del 45 aniversario de la publicación de Biografía de un cimarrón,
genuina obra clásica de las letras cubanas, el profesor e investigador
Rubén Zardoya Loureda, colaborador de NosOtros, ha tenido la gentileza
de cedernos el artículo cuya segunda parte presentamos a continuación.
Sirva como modesto homenaje de Cubadebate, a Esteban Montejo y a Miguel Barnet.
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