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LA ANTORCHA DEL SIGLO XXI. Andrés Sorel. España 2018
Henry Ford acaba de donar cien millones para crear una escuela que él llama la escuela del futuro. "He fabricado tantos automóviles -explicó- que me vino el deseo de fabricar ahora seres humanos. La consigna de la época se llama estandarización". La primera escuela modelo de Ford, que ha empezado ya su actividad, solo admite a muchachos de entre 12 y 17 años. Están prohibidas las lenguas, la literatura, las artes, la música y la historia {...} Los alumnos tienen que aprender el arte de la vida, tienen que saber comprar y vender.
¿Qué oculto poder tiene ese 1% de la población que acapara todo el dinero de una nación, y se beneficia de las leyes dictadas por sus gobernantes, situados como fieles y eficaces lacayos a su servicio, sobre el 99% restante de sus habitantes?
Estamos implantando un sistema de comunicación a escala mundial, sustentado en raquíticas líneas de pensamiento. K. Krauss
España 20l8
Número 42
Dios, ¿quién puede decir: peor no pudo ser?
Ahora es peor que nunca.
Y podrá empeorar; porque no es lo peor
mientras se pueda decir: lo peor es esto.
Shakespeare. El rey Lear. IV
SUMARIO
España 2018
Fordmidable progreso. (El hombre estandarizado) Henry Ford.
A agitar, a agitar, hasta arrojarlos en el mar.
ESPAÑA 2018
Los paralíticos fueron arrancados de sus
sillas de ruedas y arrojados sus cuerpos sobre la vía pública.
Desenterraron a los muertos para recuperar el espacio de sus nichos y
esparcieron sus huesos en los muladares.
Prendieron fuego a las chabolas con los niños y los ancianos dentro para recalificar los terrenos que ocupaban.
Desahuciados, sin recursos, desprovistos de atención médica y medicinas
que no podían pagar, sellaron las viejas viviendas en que habían vivido y
donde permanecían postrados y abandonados, esperando fuesen muriendo
para recuperarlas y rehabilitarlas.
Carentes de medios económicos para pagarlos tuvieron que abandonar sus
estudios dedicándose a vagabundear por las barriadas miserables que como
grandes cinturones abrochaban las grandes ciudades.
Suprimeron la hora del desayuno o la comida en las cada vez más
interminables jornadas de trabajo, y a las jóvenes empleadas las
acostumbraron a que el breve tiempo de ocio que las concedían lo
dedicaran a alimentarse con las succiones que realizaban a los grandes
jefes de las corporaciones bancarias o empresariales, y que las
obligaban a realizar si no querían ser despedidas.
Los ejércitos fueron readaptados y entrenados para que se encontraran en
todo momento en alerta y movilizados para imponer el orden interno en
el país y actuar con todos los medios y métodos disuasorios, incluyendo
el empleo de las armas de última e inteligente generación que
paralizaban y desproveían de movilidad sensorial a los manifestantes,
manifestaciones y protestas cada vez más restringidas y conducidas a
grandes y aislados descampados donde obligaban a quienes en ellas
participaban a girar en círculo una y otra vez hasta la extenuación con
sus pancartas y pitos que ya ni se visibilizaban ni escuchaban desde las
calles de las ciudades.
Se habilitaron lo que fueron grandes naves industriales, ahora fuera de
uso y estadios deportivos de equipos que ya no competían -la gran liga
europea había eliminado las competencias nacionales- para acoger a los
millares de jubilados que pasaban los días y meses que les faltaban para
morir allí encerrados, disfrutando de los espectáculos que la
televisión del Gobierno les ofrecía a través de las numerosas y grandes
pantallas habilitadas al efecto y que actuaba como droga somnolienta.
Suprimidos los días festivos, prolongado el horario laboral según las
estaciones hasta la noche profunda, rebaños de noctámbulos regresaban al
final del mismo, taciturnos y derrengados a sus domicilios, en busca
del sueño que reparara algo sus fuerzas y les permitiera reincorporarse
al trabajo y no ser arrojados por falta de competitividad a la calle sin
derecho alguno.
Anónimos, distanciados del centro de la ciudad, siempre bien
guardaespaldados, "los otros", la minoría que detentaba el poder,
mantenía su vida social y de ocio en los cuidados y amplios espacios
fortificados en que se levantaban sus villas, centros recrerativos,
campos de golf, piscinas, gimnasios, casinos, restaurantes, burdeles,
auditorios, a los que solo ellos tenían acceso.
