La utopía bien entendida
inSurgente
Desde hace medio siglo, Fernando Martínez Heredia (1939), Premio
Nacional de Ciencias Sociales en Cuba, desanda por las más disímiles
problemáticas sociohistóricas de Cuba y América latina.
Autor de una decena de libros y de más de 200 ensayos y artículos
publicados, es considerado una voz emblemática del pensamiento
latinoamericano. Pero no sólo lo definen sus aportes investigativos sino
que, además, es admirado por su actitud militante y su coherencia
intelectual.
Martínez Heredia, marxista y guevarista, defensor de la Revolución
cubana y, a su vez, uno de sus más lúcidos críticos, compartió con
Miradas al Sur algunas reflexiones sobre su vida, sus luchas y el
presente de Cuba.
–¿Cómo se convirtió en marxista o, mejor, cuándo se dio cuenta de que debía serlo?
–Fue un verano sofocante, tres meses después del ataque a Playa
Girón, cuando me di cuenta que no me iba a bastar con ser un
revolucionario cubano socialista, porque los hechos, las pasiones, los
desgarramientos y las disyuntivas tremendas exigían elaborar buenas
preguntas y poseer instrumentos de pensamiento. Fue ahí que descubrí que
era indispensable pensar y crear. Pronto me entusiasmó, pero enseguida
me mostró sus complicaciones: había más de una perspectiva marxista. La
necesidad de ser guevarista vino varios años después, cuando mi país se
había visto obligado a recortar su proyecto, el más ambicioso proyecto
de liberación que conocí, y arriar provisionalmente la bandera de la
herejía. En 1967, Fidel y el Che, siempre tan juntos, dijeron cosas para
mí muy importantes, con dos días de diferencia. El día 8, el Che,
martirizado por el asma y con la guerrilla en una situación muy difícil,
le dijo a sus compañeros: “Este tipo de lucha nos da la posibilidad de
convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie
humana”. El 10, Fidel dijo en la Conferencia de OLAS que era inevitable
que dentro de la revolución existieran ideas más revolucionarias e ideas
menos revolucionarias. En los ’70, ser guevarista era una manera eficaz
de asumir aquella actitud y aquellas ideas que ellos habían planteado, y
era una nueva forma que podía tener el Che de ayudar a Fidel. Porque,
además del ejemplo, de ahora en adelante el aporte mayor del Che era su
pensamiento, un arma formidable que sigue siéndolo ante los problemas de
hoy del futuro. En el páramo de los primeros ’90, regresó la imagen del
Che, porque había una necesidad desesperada de no entregarse a los
cerdos y de que se pudiera al menos hablar con respeto de ideales. Hoy,
la situación en América latina ha cambiado bastante en sentido
favorable, y tanto estudiosos como activistas, movimientos y líderes
sociales y políticos se interesan en las ideas del Che, y hasta lo
estudian. Pero todavía falta mucho por avanzar en la recuperación de su
concepción marxista revolucionaria, que, sin embargo, es más necesaria
que nunca como aporte fundamental del Che, ante los desafíos actuales y
del futuro cercano.
–En los tempranos años de la Revolución, usted, desde su
militancia y accionar intelectual, luchó enérgicamente contra el
dogmatismo desde múltiples espacios, como la revista Pensamiento
Crítico. Hace unos años, el presidente Raúl Castro expresó que “hay que
romper dogmas con el propósito de sentar las bases de la
irreversibilidad y el desarrollo del socialismo cubano”. ¿Cuánto laceran
los dogmas al socialismo, en particular al proceso cubano?
