Somonte: la dignidad en marcha (I)
Llegamos con lluvias a
Somonte y el campo no podía estar más hermoso. El agua entrando en la
tierra y la hospitalidad y la solidaridad en el corazón. La ruta
bordeada de huertas y naranjales que sale de Palma del Río –Córdoba- se
bifurca y ya camino de tierra serpentea sobre una colina que es una mar
de piedras hasta el portón de entrada a Somonte.
En una nave está la
cocina y el espacio común. En la nave contigua los pimientos colgados se
secan, las berenjenas, los calabacines, las collejas y otras verduras
van encontrando un orden en las cajas que llena un grupo de jóvenes. Más
allá, la casa que alberga a las veinticinco personas que hoy trabajan
la tierra colectivamente y han conseguido poner en pie este milagro de
justicia y dignidad en medio de un país que va siendo lenta y
constantemente destruido y saqueado por los bancos y las grandes
empresas que gobiernan en nombre de la “democracia”.
Llueve y el sol sale de pronto, un inmenso arco iris doble se
extiende sobre las colinas. En los techos ondea la bandera republicana y
la bandera verde y blanca con la estrella roja del Sat.
Escuché atentamente los relatos de cada uno de los que viven allí y
luchan por todos nosotros, condenados en las ciudades al paro, los
desahucios y los recortes. Si escribo estas líneas es sólo para
compartir lo que he aprendido, porque la lucha del Sat, -de Marinaleda,
de Somonte, de Las Turquillas y de otras tierras recuperadas para quien
las trabaja-, forma parte de la misma lucha contra un sistema que está
llegando a su fin. Somonte sin embargo, quizás está un paso adelante,
porque ya encarna aquella vieja consigna: “todo por ganar, nada que
perder, salvo las cadenas”.
La finca de Somonte tiene 400 hectáreas, que pertenecen a la Junta
de Andalucía. Es tierra de secano y parte de regadío. Hay agua y la
tierra es buena para la producción agrícola. Sin embargo, es una tierra
que el estado (la junta de Andalucía en este caso) quería privatizar
para volverla improductiva.
El domingo 4 de marzo de 2012 unos quinientos miembros del Sindicato
de Obreros del Campo y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SOC-SAT) ocuparon
la finca, que el día 5 salía a subasta. La Junta de Andalucía iba a
venderla sin pensar en las mil setecientas personas paradas en Palma del
Río, ni en las más de cuatro mil en paro que hay en la zona. El
objetivo del SOC-SAT es que esta finca sirva para el trabajo de la
cooperativa formada por jornaleros y jornaleras en paro, en vez de que
sea tierra para especular en manos de banqueros y terratenientes.
Estas 400 hectáreas están rodeadas por miles de hectáreas de tierras
no cultivadas y protegidas por las perversas leyes que defienden la
propiedad privada. Los terratenientes, dueños de estas tierras, reciben
subvenciones millonarias sólo por ser dueños de tierras, no por
cultivarlas, o permitir cultivarlas. Tampoco usan esas subvenciones para
crear empleo o al menos para dejar plantar y cosechar. Las inmensas
tierras que colindan con Somonte y que pertenecen al duque del
Infantado, no producen nada pero reciben ¡5.300 euros al día! de la
comunidad europea, mientras miles de familias pasan hambre y están
desempleadas o condenadas a recibir un subsidio que es una limosna
indigna.
Basta una simple comparación de datos entre los subsidios millonarios
que reciben los grandes terratenientes con los subsidios de miseria
que reciben los jornaleros que reclaman tierra para trabajar. Los
jornaleros –en caso de que lo tengan- reciben catorce euros al día de
subsidio y es evidente que con ese dinero nadie puede vivir. El paro en
Andalucía crece día a día, pero las tierras siguen siendo privadas.
Inmensas extensiones improductivas, cercadas y vigiladas por la guardia
civil y la policía. Si entras aunque sea a coger níscalos o caracoles,
puedes ser detenido. Las camionetas de la guardia civil van y vienen
constantemente para controlar, anotan placas, hacen preguntas. Para el
capitalismo, trabajar es un delito y comer de tu trabajo una afrenta
penalizada por la ley.
¿Cuál ley, qué ley, quién dicta esta ley, por qué hemos de reconocer la ilegitimidad y el delito como ley?
Digan lo que digan las campañas mediáticas, que criminalizan el
subsidio a los parados y a los más desfavorecidos -cuando no los acusan
de vagos-, nadie en Somonte ni en Andalucía quiere un subsidio. La gente
reclama el cumplimiento de una ley elemental: el derecho al trabajar
con dignidad. El derecho a vivir dignamente. Y la tierra para
trabajarla.
