La Haine
Manuel
Reguera y Amaia Egaña tomaron el camino del suicidio, pero la única
solución es la lucha ofensiva, tenaz y dirigida a la recuperación de lo
público
Las palabras no son neutrales, están cargadas
ética y políticamente, también con vulgarismos, con tópicos y
eufemismos, y casi siempre con ideología, es decir, con falsa conciencia
que invierte la realidad, que oculta las contradicciones, o que las
suaviza haciéndolas aceptables al reformismo y a ese verdadero cepo
inmovilizador de la conciencia crítica que es el llamado sentido común.
Hablamos de suicidio en vez de asesinato indirecto en el caso de las
muertes de personas que estaban a punto de ver cómo el capitalismo les
desahuciaba, asesinato inducido a distancia mediante la esotérica «mano
invisible del mercado» que para funcionar con efectividad material
necesita de la muy visible y férrea mano acorazada del Estado y de la
ley de la propiedad burguesa. Estado y propiedad privada son, por tanto,
dos conceptos imprescindibles para acercarnos con un mínimo de rigor al
problema de los llamados suicidios provocados por razones de desahucio
de la vivienda.
Siempre debemos contextualizar las palabras y sacar a la luz aquellos
contenidos suyos sistemáticamente expurgados del lenguaje dominante,
contenidos que muestran las contradicciones irresolubles del sistema
capitalista que son la razón última y definitiva del tremendo deterioro
de la salud psicosomática de la humanidad trabajadora. Por esto es de
agradecer que muy recientemente se hayan publicado en Gara dos artículos
al respecto: Desahucios: el desamparo definitivo, del 17-XI-2012, y
Aumento de suicidios como consecuencia de la crisis, del 5-XI-2012. Dos
artículos necesarios para bucear al fondo del problema, de la tragedia
mejor dicho, de los desahucios y suicidios provocados directa o
indirectamente por la incompatibilidad última entre la propiedad privada
de las fuerzas productivas y la libertad humana que siempre ha
necesitado de la propiedad colectiva, comunal y/o comunista, según se
quiera, para realizar sus inagotables potencialidades. Personalmente,
voy a intentar completar tres aspectos que, a mi entender, son
imprescindibles para una mejor lucha contra la explotación.
Un primer aspecto no es otro que la pregunta sobre ¿Qué debemos
entender por propiedad privada de las fuerzas productivas? Desde luego
que nunca hemos de entender por tal cosa y en el capitalismo actual, la
posesión de un utilitario de segunda o tercera calidad, o de dos
televisores en el domicilio, o de un ordenador con acceso a Internet,
por ejemplo, sin hablar del propio domicilio y de sus aparatos
domésticos socialmente establecidos como equipamiento mínimo
estandarizado. Frecuentemente estos y otros bienes son necesarios para
la recomposición de la fuerza de trabajo en el actual sistema de
explotación asalariada. No. Por propiedad privada de las fuerzas
productivas hay que entender, por ejemplo y citando sólo una de las
informaciones más recientes, de mediados de octubre de 2012, el hecho de
que el 1,3% de la población acumule el 44,4% del PIB del tercio
vascongado, unos 37.502 millones de euros. Ahora sí estamos hablando
realmente de propiedad privada de las fuerzas productivas. Por el lado
opuesto, sin propiedad burguesa alguna, en ese mismo mes de octubre
supimos que en el tercio vascongado el 6,3% de los hogares tienen muchas
dificultades para llegar a fin de mes, siendo el 5,1% en Nafarroa, y en
el total de Hego Euskal Herria ascienden a 70.810 hogares.