Una carretera especial, solamente utilizada por ellos, los privilegiados
que conformaban el 1% de los ciudadanos poseedores de las grandes
fortunas o administradores del poder político, judicial y de
comunicación a su servicio, les conducía al territorio en el que
igualmente campaban por sus fueros los nuevos colonizadores, a los que
se conocía por los Andelson. Conformaban parte de la nueva y exclusiva
Europa bajo el poder supremo del IV Reich, que imponía sus leyes
políticas, económicas, sociales, morales unificadas en el territorio que
no había sido necesario conquistar con las armas sino a través del
poder bancario. Dado que el sexo, el juego, la corrupción, se
desarrollaban allí impunemente pero con protección de la Ley de Leyes,
la Iglesia Católica había accedido a que se convirtiera en Limbo libre
de sus preceptos y dogmas: también algunos de sus máximos sacerdotes
tenían acceso libre a aquel territorio, bajo estrictas condiciones de
clandestinidad. A cambio habían obtenido la gracia de administrar a su
antojo y bajo su doctrina la gran colonia penitenciaria en que penaban
el resto de los habitantes de la Nación,
Hacía tiempo que los decretos gubernamentales derogaron todas las viejas
e ineficaces leyes y que un partido único, en el que se habían
integrado los que un día fueron oposición, dictaminaba todas las normas
obligatorias que regían a la masa humana de la Nación. Del pasado, del
viejo orden, de lo que se llamaba civilización, quedaba solamente, para
reconfortar a los vivos y a los muertos, a los poderosos y a los
oprimidos, las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica
y Romana. E igualmente un puñado de funcionarios escritores, artistas,
músicos, comunicadores, rivalizaban en sus creaciones por entrar en el
mundo feliz en el que moraban quienes les mantenían.
Todavía se reunían algunos catecúmenos y cavernarios en sus covachuelas
de las grandes ciudades. Su tema principal de debate era como sobrevivir
al tiempo que los había vencido.
Mientras, el ministro que había
sobrevivido, su apellido germanófilo era toda una garantía de calidad y
su meliflua sonrisa y ademanes monaguillescos le garantizaban el apoyo
de la grey capitalista católica, responsabilizado como gran retrógrado
de la cultura y la educación, desarrollaba el plan para solucionar el
problema de la formación de los ciudadanos. Plan que reproducimos a
continuación tomado de Karl Kraus y su Antorcha.
FORDMIDABLE PROGRESO
(El hombre estandarizado)
(El hombre estandarizado)
Henry Ford acaba de donar cien millones para crear una escuela que él llama la escuela del futuro. "He fabricado tantos automóviles -explicó- que me vino el deseo de fabricar ahora seres humanos. La consigna de la época se llama estandarización". La primera escuela modelo de Ford, que ha empezado ya su actividad, solo admite a muchachos de entre 12 y 17 años. Están prohibidas las lenguas, la literatura, las artes, la música y la historia {...} Los alumnos tienen que aprender el arte de la vida, tienen que saber comprar y vender.
¡Por fin se ha hecho tabla rasa de tantos pretextos que suponían en
muchos casos un obstáculo para el único y verdadero objetivo de la vida!
(Han pasado cien años desde que Kraus publicara el texto. Y cada vez nos aproximamos más a Los últimos días de la Humanidad. La Humanidad es simplemente el ser humano)
A agitar, a agitar, hasta arrojarlos en el mar.
¿Qué oculto poder tiene ese 1% de la población que acapara todo el dinero de una nación, y se beneficia de las leyes dictadas por sus gobernantes, situados como fieles y eficaces lacayos a su servicio, sobre el 99% restante de sus habitantes?
¿Y qué
migajas de ese poder económico reciben los burócratas criados de ese
Gobierno? Y lo más importante: ¿cuándo despertarán de su alienación ese
99% de los ciudadanos y avanzarán por las alamedas de la libertad que
ellos mismos han de abrir haciendo caso omiso de leyes y palabras
virtuales como derechos humanos, democracia, etc para poner en fuga sin
retorno posible a los dueños del dinero y dejar de ser esclavos? Que se
vayan al otro lado de los mares llevándose con ellos a cuantos políticos
de uno u otro signo intentan justificarlos y mantenerlos en su omnípodo
poder. No con pitos y marchas reguladas y ordenadas se puede lograr
esto, es preciso provocar una avalancha cuyo grito iracundo atruene sus
oídos con tal fuerza, que no puedan resistir el ininterrumpido clamor
desatado sobre todo el territorio en el que intentaron imponer su
despiadada ley, su terrorismo económico. La lucha no puede ser
burocrática y al servicio de los espurios y miserables intereses de
quienes dicen impulsarla en una oposición que no es sino burda
colaboración. Palabras y métodos también han de recobrar su libertad si
se pretende salir de la esclavitud. Hasta arrojarlos, a todos, en el
mar.
Publicado por
Andrés Sorel. Escritor
Andres Sorel
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