En Somonte se trabaja la tierra de manera organizada, autogestionada,
y ya han conseguido desarrollar diversos cultivos ecológicos. La tierra
es colectiva, es de los trabajadores y en ningún caso se plantea que
la tierra que están cultivando deba ser privada. Nadie necesita ni
pretende ser propietario de la tierra sino vivir del trabajo de esa
tierra.
Según el artículo 35 de la Constitución, el trabajo es un derecho.
1. Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho
al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a
través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus
necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse
discriminación por razón de sexo.
2. La ley regulará un estatuto de los trabajadores (1)
En cierta forma la lucha de los jornaleros de Somonte tiene que ver
con el cumplimiento de esta ley elemental, pero al mismo tiempo la
trasciende porque su lucha- como las luchas de los obreros y los
habitantes de la ciudad- es una lucha por el derecho al trabajo digno,
al trabajo con sentido colectivo y a la justicia.
Sin embargo el estado de derecho transgrede esa ley básica –el
derecho al trabajo- y destruye cada día la posibilidad de las mayorías
de tener una vida digna. Los recortes, los desahucios, la tierra
improductiva, el paro, la deuda odiosa, son el resultado del sistema
capitalista que se propone como “democrático”, pero que es una máquina
depredadora de los derechos civiles y sociales, en nombre de la ley de
la máxima ganancia para unos pocos. Y este estado de derecho, como es
evidente, actúa de manera ilegal. Se sitúa más allá de la ley y opera
en el campo del delito y la violencia.
¿Hasta qué punto se puede llamar democracia a un sistema que se sostiene por y para el robo y la corrupción?
La tierra no es una mercancía, dicen siempre los jornaleros, y de la
tierra viven hoy muchas familias que se han unido para defenderla de la
especulación de los terratenientes apoyados por los gobiernos de turno.
Este es el reclamo de los jornaleros, de los obreros del campo y que
alumbra una nueva forma de hacer, de luchar y de resistir.
Y en Somonte se están abriendo cauces que no sólo tienen que ver con
el derecho al trabajo sino con algo tan importante como la soberanía
alimentaria. La capacidad de controlar qué se produce y cómo producir
con sentido social, no para beneficiar a las grandes empresas
monopólicas que controlan el precio y la calidad de los alimentos.
Además de contaminar, destruir y apropiarse de las semillas, mediante un
uso perverso de la ingeniería genética. El caso Monsanto es
paradigmático y el robo de las patentes junto a la apropiación de la
tierra sólo ha llevado a una aguda crisis alimentaria en el mundo
entero. Producen alimentos basura y biocombustibles mientras crece el
hambre.
Pero las leyes capitalistas defienden a los monopolios y su discurso
mediático criminaliza a los despojados. Se los acusa de picaresca, se
opaca el sentido de su lucha. De la misma manera que hablan de que
“hemos vivido más allá de nuestras posibilidades”, para cerrar una
empresa, para quitarnos un piso pagado durante 20 años y que no podemos
seguir pagando por estar sin trabajo, para privatizar los hospitales,
para destruir la educación. Una pinza infernal que demuestra la
ilegitimidad de las leyes del estado. Se legisla para los dueños, para
los bancos, los grandes terratenientes y la gran empresa. Se gobierna
contra el derecho de las mayorías.
Y al mismo tiempo se usa el ejército de mano de obra inmigrante para
culpabilizar y atomizar la unidad de los trabajadores. Ese es el sentido
de los discursos del poder.
Promover la guerra entre los explotados
para nublar y opacar la verdad, para ocultar el nombre de quienes son
los que están robando. Tantos años de neoliberalismo y discurso imperial
han hecho que el habitante de las ciudades, alienado, esclavo la deuda, del supermercado, del coche y sobre todo
del individualismo más atroz, se sienta incapaz de pensar que somos un
colectivo, una sociedad capaz de transformarse. Tememos que solos no
podamos ir a ninguna parte, y es verdad: solos no vamos a ninguna parte.
Es imposible. En relación a la velocidad de la depredación y el saqueo,
estamos recién pronunciando las primeras palabras en contra del
sistema, a través de las grandes movilizaciones y huelgas. Tal vez por
eso, es tiempo de mirar y ver Somonte y las experiencias
autogestionarias, capaces de producir con sentido colectivo, capaces de
crear espacios diferentes a defender por todos, porque son experiencias
que nos permiten perder el miedo y perder el miedo a cambiar.
Por eso nuestra lucha en las ciudades es también la lucha del campo y
lo que necesitamos es una profunda unidad, una profunda conciencia de
clase trabajadora. Un relato completamente opuesto al relato de los
explotadores, esa constante cadena trófica que atrofia nuestra capacidad
de vivir.