La diferencia entre propiedad burguesa y propiedad familiar o
personal «normal» radica en que la primera se asienta sobre la
explotación ajena para extraer plusvalor, que permite acumular más
propiedad y que, sobre todo, permite expropiar el domicilio, desahuciar y
expulsar a la desolación más inhumana, a quienes con su muy enana
propiedad personal y/o familiar son incapaces de sobrellevar los gastos
mínimos de su malvivencia cotidiana. La propiedad personal se reduce, en
síntesis, a la propia fuerza de trabajo, apenas a algo más. Bajo esta
realidad instaurada desde el inicio del capitalismo, con su fase de
acumulación originaria de capital, que se reactiva siempre con formas y
modalidades nuevas, por ejemplo la de la actual acumulación por
desposesión generalizada de los bienes comunes y de la muy reducida
propiedad personal y/o familiar, bajo esta realidad, el desahucio
contemporáneo nos remite a las violencias terroristas burguesas de
otrora, ya denunciadas y combatidas por el socialismo utópico. Sin ir
muy lejos, en 1845 Engels citaba el desahucio como una de las tácticas
habituales de la patronal inglesa para aplastar la resistencia obrera y
popular en la permanente lucha de clases o «guerra social» de aquella
época. Propiedad burguesa y lucha de clases forman una unidad de
contrarios irreconciliables, siendo los desahucios y los suicidios un
efecto necesario que surge del interior de esa contradicción. Y para
acabar con el efecto hay que acabar antes con su causa.
Un segundo aspecto derivado del anterior es precisamente el de la
tendencia ciega del capital a la acumulación por desposesión, a la
reactualización de las violencias terroristas –así las llamó Marx– sin
las cuales millones de campesinos y artesanos nunca hubieran claudicado
ante el derecho burgués de explotación, y el papel clave del Estado
burgués para que facilitar la acumulación de propiedad cada vez en menos
manos. Tanto a nivel mundial como a nivel vascongado con el inmoral y
reaccionario golpe de Kutxabank, el Estado interviene masiva y
permanentemente en la privatización descarada de ingentes masas de
capital, bienes y riquezas públicas, de todo tipo, forma y condición. Un
expolio privatizador que supera todo lo habido anteriormente en la
sangrienta historia capitalista. No vamos a dar cifras porque aumentan
cada día y no tenemos espacio ahora. El capital tiene la «ciega
necesidad» de acumular cada vez más y por eso, entre otras vías, debe
expropiar, privatizar y desahuciar todo lo que pueda, y más, o de lo
contrario se acelerará a medio y largo plazo la tendencia a la caída de
la tasa media de beneficio, base de la acumulación de propiedad
burguesa. Hablamos de tendencia a la baja porque su velocidad y
materialización depende de la lucha de clases, de las contratendencias
que logre aplicar el Estado mediante sus estrategias socioeconómicas,
políticas y represivas. Un ejemplo demostrativo de la dialéctica entre
la tendencia a la baja de la tasa media de beneficio y el aumento de la
tasa de suicidios lo tenemos en el hecho de que un aumento de un 1% del
desempleo supone un aumento del 0,8% de los suicidios, como se nos
informa en Aumento de suicidios como consecuencia de la crisis, del
5-XI-2012.
Y el tercer aspecto es la necesidad del comunismo como única
alternativa a la privatización de lo común, de lo poco que pervive fuera
de la propiedad burguesa, desde las tierras comunales y/o estatales,
hasta los primeros o últimos sentimientos humanos, está siendo
mercantilizado por el capitalismo. Transformar lo real en mercancía y
reducir al máximo posible el tiempo de trabajo, son dos exigencias
ineludibles para el aumento de la propiedad burguesa. La antropogenia se
sostiene sobre la sociabilidad y sobre los bienes comunes, colectivos.
Privatizarlos, reducirlos a propiedad burguesa es destruir lo que, hasta
ahora, ha creado a nuestra especie, pero esta y no otra es la esencia
del imperialismo en su fase actual. Por todas partes, en cualquier
resistencia popular y obrera, casi al instante aparece el verdadero
problema: cómo impedir la expropiación, el desahucio, la privatización.
Manuel Reguera y Amaia Egaña tomaron el camino del suicidio, pero la
única solución es la lucha ofensiva, tenaz y estratégicamente dirigida a
la recuperación de lo público, común y colectivo. Es la lucha contra la
propiedad burguesa, empezando por la del suelo, de la vivienda, la
salud, la economía, la educación, las armas, el aire, la sexualidad, el
amor y hasta la propia muerte. La propiedad socialista de Euskal Herria,
su independencia
¿Acaso no es esto el comunismo?
EUSKAL HERRIA 29-XI-2012
Tomado de La haine
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