La fuerza material de lo simbólico
Existe la opinión generalizada entre los historiadores de que el
emperador Moctezuma fue repudiado y apedreado por su pueblo cuando
claudicó ante la invasión española. Eso fue en verano de 1520. Pese a
sus inestimables servicios, fue asesinado por el ocupante. En 1814 el
mestizo W. McIntosh dirigió un grupo de indios que luchaban a las
órdenes yanquis contra sus hermanos indios, derrotándolos y obligándoles
a ceder enormes territorios de la actual Alabama, algunos pocos de los
cuales fueron entregados a manos de los jefes colaboracionistas, siendo
despojados de ellos al cabo de un cierto tiempo por los ocupantes en
aplicación de la máxima de que Roma no paga traidores; pero en 1825 el
jefe indio Manawa ejecutó a W. McIntosh por haber firmado un pacto
secreto con los yanquis. Cuando en 1795 el pueblo haitiano,
mayoritariamente de origen africano, conquistó su independencia
aboliendo la esclavitud, recuperó oficialmente el nombre aborigen de la
Isla, Haití, a pesar de
que sus originarios habitantes habían sido
exterminados. Para 1957 el ejército venezolano tenía en su interior
grupos organizados que simpatizaban con las guerrillas; en 1964 se
publicó clandestinamente el decisivo documento De militares para
militares en el que se explicaba por qué Venezuela debía emanciparse
nacionalmente de la tutela yanqui con una política socialmente
progresista; a pesar de las represiones, el movimiento ayudó a acelerar
la revolución bolivariana.
¿Qué tienen que ver estos ejemplos con el título del artículo? Pues
todo si por simbología entendemos la totalidad de referentes
lingüístico-culturales, identitarios, sociales, religiosos, etc., que
tiene un pueblo, o si se quiere, lo que se denomina «imaginario
colectivo», «cultura popular», u otras formas de hablar del «papel del
factor subjetivo en la historia». Es obvio que la ideología y la cultura
de la clase dominante dominan en el mundo simbólico, pero su poder no
es tan omnipotente como para destruir toda raíz de lucha, rebeldía y
justicia en el seno de la cultura popular. La razón hay que buscarla en
algo tan elemental y decisivo como es el hecho de que la cultura, en su
sentido antropogénico, no es otra cosa que la producción y distribución
horizontal y democrática de los valores de uso. Por esto, cuando la
cultura popular se desarrolla crítica y creativamente es porque surge de
la propiedad colectiva, comunal, o porque lucha consciente y
estratégicamente por recuperarla acabando con la propiedad privada. Por
esto mismo, tiene tan decisiva fuerza simbólica lo relacionado con los
bienes comunes, con el excedente social producido y acumulado
colectivamente y materializado en la independencia del pueblo que lo
produce, lo cual nos plantea dos problemas unidos: la lucha de clases
interna por la posesión del excedente y de las fuerzas productivas, y su
defensa frente a enemigos internos y externos. Del interior de ambas
surge lo que se denomina memoria militar de un pueblo, una de cuyas
primeras expresiones es el célebre discurso que Tucídides atribuye a
Pericles.
Las masas aztecas, indias, haitianas y venezolanas sabían que sus
clases dominantes colaboraban con los invasores, y unieron su futuro
personal y colectivo con el futuro de su pueblo, con su independencia.
Lo hicieron, entre otras cosas, transformando en fuerza material la
fuerza simbólica de sus imaginarios colectivos, de sus tradiciones
populares. Sin embargo, estos ejemplos no fueron ni los primeros ni
serán los últimos. Hace más de 2.500 años el imperio persa sabía cómo
anular la fuerza material inserta en la simbología de los pueblos que
sojuzgaba: obligaba a que sus jóvenes no aprendieran el uso de las
armas, de este modo en una o dos generaciones rebajaba al nivel de
rebaños asustadizos a naciones rebeldes y orgullosas. Pero la realidad
es más compleja ya que a ninguna clase dominante le conviene tener un
pueblo digno, capaz de defenderse, y por eso lo pacifica mental y
físicamente para que se deje explotar. Algo así le sucedió al imperio
bizantino cuando los otomanos cercaron Constantinopla en 1453: solamente
algo menos del 5% de su población estuvo dispuesta a defender la
ciudad, aun sabiendo qué horrible futuro le esperaba bajo la ocupación
otomana.
Pero hay que salir en defensa del islamismo otomano porque fue mucho
menos cruel y salvaje en el saqueo y esclavización de Constantinopla que
la extrema brutalidad practicada por los europeos occidentales de la
cuarta cruzada en 1203, bajo la bendición de Roma. Decimos esto porque
la defensa a ultranza contra el cristianismo en su versión latina fue
una de las causas que explican la tenaz resistencia de los pueblos de
Asia a las sucesivas agresiones occidentales, además del fuerte arraigo
de la propiedad comunal y de los llamados por Marx «sistemas nacionales
de producción precapitalista», y de los propios intereses materiales de
las clases dominantes. Aun considerando este último hecho, la fuerza de
lo simbólico es innegable, como lo vivió un admirado Lenin ante la
heroicidad china en 1900. Recordemos la resistencia sudaní a finales del
siglo XIX contra el ejército anglo-egipcio, formado una vez de que la
clase rica egipcia claudicase para mantener parte de sus propiedades. La
reconocida memoria militar del pueblo argelino fue uno de los secretos
de su nunca extinta lucha nacional antifrancesa, que fascinó a Engels.
Cuando esta memoria, que en sí asume y sintetiza lo esencial de los
valores comunes y comunitarios se debilita o desaparece, entonces
asistimos a espectáculos bochornosos como ver desbandarse y huir a las
grandes manifestaciones de masas de la clase trabajadora alemana, nada
más iniciarse el ataque de pequeños grupos nazis que copiaban los
métodos de las escuadras negras fascistas en los años veinte italianos.
La memoria militar es una fuerza simbólica que se nutre de las
mejores virtudes y valores de los pueblos explotados, de su experiencia
generacional transmitida a pesar de las censuras, mentiras y falsedades
creadas por la clase dominante y/o por el Estado que ha invadido y ocupa
ese pueblo. Maquiavelo ofreció una brillante definición de la memoria
militar al decir que los suizos eran libres porque tenían armas.
¿Alguien en su sano juicio piensa que Cuba seguiría siendo independiente
de no tener una efectiva defensa y una muy arraigada memoria militar? Y
es que el pacifismo a ultranza, además de éticamente inmoral, es la
autoderrota definitiva. Por estas y más razones, cuando vemos que
algunas izquierdas desvarían y se desploman no sólo en el pacifismo sino
en la amnesia histórica, lo que viene a ser lo mismo, olvidando las
lecciones del pasado y cerrando los ojos a la esencial inhumanidad
terrorista del capitalismo, entonces comprendemos que la luz teórica, el
esclarecimiento político y la activación ética, son más necesarios que
nunca antes, también en Euskal Herria.
Euskal Herria, 26 de febrero de 2013
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