Es hora de despertar. Es hora de unir fuerzas y comprender
que la lucha de los jornaleros es nuestra lucha. Que ellos están
sembrando no sólo un campo recuperado sino un nuevo tipo de relaciones
sociales. “Si se puede” gritan los desahuciados de los bancos, “Si
estamos pudiendo” corean nuestros hermanos jornaleros.
Los dejo hablar, saben mucho más que yo. Son las voces de Somonte.
Las voces de la resistencia y como no, las voces del presente y del
futuro:
1. Palabras de Pepe.
Llegué a Somonte por pura coincidencia, pero llegué aun sitio
donde valía la pena llegar. Como andaluz me siento bien, porque mi
tierra despierta. Somonte es un despertar para Andalucía. Nadie podía
creer que llegáramos y cruzáramos esta frontera. Me siento bien porque
mi tierra lo merece, una tierra que ha estado siempre en manos de cuatro
caciques y terratenientes. Esto lo sabe todo el mundo.
Somonte se ha convertido en una abanderada para los andaluces, los
españoles y para el resto del mundo, que está con nosotros porque
pedimos la tierra para trabajarla. Sabemos que será duro, porque no nos
van a dar nada por la buenas, pero el nivel de lucha que ha cogido
Somonte es grande y se han cruzado barreras. Por eso los políticos han
de tenerlo en cuenta, ellos viven del voto y del pueblo.
Con lo de las ayudas, lo del Per, nos critican porque piensan que es
un regalo, pero nosotros no queremos esos 400 euros, ni los 420, nada de
eso, queremos trabajo para tener una vida digna. Toda persona tiene
derecho a tener una vida digna, sea pastor o médico, y eso es lo que
queremos. Trabajar nuestra tierra. Y lo vamos a conseguir porque se han
roto el miedo y el silencio. Ya no nos quedamos en las esquinas para que
el señorito venga y nos contrate, o para pedir limosna.
Ahora tenemos apoyo de gente de Brasil, de Argentina, de todo el mundo vienen a brindarnos su solidaridad.
Decía que llegué a Somonte por coincidencia y así es. En abril estaba
viendo un debate por la televisión, se trataba de la junta de Andalucía
y las elecciones . Y en ese debate escuché por primera vez a Gordillo. Me gustó lo que decía y
cómo pensaba, y fui a conocerlo. Viajé desde Málaga a Marinaleda y allí
me dijeron que en Somonte había trabajo, que podía ir a trabajar en el
campo. Y es lo que hice. Yo vengo del campo, en la juventud trabajé en
el campo pero hacía cuarenta años que no trabajaba el campo. Pero es
como la bicicleta, una vez que lo aprendes no se olvida, uno sabe
cuidar la tierra y no envenenarla. Además, yo tenía un sueño. Ser
inventor. Me dedico desde hace dieciséis años a investigar en
agricultura y ya tengo algunas patentes de fertilizantes y de sistemas
de riego. Y me di cuenta de que el campo va conmigo. Mi padre fue pastor
y yo también fui pastor. Pero al campo hay que volver no para la
esclavitud sino para trabajar dignamente, no mendigando firmas ni
parados, ni 400 euros, y Somonte va por ese objetivo: lograr que los
jornaleros tengan lo que les corresponde.
La Junta de Andalucía tiene 22.000 hectáreas de tierra ¿y por qué las
tiene como las tiene? ¿por qué no las entrega al pueblo para que las
trabaje, para que controle que no haya abusos? Porque si la gente tiene
tierras, es seguro que las va a trabajar bien.
No se trata sólo de Somonte, es toda Andalucía, es Europa, no se
trata sólo de una finca de 400 hectáreas, porque los cambios en la vida
son así y se puede hacer que Andalucía, que siempre ha vivido siendo la
última, se convierta en un referente mundial. Tenemos la materia prima,
la riqueza de la tierra y el trabajo. Sin embrago, el caciquismo nos ha
avasallado pero está llegando a su fin. Nos han avasallado porque para
trabajar se necesitaba recomendaciones, enchufismo, dinero, y esto no es
una democracia. Esto no puede llamarse democracia.
Mi tierra se mueve. Es verdad que nueve millones de andaluces no
están con Somonte. Hay dos millones que tienen otra idea y tienen
capital, pero esos siete millones que somos podemos ser independientes.
Y a los estudiantes y a la gente de la ciudad les digo que esta lucha
es un bien para todos. Que desde distintos saberes y lugares nuestra
lucha es la lucha de todos.
Continuará…
(Las entrevistas y conversaciones con los compañeros jornaleros y
jornaleras que hoy están levantando Somonte, continúan en la próxima
entrega. Estoy convencida de que escucharlos directamente es la mejor
manera de conocerlos, hay mucho que aprender, para seguir
apoyándolos.)
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