–El socialismo siempre es una apuesta a favor de lo que el sentido
común y el orden vigente consideran imposible, mientras que los dogmas
consideran intangible al orden y a todo lo que existe. Aunque en sí
mismo es sinónimo de conservadurismo, el dogma es en el socialismo una
avanzada de contrarrevolución. A su sombra se desarrolla el poder de
grupos que expropian al pueblo su poder y al sistema sus mejores
características, y es un denominador común de clérigos, oportunistas y
aprovechados. Lo peor es que lo esencial para la época que llamo de
transición socialista es el predominio de cambios culturales creadores
en todos los sentidos, sucesivos y simultáneos, mientras que el dogma
hace creer que se puede conquistar una vida, una manera de pensar y
sentir y una sociedad nuevas mediante la utilización de la cultura
existente. Pero como el signo dominante de ésta es el capitalismo –una
cultura que ha sido capaz de universalizarse y de unir eficacia y
atractivos–, esa cultura va anegando, invadiendo sordamente, hasta que
se apodera de las instituciones y de la sociedad, y se retorna al
capitalismo.
Ningún régimen de transición socialista está a salvo de ese
peligro mortal, Cuba tampoco. Pero nuestro país tiene muchos elementos a
su favor para enfrentarlo y vencerlo, que ha acumulado durante más de
medio siglo. Raúl ha combatido desde muy joven por la causa del
socialismo cubano y ha sido uno de los protagonistas de esta
experiencia. Por eso es que tiene la lucidez y la determinación que le
permite hablar, a esta altura, de “sentar las bases de la
irreversibilidad y el desarrollo del socialismo cubano”.
–Lo anterior lleva irremediablemente a preguntarle sobre la
actualidad cubana. En especial por las nuevas transformaciones del
modelo económico que se están implementando en el país y que reciben
ataques y al mismo tiempo alabanzas desde todos los flancos. Por
mencionar dos extremos, desde la derecha dicen que es sólo un barniz a
una revolución estancada en los años ’60, mientras que comunistas a
ultranza señalan que se coquetea con el capitalismo. O sea,
parafraseando el título de uno de sus libros… ¿cambiaron los desafíos
del socialismo cubano?
–En cuanto a la actualidad cubana, opino que continúa vigente la
unidad política revolucionaria, que es algo fundamental. Y, dentro de
ella, continúan las tensiones y contradicciones entre las perspectivas
diferentes dentro del socialismo que han caracterizado a nuestro
proceso. Para conocer y comprender a la Revolución Cubana suele ser
necesario traducir o echar a un lado una masa de desinformaciones,
tergiversaciones, proyecciones que retratan más al que opina o informa
que a Cuba, y también no limitarse a buenos deseos. Ya más libre, se
puede constatar que sigue en pie una realidad: la revolución socialista
de liberación nacional ha logrado desarrollar, defender y mantener una
sociedad de transición socialista basada en el imperio de la justicia
social, la plena soberanía nacional, el patriotismo y una cultura
compartida de que el poder y la economía deben servir al pueblo. Hace
veinte años quedó claro que Cuba no era un caso más de lo que llamaban
“socialismo real”. Pero hoy también está claro que las revoluciones
socialistas del llamado Tercer Mundo han encontrado barreras colosales
para profundizar sus procesos, porque en el mundo predomina un sistema
capitalista hipercentralizado, que tiene tales fuerzas y debilidades que
sólo puede existir tratando de imponerse o articularse en todas partes.
Esa realidad no impide que se formen nuevos poderes populares que
avancen por el camino de la liberación y el socialismo, pero sí puede
condicionarlos. Lo mismo le sucede a Cuba, aunque, repito, tiene muchas
fuerzas y características a su favor. Por eso es fundamental que
conozcamos bien los datos de la economía cubana y los externos que
influyen en ella, las estrategias y las políticas en curso o que podrían
adoptarse, y las decisivas implicaciones sociales, y finalmente
políticas, que tendrán. Y que discutamos todo libremente, incluidas
nuestras discrepancias, como ha pedido el compañero Raúl. Me permito
reproducir aquí dos párrafos de la introducción a mi libro Las ideas y
la batalla del Che, escrita hace poco más de dos años, para concluir con
una opinión personal sobre este tema crucial: “Resulta meridianamente
claro que el factor subjetivo tiene que ser el determinante en la
transición socialista cubana. Sería criminal no utilizar el inmenso
potencial que el país ha acumulado en el campo del conocimiento, la
politización, el manejo de las técnicas y la conciencia. El número y la
calidad de personas capaces y conscientes es superior a los demás datos
de recursos, y su utilización constituye sólo una fracción de lo
esperable: trabas enormes y muchas veces absurdas lo impiden. Si
conseguimos viabilizar la utilización de nuestras fuerzas, podríamos
aumentar sensiblemente la producción, los servicios, la eficiencia, el
buen gobierno, la resolución de los problemas, el enfrentamiento de las
carencias, y optimizar el empleo de los recursos con que contamos. No es
necesario ningún recurso material para ser solidario y ser fraterno,
para aprender a no vivir del esfuerzo ajeno o de espaldas a lo que el
país necesita.
Exigir laboriosidad y retribuir el trabajo son dos tareas
que pueden hacerse desde posiciones muy diferentes, incluso opuestas.
El capitalismo ha experimentado todos los usos de la coacción y el
dinero para lograrlo, y todas sus combinaciones.
La transición
socialista –se entiende muy bien en El socialismo y el hombre nuevo en
Cuba– tiene otros puntos de partida para hacer cumplir esas exigencias.
El socialismo utiliza el salario y algunas otras categorías provenientes
del capitalismo, pero no se somete a ellas. Y jamás puede hacerlo
separándolas del mando del poder popular revolucionario sobre la
economía. Los aprendizajes del mundo del trabajo tienen que articularse
íntimamente con los de la educación de los niños y los jóvenes, con la
formación moral –por ejemplo, para qué trabajar, por qué debemos servir a
los demás como nos sirven a nosotros–, con un trabajo de los medios de
comunicación social que realmente esté a favor de la formación
socialista y preste servicio al pueblo, con un medio político que sea
vehículo de la participación popular, una unión de gobierno y servicio,
un lugar donde sean bienvenidas las iniciativas y las creaciones. La
economía es demasiado importante para que el pueblo no participe
decisivamente en sus decisiones”.
–En algunas ocasiones se le ha escuchado decir que “para
luchar hoy por la sostenibilidad del mundo, hay que ser
anticapitalista”. ¿A qué se debe tal aseveración?
–A dos razones, por lo menos. Primera, lo que llaman sostenibilidad
debe ser ante todo que se sostenga la vida de todos, que se acabe el
hambre, la desnutrición, la falta de luces y oportunidades que padecen
cientos de millones de personas, y que el bienestar, el empleo y la vida
dignos, la niñez y la vejez seguras, los servicios sociales, el respeto
a las diversidades y la convivencia real entre los diversos, el buen
gobierno, la autodeterminación de los pueblos y la soberanía nacional y
popular sean universales. Segunda, el funcionamiento de lo que ha
llegado a ser el capitalismo en su desarrollo monstruoso le exige
oponerse activamente y negar todo lo que acabo de relacionar, sin
excepciones, y le exige robar los recursos a escala mundial, muchas
veces a mano armada, destrozar ambientes, depredar el planeta, promover
consumos ingentes y sofisticados al interior de sus mercados de los
incluidos, incrementar a niveles récord las desigualdades y sostener un
sistema totalitario de información, formación de opinión pública y de
gustos, que reduce a las personas y los pueblos a mero público. Se
podrían listar unas cuantas razones más. Frente a esas terribles
realidades, contamos con dos fuerzas principales a favor de las personas
y los pueblos. Una, los colosales adelantos en prácticamente todos los
campos científicos y sus correlatos técnicos y de otros tipos, en un
arco gigantesco que va desde la vida, el cuerpo humano y su salud hasta
el cosmos, en las capacidades de generar medios que satisfagan las
necesidades y proporcionen bienestar y satisfacciones a todos. Dos, un
siglo de acumulación cultural de prácticas, ideas y sentimientos que
permiten fundamentar todas las resistencias y las rebeldías, proyectar
movimientos y estrategias eficaces de liberación de todas las
dominaciones y de creación de nuevas maneras de vivir y de organización
social, y prefigurar un mundo nuevo y una vida nueva, la utopía bien
entendida, que es el más allá posible de convertir en realidades
mediante las praxis conscientes y organizadas. Por eso creo necesario,
imprescindible, obrar en consecuencia.
Miradas al Sur
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